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ZAYRA la reina hibrida

2. Capitulo 1

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Capitulo 1

La guerra había destrozado nuestro mundo, sumiéndolo en una oscuridad que parecía no tener fin. La tiranía se había apoderado de todo, y la lucha por el trono se había convertido en una contienda interminable, sin ganadores ni perdedores, solo dolor.

El contrato que se firmó para ponerle fin era sencillo, pero cargado de peso: dos especies, las dos herederas del trono, debían dejar atrás las represalias. La única forma de acabar con el sufrimiento de ambos bandos era mediante una unión entre un vampiro y una loba. Esa unión sería el comienzo de algo nuevo, un mundo donde vampiros y lobos podrían vivir en paz, lado a lado.

Pero había un precio: tendrían que procrear un heredero híbrido. Solo así la paz podría prosperar y la luz podría volver a brillar en nuestro mundo.

—Chicos, esto es todo por hoy. No olviden la investigación para la próxima clase.

Escuchar a la profesora decir eso fue como un suspiro de alivio que me recorrió todo el cuerpo. Mi corazón latía tan rápido que sentía que se me iba a salir del pecho, y mi cabeza daba vueltas como si hubiera estado dando vueltas en un tiovivo sin parar. Mis manos temblaban sin control: era el momento. ¿Sería hoy cuando por fin ocurriera mi transformación?

Me llamo Zaria, y soy la princesa híbrida, la única de mi especie. Pensar que algún día el reinado estará en mis manos me da un miedo terrible, pero prometo que haré todo lo posible para no fallar a mi manada, para no hacerles daño.

Me apresuré a guardar mis cuadernos y libros en la mochila, con las manos todavía temblorosas, y salí del aula. Caminaba por la cancha, intentando calmarme, cuando de repente escuché un grito:

—¡Cuidado!

Fue lo único que alcanzó a llegar a mis oídos antes de que un balón me golpeara con fuerza en la cara. Si antes me sentía mareada, ahora veía estrellas de verdad. Las voces de los demás se escuchaban como si estuvieran al fondo de un túnel, lejanas y distorsionadas. De repente, sentí manos por todos lados, intentando ayudarme, pero ese tacto me hizo enfurecer de golpe. Al ser híbrida, el contacto físico me altera mucho; no siempre puedo controlar a las dos bestias que llevo dentro.

Me levanté lentamente, todavía mareada, y me toqué la cabeza mientras todos me miraban. Mis ojos ardían como si tuviera fuego dentro, y la luz del sol me cegaba. «No, no otra vez, por favor», me repetía a mí misma, intentando alejarme antes de que pudiera hacerle daño a alguien. Pero mi vista se nubló por completo.

—¡Zaria!

Escuché mi nombre. Era la voz de mi mejor amiga, pero no pude responder. Caí al suelo, sintiendo cómo mi cuerpo se volvía de hielo y la oscuridad me abrazaba de nuevo, llevándome con ella.

Cuando desperté, lo primero que hice fue mirar a mi alrededor, buscando reconocer el lugar. Mi cuarto… Suspiré aliviada al saber que estaba en casa, en mi espacio seguro. Los recuerdos de la tarde empezaron a volver, aunque no recordaba mucho más que el golpe y la confusión. Me froté los ojos con las manos y bostecé, todavía un poco aturdida. Hoy cumplía 17 años, y esta noche era la noche de mi presentación: el momento de mi transformación, de saber cuál era mi don y cuál sería mi rango. Era algo que había esperado toda mi vida: saber si soy digna de gobernar el Reino, y tal vez… tal vez también conocer a mi alma gemela, a mi mate.

Toc, toc. El sonido de la puerta me sacó de mis pensamientos.

—¡Pase! —dije, aclarándome la voz.

—¡Hola, cariño! ¿Cómo te sientes? —mi madre asomó por la puerta, mirándome con esa sonrisa llena de felicidad y amor que siempre tiene. Mi madre es una alfa, fuerte y valiente, y mi padre es un vampiro, elegante y protector. Su matrimonio fue por contrato, lo sé; se vieron obligados a casarse cuando eran jóvenes. Pero a pesar de eso, me han cuidado y me han amado como a nadie. Y lo que es más, se aman entre ellos. No sé cómo surgió ese amor sin ser mates ni almas gemelas, pero me dieron la familia más maravillosa que podría pedir.

—¡Hola, mami! —exclamé, sonriendo al verla.

—¡Y aquí estoy yo también! —mi padre salió de detrás de ella de sorpresa y se lanzó sobre nosotros como un tigre juguetón.

—¡Ay, papá! —grité entre risas.

—¡Eres un viejo para andar haciendo esas tonterías! —dijo mi madre, riendo mientras se tumbaba a mi lado en la cama.

—¡Sí, papá, creo que me acabas de romper una costilla! —le dije, siguiéndole el juego mientras lo miraba.

Mi padre siempre ha sido así, tan chistoso y ocurrente que ha vuelto loca a mamá desde que tengo memoria. Son tal para cual, y verlos así me hace sentir tan afortunada.

—¡Vamos, fuera de la cama! La cena está casi lista —dijo mi padre, con esa energía que nunca le falta. Aunque cueste creerlo, le encanta cocinar. Tanto es así que siempre les da el día libre a los sirvientes y se encarga él mismo de todo, terminando un poco antes para que podamos cenar juntos. Esa noche cenamos adobo de costilla; nuestra dieta no es muy balanceada, la verdad, ya que necesitamos mucha proteína para mantener nuestras fuerzas. Mi padre siempre sale a cazar para asegurarse de que tengamos lo que necesitamos.

