19. Capitulo XVIII
Los días de Haruto transcurrieron como un nagori melancólico, esa persistencia de la esencia tras la partida. Confinado en el Palacio del Loto Blanco, su reclusión era más mental que física. Era el aislamiento de un corazón que, incluso tras la purga del tirano, no hallaba consuelo, pues cargaba el sino trágico del Elegido y la eterna condena del parricida. Sin embargo, no estaba verdaderamente solo; una sensación gélida y persistente, un eco espectral de aquel fatídico día, se aferraba a su conciencia como la escarcha a la hoja en invierno.
Era una noche desprovista de la luz de los astros, un manto de terciopelo kuro que asfixiaba el cielo. El único sonido que rasgaba la pesada quietud era el tintinar melancólico de las gotas de lluvia, cuyo sonido shigure se estrellaba contra el tejado del palacio, un tamborileo constante que medía el hastío de la eternidad.
Haruto, cuyo cuerpo menudo reposaba en un mueble de ébano junto a la ventana, sostenía una vigilia incesante. Observaba el precipicio insondable que se precipitaba hacia el Akuma no Otoku, el Reino Demoníaco. Era un abismo no solo geográfico, sino la metáfora de su propia caída. Con una mirada perdida, un vacío que reflejaba la indiferencia satori de un monje frente a la rueda del sufrimiento, y con una voz desinteresada, monótona como el fluir inexorable de un río subterráneo, preguntó al aire denso:
"¿Quién eres, entidad que rehusas la luz del Amaterasu, y por qué te ocultas donde el sol no te puede hallar?"
De la negrura que se amalgamaba en las esquinas, surgió una voz tétrica y formidable, un susurro que portaba la pátina milenaria del mal, oscuro como el lugar que lo albergaba.
"Tú, Haruto Yami, el que ostenta el conocimiento arcaico de las Siete Eras, ¿acaso ignoras la identidad de tu propia Sombra?"
Haruto no concedió el honor de la respuesta a la provocación. Su silencio fue una muralla inexpugnable. Solo mantuvo su mirada fija en el punto de oscuridad del que, lentamente, una entidad espectral emergió. Era una réplica exacta de su forma, un reflejo deformado en un espejo de dolor: su cabello, antes negro carbón, era ahora un carmesí líquido, rojo sangre; su Marca de Elegido, tatuada en la frente, era un óvalo de obsidiana pura; su piel, de un tono enfermizo, era grisácea, como la ceniza de un sacrificio olvidado; y sus ojos, dos brasas rojo brillante, contrastaban con sus labios, negros y rojizos.
"Yo soy tú, y tú eres yo. El kage que te ata a este mundo, el poder que te redime y te condena."
Haruto lo sopesó con la lentitud de un juicio final y respondió con una indiferencia que rozaba el desprecio: "Así que eras tú," profirió despectivamente. "¿Cuál es tu ichinen? ¿Qué anhelo oscuro te trae a este confinamiento?"
La sombra se permitió una risa que vibró con la desesperación y la certeza de la victoria. Sabía que la fachada de su otro yo era mezquina y quebradiza, mientras que él se había fortalecido en la fragua de la traición.
"Mi deseo no es un capricho. Mi anhelo es tu yasuragi. Solo observa tu miseria: has sido vejado, tu honor humillado, tu cuerpo lacerado y tu alma abandonada por aquellos mismos que juraste salvar. Yo puedo ser el bálsamo que alivie este dolor insoportable, el cincel que desvanezca el vacío muga que te consume. Conmigo, serás invulnerable y, por fin, podrás salvar a los pocos que genuinamente amas."
Antes de que la sombra pudiera hilar el argumento final, Haruto interrumpió, tajante, con la fuerza helada de su maná: "Tu poder no me interesa. No anhelo la vindicación ni codicio la potestad de aniquilar el mundo. Márchate de este recinto, Sombra, y jamás vuelvas a profanar mi mente con tu sofisma."
Pero esa noche no fue la única escaramuza. La sombra, la manifestación de su fukushu latente, se convirtió en una constante. Era una presencia parasitaria que se alimentaba del onryō [rencor] que supuraba de sus heridas. Era el único capaz de verla, de escuchar su voz seductora y resonante, de sentir el escalofrío de su oscuro poder que prometía el dominio. El demonio lo acechaba, un murmullo constante que lo tentaba a la matanza, a la retribución, a la entrega de su forma física a aquella entidad de éxtasis demoníaco. La sombra era un espejo invertido de la justicia.
