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Condena

2. Capítulo 1 - El Primer Día Dura Años

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Dicen que los peores criminales cumplen condenas de cientos de años.

Yo no soy de los peores.

Eso me repetí cuando me leyeron la sentencia. Cincuenta años. Una cifra que en otro tiempo hubiera sonado a vida entera, pero en este mundo, con lo que Eternis había hecho, significaba algo distinto. Significaba que saldría. Que habría un otro lado.

Me lo repetí cuando me quitaron la ropa y me pusieron el uniforme gris. Me lo repetí cuando las puertas se cerraron detrás de mí por primera vez y el sonido del metal resonó en el pecho como algo definitivo.

Cincuenta años. Y luego afuera.

El hombre que entró junto a mí ese día tropezó con el umbral y maldijo en voz alta. Los guardias no se inmutaron. Él sí se rió de sí mismo, una carcajada corta y genuina que no pegaba nada con el lugar.

—Buen comienzo —dijo, enderezándose.

Alto, complexión fuerte, con una sonrisa que parecía una costumbre más que una reacción. La clase de hombre que encuentra algo gracioso en cualquier situación, no porque no entienda el peso de las cosas, sino porque había decidido en algún punto que reírse era más útil que lo contrario.

—Idris —dijo, extendiendo la mano como si estuviéramos en otra parte.

La estreché porque no supe qué más hacer.

—Doran.

Así empezó eso.

La celda olía a concreto húmedo y a algo más antiguo que no supe nombrar. Tres paredes, una reja, una cama delgada que crujía si respirabas mal. Una ventana pequeña que dejaba entrar luz pero no aire. Me senté en la orilla de la cama y miré mis manos.

Las mismas manos.

Afuera, en algún lugar, Lena estaría acostando a Dael. Le cantaría algo, le acomodaría las cobijas, le diría que papá regresaba pronto. Dael tenía siete años y la enfermedad ya no avanzaba. La vacuna había llegado a tiempo. Eso me lo repetí también.

Valió la pena.

Tenía que valer la pena.

Me pregunté si alguien se lo decía también al padre de la niña. Luego aparté el pensamiento. Era tarde y el techo de la celda no tenía respuestas.

Los primeros días son ruido. Voces que no reconoces, reglas que nadie explica, jerarquías que se sienten en el aire antes de verlas. Aprendí rápido a no mirar directo, a caminar sin llamar atención, a comer sin probar. Idris aprendió lo opuesto: aprendió quién era quién en dos días, cómo funcionaba el trueque, qué guardia era más descuidado y en qué horario. Lo hacía sin esfuerzo aparente, como si fuera un instinto.

Era útil tenerlo cerca. No lo dije, pero creo que él lo sabía.

La primera semana Idris habló suficiente por los dos. Me contó cosas del bloque que yo nunca hubiera preguntado: quién mandaba entre los presos, qué zonas evitar, cómo funcionaban las revisiones médicas. Lo escuchaba mientras comíamos o caminábamos el patio. Él hablaba y yo procesaba. Una dinámica que ninguno de los dos acordó pero que funcionó desde el principio.

Una tarde me preguntó por qué estaba ahí.

—Maté a alguien —dije.

No añadí nada más. Él tampoco preguntó. Solo asintió despacio, con la misma expresión que hubiera puesto si le dijera que llovía afuera.

Eso me pareció lo más humano que alguien había hecho conmigo en mucho tiempo.

Esa misma semana me contó lo suyo. Fraude, dijo, con una sonrisa que no era arrepentimiento ni orgullo, solo un hecho presentado como tal.

—¿Lo volverías a hacer? —pregunté.

Se quedó pensando genuinamente, como si fuera una pregunta que valía la pena considerar en serio.

—Depende de para qué —dijo al final.

Esa noche, en la oscuridad de la celda, pensé en su respuesta más tiempo del que esperaba. *Depende de para qué.* Me pregunté si yo diría lo mismo sobre lo mío. Con Dael vivo y la vacuna llegando a tiempo, con Lena durmiendo en algún cuarto que seguía pagando sola, con el hombre muerto y la niña en algún lugar que no conocía.

¿Lo volverías a hacer?

No llegué a responderme. Cerré los ojos antes de que la pregunta terminara de formarse.

No le conté los detalles a Idris. Todavía no.

Fue en el tercer día que lo vi por primera vez.

