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Tres Noches de Luna Llena

10. El Invernadero

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—Toma, anótame tu número —dijo Lucas mientras acercaba su teléfono a Leo. Ambos se detuvieron junto a la puerta del salón mientras salían de la clase de Historia hacia el receso. Leo tembló un poco al tomar el celular y, con cuidado, tecleó su número. Al devolvérselo, Lucas notó la leve silueta de una sonrisa en su rostro. Pero esa expresión se desvaneció casi de inmediato. Leo volvió a encorvarse y dejó caer el cabello sobre su cara como una cortina.

—Nos vemos —dijo rápidamente mientras se alejaba entre el bullicio de estudiantes que se movían por el pasillo. Lucas lo observó hasta perderlo de vista. Aquel muchacho quedó flotando en su mente por unos instantes, antes de ser reemplazado por otros pensamientos.

Biología. Era la clase del segundo bloque. Aún tenía unos quince minutos de receso. Se dirigió a su casillero, abriéndose paso entre el gentío. Antes de siquiera tocar la puerta metálica, una voz lo interceptó por detrás.

—¡Buenos días, Lucas! —saludó con entusiasmo Leti.

—Buenos días, Leti —respondió él con voz apagada.

—¿Listo para tu primera sesión en el club de jardinería?

—¿Qué? ¿No era los martes?

—Sí, pero hoy tengo que mover el compost y decidí que tú vas a ayudarme.

—Eso no era parte del trato...

—Descuida, solo tomará un minuto. Además, contará como una de las sesiones que debes cumplir.

—Supongo que no tengo opción, ¿o sí?

—Para nada —dijo ella, mientras le tomaba la manga y lo arrastraba con decisión por los pasillos.

Salieron al patio, donde el aire frío de la mañana se filtraba entre las ramas desnudas de los árboles. Leti caminaba con paso firme, guiando a Lucas por un sendero de tierra ligeramente húmeda, hasta detenerse frente a una estructura que parecía sacada de otro mundo: un invernadero alargado, adosado a uno de los muros perimetrales de la escuela. A primera vista, se notaba que estaba bien mantenido, aunque con cierto aire rústico y artesanal.

 El invernadero estaba construido con una base de madera oscurecida por los años y grandes paneles de vidrio que reflejaban el cielo nublado. Algunos cristales estaban empañados, otros ligeramente salpicados de barro seco. La puerta, de madera gruesa y vetusta, tenía bisagras que crujieron suavemente cuando Leti la empujó para abrirla.

 —Bienvenido —dijo ella, con una sonrisa orgullosa, mientras sostenía la puerta abierta con una mano—. Adelante, pasa.

Lucas entró con cierta cautela. El cambio de ambiente fue inmediato. Aunque no era más cálido que el exterior, dentro se sentía una humedad espesa que envolvía el aire, cargada del olor penetrante a tierra mojada, madera envejecida y hojas en descomposición.

No era desagradable, pero sí denso. Un aroma vivo y vegetal. Algo en aquel lugar lo llevó de vuelta a un rincón extraño de su memoria: el claro, ese sitio donde ocurrió el fatídico encuentro. En cuanto ese pensamiento cruzó su mente, algo pareció moverse en el interior de su tórax. Algo similar a una taquicardia. Se agarró el pecho por instinto, pero aquel leve movimiento trajo consigo un destello de extraña serenidad y paz. Una sensación inesperada que lo calmó sin razón aparente.

—¿Todo bien? —preguntó Leti.

—Sí, sí —mintió Lucas—. Todo bien.

