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GRITO DE MUERTE

4. GUERRILLA

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Alicia parecía un tanto frustrada mientras observaba al chico moverse por la casa —¿Siempre eres tan callado?  Es que, es extraño verte deambular de un lado a otro y no decir nada.

—¿Quieres conversar? —preguntó Alejandro observando a la chica —Lo siento es la costumbre. Tengo tiempo solo y suelo ocuparme durante el día. 

—Debería poder hacer más que solo barrer y limpiar un poco las cosas —expresó ella ladeando la cabeza. 

—Aunque no lo creas eso es bastante, tengo semanas diciéndome que debo hacer algo de limpieza. 

—Gracias por el reproductor —señaló la chica alzando un pequeño aparato gris delgado. 

—Descuida, ayuda a dormir. Con suficiente volumen no escuchas a los de tu alrededor —contestó él con una sonrisa.

—¿Vas a salir hoy de nuevo? —preguntó ella observando un reloj en una pared, este marcaba las cuatro cincuenta de la tarde. 

—Quiero ir al supermercado, dejé algo de comida allí, y bueno, ver cómo está la zona. Sin contar que debía revisar también un lugar donde ayer vi una explosión, supongo que es parte de la zona de Verónica. 

—¿Y por qué irías a ver? 

—Necesito saber qué está haciendo, adonde se mueven. No lo creerías, pero los pocos que sobrevivimos nos mantenemos muy pendientes de qué hacen los demás. 

—¿Los vigilas? 

—Siempre que puedo —Alejandro tomó asiento tomando algo de gaseosa.

—¿Y ellos te vigilan a ti? —inquirió ella.

—Supongo que sí. Esperaría que lo hicieran. 

—¿Por qué? 

—Para saber si pienso entrar a sus territorios, si pienso atacarlos, si alguien me ataca y mi zona está abierta para ellos revisar. 

—¿Cómo saben cuál es la zona de cada uno?

—No hay nada escrito, pero aprendes que zonas son las que frecuentan y están cerca de sus bases. Si entras en una de sus redadas o de donde toman comida, te matarán —explicó él dando otro trago a la gaseosa —¿Quieres? 

—No gracias.

—Hay en la nevera, por si quieres. 

—Lo pensaré. No me contaste nada sobre tu primer día con la infección. ¿Cómo te diste cuenta? 

—No tengo mucho qué decir sobre eso ¿Quieres ver algo? Tengo un par de películas guardadas en el computador, podríamos verla ahora, porque más tarde no quiero que se sienta ruido desde el interior de la casa. 

—¿No tienes mucho qué decir? Eso es mentira, todas las personas tienen algo que contar.

—Entonces se podría decir que evito el contar mucho de mí.

—Pero quizás alguien quiera escucharte —Alicia  se colocó en un asiento justo al frente —¿Has escuchado algo sobre un Dios que lo escucha todo?

Alejandro observó a la chica de reojo, el cielo pronto oscurecería, sin embargo en ese momento era totalmente visible. Hermosa en sus rasgos, pero aparentemente bastante crédula en más de un sentido—. No creo mucho en esas cosas —expresó tratando de mantener el tono amable. 

—Dios vino y…

—No, de verdad, lo menos que necesito ahora es un programa de evangelización. No veo a dios repartiendo luz divina por la calle para salvar a todos los que se convirtieron —Alejandro cortó el tema. Alicia bajó la cabeza. 

—¿Perdiste a alguien? 

—Como todos —respondió él levantándose del asiento para buscar el computador. Deseaba ver algo y despejar la mente un poco, el día había sido estresante. 

—Siempre me pregunto cómo fue el final de mi hermano o el de mi mamá. 

—Creeme, es mejor no saberlo, no tienes que repetir sus muertes en la cabeza, no necesitas preguntarte si sufrió, si deseó morir, si tuvo miedo —Tomó el portátil para colocarlo sobre una pequeña mesa. Además, estás consciente que sus muertes no son tu culpa, y te aseguro, eso es lo mejor. 

