3. Capitulo 2
Capitulo 2
(ZARIA)
Desde mi transformación, un olor extraño no me deja en paz. Me persigue a todas partes, como una sombra. ¿De quién será? ¿Alguien de la manada? ¿Un extraño? No puedo descansar hasta descubrirlo, hasta saber de dónde viene.
Hoy es un día especial: los juegos anuales. Competencias de velocidad, el momento de buscar almas gemelas… ¡y una fiesta enorme! Varias manadas se reúnen para divertirse, para olvidar las preocupaciones por un rato. Debería estar saltando de emoción, pero ese olor me tiene intranquila, dándole vueltas a la cabeza sin parar.
Toc, toc.
—¡Adelante! —respondí, sin levantar la vista de mis manos.
—¡Hola! ¿Qué haces, Zari? —escuché la voz de mi mejor amiga, tan alegre como siempre. Me giré y le sonreí.
—Nada, Mily. ¿Y tú? —contesté, pensativa.
—¡¿Qué pasa?! ¡Sigues con el olor misterioso ese! —dijo ella, poniendo las manos en la cintura.
—Un poco —admití, bajando la mirada—. No entiendo quién es, ni por qué no siento su presencia, solo su olor… Es como si estuviera ahí, pero no estuviera.
—¡Olvídalo por hoy! —exclamó Mily, sentándose en mi cama con esa picardía que la caracteriza—. ¡Hoy es para disfrutar, para bailar hasta que salga el sol! ¡Y quizás cometer un par de errores bonitos! ¡La vida es muy corta para estar preocupada por todo! —Se rió, y su risa era tan contagiosa que no pude evitar reírme también, aunque fuera un poco nerviosa.
—Fácil para ti decirlo —dije, mirándola—. Tú no eres alfa, no tienes todas estas responsabilidades encima. Ojalá pudiera ser tan despreocupada como tú.
—¡Con más razón entonces! —gritó ella, levantándose de un salto—. ¡Es tu último día como loba adolescente! ¡Vamos, diviértete de una vez! —Y salió corriendo de la habitación, dejándome sola de nuevo.
—¡Qué exagerada! —murmuré, sonriendo—. Pero así la quiero, con todo su locura.
Bajé las escaleras despacio, y entonces escuché voces. Agudicé mis sentidos, como siempre hago. Alguien estaba en el pasillo, hablando en voz muy baja, como si no quisiera que nadie los oyera. ¿Quiénes eran? ¿De qué hablaban que era tan secreto?
Bajé con cuidado, pisando suavemente para no hacer ruido, y me acerqué a la ventana del jardín. Me quedé allí, en silencio, intentando escuchar.
—Zaria no debe enterarse —escuché la voz de mi padre, tensa y preocupada.
—Él la encontrará, están destinados. Hice mucho por separarlos, pero esos hechizos no duran para siempre —dijo una voz que no conocía, una voz extraña y fría.
¿De quién hablaban? ¿Quién estaba destinado a mí? ¿Qué estaba pasando?
—No hay nada que podamos hacer, cariño. Sabíamos que él estaría destinado a ella desde que nació —dijo mi madre, y su voz sonaba triste, resignada.
Sentí un nudo en el estómago. Me estaban ocultando algo importante, algo enorme.
—¿Circe? ¿Cuándo vendrá a buscarla? —preguntó mi padre.
—Nix, no lo sé. Es un demonio; es difícil de entender que tenga un alma gemela, ¡y más si es Zaria! Si la hubieran dejado morir, no tendríamos todos estos problemas —dijo la voz desconocida, que ahora supe que era Circe, dirigiéndose a mi madre.
—¡¿Estás loca?! —gritó mi padre, y pude sentir su furia en cada palabra—. ¿Cómo íbamos a dejar morir a nuestra hija, a tu reina?
Circe se levantó, y pude imaginarla con esa actitud arrogante que tenía.
—¡Ese monstruo jamás será mi reina; prefiero morir mil veces! —dijo con una rabia que me heló la sangre—. Razeel vendrá pronto y la reclamará, no hay nada que puedas hacer.
—¿Quién es Razeel? —preguntó mi padre, con voz temblorosa.
—Recuerdas al príncipe demonio que te dio su sangre para que se salvara tu hija… y que el lazo de sangre que se crea jamás se rompe —respondió Circe, con calma, como si estuviera diciendo algo trivial.
—Nunca nos dijiste que esto podía pasar —dijo mi padre, angustiado, como si le hubieran clavado un cuchillo en el pecho.
—Nunca preguntaron —dijo Circe, y se rió con burla.
Sentí que mis mejillas ardían de rabia. ¡¿Cómo se atrevían a hablar de mí a mis espaldas?! ¡¿Cómo se atrevía esa mujer a llamarme monstruo? Impulsada por la curiosidad y por el enojo que me quemaba por dentro, salté hacia la ventana, rompiendo el vidrio de un golpe. Mis ojos se clavaron primero en mis padres, y luego en Circe, que estaba sentada en el escritorio de mi padre como si fuera la dueña del mundo. ¡Qué atrevida!