Lucas desvió su atención al interior del lugar. El invernadero estaba dividido en varios sectores. Dos largos mesones de madera recorrían los laterales, repletos de herramientas de jardinería, macetas agrietadas, palas pequeñas y montones de tierra esparcida. Del techo colgaban algunas jardineras vacías y varias cuerdas con nudos. En un rincón, varias bolsas de sustrato y fertilizante descansaban apiladas junto a una carretilla oxidada. A un costado, una hilera de pequeños árboles sin hojas se alzaba en maceteros de plástico. Lucas notó que algunos tenían sus bases envueltas con cinta plástica transparente, como si intentaran reparar una fractura o proteger una herida. Más allá, había una mesa más baja, repleta de almácigos cubiertos por bandejas negras, muchos de ellos con etiquetas escritas a mano en rotulador.

El vidrio de las paredes filtraba una luz difusa, que envolvía el lugar con una atmósfera tranquila y un tanto fantasmal.

—¡Mierda, este lugar es un témpano! —exclamó al sentir el frío interior.

—Así es. En invierno esto se vuelve un congelador. Por eso casi nadie se inscribe en el club hasta que llega la primavera.

—Creí que los invernaderos eran para mantener el calor...

—Algunos sí, pero muchas de las plantas que tenemos necesitan pasar por el frío para florecer bien en primavera.

—¿Para qué es esa cinta en los tallos? —dijo señalando las arboles en macetero que había en la esquina.

—Ah, esos son injertos. Se cortan partes de un árbol y se pegan a otro. La cinta los mantiene unidos... aunque probablemente no sobrevivan.

—¿Por qué?

—Se supone que los injertos deben hacerse a inicios de primavera, pero Lila quiso probar ahora. Lo hizo sin permiso, así que... ya veremos qué pasa.

—¿Lila? ¿Quién es ella? ¿Otro miembro del club?

—Sí. Somos siete en total. Ocho contigo. Ya conocerás al resto. Por ahora, te necesito para una tarea especial.

—Wow, impresionante —ironizó Lucas—. ¿Y para qué me necesitas exactamente?

—¿Ves esos baldes allá?  —dijo, señalando dos recipientes en la esquina opuesta—. Tráelos acá. Lucas obedeció. Uno estaba vacío, pero el otro estaba tapado y pesaba bastante.

—¿Algo más? —preguntó al dejar ambos sobre la mesa.

—Ahora viene lo divertido: vacía el contenido del que está lleno en el que está vacío.

 —¿Solo eso?

—Solo eso.

Lucas se dispuso a destapar el balde.

—¡Espera un momento! —lo interrumpió Leti, alejándose hasta ubicarse bajo el marco de la puerta—. Ahora sí, puedes abrirlo.

Lucas la miró con desconfianza, pero procedió. En cuanto abrió la tapa, un hedor insoportable lo golpeo.

—¡¿Pero qué mierda?! ¡Qué asco! Esto apesta —protestó, entrecerrando los ojos y volviendo la cara. Leti reía a carcajadas desde la puerta—. ¿Qué rayos es esto?

—Es compost —explicó, ahogando la risa—. Hay que revolverlo para evitar que apeste, pero como el fin de semana nadie lo movió, los lunes siempre huele así.

—Huele a cadáver.

—Vamos, no seas exagerado. Yo lo he hecho decenas de veces.

—¿Y qué se supone que tiene?

—Solo materia orgánica en descomposición. Anda, apúrate. Tienes que airearlo.

Lucas se tapó la nariz y, aguantando las náuseas, volcó el contenido. Parte del líquido salpicó sus manos.

—Oh, carajo... —se quejó, sacudiendo las manos en el aire—. ¿No tienes guantes?

 —Teníamos, pero se rompieron. Vamos a comprar más esta semana.

 —Esto es tortura.

—¡Es tradición! —respondió Leti divertida. Lucas repitió el proceso tres veces más.

—Con eso basta —dijo Leti, acercándose—. Ahora, como tarea final, vacía el compost en el colador.

—¿Qué es eso?

—Ese cajón con agujeros en el fondo, detrás de ti. Sirve para escurrir el líquido, como un colador de fideos.

Lucas volcó el contenido y vio cómo un líquido marrón caía en un balde colocado debajo.

—¿Hacen algo con esa agua inmunda?