—¿Te sientes culpable? 

—Mi historia está llena de personas que mueren, por lo general por mi culpa —explicó el chico.

—¿Cómo los recuerdas? ¿Tienes un altar o semejante? 

—¿Qué? ¡No!, a veces pienso en ellos, lo normal —respondió él —Por favor, no me digas que debo encender velas o rezar para ellos. 

—No necesariamente, Dios lo ve todo. 

—Parece que lleva ciego un buen rato —resopló Alejandro sin ver como Alicia fruncía el ceño. 

—Pensé que alguien que sobreviviese a todo esto, entendería un poco mejor los extraños caminos del señor. 

—No soy fanático de dioses que matan planeta y medio para dar una lección a un par. 

—Eso es algo insolente. 

—Disculpa, solo no estoy de humor. Lo siento —Se disculpó  apresurándose para colocar la película. La oscuridad reinó sobre el hogar al término, los gritos de los muertos empezaron a resonar contra la noche. Los dos miraron sus rostros y se mantuvieron en un silencio incómodo cuando los bramidos llenaban la noche y los muertos salieron de sus escondites. 

Alejandro bajó la computadora dejando que la oscuridad total llenase el lugar —¿Quieres algo de comer? ¿Algo de pan con jamón? 

—Gracias, aunque dudo poder tragar algo ahora. 

—Comprendo esa sensación, pero necesitas comer algo. Es mejor tener algo en el estómago en la noche. 

Las siguientes tres horas pasaron lentamente, cada uno acomodó su habitación en silencio. Alicia por su parte dormiría en la recámara contigua a la que ahora habitaba Alejandro.

El chico se recostó con un cúmulo de pensamientos en la cabeza, el principal era si hizo lo correcto o adecuado al rescatar a la chica. Tenía un mal presentimiento por alguna razón. 

—¿Por qué solo sabe hablar de Dios? ¿No hay otro tema de conversación? Podría simplemente seguir hablando sobre sus primeros días, o como llegó al contenedor, pero no. Ella desea saber qué he hecho yo y cuantas veces la he jodido. 

Alicia por su parte no podía dormir, poco importaba la posición. 

—¿Por qué tiene ese carácter? ¿Cómo espera que alguien quiera conversar con él? Lo intenté, intenté hablarle un poco, preguntarle por su familia, por lo que ha pasado, pero nada. No quiere conversar, o quizás no quiere conversar conmigo. ¿De qué otra cosa podía hablar? ¿Del tiempo? ¿De su grupo de música favorito? ¿De la última película? 



DÍA 8 DE LA INFECCIÓN 

ALEJANDRO


—¡Alejandro! —Una mujer alta, de cabello castaño le empujaba por el callejón —¡Apresúrate! Tu tío debe estar esperándonos desde hace un rato.

—¿Por qué ese grupo? digo, no son los únicos de la zona. 

—Hay peligros, ya viste lo que sucedió con… Mejor no insistas mucho. Solo muevete —respondió la mujer dando otro pequeño empujón en su hombro. La callejuela se hallaba sola y en silencio. 

A pesar de sus palabras Alejandro conocía la razón para esa decisión. El suministro eléctrico fue cortado de forma abrupta en toda la ciudad. Ya no veían unidades de policías o se escuchaban sirenas, de hecho, no había ningún auto en movimiento. 

—Independiente de lo sucedido. Tú también has visto a esas personas, cazan a otras en las calles. Esto no es mad max, piensan que pueden matar a quién les dé la gana. Si revisas las calles, la mitad de los cuerpos tirados es por ellos. 

—Ellos controlan el área, no hay opciones —argumentó la mujer —No nos podemos morir de hambre, y dadas las circunstancias, no tenemos muchas opciones. 

—No es que no tengamos nada de comida en casa. Podemos sobrevivir una semana y media, quizás dos. 

