11. Lamentos y Conflictos
Lucas miraba el techo de su cuarto, acostado boca arriba en la cama, con los audífonos a un volumen considerablemente alto. Intentaba ahogar sus pensamientos con ruido, dejar que sus emociones fluyeran con la música. En algún lado había leído que escuchar música podía ser un buen ejercicio para sobrellevar momentos de saturación emocional. No recordaba cuándo ni dónde lo había leído, pero al menos sonaba razonable y accesible. Y lo más importante: parecía estar funcionando. Por un segundo quiso cerrar los ojos, fundirse con las sábanas y dejarse absorber por la cama.
Pensó en dormirse, pero no tenía sueño. Solo el deseo de apagar la conciencia, quizá para siempre. Por ahora, bastaba con dejarse guiar por el sonido. Le cruzó la mente la idea de masturbarse. Pero, al igual que dormir, era solo una idea más, no una necesidad.
Intentó comprender qué era lo que realmente quería hacer. Y llegó a una conclusión: simplemente quería distraerse. Hacer algo, cualquier cosa, para no sentir el peso de estar consigo mismo.
Giró la cabeza levemente hasta que, por el rabillo del ojo, divisó la enorme pila de papeles sobre su escritorio: los apuntes que Leo le había entregado y que habían permanecido olvidados en su casillero todo el fin de semana. Si tenía ganas de hacer algo, al menos podía hacer algo productivo.
Estudiar y ponerse al día con la escuela parecía tedioso, sí, pero era —de entre todas sus opciones— la única que podía sacarle algún provecho.
Se levantó de la cama sin quitarse los audífonos, se acercó al escritorio y, suavemente, con la yema de los dedos, acarició la primera hoja. Notó algo en lo que no se había fijado antes: aquellas páginas no parecían ser fotocopias de algún cuaderno, sino documentos redactados en computadora. ¿Será que Leo transcribió toda esta información solo para poder entregársela? Parecía absurdo pensar que alguien se tomaría tanta molestia solo para pasar unos apuntes.
Comenzó a hojearlas. Estaban engrapadas y separadas por asignatura: Historia, Biología, Matemáticas, Química, Física, Literatura. Repasando su propio historial académico, Lucas no recordaba ningún momento en su vida en que hubiera destacado precisamente por ser buen estudiante. No era sobresaliente, pero tampoco de bajas calificaciones. Era simplemente uno más del montón. Por eso, estudiar jamás había sido una actividad que disfrutara demasiado.
Ahora, sin embargo, iba a tener que usar toda su fuerza de voluntad para alcanzar al resto. La idea, curiosamente, le resultó atractiva: ocupar su mente hasta agotarla. Eso lo mantendría alejado de todo lo demás.
Lucas movió la silla y la acomodó mientras se sentaba. Comenzó con la primera parte de los apuntes: Historia. Recordó el proyecto que les habían encargado, un ensayo. Sus ojos seguían las palabras, pero su mente no. El eco en su cabeza lo llevaba de vuelta a Leo. No sabría decir por qué, pero lo recordaba llorando. Quizá fue eso: llegó a la escuela ocultando el llanto, tal vez por eso dejaba caer su cabello sobre el rostro. En el extremo opuesto estaba Leti: alegre y carismática, sin temor a mostrar su sonrisa ante el mundo y sin miedo a reírse en voz alta.
Lucas sacudió la cabeza, intentando quitarse las distracciones de la mente. Comenzó a leer el primer párrafo: "La historia del presente rey de Gran Bretaña es una historia de repetidas injurias y usurpaciones." Un fragmento de la Declaración de Independencia. El área de estudio abarcaba los inicios de la nación.
—Qué aburrimiento... —se dijo Lucas. Continuó leyendo durante un rato. Sostenía un lápiz con el que subrayaba los fragmentos que debían considerarse importantes. Cuando terminó, repasó las hojas y notó que casi todas estaban completamente subrayadas.
—Ok, subrayar no me va a servir —murmuró para sus adentros.
Continuó con los apuntes de las otras clases, pero para cuando terminó, todo parecía un revoltijo de palabras y términos inconexos que formaban frases sin sentido en su cabeza. Algo así como: "En el año 1776, Pitágoras descubrió la teoría de la relatividad cuando le cayó una manzana en la cabeza." Dejó caer la cabeza sobre el escritorio.
—Quizá debí haberme masturbado —reclamó en voz alta, con un tono marcado por el agotamiento mental.
Un leve sonido proveniente del primer piso lo hizo reaccionar. Decidió salir de su cuarto y asomarse desde la escalera. Su madre entraba por la puerta principal, cargada de bolsas del supermercado. Lucas bajó rápidamente, se acercó a ella y tomó las bolsas que cargaba.