Estaba sentado en el extremo del patio, solo, con la espalda contra la pared y los ojos hacia el cielo como si esperara algo que llevaba mucho tiempo sin llegar. El cabello largo y descuidado le caía sobre los hombros. El rostro marcado por algo que no era exactamente edad, sino tiempo. Una diferencia que entonces no supe explicar pero que se sentía en el aire alrededor de él como una temperatura distinta.

Idris se paró a mi lado siguiendo mi mirada.

—¿Sabes quién es? —pregunté.

—Le dicen el Viejo —dijo en voz baja—. Lleva más años aquí que cualquiera. Nadie sabe cuántos.

—¿Ni él?

Idris se encogió de hombros.

—Eso dicen.

El Viejo no se movió en todo el tiempo que lo observamos. Solo siguió mirando el cielo con esa expresión de quien ya terminó de esperar y simplemente existe. No había tensión en su cuerpo. No había prisa. Era la imagen más quieta que había visto en ese lugar lleno de hombres que cargaban cosas que no cabían en las celdas.

Aparté la vista.

No era asunto mío.

Pero lo seguí viendo los días siguientes. No podía evitarlo. Había algo en su presencia que jalaba la atención de una manera que no era curiosidad exactamente, sino reconocimiento de algo que no sabía nombrar todavía.

Al quinto día me senté no lejos de él en el patio.

No habló. Yo tampoco.

Estuvimos así un buen rato, los dos mirando el mismo pedazo de cielo que dejaba ver el muro perimetral. El sol cayendo despacio. El ruido del patio de fondo, voces, pasos, el sonido metálico de algo que no identifiqué. Había algo extraño en sentarse junto a alguien sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de llenar el silencio. En ese lugar todos hablaban demasiado o no hablaban nada por razones equivocadas. El silencio del Viejo era diferente. Era el silencio de alguien que ya no tiene nada que demostrar.

Cuando sonó el silbato para regresar adentro, el Viejo se levantó con la calma de alguien que hace mucho dejó de apresurarse. Antes de alejarse me miró un segundo. Solo un segundo.

Sus ojos eran claros. Más claros de lo que esperaba en un rostro tan marcado.

No dijo nada. Yo tampoco.

Pero algo había pasado ahí, aunque no tuviera nombre todavía.

A las seis semanas me llamaron a la unidad médica.

Un cuarto blanco, frío, con luz artificial que no parpadeaba nunca. Dos técnicos con uniforme azul me revisaron sin hablar más de lo necesario. Tomaron sangre, midieron, registraron. Uno anotó algo en una pantalla y asintió hacia el otro con la indiferencia de quien revisa una máquina, no un hombre. No hubo contacto visual. No hubo nada que sugiriera que yo era algo más que un expediente con cuerpo.

—¿Con qué frecuencia? —pregunté.

—Cada seis meses —respondió sin levantar la vista.

Calculé rápido. En cincuenta años serían cien revisiones. Cien veces en ese cuarto blanco con esa luz que no parpadeaba y esos técnicos que miraban pantallas. Lo guardé en algún lugar de la mente y no lo volví a sacar ese día.

De regreso al pasillo había una pantalla encendida en la pared. La voz era suave, casi amable, del tipo que usan para vender cosas que la gente no puede pagar.

Gracias a los avances en regeneración celular y mantenimiento neuronal, la vida humana dejó de tener un límite natural. Ya no envejecemos. Ya no enfermamos. La muerte dejó de ser inevitable.

La había escuchado mil veces afuera. Aquí, en ese pasillo, después de ese cuarto blanco, sonaba como otra cosa. Como una amenaza disfrazada de promesa. No seguí mirando. Seguí caminando.

Lena vino a los veinte días.

La vi caminar hacia el cubículo de visitas y algo en el pecho se aflojó de una manera que dolió. Se sentó despacio, con ojeras nuevas y el cabello recogido de prisa, de quien no tuvo tiempo o no le importó.

—Doran —dijo simplemente, como si el nombre solo fuera suficiente.

Algo respondió a ese sonido desde adentro. Algo que llevaba veinte días sin moverse.

—¿Cómo está Dael?

—Bien. Está bien. —Hizo una pausa—. Pregunta por ti todos los días.

—¿Qué le dices?

—Que estás trabajando lejos. —Me miró—. Ya sé que no está bien mentirle pero todavía es muy chico para entender esto.

