1. Prólogo
En un instante fugaz, cuando el tiempo se detuvo y el universo contuvo el aliento, en el corazón de este, siete reino emergieron de la bruma de la creación. Los dioses, los inmortales, los espíritus elementales, los humanos, las bestias divinas y los demonios coexistían. Cada uno forjado en el fuego de deseos y temores. El cielo, desgarrado por relámpagos, iluminaba un paisaje donde lo divino y lo profano danzaban en un delicado equilibrio, equilibrio que podría desvanecerse en cualquier momento.
Y en el vasto y brillante en el Ningne no Otoku, Reino de los humanos , el sol se alzaba con un esplendor casi divino, iluminando campos de flores y aldeas bulliciosas. Sin embargo, tras esa apariencia de paz, una sombra oscura se cernía sobre la tierra, amenazando con desatar el caos. Desde Akuma no Otoku, el Reino Demoníaco, gobernado por Orochi, el maestro de las sombras, se gestaba una amenaza inminente que prometía destruir la frágil armonía del mundo.
Las huestes de Orochi, hambrientas de poder y venganza, se preparaban para invadir Ningen no Okoku, devorando a los humanos como un fuego voraz. Los espíritus elementales de Seirei no Okoku, el Reino de los Espíritus Elementales, intentaron frenar la oscuridad inminente con sus poderes, pero sus esfuerzos resultaron inútiles ante la creciente fuerza del ejército demoníaco.
La noticia de esta amenaza llegó hasta Fushisha no Okoku, el Reino de los Inmortales, donde Tsukiyomi, el rey de la belleza y la esperanza, meditaba en su palacio de cristal. A pesar de su naturaleza pacífica, el peso del destino de los humanos lo oprimía. Con un gesto de determinación, Tsukiyomi descendió a Ningen no Okoku, su cuerpo resplandeciente como una estrella fugaz. Al aterrizar en la capital, los ciudadanos, aterrorizados, se agruparon a su alrededor. Tsukiyomi, con voz firme, anunció:
"He llegado para ayudarlos, pero el precio será alto. La oscuridad en el corazon de Orochi es poderosa y solo puedo negociar un respiro."
Así comenzó un pacto que cambiaría el destino de los humanos para siempre. Tsukiyomi se enfrentó a Orochi, desafiando al rey demonio a un combate de poder. La batalla fue titánica, una lucha de luz contra oscuridad, donde el sacrificio y la desesperación se entrelazaban en un ciclo interminable.
El pacto que se forjó en ese enfrentamiento selló el destino de Ningen no Okoku. Cada cien años, los humanos tendrían que ofrecer un tributo de almas a Orochi, un recordatorio constante del precio de la paz. Los inmortales de Fushisha no Okoku se convirtieron en los guardianes de este oscuro acuerdo, cumpliendo con su deber sin compasión, mientras el Ningen no Okoku se sumía en el miedo.
A medida que el sol se ocultaba en el horizonte, el ciclo del tributo se acercaba una vez más, y con él, el eco de las almas elegidas resonaba en el aire.
En la penumbra del dojo del templo de los doce clanes, donde las sombras danzan con la luz de las velas, un antiguo profeta se sumerge en la meditación. Su voz, suave pero resonante, corta el silencio como un susurro del viento.
"Escucha," dice, sus ojos brillando con la sabiduría de los ancestros.
"Cuando el dragón despierte de su sueño, el sol se ocultará tras las sombras. Los vientos del destino soplarán y los corazones temerosos resonarán en armonía. Aquellos que buscan la verdad no hallarán paz, pues las estrellas la ocultaran."
"Un joven nacerá en un lugar olvidado, sin corona ni poder. En su interior, una chispa divina brillará, una luz que solo él podrá encender. Su cuerpo, marcado por las sombras, será su escudo. Él, el elegido, comprenderá el lenguaje de los espíritus y la naturaleza, su corazón latirá al ritmo del equilibrio del mundo. Serán sus aliados, sus guías."
"Pero un destino cruel lo espera. Condenado a una vida eterna, sin la posibilidad de reencarnación, su alma estará unida a su esencia demoníaca. Con la sabiduría que ha heredado, luchará contra la oscuridad, enfrentándose a aquellos que se han dejado consumir por el poder."
Con un gesto enérgico, el profeta evoca la imagen de un fénix que resurgirá de las cenizas de un pasado olvidado, iluminando el camino para los valientes. "El destino está tejido en el hilo del tiempo. Solo aquellos que abracen su destino, con fe y determinación, desafiarán a la oscuridad." "Y con un último suspiro, el profeta cierra los ojos, dejando un aura de misterio y poder en el aire. Las velas parpadean, sus llamas danzando al ritmo de un destino entrelazado con las vidas de aquellos que se atreven a soñar.
El silencio se apodera del templo, lleno de la profunda sabiduría del universo. La profecía resuena en el corazón de los lideres, con una promesa de esperanza en medio de la oscuridad.
Las doce figuras, cada una representando un poder inmenso y un legado ancestral, se mantenían inmóviles, sus miradas fijas en el punto donde el humo del incienso danzaba en espiral, como si cada voluta de humo llevara consigo las esperanzas y temores de sus respectivos clanes.
Kenzō Yami, líder de Kōketsu no Tachi, se reclinaba en su asiento, la sombra de sus ojos ocultando sus emociones mientras analizaba las expresiones de los otros líderes.