—¿Qué tal estuvo tu día? —preguntó Lucas mientras ambos avanzaban a la cocina.
—Bastante ocupado —resopló su madre, exhausta—. Me cancelaron dos de las tres entrevistas que tenía programadas para hoy, y en la tercera el tipo llegó casi una hora tarde. Fue espantoso.
—¿Al menos te fue bien en esa entrevista? —Eso espero, pero es la fase preliminar de la selección, así que hay muchos candidatos aún.
—¿Para cuándo reprogramaron tus otras entrevistas?
—Una la reagendaron para mañana; de la otra quedaron de avisarme por correo.
—Es una mierda.
Martha lo miró con una expresión que decía "cuida tu lenguaje", pero no duró mucho. Apoyó ambas manos sobre la mesa en señal de derrota.
—Sí, es una mierda.
Ambos comenzaron a guardar las compras en las alacenas.
—¿Y qué tal estuvo tu día? ¿Te han dado alguna novedad en la escuela?— preguntó ella mientras acomodaba unas latas de sopa de tomate.
—La verdad, estuvo bastante bien.
—¿De verdad? —respondió entusiasmada su madre.
—Sí. En la clase de Historia nos hicieron hacer parejas para un informe; en Química recreamos reacciones de oxidación en el laboratorio; en Gimnasia hicimos un circuito de atletismo, y al terminar jugamos vóleibol. Ah, y una amiga me presentó al capitán del equipo de básquetbol.
—¿En serio?
—Sí. No prometió nada, pero dijo que podría hablar con el entrenador para ver si había alguna posibilidad de que me integraran al equipo.
—¡Wow! Eso es una muy buena noticia, hijo. Me alegro mucho por ti. ¿Y ese trabajo en parejas? ¿Con quién te tocó?
—Nosotros armamos las parejas. Lo haré con el chico que se sienta a mi lado. Iré a su casa el sábado para trabajar en eso.
—Hijo — su madre cambió a un tono más serio—, el sábado iremos al cementerio a ver la tumba de tu abuela. Es su cumpleaños y quería que fuéramos todos.
—Pero, mamá, esto es para la escuela —intentó argumentar Lucas—. ¿No podemos dejar eso para otro día?
—Hace años que no he podido visitar su tumba en su cumpleaños.
—Exacto. ¿Qué es otro año sin hacerlo?
—¿Cómo puedes decir eso, hijo? —respondió indignada su madre. Lucas empezó a sentir que le hervía la sangre.
—¿No podemos ir mañana, acaso? No se va a ningún lado.
—¿En serio te molesta tener que estar un solo día acompañándome? ¿Ni siquiera para eso eres capaz de soportarme?
Algo le quemaba por dentro. La rabia le subía como un fuego y, con ella, una fuerza extraña.
—Sabes que no es eso —replicó, alzando la voz—. Solo no entiendo por qué es necesaria mi presencia. ¡Justo el día que tengo algo que hacer! Y para la escuela, ni siquiera es una tontería.
—Sí, lo sé, Lucas. Pero, ¿no puedes posponerlo? Solo te pido que me acompañes un día.
Estaba por explotar. Ya no podía contenerse. Logró entenderlo. Era el Lobo. Se agitaba, hambriento de conflicto.
—¡¿Así como me pediste que te acompañara a vivir aquí?!
—¿Vas a seguir con eso? Por Dios, Lucas, ¿sigues sin entender que no estamos aquí por diversión?
Un sonido brotó de su interior: un gruñido bajo.
—¿Acaso ir a un cementerio es obligatorio? ¡Ni siquiera conocí a esa mujer!
—Es mi madre, y me gustaría estar con mi hijo para visitar su tumba.
—Claro, porque tú quieres. Y cuando tú quieres, no tengo opción. Aquí siempre se hace lo que tú decides.
Un estruendo interrumpió la discusión: un golpe sordo de la puerta contra el marco. Ambos se giraron. El abuelo estaba en la entrada, con el ceño fruncido y los ojos como cuchillas.
—Irás el sábado. Después del trabajo —su voz fue un látigo seco. Lucas ni siquiera intentó replicar—. Fin de la discusión.
El viejo se marchó sin más, lento pero firme. Nadie se movió. Lucas apretó los labios, lleno de rabia. Salió de la cocina pisando fuerte. Mientras se alejaba, sacó su celular, buscó el número de Leo y escribió: "Oye, me surgió algo el sábado. ¿Podemos hacerlo el domingo?" Subía las escaleras cuando escuchó algo. Se detuvo. Un sonido leve, casi imperceptible. Afinó el oído. Sollozos. Venían desde la cocina. Su madre estaba llorando. Un llanto retenido. Como si luchara contra él. La ira se disipó. Solo quedó el peso frío del arrepentimiento.
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