—Está bien —dije con suavidad.

Silencio.

—El casero subió la renta. Conseguí otro turno los sábados. Una vecina cuida a Dael cuando trabajo de noche.

Quería decirle algo útil. No tenía nada. Estaba detrás de un vidrio con las manos vacías igual que siempre.

—Lena.

—No —dijo antes de que terminara—. No me digas que lo sientes. Necesito que estés bien aquí adentro. Eso es lo que necesito de ti ahora mismo.

Tenía razón, como casi siempre.

—Estoy bien.

—Mentira —dijo, y por un segundo casi sonrió—. Pero está bien.

Pusimos las manos en el vidrio al mismo tiempo, sin acordarlo.

Frío del otro lado. Siempre frío.

Me quedé mirando sus manos un momento. Las mismas manos que conocía, pero con algo diferente que no era fácil de nombrar. El trabajo de veinte días solo se marca de maneras pequeñas. Las marcaba.

Las mías no.

Lena volvió tres semanas después.

Esta vez llegó con Dael.

Antes de sentarse me miró de una manera que reconocí. La manera en que te mira alguien que ya tomó una decisión difícil y no busca aprobación, solo quiere que sepas.

—Le dije algo —dijo en voz baja—. No todo. Pero algo. Empezó a hacer preguntas que ya no podía seguir esquivando y no me pareció justo seguir mintiéndole.

No respondí. No tenía derecho a decir nada desde donde estaba.

Dael entró de su mano y algo en el pecho hizo un movimiento raro, como si el aire en ese cuarto hubiera cambiado de peso. Siete años y ya caminaba con esa seriedad pequeña que tienen los niños que han aprendido a no pedir demasiado.

Se sentó frente al vidrio y me miró fijo, sin parpadear, con los ojos de Lena puestos en mi cara.

—Hola —dije.

—Hola —respondió.

Silencio.

—¿Estás bien? —pregunté.

Asintió despacio. Luego giró hacia Lena como buscando permiso para algo, y Lena le acomodó el cabello sin decir nada.

—Te extraño —dijo Dael, mirando el vidrio más que a mí.

No respondí de inmediato. Tuve que esperar un momento.

—Yo también —dije.

Puso la mano en el vidrio. Yo puse la mía del otro lado. Sus dedos eran pequeños contra el frío. Los míos no habían cambiado nada desde la última vez que lo cargué.

Lena nos observó en silencio con una expresión que no supe leer del todo. Algo entre alivio y tristeza, las dos cosas al mismo tiempo, sin que ninguna ganara.

Cuando se fueron, me quedé sentado en la silla del cubículo un momento más de lo necesario. El vidrio seguía frío. El cuarto olía a desinfectante. Afuera Lena caminaba de regreso a un cuarto caro con un niño que ya sabía, aunque fuera poco, dónde estaba su padre.

Yo seguía aquí.

Las mismas manos. El mismo rostro. Como si el tiempo no supiera dónde encontrarme.

Esa noche no pude dormir.

Me quedé mirando el techo durante horas, con ese ruido de fondo que nunca desaparece del todo en una prisión. Voces lejanas, pasos, el zumbido de algún sistema que no tiene nombre. La oscuridad de la celda era siempre la misma oscuridad, sin variaciones, sin la clase de sombras que cambian con el viento o la luna. Una oscuridad administrada.

Pensé en Dael. En sus dedos pequeños contra el vidrio frío. En esa seriedad que no debería tener un niño de siete años y que yo le había puesto encima sin querer.

Y luego, como siempre, llegó la otra imagen.

La niña.

No sabía su nombre. Nunca lo supe. En todo lo que investigué antes de aquella noche, en todos los documentos que revisé, en todos los planos que memoricé, nunca busqué su nombre. Era la hija. Eso era todo lo que era para mí entonces. Un dato. Una variable que no cambió mis planes porque no me permití verla de otra manera.

Me pregunté cuántos años tenía. Si era mayor o menor que Dael. Si alguien la había tomado de la mano esa noche y le había dicho que todo iba a estar bien aunque no fuera verdad.

Me pregunté si estaba viva.

Esa era la pregunta que no tenía respuesta y que tampoco iba a tener. No desde aquí. La respuesta existía en algún lugar del mundo y yo no tenía manera de llegar a ella. Nunca la tendría.

Si estaba viva, yo había destruido su vida de todas formas.

