13. capítulo 13 - cuando el miedo aprende tu nombre
Nöuk lo supo antes de que nadie dijera una sola palabra.
No por celos.
No por intuición romántica.
Por instinto.
La habitación aún conservaba rastros que solo alguien como ella notaría: la tensión distinta en el aire, el leve cambio en la respiración de Uros cuando evitaba mirarla demasiado tiempo, la quietud extraña en Vaelith… como una cuerda que había sido tensada hasta el límite y luego soltada.
Nada explícito.
Nada vergonzoso.
Solo… claro.
Nöuk apoyó los dedos sobre la correa de su equipo mientras descendían las escaleras de la posada.
No le gustaba.
Pero entendía.
En este mundo, la muerte no avisaba. La gente no se aferraba a la monogamia como si fuera una ley sagrada. Algunos lo hacían, sí. Pero compartir vínculos no era tabú. No aquí. No donde cada día podía ser el último.
Su mandíbula se tensó apenas.
Aceptaba…
no significaba que no le importara.
Pero no era el momento.
Ni el lugar.
—
El dueño de la posada los esperaba cerca de la salida.
De pie. Tranquilo. Con las manos cruzadas sobre el delantal.
Cuando el grupo se acercó, les dedicó una inclinación de cabeza sorprendentemente cordial.
—Espero que la estancia haya sido… llevadera.
Kael alzó una ceja.
Soren fue quien habló:
—No pareces preocupado.
El posadero resopló suavemente.
—¿Debería?
Una pausa.
Ilyas respondió con neutralidad clínica:
—La mayoría lo está.
El hombre se encogió de hombros.
—Mi único temor es que alguien se vaya sin pagar.
Sus ojos recorrieron al grupo sin rastro de hostilidad.
—Para mí… fueron buenos clientes.
Silencio breve.
Real.
Luego Kael soltó aire por la nariz, casi divertido.
—Me agradas, viejo.
El posadero solo hizo un gesto vago con la mano.
—Entonces salgan antes de que alguien haga algo estúpido.
—
La puerta de la posada se abrió.
Y el mundo exterior… ya estaba mirando.
El grupo avanzó.
Sin hablar.
Sin prisa.
Parecía una marcha fúnebre.
Las conversaciones alrededor se iban apagando a medida que pasaban. No del todo. Solo lo suficiente para que los susurros se volvieran cuchillas finas en el aire.
—…esa es la draconiana…
—…te dije que el mutado no era normal…
—…míralos caminar como si nada…
Algunos los miraban con miedo.
Otros…
…con algo peor.
Los ojos sobre Vaelith eran los más evidentes.
Evaluando.
Midiendo.
Calculando.
Vaelith caminaba erguida, pero su cuerpo estaba tenso. Las escamas en la base de su cuello apenas erizadas. Sus pupilas, finas.
Uros lo notó.
No dijo nada.
—
El choque llegó sin aviso.
Un bulto enorme salió de entre la gente y se plantó en medio del camino.
Verde grisáceo.
Más de dos metros.
Músculo pesado y olor a alcohol barato.
El semihumano los miró con una sonrisa húmeda.
—Oye…
Sus ojos se clavaron en Vaelith.
Lentos.
Sucios.
—¿Cuánto cobran por la draconiana?
El silencio fue instantáneo.
Denso.
—Solo quiero divertirme un rato —añadió, relamiéndose.
El aire cambió.
Vaelith no retrocedió.
Pero sus ojos se volvieron dos agujas al rojo vivo.
Nöuk se movió primero.
La bofetada sonó seca.
Limpia.
La cabeza del orco se giró con violencia y un hilo de sangre le brotó del labio.
El mundo se congeló medio segundo.
Luego el semihumano gruñó, furioso, y lanzó el brazo hacia Nöuk.
Uros empezó a levantarse.
Pero alguien fue más rápido.
Kael ya estaba ahí.
—
Cuando usas guantes de metal durante años, aprendes cosas que otros nunca notan.
El espacio entre los dedos.
Las articulaciones expuestas.
Los puntos donde la mano deja de ser fuerte… y se vuelve vulnerable.
Kael no bloqueó el golpe.
Entró dentro de él.
Sus dedos se entrelazaron con los del semihumano en un movimiento corto, preciso, casi suave.
Un giro seco de muñeca.
Hacia atrás.
En el ángulo exacto.
No fue fuerza bruta.
Fue técnica.
Experiencia.
Palanca pura aplicada donde el cuerpo no puede resistir.
El sonido fue húmedo.
Quebrado.
El semihumano soltó un alarido desgarrador mientras su mano se doblaba en una dirección que la anatomía no permitía.
Cayó de rodillas.
Sollozando.
Temblando.
Kael lo soltó como si ya no valiera nada y dio medio paso al frente, su voz estallando en el silencio:
—¿Alguien más quiere hacerse el gracioso?
Nadie se movió.
Nadie respiró.
El miedo… ya no era un rumor.
Estaba ahí.
De pie frente a ellos.
—
El grupo reaccionó por instinto.
Sutil.
Peligroso.
Energía acumulándose bajo la piel.
Posturas apenas ajustadas.
Habilidades al borde de activarse.
Pero entonces lo notaron.
