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Monte Esperanza Donde Arden Los Inocentes

1. Capítulo 1: Donde Comienza el Infieno - Parte 1: Minutos Antes del Abismo.

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Como las manifestaciones de los gritos del averno, algo sucedió terrenalmente, en donde se presenció una sensación oscura, triste y grave, haciéndome reflexionar sobre la muerte.

El silencio había sido callado por una explosión estrépita de un accidente automovilístico que había ocurrido a unos kilómetros, cerca de mi moribundo cuerpo, que se hallaba frágil y totalmente inmóvil, cubierto de sangre.

Ese hecho de intriga impedía entender con claridad y precisión si algún privilegiado había sido advertido por este evento catastrófico.

Una segunda súbita explosión cobró protagonismo, dejándome en completa cobardía sobre este campo de contaminación auditiva.

En este imprevisto e inseguro momento de sobrecogimiento hubo una instantánea y exigua lluvia de fragmentos metálicos correspondientes a ese ómnibus que se volcó sobre mi vehículo. Descendían aquellas partes del bus como mortíferos granizos, pero al concluir experimenté una gran dosis de alivio.

En aquel accidente, lamentos se escucharon; súplicas y clemencia que venían evidentemente de unos inocentes que quedaron encallados, pero lastimosamente no los ayudaría. Su existencia terminaría. Inocentes vidas humanas acabarían por mi cobardía; sin embargo, expresé alegría por la satisfacción y el alivio por haber resultado aislado de todo aquel sufrimiento, siendo uno —o el único— de los bienaventurados en no salir perjudicado.

Al verlos atormentados por el humo del tormento que sube y que no tiene reposo, mis ojos centellaron en miles de lágrimas por haber sido salvado, pero en este sosiego un mortífero fragmento de acero inoxidable descendió desde los cielos, desplomándose delante de mí.

Cuando observé atrás, vi a una joven niña desvistiéndose mientras corría, deslumbrando con su alargada cabellera rojiza ondulada, y con su angelical voz aterciopelada se despidió del universo, arrojándose hacia las rocas sedimentarias del mar, como si ella se tratase de una insignificante bolsa de excremento.

Era esa angustia obsesa la causante de deteriorar su cordura, confundiéndola en olas de desesperación donde eligió saltar al abismo absoluto del mar, empeorando su situación; esa alma, agobiada de tanto rencor, suplicó el alivio que no se ha merecido, estallando en ese grito de discordia como amargura.

—Allí estaré, hermana mía—

El asombro deslumbró mi rostro, sintiéndome desolado como este desierto de desesperación, donde observo delante de mí un mofle sumergido en un lago de sangre, recorriendo un gran camino hacia el tacto de las puntas de mis dedos.

Escuché unos murmullos atroces, llenos de desesperanza y decadentes de tranquilidad, esperando ser socorridos de una contingencia atroz; aquellas plegarias repletas de auxilio venían del accidente violento de tráfico imprevisto.

Las consecuencias podrían haber sido siniestras o incluso un accidente intencional, donde los factores principales pudieron ser la conducción en estado de ebriedad o una errónea conducción por exceso de velocidad de algún inútil imprudente. En este accidente vial, un micro y un automóvil color blanco eran los protagonistas, como autores de este ambiente sofocante de desesperación, donde las llamas del fuego exageraron la temperatura, provocando una tercera y última explosión de gases de humo con efecto reverso.

En mi resguardo, haré de aquel cándido samaritano, deseando auxiliarlos de ese desgarrador infierno; pero en mis intentos de levantarme caí desprevenido hacia el suelo de hormigón, dañándome el mentón, donde dejó paso una lágrima de sangre. En el segundo intento, la caída fue inevitable, haciéndome derramar el doble de sangre por mis labios, abriendo un camino extenso sobre el mentón como si fuese agua del deshielo.

Conseguí caminar sobre este desolado puente de hormigón, hasta acercarme a la orilla del borde, observando cómo el desplazamiento de las olas sobresalía sobre las rocas del mar, y en uno de ellos el desprecio se relucía por su ausencia. Observé el cadáver destrozado por las picudas rocas de aquella pobre mujer; esa tinta roja coloreó aquella roca de consumición existencial. Las olas desplazaron ese cuerpo triste hasta tragárselo, olvidándonos de ella y de su tristeza. Es allí cuando la inseguridad me tomó sin piedad, y el miedo me impedía navegar sobre este misterio.

Recordé demasiados asuntos pendientes con mi mujer, Julieta Beatriz, que en este caso se encontraba en paradero desaparecido.

De lejos había un embarcadero, un desolado navío esperando entre las orillas del mar para ser consumido por el tiempo cruel; aquel embarcadero le pertenecía a un pueblo abandonado, donde dudaría de una civilización existente. Y en esta serenidad, desde los cielos descendía una especie de ángel desnudo, con unas alas traslúcidas y un resplandor hipnótico de color violeta, donde aquella energía emitía serenidad, pero traía consigo otras intenciones, posándose entre la primordial cúspide del arco, exhibiendo esas inmaculadas alas al cielo, desapareciendo en una niebla traslúcida.

Y en eso, aquella hoguera siguió envolviendo en llamas el accidente, y surgió la destrucción primordial absoluta del puente; esa arquitectura concluía en una consumición depresiva de restos debajo del mar salado.

El sitio se llenó de un dulce y empalagoso hedor a carne asada, y lo que una vez fue una plataforma lisa concluyó en un hundimiento —como el Titanic—, donde sus olas fluían veloces entre las rocas como si se tratara de simples orillas de un archipiélago; un hundimiento increíble cuyos escombros restantes caían como relámpagos en las turbulentas aguas saladas. Intentar alcanzar la cúspide del puente se volvía una situación riesgosa e inútil, ya que los mortíferos escombros sobrantes descendían como granizos alrededor, hasta que una fracción de cerámica correspondiente del arco descendió como rayo sobre mi pierna derecha, logrando fracturar la diáfisis tibial.

Es ahí cuando la voluntad propia disminuía, resbalándome violentamente contra el suelo, lastimándome y desgarrándome el mentón, donde rebalsó en chorros de sangre. Ese acontecimiento le colocó el punto final a mi historia, deslizándome hacia el vacío de las olas.


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