—La señora Juana murió ayer porque los muertos levantaron parte del techo de su casa. Uno de ellos entró y…

—Lo sé, yo también escuché los gritos —Alejandro caminaba detrás de su madre —Pero el techo de su casa era de láminas, por eso las levantaron. 

—No lo esperábamos, ese es el punto, en cambio si nos unimos a ciertas personas que tienen armas. 

—Basura de personas —intervino él deteniéndose para cruzar la siguiente calle en carrera. 

—Mucha de esa basura de personas fueron las que sobrevivieron. No podemos aislarnos hijo, el ser humano necesita estar con otras personas. Además, ¿Qué puedo hacer yo contra esas cosas? Si atacan la casa ¿que hago? ¿les preparó comida o vendo las heridas? —Su madre, Ligia, parecía cansada de repetir eso, probablemente era un pensamiento que tenía desde tiempo atrás.

—Hay algunos allí —Alejandro señaló la siguiente calle, a lo lejos se escuchaba un par de gritos. Un hombre golpeaba a un muerto con una vara de metal, este cayó al suelo, pero otros tres aparecieron desde un lado, saltando del techo de una casa aledaña. El sujeto se vio tacleado, se estrelló contra un auto y de inmediato fue mordido en los brazos —Vamos. 

La ciudad en la cual vivían comenzaba a lucir muy distinta a lo que fue días atrás. No había personas deambulando, el típico sonar de autos moviéndose de un lugar a otro, vendedores y conversaciones. Todo fue ocupado por gritos ocasionales, de vivos y muertos. Ambos fácilmente distinguibles por el tono agudo lleno de desesperación, o los graves y estridentes de la ira atacante. 

Solo cuarenta y ocho horas bastaron para que la ciudad no fuese la misma luego del amanecer del 26 de Junio. No había más noticias internacionales relevantes, las cadenas informativas estaban en total silencio con diversas pantallas estáticas. El servicio telefónico funcionaba con intermitencia, el internet se hallaba encendido, pero no habían mensajes viajando o llamadas esperadas. Ninguna ambulancia, centro de atención médica funcionando, bomberos, policías resguardando las calles o militares tomando control de la situación. Todo era silencio aparte de los gritos. 

Si algunos de esos miembros de la sociedad sobrevivieron, definitivamente se hallaban tan escondidos como el resto de las personas. Que la energía eléctrica dejase de funcionar en las últimas horas era la gota que rebosó el vaso. Significaba una noche en total oscuridad y a merced de los muertos, aquella era la realidad que todos temían.

Alejandro vivía en Puerto Cabello. El segundo mayor puerto de Venezuela, una ciudad que probablemente hubiese quedado en el olvido cincuenta años atrás, de no ser por la pesca floreciente, las múltiples aduanas marítimas y la enorme refinería petrolera a un costado. Su ubicación y recursos la posicionaron como relevante y esencial para transportar toda clase de mercancías dentro del país. Por tanto su población logró crecer hasta ochocientas setenta mil personas, de las cuales el sesenta  al setenta por ciento resultó infectada en las primeras cuarenta y ocho horas, diez por ciento murió de diversas formas y sus cuerpos llenaban las calles. Los que sobrevivieron a las primeras horas comenzaron a luchar, de esa población otro enorme porcentaje pereció en los cinco días siguientes asegurando suministros.

No hubo mayores explicaciones al suceso. Solo las palabras ante la inminente expansión de algo que denominaban “virus” un par de noticias y algunos presidentes ordenando planes de evacuación o contención. Ningún medio informó si se trataba de un agente biológico, arma biológica, experimento, o ataque. Tampoco fue relevante, porque cuando lo notaron, ya se hallaba esparcido en la población y la muerte rondaba por las calles sin control. 

Los muertos se multiplicaron a velocidad vertiginosa, en cuestión de horas inundaron toda la ciudad y la población se vio mermada. El centro de la ciudad era la zona a la que nadie deseaba acercarse, se hallaba repleta de jadeantes y mutilados. Hordas de cientos o miles de ellos era una fuerza aterradora que nadie deseaba enfrentar. Las zonas aledañas se hallaban desalojadas por razones más que obvias, mientras que los sobrevivientes comenzaron a organizarse para proteger a los suyos. 

