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Condena

1. Prólogo

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El recuerdo parece lejano, como si perteneciera a otra vida.

Despertar con el sonido de las olas golpeando las rocas. Un despertador natural que aún quisiera volver a escuchar. El viento salado en el rostro, el olor a mar, el amanecer reflejando el sol sobre el agua como un espejo intacto.

-Elías, la comida está servida. Corre.

La voz de mamá siempre llegaba antes que el hambre, pero ese día el olor a miel me hizo bajar de la cama sin pensarlo. Era mi desayuno favorito. Corrí hacia la mesa.

Papá ya estaba ahí, con el ceño fruncido y esa expresión seria que casi nunca abandonaba. Decían que yo había heredado ese gesto, aunque conmigo le duraba poco. Bastaba que levantara la mirada y me viera para que su rostro cambiara. Entonces sonreía.

Éramos una familia feliz.

Ese día todo iba bien, hasta que el cielo comenzó a oscurecerse. Las nubes avanzaron con rapidez, como si supieran algo que nosotros no. La tormenta no tardó en hacerse presente.

-Rápido, metan la ropa -dijo mamá.

Corrí hacia el patio, pero en la prisa tropecé con una piedra. Caí de frente. La arena se me pegó al rostro, mezclándose con la lluvia hasta convertirse en lodo. Cuando levanté la cabeza, un hombre estaba frente a mí.

Tenía el cabello largo y enredado. El rostro sucio, cubierto por restos de un maquillaje antiguo, como el de un payaso que ya nadie quería ver. Sonrió, pero en su mirada había algo cansado, algo triste.

-¿Estás bien, chico? -preguntó, extendiendo la mano.

Antes de que pudiera responder, papá se interpuso entre nosotros.

-¿Qué hace usted aquí? -dijo con su voz firme-. Esta es propiedad privada.

El hombre titubeó.

-Disculpe... no quise molestar. Se acerca la tormenta. Hace años que no duermo bajo un techo y meses que no como bien. Vi este lugar... creí que estaba vacío. Solo buscaba refugio por hoy. Cuando pase la lluvia, seguiré mi camino. No volverán a saber de mí.

Sonreía mientras hablaba. Una sonrisa incómoda, forzada.

-Papá, no lo dejes entrar -dije, armándome de valor.

Mi padre apretó el puño. Iba a decir algo, pero mamá apoyó la mano en su pecho.

-En nuestra mesa siempre hay lugar para uno más -dijo con su voz cálida.

Así fue como el extraño entró a nuestra casa.

La tormenta no cedió en todo el día. Oscureció temprano. Conversamos poco. El hombre hablaba despacio, como si eligiera cada palabra con cuidado.

Cuando llegó la noche, mamá dijo que era hora de dormir. Me tomó en brazos y me llevó a mi habitación. Yo no quería cerrar los ojos. Había algo en la mirada del hombre que no me dejaba en paz.

Mamá me cantó la canción de siempre. La misma que usaba para espantar los miedos. No recuerdo en qué momento me quedé dormido.

Desperté con un golpe seco. La puerta cerrándose de golpe.

Mamá estaba frente a mí, agitándome los hombros.

-Elías, despierta... tenemos que huir -susurró-. No confíes en ese hombre. Si lo ves, corre. Si me quedo atrás... corre.

Asentí.

Salimos de la habitación con cuidado. Desde abajo llegaban golpes, gritos. La voz de papá. Mamá me llevaba de la mano. No fue hasta entonces que noté la sangre. En sus manos. En su vestido. Los moretones.

-Mamá... ¿qué te pasó?

-Calla. Sigue corriendo.

Salimos de la casa y subimos la colina. Me giré un segundo. El hombre nos observaba desde la ventana. Mamá no lo vio.

Corrimos sin rumbo, pero a veces los hombres malos tienen suerte. O algo peor.

Sentí cómo una mano se cerraba alrededor del cuello de mamá. Caí al suelo al chocar con ellos. Después... no recuerdo todo. Dicen que la mente bloquea lo que no puede soportar. Tal vez eso me pasó.

Recuerdo la voz de mamá gritándome que corriera. Recuerdo su rostro perdiendo la calidez. Volviéndose vacío.

Cuando dejó de moverse, el hombre me miró.

Nunca he vuelto a sentir un terror como ese.

Se acercó tarareando, riendo.

Antes de que pudiera tocarme, papá apareció detrás de él. Cubierto de sangre. Con la poca fuerza que le quedaba, se lanzó contra el hombre. Ambos cayeron al abismo. El mar los recibió en silencio.

Después llegaron los oficiales. Me preguntaron qué había pasado. Yo solo pregunté si mamá estaba bien.

-¿Y tu padre, niño?

Señalé el vacío.

-Papá me salvó.

Amaneció. Mamá no se movía. Yo pensé que los doctores la ayudarían. Me dijeron que ya estaba en un lugar mejor.

También encontraron el cuerpo de papá. Tampoco se movía.

Crecí con una pregunta clavada en la mente.

¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas?

Y con una idea.

Si tan solo se pudiera vencer al tiempo. Congelar ese instante antes de la tragedia. Nadie debería volver a vivir algo así.

Mi nombre es Elías Rivas.

Por eso fundé Eternis Industries.

Vencer al tiempo.

Vencer a la muerte.

Gracias a los avances en regeneración celular y mantenimiento neuronal, la vida humana dejó de tener un límite natural.

Ya no envejecemos.

Ya no enfermamos.

La muerte dejó de ser inevitable.

La voz del comercial se repetía desde alguna pantalla, en algún lugar.

-Ese maldito comercial.

Vivir eternamente.

Esa es la condena.

✦ NOTA DE AUTOR ✦

Gracias por empezar esto conmigo.

El prólogo nació de una obsesión: ¿qué tipo de dolor tiene que vivir alguien para dedicar su vida entera a vencer la muerte? Elías no creó Eternis por ambición ni por gloria. Lo creó porque perdió algo que no pudo soportar perder.

Pero hay algo que me pareció fascinante desde el principio: la misma tecnología que nació del amor más profundo se convirtió en el castigo más cruel que existe. Vivir para siempre no es un regalo cuando no puedes elegir cómo vivirlo.

Una pregunta antes de que

sigas: 

¿creen que Elías imaginó alguna vez que su creación terminaría siendo usada así?

Los espero en el Capítulo 1.

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