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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

2. Capítulo I

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El viento aullaba entre los árboles, llevando consigo el eco de los cascos de los caballos demoníacos, que resonaban como un oscuro presagio en la noche. Estos seres, tan negros como la misma oscuridad, galopaban con una velocidad aterradora, arrastrando tras de sí a los desdichados humanos encadenados. Sus gritos y lamentos se entrelazaban con el sonido de los cascos, creando una sinfonía macabra que helaba la sangre.

Los esclavos, con rostros demacrados y ojos desorbitados por el terror, corrían desesperadamente, tratando de escapar de la inminente captura. Sabían que, si caían en manos del Rei demonio, su destino sería sellado en las profundidades de un abismo del que no habría retorno. Las cadenas que los unían a sus compañeros resonaban con cada paso, un recordatorio constante de su impotencia.

En la distancia, se vislumbraba la silueta de portal , donde el Akuma no okoku aguardaba su llegada. La luna, oculta tras nubes ominosas, apenas iluminaba el camino, mientras la risa burlona de los demonios resonaba en la penumbra.

Los inmortales veían impotentes cómo aquellos humanos eran sacrificados por un bien mayor; algunos estudiantes provenientes del Ningún no Okoku solo podían apretar los puños, impotentes ante la cruel realidad.

Cuando los esclavos ingresaron al portal, la oscuridad los cubrió, impidiendo que pudieran ver el lugar donde estaban. Muchos, cansados y asustados, se tiraron al suelo. Entre ellos, dos niños que durante todo el camino se tomaron de las manos y nunca se soltaron. Las luces tenebrosas se encendieron una a una, revelando su escalofriante entorno. Estaban rodeados de cadáveres, sus cuerpos descompuestos yacen en un charco de sangre que emanaba un hedor nauseabundo. La escena generaba náuseas a todos, y uno de los niños, aterrorizado, solo pudo cerrar sus ojos negros cual carbón.

El otro, con determinación, tiró de su brazo para abrirle los ojos. "¡Mira!", susurró, aunque su voz temblaba. Desde el momento en que ingresaron a aquel lugar, las cadenas que los ataban habían desaparecido, pero la sensación de cautiverio era más fuerte que nunca.

Al final del camino de luces, se podía ver a un hombre guapo y terrorífico: Orochi. Su figura imponente se alzaba sobre un trono de piedra, adornado con huesos y joyas macabras. Se lamía los colmillos, satisfecho, como si disfrutara de un banquete que apenas había comenzado. Su mirada, fría y penetrante, se posó sobre los nuevos llegados, y una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro.

"Bienvenidos, queridos sacrificios", dijo Orochi, su voz resonando como un eco en la sala. "Aquí, en mi reino, la muerte es solo el comienzo de un nuevo juego".

Los niños, temblando, se miraron entre sí, comprendiendo que su destino estaba sellado en un lugar donde la esperanza parecía haber sido devorada por la oscuridad.

Alrededor de ellos, los otros prisioneros comenzaban a murmurar, algunos intentando encontrar consuelo en la compañía del otro, mientras que otros se dejaban llevar por la desesperación. Las risas de los demonios resonaban más cerca, como un recordatorio constante de que estaban atrapados en un mundo donde la vida y la muerte eran solo piezas en un tablero de ajedrez macabro.

Orochi se levantó de su trono, avanzando hacia ellos con pasos deliberados. "¿Quién será el primero en entretenerme?", preguntó, su voz suave pero cargada de amenaza. "¿Quién se atreverá a desafiar su destino?".

Los corazones de los prisioneros latían con fuerza, sabiendo que la lucha por la supervivencia apenas comenzaba en este reino de pesadilla.

En ese momento, la multitud de personas comenzó a intentar escapar, pero un brillo malvado se formó en los ojos de Orochi. Levantó la mano, dando la señal a los líderes demoníacos: el banquete había comenzado. Los demonios se lanzaron sobre los humanos que intentaban huir, y cada uno de ellos moría en un instante, gritos desgarradores resonando en el aire.

Uno de los niños, Ren Kai, mantenía los ojos cerrados, aceptando su cruel destino. Pero Shun Kosei no lo permitiría. Jalando de su mano, lo arrastró, obligándolo a abrir los ojos entre lágrimas de terror. Ren, asustado, no quería morir, pero no sabía qué hacer sin su mejor amigo.

"¡No! ¡No quiero morir!", gritó, mientras su respiración se aceleraba, sintiendo que el pánico lo invadía. En ese instante, vio caer el cuerpo muerto y desfigurado de sus padres, el horror y la desesperación llenando su pecho. La visión le cortó la respiración, como si un peso enorme lo aplastara.

