1. PRÓLOGO
Ninguno de los presentes podía comprenderlo. Se hallaban en el piso veintisiete del abyss. Allí, contra todo pronóstico apareció el Jin, extendiendo su mano, sembrando la oscuridad y convocando a aquel ser alado semejante a un ángel con un martillo enorme en su mano. Destruyó a los mejores guerreros de un solo golpe, pulverizándolos de manera atroz mientras el suelo quedaba impregnado de sangre.
Entonces en medio de aquel desastre estaba ese chico al que algunos llamaban fenrir. Uno de los novatos de la ciudad. Luchando contra aquel ser alado a una velocidad monstruosa, con agilidad que no era humana. Chocaban sus armas como si cada uno desease en el fondo la muerte del otro.
Cortándose e hiriéndose, esquivando, defendiendo y atacando. Todo en un segundo.
¿Acaso estaban soñando? Nadie podía moverse a tal velocidad. No era posible, siquiera aumentando las estadísticas. Ellos lo sabían muy bien, eran aventureros con años de experiencia. Cada uno de los presentes era un guerrero curtido con experiencia de sobra en el arte de adentrarse al abyss. Entonces ¿Qué era lo que sus ojos presenciaban que su mente no lograba aceptar?
Los gritos de auxilio y miedo pasaron al mudo silencio del asombro, y después fueron suplantados por una llama en sus pechos. Una que les decía era posible la victoria y no morirían todos allí abajo. Aquel chico luchaba por ellos, luchaba como si la fuerza de mil hombres le respaldasen.
El joven portaba una espada ancha y larga. Una pieza de metal extremadamente pesada que solo algunos luchadores experimentados tenían en su arsenal. Esta chocaba constantemente contra el martillo del ángel lanzando chispas que cegaban a los presentes. Primero a la derecha, luego a su izquierda, todo sucedía tan veloz, tan fugaz que apenas podían observar.
Nadie movía un músculo para ayudar. No podían.
No estaban paralizados, tan solo el ritmo de la lucha era tan superior que acabarían convertidos en polvo al tan solo acercarse. Lo más prudente que podían hacer era observar y no ser un estorbo.
Pero la pregunta que se hallaba en el aire por sobre la demás era:
¿Quién es ese chico?
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