17. Capítulo 17 - El silencio después de la caza
Uros cayó de rodillas.
Durante un segundo pareció que intentaba mantenerse en pie, respirando con dificultad, la sangre aún corriendo por su frente, y otras partes de su cuerpo, las protecciones de cuero y metal casi destruidas
Luego su cuerpo simplemente cedió.
Se desplomó hacia adelante.
—¡Uros! —gritó Vaelith.
El golpe contra la roca fue seco.
Soren llegó primero, deslizándose de rodillas junto a él. Kael llegó apenas un instante después.
—Muévanse —ordenó Soren con voz tensa.
Giró el cuerpo del guerrero con cuidado.
Uros respiraba… pero apenas.
Lento.
Irregular.
—Sigue vivo —murmuró Nöuk, acercándose con dificultad y apoyándose en la lanza de Soren para no perder el equilibrio.
Vaelith no hablaba. Sus ojos recorrían el rostro de Uros con una mezcla de miedo y algo más difícil de nombrar.
—Está drenado —dijo finalmente Soren—. Demasiado.
Kael miró alrededor.
Los restos del combate todavía estaban allí.
Cadáveres mutilados.
Sangre negra esparcida sobre la roca.
Las criaturas del nido del Apex yacían en montones desordenados.
Del monstruo principal ya no quedaba nada.
Su enorme cuerpo se había desintegrado tras la muerte, dejando apenas restos cristalizados y fragmentos extraños esparcidos entre las rocas.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Kael.
Nöuk asintió lentamente.
—El nido está cerca. Las cámaras internas deberían ser más seguras.
Soren levantó a Uros con esfuerzo.
—Entonces muévanse.
El nido
El interior del nido era distinto al campo de batalla.
Más profundo.
Más protegido.
Una cámara irregular rodeada de paredes de roca negra que parecían haber sido pulidas por generaciones de criaturas anidando allí.
Huesos viejos estaban incrustados en las paredes.
Algunos completamente blanqueados.
Otros cubiertos por una pátina mineral azulada.
El techo era bajo comparado con las cavernas exteriores, pero eso lo hacía más reconfortante.
Más fácil de defender.
Más fácil de vigilar.
Colocaron a Uros sobre un montón seco de fibras vegetales y restos de nido.
Ilyas ya estaba allí, apoyado contra la pared.
Su respiración era lenta.
Dolorosa.
—¿Sigue vivo? —preguntó con voz ronca.
—Sí —respondió Soren—. Pero no sé cuánto tiempo necesitará.
Ilyas asintió lentamente.
Sus costillas habían vuelto a su lugar gracias a la magia que Uros había liberado antes del colapso… pero aún estaban fracturadas.
Cada respiración lo recordaba.
Nöuk examinó la herida de su propia pierna.
Había improvisado un vendaje usando una manga arrancada de su chaqueta.
Cojeaba visiblemente.
—Necesitamos recuperar lo que quedó afuera —dijo Kael.
Soren asintió.
—Voy contigo.
Las cavernas exteriores se habían vuelto inquietantemente silenciosas.
Los cadáveres aún estaban allí.
Pero algo ya se movía entre ellos.
Sombras.
Criaturas pequeñas.
Carroñeros.
Sus ojos brillaban débilmente mientras comenzaban a decorar los cuerpos.
Kael escupió al suelo.
—Rápido.
Encontraron primero las mochilas.
Dos de ellas.
Las otras habían desaparecido.
—Podría ser peor —dijo Soren.
Mientras avanzaban entre los restos del combate, Soren se agachó varias veces.
Recogió fragmentos cristalizados que quedaban donde el Apex había muerto.
Algunos trozos duros como vidrio oscuro.
Un núcleo irregular que todavía parecía guardar algo de energía.
También arrancó unos cuantos minerales incrustados en la roca cercana.
Los guardó sin decir mucho.
—¿Qué haces? —preguntó Kael.
—No lo sé —respondió Soren—. Pero si salimos de aquí, seguro alguien sabrá qué son.
Siguieron revisando.
Kael revisó su cinturón.
Sus ojos se abrieron.
—Espera…
Movió las manos lentamente.
Una sensación extraña recorrió su cuerpo.
—¿Qué? —preguntó Soren.
Kael cerró el puño.
—Creo… que algo cambió.
Sus dedos se movieron instintivamente.
Desde un montón cercano de cadáveres…
una de sus hachas salió despedida hacia su mano.
Soren levantó una ceja.
Kael sonrió.
—Definitivamente cambió.
Revisaron el resto.
Los cuchillos de Nöuk también estaban allí.
—Vámonos —dijo Soren.
Los carroñeros comenzaban a acercarse más.