—¡No deberías estar aquí! —dije, con la voz temblando de furia.
Circe levantó una ceja y me miró con esa sonrisa burlona que tanto odiaba.
—Debes ser Zaria, ¿verdad? Hola, cachorrita —dijo, como si yo fuera una niña pequeña a la que podía ignorar.
Mi furia creció aún más, pero intenté respirar hondo para controlarme.
—¡¿Qué dijiste?! —pregunté, en voz baja, pero amenazante.
—Hija… —intentaron decir mis padres, acercándose a mí.
—¡No se metan! —grité, dándome la vuelta hacia ellos—. No sé qué me pasa, siento que no puedo controlarme, que las bestias que llevo dentro quieren salir…
Me giré de nuevo hacia Circe.
—Repítelo si te atreves —le dije, con la voz temblando de rabia.
—Adelante, niña, haz lo que quieras o serás igual de cobarde que tus padres —me desafió, acercándose un poco.
Sentí que la ira me invadía por completo. Mis nudillos se pusieron blancos de tanto apretar los puños, y vi cómo los ojos de Circe se apagaban, como si estuviera perdiendo el brillo. Estaba a punto de hacerle algo terrible, de dejar que la rabia me controlara… Pero entonces escuché la voz de mi madre.
—Hija, tú no eres así —dijo ella, con voz suave, pero firme.
Esas palabras fueron como un balde de agua fría. Me hicieron reaccionar. Solté a Circe, y la vi caer al suelo, tosiendo con fuerza. Mis manos volvieron a la normalidad, y di unos pasos hacia atrás, tropezándome con los brazos de mis padres, que me abrazaron con fuerza, como si tuvieran miedo de que me fuera a romper. ¿Qué había hecho? Casi la lastimo de verdad, casi me dejo llevar por la oscuridad.
—Circe, creo que es mejor que te vayas ahora mismo —dijo mi padre, con voz firme, sin dejar de abrazarme.
Circe se levantó despacio, sacudiéndose la ropa. Me miró una última vez antes de irse, y esa mirada me heló la sangre. Supe en ese momento que esto no terminaría bien. Esa mirada estaba llena de odio, de venganza. Tenía miedo de lo que podía hacer.
—Cariño, tenemos que contarte algo importante —dijo mi padre, cuando Circe se fue.
Asentí, con el nudo en la garganta cada vez más grande. Tenía miedo de lo que me iban a decir, pero sabía que tenía que escucharlo.
Nos sentamos en la sala, y mi padre se aclaró la garganta antes de empezar.
—Bueno, hija… Antes de que nacieras, una bruja malvada te hizo un hechizo. Quería que no tuvieras pareja nunca, que tu vida fuera triste y solitaria. Pero no contenta con eso, decidió que era mejor que murieras, porque decía que eras un monstruo, que no debías existir. El día que naciste, tu madre se puso muy mal, tanto que pensé que las perdería a las dos, que se me iba a romper el mundo en pedazos. Fue entonces cuando apareció Circe. Nos dijo que nos ayudaría, a cambio de un libro antiguo. Yo, desesperado por salvarlas, acepté sin pensarlo dos veces. Nos llevamos al mundo de los demonios, y tu madre te dio a luz allí. Pero cuando naciste, no reaccionabas, no llorabas… Hicieron de todo para que salieras adelante, eras nuestra única esperanza. Hasta que Circe volvió y te dio una gota de sangre. No sabíamos entonces que se la había robado a un príncipe demonio.
—¿Y eso qué significa? —pregunté, sintiendo cómo se me cerraba la garganta—. ¿Un príncipe demonio? ¿Qué clase de historia es esta, papá? ¿Me estás diciendo que estoy unida a un demonio?
Mi padre me miró a los ojos, con tristeza.
—Hizo un lazo de sangre entre tú y el hijo mayor del rey demonio, para saldar una deuda que tenía. Nos engañó, hija. Ese lazo no se puede romper, están unidos para siempre. Al no tener alma gemela por el hechizo, el demonio vendrá por ti, te reclamará como suya.
—¿Razeel? —pregunté, con un hilo de voz—. Así que ese es su nombre… El demonio que está destinado a mí.
Mi padre me miró confundido, como si no entendiera cómo lo sabía.
—Ya está cerca —dije, bajando la cabeza—. Puedo sentirlo. Puedo sentir su respiración, su corazón latiendo rápido; sus pensamientos son confusos, pero están ahí. Viene por mí… No sé qué hacer, papá.
—¿Pero cómo lo sabes? —preguntó mi padre, preocupado, acercándose a mí.
—Mi aullido —dije, y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo—. Mi aullido lo despertó. Lo llamé sin querer, sin saberlo.