Los grupos fueron una respuesta natural, algunos guiados por el miedo, otros por el sentido de venganza. Los vecinos o conocidos se comunicaron y agruparon a sus seres queridos que permanecían con vida. Luego algunas más fueron uniéndose, prestando servicio o bienes a cambio de protección. Un cambio que cualquiera pensaría que se daría lentamente ocurrió en cuestión de un par de días. Familias enteras dejaron todo por la seguridad de una noche alejados de los muertos, al resguardo de quienes se atrevieran a enfrentar aquellos seres repugnantes.  

Proteger zonas enteras por recursos aún existentes en tales lugares fue un acto espontáneo. Luchar y matar a quién se atreviera a tomar lo que les pertenecía, una respuesta natural. 

—Allí está tu tío —señaló la mujer notando al hombre. Guillermo era un sujeto huraño, con calva, que gustaba de jugar ajedrez y beber whisky. Algunas noches colocaba un telescopio en el balcón de su casa y quedaba largas horas allí afuera. Fue piloto de aerolínea en el pasado, Alejandro imaginaba que algunos hijos debieron quedar regados por el mundo.

—Pensé que no vendrían, les dije que nos esperaban a las tres. 

—Hay muertos por todas las calles, tampoco pueden esperar que no tardemos. 

—Bueno, apresuremonos, esta gente se irrita por todo y creen ser dioses del olimpo —expresó el hombre. 

—¿Crees que nos acepten? —Se movían por una calle extensa en la que se observaban varios cadáveres extendidos. 

—No veo razones por la cual no lo hagan. son violentos, pero necesitan mano interna para poder mantenerse —alegó el hombre frunciendo el ceño, pasaban al lado de un cuerpo de una niña desnuda, boca abajo. 

—Dudo que todos esos cuerpos fuesen muertos —señaló Alejandro, pero ambos adultos prefirieron hacer caso omiso. 

—No tenemos mucho —La mujer respondió preocupada.

—Trabajaremos, yo le ofrecí eso y ropa. Parece que necesitan mano de obra interna. Según escuché de la señora Tina, alguien les robó algunas personas que tenían en cocina. La intención sería entrar nosotros a reemplazarlos. ¿Qué haces? 

—Aplico tinner —Alejandro regaba algo del líquido detrás de él y sobre la chaqueta que usaba. 

—Dice que hay un tipo de muertos que pueden oler a los demás —explicó su madre. 

—Te diría que estás loco, pero ayer creí ver uno abriendo una puerta. El cabrón tenía la mano en una manija y daba la vuelta. 

El punto de reunión era un viejo edificio residencial. El gobierno en otros tiempos creó cientos de edificios como este por todo el territorio para brindar miles de hogares. Este en particular lucía bastante desgastado, y figuras armadas se observaban desde las ventanas. Al verles desde lejos empezaron a hacer señas entre ellos. 

Alejandro pasó entre cuatro sujetos, cada uno de ellos sujetaba un rifle. No le agradaba la situación ni la vista, aquella gente era resentida social, lo podías saber solo con verlos, en sus ropas y sus expresiones faciales. 

—¿Quiénes son?¿Qué quieren? —preguntó un sujeto. Alejandro mientras tanto le sonrió de forma irónica a su madre mientras alzaba las cejas. 

—Venimos predicando las buenas noticias del señor —dijo Alejandro, ganándose un codazo de su madre al instante. 

—Verónica accedió a negociar con nosotros para nuestra estadía. Somos Guillermo, Alejandro y Ligia, debería esperarnos. 

En las paredes se observaban restos de sangre, tanto allí como en el suelo. Un olor nauseabundo se colaba desde lejos, pero imposible de discernir.

—¿Piensas que eres gracioso niño? ¿Quieres ver cuán gracioso eres con dos  balas en las piernas? 