Si estaba muerta, entonces la cuenta era diferente y más pesada.

Las dos opciones llevaban al mismo lugar.

Cerré los ojos. No ayudó.

Fue Lena, sin saberlo, quien me dio la primera señal real.

En su tercera visita mencionó de pasada que el gobierno había aprobado una nueva ley. Algo sobre el sistema penitenciario y Eternis. Lo había escuchado en las noticias entre una cosa y otra, sin prestarle demasiada atención.

—¿Qué tipo de ley? —pregunté.

—No sé bien. Algo sobre que las condenas podían ajustarse según el riesgo que representa el preso para la sociedad. —Frunció el ceño—. ¿Eso te afecta a ti?

—No —dije.

Pero esa noche no dormí.

Ajustarse. La palabra giró en la oscuridad de la celda durante horas. Ajustarse hacia abajo significaba salir antes. Ajustarse hacia arriba significaba otra cosa que no quería nombrar todavía. Una cosa era cumplir cincuenta años y salir. Otra era que alguien del otro lado de una pantalla decidiera que cincuenta no eran suficientes.

Pensé en los dos presos que había escuchado semanas antes. *A mí me lo hicieron dos veces. Ya no llevo la cuenta.* En ese momento lo había guardado como algo que no era asunto mío. Ahora no estaba tan seguro de que hubiera cosas que no fueran asunto mío en este lugar.

Fue una tarde ordinaria, sin nada que la distinguiera de las anteriores, cuando el Viejo habló por primera vez de verdad.

Me senté en mi lugar habitual cerca de su rincón. Él en su pared, yo a unos metros. El mismo cielo encuadrado entre los mismos muros.

Llevábamos un rato en silencio cuando habló.

—¿Tienes familia? —preguntó.

Su voz era más grave de lo que esperaba. Ronca, como algo que no se usa seguido.

—Sí —dije.

—¿Vienen a verte?

—Mi esposa. Mi hijo.

Asintió muy despacio, como quien recibe una información que le confirma algo que ya sabía.

—Bien —dijo.

No añadió nada más. El silencio volvió a ocupar el espacio entre los dos con la naturalidad de algo que pertenece ahí. Miré su perfil un momento. El cabello enredado. Las manos sobre las rodillas, quietas, sin el nerviosismo que tienen casi todos los hombres en ese patio. Era la calma de alguien que ya no espera nada pero tampoco teme nada. Una calma que no sabía si admirar o entender como advertencia.

Cuando sonó el silbato y los dos nos levantamos para regresar adentro, el Viejo se detuvo un segundo a mi lado sin mirarme.

—Guárdalos bien —dijo en voz baja—. Los recuerdos. Guárdalos mientras puedas.

Siguió caminando antes de que pudiera responder.

Me quedé un momento parado en el patio vacío con esas palabras haciendo un ruido extraño en la mente. No era un consejo. Era algo más parecido a una advertencia dicha por alguien que ya llegó demasiado tarde a dársela a sí mismo. La clase de advertencia que solo tiene sentido si el que la da sabe exactamente lo que cuesta no haberla escuchado.

Esa noche, en la celda, intenté recordar la voz de Lena. No la de la visita, sino la de antes. La de la cocina en las mañanas. La de cuando cantaba algo en voz baja sin darse cuenta, sin ninguna razón particular, solo porque el silencio le pesaba.

La recordé. Todavía la recordé con claridad, cada tono, cada pausa.

Guardé ese sonido en algún lugar adentro con más cuidado que cualquier cosa que hubiera guardado antes.

Afuera, en algún lugar, Dael dormía. Lena también. El mundo seguía su ritmo sin esperarme.

Aquí adentro el tiempo hacía algo diferente. Aún no sabía bien qué. Pero el Viejo lo sabía. Y por alguna razón que no me expliqué esa noche, eso me importó más de lo que debería.

Cincuenta años. Y luego afuera.

Esta vez no me lo repetí.

✦ NOTA DE AUTOR ✦

Gracias por seguir aquí.

Doran fue el personaje más difícil de escribir. No porque sea complicad

o, sino porque es contenido. No explota, no se quiebra, no pide perdón en voz alta. Cargo con eso mientras escribía cada escena.

Una pregunta: ¿creen que Doran merece estar donde está, o la respuesta depende de algo que todavía no saben?

El Capítulo 2 cambia algunas cosas. Nos vemos allá.

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