—A veces la usamos para regar las plantas de la escuela. La mantención de los jardines la hace nuestro club.

 —Wow... debo admitir que hacen un buen trabajo. Los jardines se ven bastante bien.

—Gracias. Todo fue idea de la presidenta. O sea, yo.

—¿Y este compost también lo usan para los jardines?

—No, ese es nuestro. Guardamos la mitad para plantar en primavera y la otra mitad es para las lombrices.

—¿Lombrices?

 —Sí, en ese cajón de allá —dijo señalando una caja de madera contra la pared—. Hacemos humus.

Abrió la tapa. Lucas asomó la cabeza y vio una masa viscosa de lombrices retorciéndose en el barro.

—¡Oh, mierda! —gritó, retrocediendo—. Eso sí que es asqueroso.

—No seas gallina. Son inofensivas —dijo Leti, tomando unas cuantas con los dedos.

—¡Aléjalas de mí! ¡En serio, me dan asco!

Leti rió más fuerte y de su mochila sacó una bolsa plástica con algo amarillo dentro.

—¿Y eso?

—Mango. Atrae a las lombrices. Mañana, cuando estén todas juntas, las sacamos, vaciamos el contenido de la caja, colocamos compost nuevo y luego devolvemos las lombrices.

—Por favor, no me hagas a mi hacer eso.

—Está bien, gallinita —bromeó ella, cerrando la caja.

Lucas bufó, pero no pudo evitar sonreír un poco. Por un momento, el mundo dejó de pesar tanto. Aunque el olor persistía, el aire ya no parecía tan denso como al entrar.

—Hola, Leti —interrumpió una voz grave desde la puerta. Lucas giró la cabeza. Un joven de complexión robusta, alto como un poste de luz y con hombros que parecían ocupar todo el marco, acababa de entrar al invernadero. Llevaba una chaqueta a medio abrochar, una sudadera colgando sobre una mochila deportiva. Su pelo, rizado, peinado un poco hacia la derecha. Tenía esa clase de presencia que no necesita anunciarse: simplemente llenaba el espacio.

—Justo a tiempo, Dante —dijo Leti, caminando hacia él con naturalidad y dándole un breve abrazo. Lucas se quedó inmóvil. Sintió una mezcla extraña de intimidación y admiración. Ese tipo parecía ser todo lo que él había dejado de ser. La confianza, el entusiasmo.

—Lucas, él es Dante, capitán del equipo de básquetbol. Dante, él es Lucas... el chico del que te hablé.

Dante lo miró de arriba abajo con una sonrisa burlona, aunque no malintencionada.

—No mentías con que era bajito.

Lucas alzó una ceja, medio sonriendo. Era una broma, y a la vez un desafío.

—No soy bajito  —replicó—. Solo no soy una secuoya como tú. Además...  —se interrumpió un momento, su mirada enfocándose con repentina lucidez—. Espera. Yo te recuerdo. En las nacionales del año pasado. Sí. Eliminamos a tu equipo en la primera fase.

Dante parpadeó, sorprendido. Luego asintió con entusiasmo.

—¡Wow! Sí, sí, ahora te reconozco. Relámpago.

—¿Relámpago? —Fue el apodo que te pusimos —dijo Dante, dirigiéndose a Leti con una risa—. Este tipo era un rayo en la cancha. Se movía tan rápido que no podíamos seguirlo. Nos metiste veinte puntos tú solo. Fue una masacre.

Lucas no pudo evitar sentirse un poco orgulloso. Aquello, al menos, seguía siendo suyo.

—Supongo que es un halago.

—No lo tomes a mal, pero estuvimos maldiciéndote por semanas. Era la primera vez que nuestra escuela llegaba a las nacionales... y nos sacaron en la primera ronda.

—Bueno —dijo Lucas con una sonrisa ladeada—, ahora que estoy aquí, puedo ayudarlos a volver a clasificar. Así que... ¿qué dices? ¿Puedo unirme al equipo?