—Si hubieses podido dispararme lo habrías hecho hace rato, pero ese hombre de allí te dijo que nos dejaras pasar apenas estábamos allí afuera —señaló Alejandro —Lo de preguntar quiénes éramos y qué queríamos fue teatro.

—Espera a que salgas niño, veremos cuán cómico eres. 

—Probablemente estaré trabajando en la cocina, yo cuidaría que mis comidas no vengan con saliva incluida. 

El sujeto arrugó el entrecejo mientras otro a su lado soltaba una risa. Avanzaron por un par de pasillos desiertos hasta una zona comunal. 

—Estás siendo muy grosero —comentó su madre. 

—No quiere estar aquí, déjalo, quizás tiene una mejor idea —alegó su tío Guillermo. 

—Tengo un par, pero dudo que quieran escucharlas. 

—Es lo más sensato que te escucho decir en un buen rato. Eres bastante joven, tienes la impresión de poder hacer todo, pero somos simplemente tres personas comunes, podemos morir en cualquier segundo. Comprender tu parte en el mundo es esencial. 

—Revísalos —indicó un sujeto mayor y otros dos pasaron a tocar cada parte de sus cuerpos en búsqueda de algún arma.  

—Si, mi parte en todo y ser precavido, creo que ya lo he escuchado bastante. 

Luego de cinco minutos donde quitaron varias prendas de ropa, a los tres les permitieron pasar  a una habitación a un costado del edificio. En la parte exterior sonaron un par de disparos, nadie pareció inmutarse ante tal hecho. La habitación se hallaba sucia y casi vacía, en el centro se encontraba un escritorio amplio de madera, una silla reclinable y una mujer de casi dos metros de altura, gorda y de apariencia estrafalaria. Un rifle se hallaba a su espalda y una sonrisa maníaca en su rostro. 

—Así que… —Sacó una barra de chocolate de su ropa y comenzó a comerla con la boca abierta, Alejandro sintió repugnancia ante tal acto pero guardó silencio —Me contabas quieres que resguarde a tu familias durante dos meses, estuve pensándolo Guillermo —Señaló al hombre con cierta sonrisa —La verdad, aun no veo los beneficios de tenerte aquí, los suministros podemos conseguirlos. Tú no serías de gran ayuda, y aunque tanto la mujer como el chico trabajasen, deberías ofrecer más, porque como yo lo veo, la estadía será larga. 

—Verónica, tú sabes quienes somos nosotros, no tengo nada más que ofrecerte, yo no creo que necesitemos todo esto. Te brindaremos trabajo, y bastante ropa. 

—Resulta que han llegado otras personas que necesitan alojamiento también, y tenían comida en grandes cantidades. O puedes dar algo semejante, algo como veinte piernas de res —expresó la mujer, su risa provocaba un movimiento en su panza, como una onda que se extendía por todo el cuerpo. 

—¿De dónde sacaría veinte piernas de res Verónica?, somos tres personas, no tenemos un almacén o una carnicería. 

—Tu problema, no el mio. 

—Señora Verónica —La madre de Alejandro dio un paso adelante queriendo arreglar la situación —Debe haber alguna forma, tal vez algo que usted necesite que nosotros tengamos. No somos de gran cantidad de recursos, incluso podemos comer solo una vez al día.

Se escucharon dos disparos seguidos de afuera, incluso la vieja Verónica volteó por instinto, pero ante el silencio continuó —No creo que necesitemos algo de ustedes, a excepción de que nos den su casa, se necesitaría un documento firmado, pero sería algo arreglable, un traspaso de propiedad.

—¿Es en serio Verónica? ¿la casa? pero hablamos de estar aquí dos meses. ¿Una casa a cambio de dos meses de protección? 

—A nosotros nos parece justo, son dos meses muy inciertos. ¿Qué harán? ¿Comerán las paredes y ladrillos cuando tengan hambre? 