"Las palabras de la profecía son claras," comenzó Ayame Shizuka, líder de Ryūkō no Hana, su voz serena pero firme, resonando en el aire tenso. "El Elegido... un humano con la fuerza para unir los reinos..."
"Un humano," escupió Shōgo Kuro, líder de Yami no Shō, su mirada cargada de desprecio y desdén, "Ridículo. Solo nosotros, los hijos del cielo, podemos alcanzar la verdadera iluminación." Su voz se elevó, rompiendo el silencio como un trueno, y la sala pareció encogerse ante su desafío.
Ayame no se dejó intimidar. "¿Acaso olvidáis la fragilidad de nuestra existencia? Si no encontramos al Elegido, los humanos podrían destruirnos a todos," intervino Akira Tenjin, líder de Genkai no Hoshi, sus ojos brillando con una luz fría y calculadora. La tensión aumentaba, como un arco tensado a punto de romperse.
"Pero no podemos revelarles la verdad," advirtió Rei Kyokushin, líder de Meikyū no Yō, su rostro impasible como una máscara de piedra. "La profecía es sagrada, solo nosotros la conocemos. Si se divulga, las consecuencias serán desastrosas." Su voz era un susurro helado, pero el peso de sus palabras caló hondo en los corazones de los presentes.
"Entonces, ¿qué propones?" preguntó Tōru Kaito, líder de Kyokyo no Michi, su voz metálica y autoritaria resonando en la sala. La incertidumbre flotaba en el aire, y cada líder sabía que el futuro de sus clanes dependía de un hilo.
Un leve murmullo recorrió la sala, como un río de inquietud. Los líderes se veían obligados a enfrentar una verdad incómoda: la supervivencia de todos los reinos dependía de un humano. La atmósfera se tornó aún más pesada, cada segundo estirándose en un tenso silencio.
"Cada cinco años," propuso Ayame Shizuka, su tono decidido, "abriremos el portal hacia Fushisha no Okoku . Permitiremos que los humanos entren, pero solo aquellos con raíces espirituales." Su propuesta, aunque audaz, fue recibida con miradas de escepticismo.
"Un buen punto de partida," asintió Sōma Ten, líder de Tenkū no Izumi, "pero debemos ser cautelosos. No podemos permitir que la profecía llegue a oídos de los humanos. Si lo hacemos, perderemos el control."
"¿Y si el Elegido no aparece?" preguntó Riku Ginga, líder de Jūryoku no Kaze, su voz llena de desconfianza. La inquietud en su mirada reflejaba la ansiedad que todos sentían. La sala se llenó de murmullos nerviosos, como si cada líder temiera que su propia existencia estuviera en juego.
"No podemos dejar de buscar," respondió Kenzō Yami, su voz profunda resonando en la sala, imponente y firme. "Si no encontramos al Elegido, nuestra existencia está en juego." Su declaración cortó la tensión, como un hacha afilada, y los murmullos cesaron abruptamente.
"Es un riesgo que debemos correr," aceptó Rina Kenzaki, líder de Sekai no Henkakusha, su mirada fría y calculadora. "El equilibrio que hemos mantenido durante siglos podría desmoronarse si no actuamos ahora."
Tras una larga deliberación, la atmósfera se cargó de determinación. Los líderes de las doce sectas finalmente llegaron a un acuerdo, pero la tensión seguía palpándose en el aire, como una tormenta que se avecinaba.
"Con este pacto," anunció Ayame Shizuka, su voz resonando con una mezcla de esperanza y temor, "mantendremos el equilibrio y protegeremos nuestros reinos." Las palabras flotaron en el aire, pesadas y significativas.
Los doce líderes se levantaron, sus miradas se cruzaron en un silencio tenso, cada uno consciente de la gravedad de la decisión tomada. La batalla por la supervivencia comenzaba, y la profecía era solo el comienzo.
Así, con el eco del pacto resonando en la sala, las puertas del Reino Inmortal se abrieron cada cinco años, permitiendo que los humanos ingresaran en busca de su destino. Los maestros de cada secta, con ojos agudos y corazones llenos de expectativas, examinaban a los jóvenes que cruzaban el umbral, buscando aquellos con el potencial adecuado y las características que creían que debía poseer el Elegido.
Sin embargo, los siglos transcurrieron, y la figura del Elegido se convirtió en un mito, en un susurro perdido entre las leyendas. Muchos olvidaron el objetivo de todo esto, la razón por la que habían hecho aquel pacto tan crucial. La rutina de la apertura del portal se volvió un evento casi ceremonial, y la urgencia que una vez había llenado el aire se desvaneció con el tiempo.
Pero Kenzō Yami nunca se olvidó. Las palabras de la adivina seguían resonando en su mente como un mantra, recordándole la importancia del Elegido y el poder que podría conferirle. Sabía que si el niño caía en su poder, su secta se volvería la más poderosa y rica; nadie podría desafiarlo sin perder. La ambición ardía en su interior, alimentada por la promesa de grandeza.
Con cada apertura del portal, Kenzō se mantenía vigilante, observando a los jóvenes que cruzaban el umbral con una mezcla de esperanza y desesperación. Mientras otros se distraían con el lujo y la decadencia del presente, él continuaba su largo y arduo trabajo en la búsqueda del Elegido de la estrella Tenshi no Hoshi. La obsesión por encontrarlo se convirtió en su norte, su razón de ser, como un hilo que unía pasado y futuro, tejiendo un destino que aún estaba por escribirse.
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