Dante cruzó los brazos.

—No es tan fácil, compañero. Sabes cómo funciona: cuando empieza la temporada, ya no se pueden añadir jugadores.

Lucas sintió una punzada de frustración. El entusiasmo se le desinfló, pero no por completo.

—Vamos —insistió—. ¿No crees que podría ser un gran aporte?

Dante lo miró por un segundo más largo de lo necesario. Como si evaluara no solo sus habilidades, sino también todo lo que se escondía detrás de sus palabras. Algo en Lucas le decía que no estaba tan convencido de sí mismo como pretendía.

 —Hablaré con el entrenador —dijo al fin—. A ver si se puede hacer algo. Pero no te ilusiones mucho, ¿vale?

Lucas sonrió. No era un sí, pero era algo.

—Gracias. De verdad.

Extendió la mano para estrechársela, pero Leti le detuvo el gesto con una carcajada.

—Te recomiendo que te laves las manos antes de tocar a alguien. No querrás compartir el perfume del compost.

—Tienes razón —rió Lucas, sacudiendo las manos en el aire. Dante observó la escena con una ceja levantada. Recién notó que Lucas tenía las manos cubiertas de algo sospechoso.

—¿Qué demonios estabas haciendo?

—Trabajos forzados —respondió Lucas—. Me ofrecí voluntariamente, al parecer.

Dante soltó una carcajada grave.

 —Bueno, Leti. Supongo que eso era lo que querías mostrarme—dijo, lanzándole una mirada cómplice.

 —Ajá —asintió ella con una sonrisa triunfal.

—Estaremos en contacto entonces —añadió Dante, despidiéndose con un gesto de cabeza hacia Lucas.

Lucas lo vio marcharse, aún sintiendo en el cuerpo la energía del encuentro. Esa sensación de haber pertenecido otra vez, aunque fuera por un segundo. Leti lo miró con una sonrisa de suficiencia.

 —Muchas gracias, Leti. Ella no respondió de inmediato. Solo lo observó, satisfecha, antes de dibujar una pequeña sonrisa.

—Ahí hay una llave de agua. Puedes enjuagarte las manos —dijo, señalando una esquina del invernadero donde una manguera colgaba de una llave oxidada.

Lucas se acercó y se lavó las manos con fuerza, tratando de quitarse el mal olor que aún persistía en sus dedos. Cuando se enderezó, Leti ya estaba parada tras él, con algo en la mano.

—Toma, frótate las manos con esto —le dijo, extendiéndole unas hojas verdes.

—¿Qué es?  —preguntó Lucas, tomándolas y comenzando a frotarlas sobre su piel.

—Hojas de albahaca. Ayudan a quitar el mal olor. Lucas se acercó las manos a la cara. Olió profundamente.

—Huelen muy bien... es como pesto.

—Pues claro. El pesto se hace con albahaca.

—Es bueno saberlo —dijo Lucas. Se quedó en silencio, contemplando a Leti, que le devolvía la mirada con una expresión serena. Lucas quiso quedarse ahí. Solo quedarse. Sentía el cuerpo más liviano. Incluso pensó que el Lobo no estaba tan cerca.

—Bueno, ya es hora de irnos. El receso está por terminar. Muchas gracias por ofrecerte voluntariamente a ayudarme con el compost—añadió Leti con tono burlón.

Lucas soltó una risita y la miró con complicidad.

 —¿Todo bien? —preguntó ella.

—Sí. Solo quería decir... gracias, Leti. Por... bueno, por lo del básquetbol.

—Un trato es un trato, amigo. Y yo soy mujer de palabra. Ahora ven, hay que cerrar la puerta. Es un poco complicado, así que necesito que me ayudes.

—Seguro —contestó Lucas. Mientras salían del invernadero, Lucas se volvió una última vez. El olor a tierra, albahaca y compost todavía flotaba en el aire. Pero algo dentro de él se había despejado. Ni siquiera  pensaba en la luna.

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