Alejandro apretó sus labios, notando el semblante pálido de su madre se decidió a hablar. Minutos atrás había decidido no hacerlo, pero que demonios. La vieja estaba loca si pensaba que darían la casa de su madre a cambio de protección por dos meses. Aunque por otra parte, solo era una casa, y al ritmo en que morían las personas con esta infección, casas desocupadas sobrarían.

—Si no están dispuestos a algo tan simple como una casa, pueden irse. 

—Verónica, nos conocemos desde hace un buen rato. Bebí junto a tu esposo, Castro, un centenar de veces. 

—Y por eso permaneces vivo en este momento Guillermo. Estoy honrando su memoria permitiéndote estar aquí. ¿Crees que esto es caridad? ¿Sabes cuánto cuesta cada una de las armas que tienen los chicos? El negocio se fue, ya no hay a quién venderle. Solo está esto, cuidar gente, matar gente y buscar suministros. Toma mi oferta o vete. 

—¿Qué tal algo de medicina? —insistió Guillermo. 

—¿Medicina? Tengo gente que puede hacer antibióticos a ojo cerrado, y casi dos farmacias enteras. ¿No lo entiendes verdad? ¿Qué crees que me impide dispararte en este momento y tomar todo lo que tengas —La mujer escupió un poco de chocolate al suelo, afuera el sonido de algunas armas aumentaban, pero nadie se inmutó por el hecho. 

—¿Una casa? Me disculpa, ¿usted habla en serio? —preguntó Alejandro cuando un sujeto se acercaba para llevarselos —Pero, no creo que eso sea lo más apropiado para usted en este momento, porque después de todo, las personas van muriendo, y quedan muchas casas vacías ¿verdad? Una persona como usted podría decirles a sus hombres  e ir por una casa. En la esquina tendría una. 

—Conozco la casa del viejo Guillermo, siempre sentí fascinación por el elegante balcón. Pero debo admitir que tienes algo de razón. Inteligente muchacho, continúa —argumentó la mujer tomando otro trozo del dulce, a Alejandro la escena le producía repulsión, y juró que jamás vería de igual forma un trozo de chocolate. 

—Teniendo en cuenta el hecho de que aquí no hay más de diez hombres armados, y seamos sinceros, una persona como usted pudo haber reclutado aún más´—.Alejandro sabía muy bien que algo que aumentase su ego le resultaría —Y que aquí no hay presente ningún niño o mujer, podría adivinar que esto no es su hogar, y solo lo usa como punto para liquidar muertos. Si eso es así, entonces usted debe de tener al menos otros diez hombres armados en su base, para resguardar a los suyos ¿o no? De no ser así, significa que usted tan solo estafa a las personas —El semblante de la mujer cambió y aquello le dio una gran pista al chico quien solo buscaba incitar sus expresiones faciales —Pero, creyendo en usted, entonces yo optaría por decir que la primera opción es la correcta. Teniendo también en cuenta el hecho de que hace pocas horas quitaron la energía eléctrica, tanto usted como yo sabemos no regresará. Creo que bastaría con ofrecerle una planta eléctrica ¿no le resulta atractiva esa idea? Porque de no ser así, sé muy bien que hay otros grupos por allí, alguno de ellos estaría interesado.

—Fascinante chico me parece estupenda tu idea, aceptaré el trato será la planta eléctrica. Guillermo —Observó al hombre con mirada tierna —¿Cómo no presentaste al crío antes? Si hasta ha sacado las dotes de su tío. Quedaremos así —respondió la regordeta mujer con voz apresurada mientras tragaba otro pedazo de chocolate —La planta eléctrica y…

Alejandro interpuso su mano con una señal de negativa, nuevamente sonaban disparos desde afuera —Pero usted no ha terminado de escuchar, a cambio quiero un arma de las suyas —El chico fue tajante en aquellas palabras, y tanto su madre como su tío se le quedaron mirando.

—No soy alguien de bromas, imbécil, no estés con juegos conmigo ¿Qué te hace pensar que yo necesito…?

