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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

16. Capitulo XV

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Tras el veredicto del concilio, Kenzō Yami no toleró dilaciones. Los preparativos para la ejecución de la sentencia fueron inmediatos y sombríos. Haruto Yami fue confinado al Palacio del Loto Blanco, su propia residencia, hasta la hora de su juicio. El Elegido, sin embargo, no permitió que la desesperación penetrara el glaciar de su voluntad. Sabía que cualquier destino, por aciago que fuese, sería superado para consumar su juramento de venganza por Shun, sin manchar su senda con la sangre inocente.

El día de la retribución llegó, pesado y oscuro. Haruto fue convocado al Gran Podio, el estrado donde su gloria había sido anunciada, ahora convertido en un cadalso. Toda la estirpe del Kōketsu no Tachi se congregó, atraída por el morbo de la caída pública. Isao Yami, el Tercer Hermano, observaba con un regocijo maligno; la humillación de Haruto era el bálsamo para su propia envidia.

Cuando Haruto hizo acto de presencia, se encontró con los ojos de Kenzō Yami, dos pozos negros rebosantes de ira insana.

"¡Por la ineptitud vergonzosa de este infante y la mácula que ha impreso en el legado del clan," tronó Kenzō, su voz un rugido de poder, "¡yo mismo, el Patriarca, restauraré nuestro honor con una retribución severísima sobre el causante: Haruto Yami!"

Kenzō ordenó a los guardias que lo sometieran, pero Haruto los detuvo con un imperceptible flujo de Maná gélido. Ante la furia en ascenso de su padre, el Elegido se adelantó. Él mismo se despojó de la túnica, revelando la piel inmaculada, casi irreal, que a pesar de años de maltrato, se negaba a retener cicatrices.

Con una gracia que era una última afrenta, se arrodilló de espaldas ante Kenzō.

El Patriarca invocó el Látigo de Cuero Antiguo, un arma infundida para anular la curación del Maná. "Tu carne será mi lienzo; tu desobediencia, la tinta. Tus heridas nunca sanarán por completo, y tu piel será la crónica eterna de tu ignominia," bramó Kenzō.

El primer latigazo rompió el aire con un sonido de violencia pura, seguido por el crujido húmedo del cuero al impactar. Uno tras otro, cayeron. Haruto no gritó, no suplicó, no se desplomó. Solo la carne se desgarraba y la sangre brotaba. La audiencia, inicialmente sedienta de espectáculo, comenzó a sentirse revuelta. Querían que se quebrara, que llorara, que rogara, para que la agonía terminara.

Pero Haruto, con solo doce primaveras, se negaba a ceder. Su piel palidecía a un tono cerúleo, la sangre manchaba el podio como una ofrenda oscura, y sus ojos se vaciaron de vida, pero su espalda permaneció perfectamente erguida. Era un monumento a la resistencia pasiva.

Nadie se atrevió a interceder, hasta que el Trigésimo segundo latigazo cayó. Un grito, no del elegiso , sino de la desesperación repentina, resonó. Isao Yami se había interpuesto.

Isao, arrodillado ante su padre, había visto el rostro de la muerte en Haruto, y el terror le heló el alma. El odio que sentía por el Elegido se hizo cenizas ante la monstruosidad del castigo. El Tercer Hermano, por primera vez, vio la nobleza en el corazón que tanto había envidiado. La admiración le golpeó el pecho con la fuerza de un puñal.

"¡Padre! ¡Detente, por los Cielos! ¡Tu ira te ha cegado! ¡Si no cesas ahora, lo matarás!" la voz de Isao era un sollozo desgarrador.

Kenzō, en su frenesí, ordenó a Isao que se apartara, amenazándolo. Isao no se movió. Había recibido un solo golpe, y el dolor era una agonía que casi le arrancaba la conciencia, pero Haruto había soportado más de una docena sin quejarse.

"¡La insolencia de este niño es la que conlleva a la caída de nuestro clan!" gritó Kenzō.

"¡Entonces, si tu furia exige sangre, toma la mía! ¡Yo tomaré su castigo!" proclamó Isao, sellando su sacrificio.

Kenzō, incapaz de detener el impulso destructivo de su ira, aceptó. Los amigos de Isao se apresuraron a retirar a Haruto, cuyo cuerpo se desplomó al instante. Un hilo de sangre manchó sus labios. Se lo llevaron hacia el sanador, mientras los gritos de Isao Yami, lacerado por el látigo en el podio manchado, se convertían en la nueva y aterradora banda sonora del clan.

Fue Akihiro, el Segundo Hermano y un sanador de élite, quien detuvo finalmente la locura y atendiendo las heridas de Isao. Cuando este despertó, sus ojos solo buscaron al Akihiro. "¿Haruto... el, ¿cómo está?"

Nadie respondió a la pregunta crucial. Akihiro solo pudo sostener la mirada de su hermano, con lágrimas contenidas.

"Lo que hiciste fue un acto de inmensa valía y honor, Isao. Lo hiciste bien," susurró Akihiro.

Isao, incapaz de comprender la complejidad de su propia alma, sintió que el dolor físico era nada comparado con la verdad que había descubierto. Sus propios ojos se inundaron, y se permitió llorar.

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