La multitud…
…estaba retrocediendo.
No avanzando.
Miedo real.
Crudo.
Soren fue el primero en relajarse medio grado.
—Sigamos.
Nadie discutió.
Pasaron junto al semihumano que aún sollozaba en el suelo.
Y continuaron caminando.
—
La puerta de salida de la fortaleza estaba a la vista cuando ocurrió.
—¡Alto!
Una guarnición armada bloqueaba el paso.
Lanzas bajas.
Pero temblando.
—No pueden salir —dijo el guardia al frente—. Deben responder por la agresión.
Las manos del grupo bajaron… muy cerca de sus armas.
El aire se tensó hasta volverse irrespirable.
Y entonces…
Uros se cansó.
—
No hubo movimiento brusco.
No hubo grito.
Solo…
…presencia.
Un aura negro-azulada empezó a filtrarse desde su cuerpo como humo denso.
Pesado.
Antiguo.
El aire cambió de olor.
Hierro.
Tormenta.
Muerte anticipada.
Cuando Uros levantó la cabeza, ambos ojos eran gris oscuro… con ese brillo azulado ardiendo en las pupilas.
No era ira.
Era algo peor.
Terror primitivo.
Instintivo.
El tipo de miedo que vive en la médula de las criaturas vivas.
Las lanzas temblaron.
Uno de los guardias retrocedió medio paso sin darse cuenta.
El que estaba al mando no esperó órdenes.
No esperó protocolo.
Movido por puro instinto de supervivencia…
…abrió las puertas.
—P-pueden… pasar.
El grupo no se detuvo.
No miró atrás.
Cruzaron el umbral mientras el silencio caía como una losa sobre la fortaleza.
Y por primera vez…
…todos entendieron lo mismo.
Ya no eran presa.
Eran algo peor.
Fuera de las murallas
Las puertas se cerraron a sus espaldas con un sonido pesado.
Nadie habló al principio.
El camino descendía lentamente hacia la oscuridad del abismo, una pendiente de roca húmeda iluminada apenas por antorchas lejanas. La ciudad quedó atrás, convertida en una silueta gris contra la penumbra.
El grupo caminaba en silencio.
Las manos aún cerca de las armas.
La respiración todavía cargada.
Uros iba al frente, pero su aura asesina ya se había disipado. Lo único que quedaba era el eco incómodo de lo que acababa de pasar.
Vaelith caminaba a su lado, erguida, aún con la tensión recorriéndole los hombros.
Nöuk se mantenía cerca, observando los alrededores con esa calma vigilante que ya era parte de ella.
Soren rompió el silencio primero.
—Bueno… —dijo, mirando hacia atrás una última vez—. Supongo que ya no somos bienvenidos allí.
Kael soltó una pequeña risa por la nariz.
—¿“Supongo”? —dijo—. Creo que eso quedó bastante claro.
Ilyas no miró a nadie cuando habló.
—Era inevitable.
Unos pasos más.
Entonces Kael suspiró, estirando el cuello como si acabara de salir de una taberna después de una pelea.
—Bueno —dijo finalmente—.
Miró a los demás.
—Eso salió mejor de lo que esperaba.
Hubo un segundo de silencio.
Soren se llevó una mano a la cara.
—Kael…
Nöuk habló sin mirarlo.
—Cállate.
Kael sonrió apenas.
El grupo siguió descendiendo.
La ciudad desapareció detrás de ellos.
Las puertas aún temblaban levemente cuando el capitán de la guarnición bajó la lanza.
Nadie habló durante varios segundos.
Los soldados seguían mirando hacia el camino por donde el grupo había desaparecido.
Uno de ellos respiraba con dificultad.
—¿Qué… —murmuró finalmente— fue eso?
El guardia que había abierto las puertas tenía las manos temblando.
—Yo… —tragó saliva— yo pensé que iba a morir.
Otro soldado lo miró.
—¿Por qué abriste?
El hombre tardó en responder.
Sus ojos seguían clavados en la oscuridad del camino.
—¿Tú no lo sentiste?
Silencio.
Nadie respondió.
Todos lo habían sentido.
Ese instante en que el aire se volvió pesado.
Ese olor metálico anticipando violencia.
Ese impulso primitivo de retroceder.
El capitán escupió al suelo, nervioso.
—Malditos monstruos…
Uno de los soldados negó lentamente con la cabeza.
—No.
Miró hacia las puertas cerradas.
—Monstruo no.
Tragó saliva.
—Eso era un asesino.
En las tabernas, en los pasillos del mercado, en los puestos de armas y entre los propios guardias, el rumor comenzó a correr antes de que terminara el día.
Primero en susurros.
Luego en voces más seguras.
Un grupo extraño.
Una draconiana.
Una mujer de ojos azules.
Un guerrero que rompía huesos con técnica de soldado.
Y un hombre…
Un mutado.
Alguien que había hecho retroceder a soldados entrenados sin siquiera levantar un arma.
Cuando alguien preguntó si aquello era cierto, el guardia que había estado en la puerta respondió sin dudar.
Sus manos aún temblaban un poco.
—Sí.
Miró hacia la oscuridad que descendía al abismo.
Y murmuró:
—El mutado hizo retroceder una guarnición entera.
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