—Yo creo que usted necesita más la planta que nosotros de ustedes… En cambio, el arma sería un trato justo.

—Podría matarlos ahora y…

—Y te quedarías sin planta. No está en la casa de mi tío. De seguro puedes buscar alguna en un centro comercial, eso si alguien no fue más inteligente y se las llevó antes. 

El rostro de la mujer enrojeció por completo, su respiración se entrecortó por un instante mientras se levantaba exasperada de la silla. Razón por la cual ninguno de los presentes pudo estar preparado para lo siguiente. Hubo un estallido, seguido del sonido de más disparos, y cientos de pequeños vidrios volando por la habitación. Un muerto de aquellos veloces saltó por la ventana trasera a Verónica, invadiendo la habitación, dando contra la espalda de la mujer y aterrizando tres metros más allá, justo al lado de la madre de Alejandro. El muerto golpeó contra la pared como un revoltijo de sangre y piel con respiración entrecortada.

Alejandro tomó a su madre del brazo, arrastrándola directo a la entrada, dispuesto a salir de allí en carrera, cuando un hombre armado se asomaba en la puerta disparándole al muerto viviente que se levantaba. Lo más horripilante de la escena era observar cómo otros dos muertos se acercaban en carrera hasta el boquete donde antes estuvo la ventana. La reacción general en la habitación fue de pánico. 

 Alejandro ya estaba en la puerta cuando sintió el empujón por parte del hombre armado que buscaba de huir, haciéndole caer al suelo. Se escuchaban gritos por parte de todos. Guillermo lograba levantarse e intentó ayudar a Alejandro, pero Verónica, pese a su peso corporal raudamente tomó al hombre por la espalda y lo colocó con vista directa a la ventanilla, luego con un giro brusco, y tomando su arma le dio un culetazo a Guillermo en su espalda, entregándolo en bandeja de plata a los muertos que saltaban entrando a la habitación en ese instante. El tío del chico dio contra el escritorio, al momento que uno de los seres jadeantes se volcaba encima de él.

Alejandro reaccionó atravesando su pie entero a las piernas de la mujer que intentaba escapar, haciéndole caer y darse contra la pared de enfrente. Saltó sobre ella como aquellos seres. Tomó aquella arma la cual había estado observando desde el principio de la reunión. 

Se notaba era un arma de alta tecnología, poseía un lente de aumento y silenciador; aquella fue la razón de querer hacer el intercambio de la planta eléctrica. Por alguna razón el seguro estaba pasado, de no ser así el chico no hubiere podido disparar, pues su conocimiento previo sobre armas era nulo. La sostuvo entre sus dos manos y disparó sobre aquel muerto sin duda alguna. Sintió un ruido seco luego de un golpe propio del arma que le empujaba hacia atrás. La culata golpeó su pecho con fuerza dejando una severa marca negra. 

—¡Corre mamá! —Las palabras se ahogaron en el sonido del rifle.

El impacto tuvo efecto, una ráfaga de tres disparos dio paso. Observó cómo un muerto retrocedía con un agujero en su mejilla, el otro reaccionaba en contra del chico, más el disparador no cedía, así que por mero impulso golpeó a la bestia con el lomo, haciéndole retroceder. Luego le disparó, de aquella forma descubrió lo que era un arma semi- automática. La sensación de impacto al disparar un rifle era indescriptible,  la bala impactó en el segundo zombi en su estómago, cosa que parecía no afectarle mucho. 

Fue entonces que su tío tomó a la bestia por el cuello. Los presentes quedaron asombrados, Alejandro no esperaba ver a su tío levantarse nuevamente. Observó su rostro ensangrentado y sus miradas se encontraron. Notó la expresión de su tío y el rostro haciéndole señas de que se marchase, él sin pensarlo, tomó a su madre del brazo, la cual se hallaba abrumada y sin palabras ante todo lo sucedido. Salió corriendo, mientras Verónica, aun en el suelo bramaba a gritos viéndole huir con su arma.

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