Shun,al ver el estado de su mejor amigo, rápidamente cerró los ojos de Ren, abrazándolo con fuerza. "Todo estará bien", susurró, intentando calmarlo mientras acariciaba su cabello tan negro como sus ojos . "No te dejaré solo. Siempre estaré contigo". Las palabras ardían con una calidez que contrastaba con la fría realidad que los rodeaba.

Los niños no fueron atrapados por los demonios, pero quedaron escondidos entre los cadáveres de aquellos que alguna vez fueron humanos. El silencio que siguió fue casi ensordecedor, el eco de la matanza resonando en sus oídos. Cuando ya no pudieron escuchar ruido, se escabulleron entre los pasadizos del calabozo, sintiendo la tensión en el aire.

Cada sombra parecía cobrar vida, cada crujido del suelo resonaba como un grito. Sus cuerpos estaban bañados en el olor demoníaco, lo que hacía casi imperceptible su olor humano ante los demonios. Con el corazón latiendo con fuerza, se movieron con cautela, esquivando a los guardias y demonios a su paso.

Días pasaron, llenos de miedo y hambre, pero la determinación de sobrevivir los mantenía en movimiento. Robaban lo que podían, ocultándose en rincones oscuros, siempre alerta. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, lograron escapar hacia un bosque del Fushisha no Okoku.

El aire fresco del bosque les dio una sensación de alivio, pero el temor aún persistía eran un refugio, un lugar donde podían esconderse y respirar por un momento. Shun Kosei comenzó a reír, como si nada, feliz por haber conseguido escapar del destino. "¡Mira, Ren! ¡Lo logramos! Ese demonio se ha equivocado", gritó al cielo, su voz resonando entre las hojas.

Ren Kai se asombró al ver a Shun tan alegre. Su rostro, siempre frío y serio, también sonrió. Pero antes de que su risa escapara de sus labios, una sombra oscura se abalanzó sobre ellos. Un joven cultivador, con una mirada feroz y decidida, apareció de la nada. Sin previo aviso, desenfundó su espada y se lanzó hacia Shun.

El tiempo pareció detenerse. Ren sintió que su corazón se detenía cuando la espada atravesó la piel de Shun, matándolo al instante. La sangre de su mejor amigo salpicó su rostro, tiñendo su piel de rojo y desfigurando su inocencia. Ren quedó paralizado, sin poder comprender lo que ocurría. Solo vio el mundo desvanecerse a su alrededor, como si la realidad se desmoronara en un torrente de dolor y desesperación.

"¡Shun!" fue lo único que pudo gritar, su voz ahogada por el horror. Se arrodilló, sintiendo que el suelo se movía bajo él, como si la tierra misma llorara la pérdida. La risa de Shun quedó atrapada en su memoria, un eco que resonaba en su mente mientras las lágrimas caían sin control por sus mejillas.

El joven cultivador, tras realizar su ataque, se detuvo, mirando a Ren con una mezcla de sorpresa y desprecio. El joven cultivador, con la espada en mano, miró a Ren Kai con desdén. "No hay lugar para los demonios en este mundo", dijo, listo para acabar con lo que creía que era una amenaza. Pero en un instante, algo cambió.

La mirada de Ren se oscureció, y los cielos comenzaron a cubrirse con nubes negras, como si la misma naturaleza respondiera a su dolor.

El cultivador, sin poder creer lo que sus ojos veían, apretó con más fuerza su espada. Ren Kai ya no estaba consciente de lo que hacía. Un sello azul cielo, casi imperceptible para los ojos humanos, se formó en su frente, brillando con una luz fría y aterradora. Su aura se volvió tan helada que el joven cultivador sintió que le faltaba el aire, como si el mundo a su alrededor se hubiera detenido.

En un instante, todo el área del bosque se congeló. La tierra, los pétalos de las flores que caían, cada animal que pasaba, todo se convirtió en hielo sólido. El cultivador sintió cómo su propia sangre comenzaba a congelarse al ver a Ren levantando la mirada, sus ojos ahora brillando con un poder desconocido. Con un simple parpadeo, el joven cultivador se volvió hielo puro. Su cuerpo se transformó en escarcha de nieve, desapareciendo sin dejar rastro, ni siquiera una gota de sangre. La fría venganza de Ren había sido rápida y absoluta. En ese momento, Ren Kai perdió el conocimiento, desmayándose mientras el poder que había desatado comenzaba a desvanecerse. A medida que su cuerpo caía al suelo, el hielo que lo rodeaba comenzó a derretirse, el calor de su esencia regresando lentamente. El bosque, antes cubierto por la helada, comenzó a aclararse, como si la naturaleza misma respirara aliviada.

Esa transformación marcó el despertar de un poder antiguo, el despertar del dragón. En el silencio que siguió, la atmósfera se cargó de una energía palpable, como si el mismo mundo estuviera anunciando el despertar del elegido

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