Mientras tanto…
Vaelith estaba sentada junto a Üros.
Nöuk observaba en silencio.
—Te preocupa —dijo finalmente.
Vaelith no lo negó.
—Sí.
Nöuk apoyó la espalda contra la pared.
—Lo que hizo ahí afuera…
Vaelith bajó la mirada hacia el rostro inconsciente de Uros.
—Nos salvó.
—Eso también.
Hubo un momento de silencio.
El eco lejano de las cavernas llenaba los espacios entre sus palabras.
Nöuk la miró de reojo.
—Sé lo que pasó entre ustedes la otra noche.
Vaelith se quedó completamente quieta.
—No es asunto tuyo.
—Seguramente —admitió Nöuk.
Se encogió de hombros ligeramente.
—Solo… quería saber si estás bien.
Vaelith suspiró.
—Estoy cansada.
Nöuk dejó escapar una pequeña risa.
—Todos lo estamos.
Sus ojos volvieron a Uros.
—Pero tú estás preocupada por algo más.
Vaelith tardó en responder.
—No sé qué significa esto —dijo finalmente—. Ni para él… ni para mí.
Nöuk asintió lentamente.
—A veces no hace falta saberlo de inmediato.
—Supongo que cuando despierte tendremos una interesante conversación
—Nöuk río por lo bajo —supongo.
Soren y Kael regresaron poco después.
—Solo dos mochilas —dijo Soren.
Nöuk asintió.
—Suficiente.
Kael dejó caer las mochilas en el suelo.
Entonces Soren abrió la suya y dejó sobre la roca varios fragmentos cristalinos, el núcleo irregular y algunos minerales.
—También recogí esto en el camino —dijo.
Nöuk frunció el ceño.
—¿Qué es?
—Ni idea —respondió Soren—. Pero parecía importante.
Kael encogió los hombros.
—Lo tomamos por si acaso.
Decidieron quedarse.
Encendieron una pequeña fogata.
El fuego proyectó una luz naranja cálida que chocaba con el azul oscuro de las paredes.
Afuera…
Las formaciones de piedra se alzaban como agujas negras.
Monolitos altos con vetas cristalizadas que reflejaban el resplandor del fuego.
Desde cierta distancia…
parecía que las rocas atrapaban la luz.
Como si no quisieran que escapara.
Comieron en silencio.
Gachas espesas.
Carne seca.
Nada sabía especialmente bien…
pero después de la batalla sabía a vida.
Üros e Ilyas dormían.
Los turnos nocturnos comenzaron.
Primero Vaelith y Soren.
Luego Kael y Nöuk.
Horas después…
Üros abrió los ojos.
—Vaya… —murmuró—. Eso fue una siesta.
Vaelith soltó una pequeña risa.
—Idiota.
—¿Ganamos?
—Apenas.
Se incorporó lentamente.
Nöuk lo miró, y tomó su mano como un gesto de apoyo emocional y de ancla a la realidad.
—Debemos movernos.
Se levantó con dificultad.
Cojeando.
Ilyas también.
Aún adolorido.
Kael y Soren estaban agotados.
Vaelith también.
Pero nadie lo dijo.
Caminaron apenas unos minutos.
Entonces los carroñeros atacaron.
Eran menos que antes.
Pero suficientes.
Sus gritos agudos llenaron la caverna.
—¡Corran! —gritó Soren.
No podían pelear otra batalla.
No en ese estado.
Corrieron, apenas defendiendose de los que se atrevían a lanzarse al ataque
Escaleras naturales.
Rocas.
Un túnel descendente.
Y entonces…
El nuevo nivel
El siguiente nivel se abrió ante ellos.
Un espacio enorme.
El techo alto desaparecía en la oscuridad.
Hierba alta cubría el suelo.
Ondulaba suavemente como un mar oscuro.
Entre ella se elevaban piedras iridiscentes.
Brillaban con tonos azules y turquí.
Un antiguo sendero cruzaba el lugar.
Casi abandonado.
Como si nadie lo hubiera usado en siglos.
Desde lejos…
Entre la hierba alta.
Algo observaba.
El regulador.
Su forma apenas era visible.
Casi etérea.
Casi inexistente.
Observaba al grupo.
Sin intervenir.
Sin hacer ruido.
Como si evaluara.
Agotados.
Cubiertos de sangre.
Avanzaron unos pas
os más.
Üros respiró profundo.
Luego…
su visión se nubló.
Dio un paso.
Otro.
Y cayó de cara contra el suelo.
—¡Üros! —gritó Vaelith.
Nadie respondió.
Y desde la distancia…
el regulador seguía observando.
En silencio.
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