Cuando terminamos de cenar, me fui a mi habitación. Tenía que arreglarme, porque se hacía tarde y no quería que nadie me esperara. Me puse un vestido blanco sencillo; sabía que probablemente se destrozaría durante la transformación, así que no quería ponerme nada caro ni especial. Dejé mi cabello castaño suelto, me puse un poco de rímel y un labial suave. No necesito mucho maquillaje, la verdad; mi madre es hermosa sin nada en la cara, y mi padre es realmente guapo. Yo saqué su genética, no solo en la belleza, sino también en el carácter. Ambos son, además de divertidos, muy temperamentales, y con mis dos bestias siempre alerta, mi carácter a veces es un poco difícil de llevar. Sé que después de la transformación voy a necesitar mucha ayuda para controlarlas, para que no me destrocen por dentro.

Salí de casa con mis padres, y al ver el reino todo reunido, sentí un nudo en el estómago. Todos estaban ahí porque soy la primogénita, la siguiente en reinar, y porque soy la única híbrida que existe. Nadie sabe cómo será mi transformación: si podré controlarme, si mis poderes serán como los que predijeron los antiguos. Es algo nuevo para todos, incluso para ellos.

—¡Zaria! —volteé y vi a mi madre mirándome con cariño.

—¡Es hora, cariño! —dijo, con voz suave pero firme.

Tragué saliva, intentando calmar los nervios que me recorrían todo el cuerpo. No podía creer que este momento hubiera llegado por fin. Miré al cielo, y la luna empezó a brillar con una luz extraña, de un rojo carmesí intenso. Todos quedaron en silencio, atónitos; nadie había visto algo así en años. Mi cabeza empezó a zumbar, mis ojos ardieron de nuevo, y después… todo cambió.

Me encontré en el suelo, retorciéndome de dolor. Sentí cómo mis huesos tronaban, cómo se movían y se adaptaban, y mi boca dolía como si me hubieran golpeado mil veces. Pero de repente, todo paró. Y entonces escuché: el canto de los grillos, el pastar de las ovejas en el campo lejano, el búho cazando en la oscuridad, el ratón huyendo de un depredador. Todo era tan claro, tan nítido.

Levanté la mirada y vi a todos mirándome. No hablaban, no reían; sus miradas estaban llenas de miedo, de temor. Mis padres estaban más que sorprendidos, sus ojos no podían creer lo que veían. Miré mis patas, grandes y fuertes, con garras afiladas. Me acerqué al espejo que siempre ponían para las transformaciones y me miré: era una loba alfa de color negro, con ojos rojos como la luna de esa noche, una mirada dominante, y era más grande que mi madre, que es una alfa poderosa.

Mis sentidos y mi olfato se habían agudizado al máximo, pero algo andaba mal… Había un olor extraño en el aire, algo que no reconocía, algo que me llamaba la atención.

Un aullido potente y resonante escapó de mi garganta, tan fuerte que sentí que las ondas llegaban hasta la luna misma. Daba inicio mi reinado como la nueva alfa de la Manada Luna de Sangre, y el comienzo de algo más… mucho más que ser una simple reina.

Di un salto gigante, con cuidado de no aplastar a nadie, y me dirigí hacia ese olor que prometía respuestas, adentrándome en la espesura del bosque. Corría torpemente entre los árboles centenarios, tropezando con las ramas y las raíces, hasta que lo divisé: un lobo de un tamaño imponente, oculto tras el tronco retorcido de un roble antiguo. La luz de la luna apenas se filtraba entre el follaje denso, creando sombras que bailaban y jugaban con mi visión.

Le gruñí, un sonido gutural que resonó entre los árboles, mientras el aire frío de la noche me calaba los huesos. Me lancé hacia él con toda la furia que tenía dentro, pero mi torpeza me traicionó y caí al suelo con un estruendo, permitiéndole esquivar mi ataque fácilmente.

Me levanté de un salto y lo busqué entre la neblina que se alzaba desde el suelo húmedo, pero lo vi huir, internándose aún más en la oscuridad del bosque. Sin dudarlo ni un segundo, lo perseguí a través de ese laberinto de árboles, tropezando con raíces traicioneras y resbalando en el lodo helado. El aroma a tierra mojada y hojas descompuestas llenaba mis fosas nasales, y la adrenalina nublaba mi juicio, haciendo que no pensara en nada más que en alcanzarlo.

De pronto, una fuerza inesperada me empujó con fuerza, haciéndome caer al suelo cubierto de hojarasca. Enojada, me levanté de un salto, lista para enfrentar a quien fuera que me había detenido, y me encontré con uno de mis soldados. Su rostro estaba crispado por la preocupación.

—Alfa, perdóneme, pero esto es una locura —me dijo, con voz temblorosa pero firme—. No puede arriesgarse así, menos contra los rebeldes. El bosque está lleno de peligros, y usted es nuestra reina ahora.

Lo miré con furia, lista para ignorar sus advertencias y seguir mi camino, pero otra mano me detuvo. Al girarme, me encontré con la mirada severa de mi padre, reflejada en la pálida luz lunar.

—Ni se te ocurra desobedecerme —dijo, con voz firme, pero pude notar un dejo de cansancio en ella, como si le doliera tener que detenerme.

Rendida ante su autoridad, sentí cómo la transformación se deshacía poco a poco, volviendo a mi forma humana. El frío me azotó con fuerza en cuanto mi piel quedó al descubierto, recordándome lo imprudente que había sido. Sin decir una palabra, nos dimos la vuelta y regresamos a casa, dejando atrás la oscuridad y los misterios del bosque, sabiendo que e

sa noche solo era el comienzo de una historia que apenas empezaba a escribirse.

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