Mi padre se puso pálido, muy pálido. Salió de la casa corriendo, como si el mundo se le fuera encima. ¿A dónde iba con tanta prisa? La curiosidad mató al gato, lo sé, pero esta vez no podía quedarme quieta. Salí corriendo tras de él, y lo vi hablando con Circe, discutiendo acaloradamente. Me acerqué sigilosamente, escondiéndome detrás de un árbol, para escuchar.
—Te di una orden, Circe. Tienes que cumplirla. Eres la entrenadora de Zaria y debes forjarle carácter, hacerla fuerte —dijo mi padre, con voz firme.
"¿Forjarme carácter? ¿Por qué ahora? ¿Qué está pasando?", pensé, frunciendo el ceño, confundida.
—¿Se puede saber por qué yo? —dijo Circe, con cara de espanto. Parecía genuinamente perturbada, como si le diera asco la idea.
—Recuerda que tú no tienes sentimientos. Puedes ayudarla a ser más fuerte, a no dejarse llevar por las emociones como lo haces tú —dijo mi padre.
Ella rodó los ojos, fastidiada. "¿Qué significa eso? ¿Que debo convertirme en una insensible como ella?", me pregunté, sintiendo un escalofrío de miedo.
—Lo pensaré —respondió Circe, con desgana.
—No, lo harás. Mañana temprano las quiero ver entrenar y combatir. No quiero excusas, ni vueltas atrás —dijo mi padre, y se dio la vuelta, dejándola con la palabra en la boca.
Me miró entonces, serio y tranquilo, como si supiera que estaba allí escuchando cada palabra. No le pregunté nada, solo lo seguí en silencio de vuelta a casa. Entró y me dijo, con esa calma que tanto me irritaba a veces:
—Ya lo sabes, mañana temprano debes entrenar con Circe. No hay discusión.
Me quedé callada, asintiendo con la cabeza, aunque sentía un nudo en el estómago. Sabía que debía prepararme, no solo físicamente, sino también mentalmente. Pero ¿qué clase de entrenamiento me esperaba? ¿Y por qué mi padre parecía tan desesperado por "forjarme carácter" de repente? Demasiadas preguntas, y ninguna respuesta.
Decidí no pensar más en todo ese drama familiar. Necesitaba desconectar, urgentemente. Salí de casa corriendo, adentrándome en el bosque, casi tropezando con un par de ardillas que me miraban con curiosidad, como si fueran chismosas.
Toda la manada estaba allí, festejando a lo grande. Caminaba entre la multitud mientras todos me hacían una reverencia exagerada, y me sentía un poco extraña, como si no encajara del todo. Era raro recibir tanta atención; sentía que en cualquier momento me iban a poner una corona de flores y proclamarme reina del bosque. A lo lejos, vi a mi mejor amiga, Mily, bailando como si no hubiera un mañana, ¡y con menos coordinación que un pulpo en patines! Fui tras ella y, al llegar, le di un zape cariñoso en la cabeza. Enojada, se volteó y dijo:
—¡Auch! ¡Esta lobita tiene garras afiladas! ¡Casi me dejas sin neuronas!
Yo me reí, olvidándome por un momento de mis preocupaciones.
—¡Qué miedo, Mily, ¡me tiemblan las rodillas! —dije con sarcasmo, exagerando el temblor de mis piernas.
Ella se rió conmigo, sacudiendo la cabeza.
—¡Ay, Zaria, eres incorregible! ¡Pero por eso te quiero! Ahora, ¡a bailar como si fuéramos poseídas por el espíritu de la fiesta!
Y dicho esto, me arrastró a la pista de baile improvisada, donde nos unimos al caos generalizado, riendo y bailando sin parar. Porque a veces, lo mejor es simplemente dejarse llevar y disfrutar del momento, aunque sea solo por unas horas.
Zaria parte 2
Me levanté temprano, mucho antes de que saliera el sol. Hoy tenía entrenamiento con Circe, y no quería llegar tarde, aunque la verdad era que no tenía muchas ganas de verla. Me vestí rápido y salí corriendo de casa, sintiendo el frío de la mañana en mi piel.
Llegué a la pradera, que estaba a unos diez metros de casa, y ya la vi allí, esperándome con los brazos cruzados.
—Llegas tarde, niña —dijo con esa voz irritante que siempre usaba conmigo.
La miré con burla, cruzándome de brazos también.
—¿Perdí algo interesante? Porque si es así, lo siento mucho —dije, con sarcasmo.
Circe entrecerró los ojos, y pude ver que su paciencia ya estaba al límite.
—Hoy trabajaremos en tu control elemental. Concéntrate en la energía que fluye a través de ti, en la tierra, en el aire. Quiero que levantes esa roca de allí —señaló una roca grande, casi de mi tamaño, pesada y dura.
Suspiré, cerrando los ojos e intentando concentrarme. Sentí la energía de la tierra a mi alrededor, cálida y fuerte. Extendí mi mano, visualizando la roca elevándose en el aire. Al principio
, nada. Luego, un leve temblor. La roca se movió apenas unos centímetros antes de volver a caer pesadamente, levantando polvo.
—¡Más concentración, Zaria! —gritó Circe,
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