Haruto, con la tenacidad de un roble frente al tifón, se negó a ceder. Su voluntad era un yunque que no se doblegaba. Soportó el escarnio velado de los que aún lo llamaban el "abandonado de los cielos". Nunca claudicó ante la tentación. Hasta que, en una noche sin luna, con el cielo tan vacío como su propio corazón, Haruto se encontraba meditando en la mesa de jade donde solía compartir conversaciones efímeras con su hermano Akihiro. El demonio sombra habló desde la distancia, hiriéndolo con un dardo de verdad venenosa: "¿Adoras tú, Haruto Yami, con tanta devoción a la humanidad, cuando fueron aquellos que tú anhelas salvar quienes te arrebataron a Shun Kosei?"
Solo la mención de aquel nombre, grabado a fuego en su kokoro , hizo reaccionar a Haruto. Sus ojos de hielo se encendieron con desconfianza hacia la entidad demoníaca: "Los que profanaron a Shun fueron los de tu estirpe. La raza demoníaca saldará su deuda con un río de su propia sangre".
El demonio sombra emitió una risa que era un éxtasis maníaco, una cacofonía de burla y gozo. Se acercó a Haruto con una mirada perspicaz y una alegría casi palpable, acariciando su cabello con un gesto dulzón y siniestro. "¡Ja! ¡Qué ingenuo, ** hijo de Dragón**!"**
Con esas palabras que resonaron con una verdad ancestral, el Sekai circundante tembló, y sus almas fueron arrancadas y transportadas a un plano de memoria y tormento. Haruto conoció el lugar con una intimidad escalofriante, tanto que su cuerpo tembló con una fiebre interna. Estaban en el Bosque de los Lamentos, la tierra maldita donde Shun Kosei fue asesinado. Y allí, en el centro de la escena, estaba el ser que había perpetrado el acto. La verdad lo golpeó con la fuerza de un rayo, una epifanía de desolación tan abrumadora que apenas pudo mantenerse erguido. Como la primera vez, el deseo visceral era congelarlo todo, petrificar el tiempo y hacer que los verdaderos culpables pagaran con sangre. Pero el asesino no portaba el cuerno y la sombra del Akuma no Otoku, sino la vestidura inmaculada de un cultivador de Tenku no Izumi, el Reino Inmortal.
El demonio regresó a sus mentes a la actualidad. Haruto estaba ahora cubierto por una neblina hirviente de maná oscuro, el poder demoníaco se apoderaba de su alma a la velocidad de la fatalidad. El poder del Elegido, la última esperanza, sería confiscado por la raza demoníaca. Con ello, el mundo y todas las razas caerían ante Orochi, el Maestro de las Sombras, consumidos por quien, irónicamente, debía ser su salvador. Haruto se vio sumergido en un vórtice de jōdo [pasiones profanas]: odio puro, dolor lacerante, envidia amarga y una sed de venganza shura. Ellos no solo habían aniquilado a su tomodachi , su primer amor, su razón de existir, sino que habían corrompido su ikigai No merecían el perdón, la salvación ni la compasión. Merecían ser extirpados. La voz de la Sombra continuó su labor de persuasión, pero Haruto ya no podía escucharla, ahogado por el clamor interno de su propia caída.
En ese preciso instante, una voz resonó en el seishin de Haruto, una melodía de pureza inmaculada que lo arrancó de su abismo: "¡Sé mi maestro! ¡Enséñame a proteger a otros!" "Esperaré a que te conviertas en un Gran Profesor para ser tu primer estudiante." La voz de aquel joven, Haru Kira, tan inocente, tan diáfana... Su alma, convulsionada, encontró un punto de anclaje. Aquella promesa, lanzada al viento, se convirtió en el único bálsamo capaz de purificar su manchado espíritu.
Haruto, en ese momento de clara visión (kanshi), se juró que su espada no se limitaría a aniquilar demonios. Acabaría con todo ser, humano o inmortal, que codiciara más de lo que poseía a costa de vidas inocentes, guiados por un deseo oscuro y ambicioso. Para lograr esto, entendió que primero debía extinguirse a sí mismo. Debía eliminar el recipiente de aquel poder, el demonio que residía en él, aquella sombra de odio que lo consumía. Sin un ápice de duda, se dirigió al borde del abismo, ignorando las réplicas furiosas, las palabras mendaces y el engaño de la Sombra que lo incitaba a vengar a Shun. Pero esa acción, comprendió, solo profanaría la memoria inmaculada de su amigo. No masacraría a otros utilizando el nombre de Shun. Jamás lo permitiría.
Y ese pensamiento, el último residuo de su humanidad, le otorgó el paso de fe. Se lanzó, con un kakugo , cayendo por aquel precipicio directo al Akuma no Otoku. Si extinguía su vida, nadie podría utilizar este poder apocalíptico ni manchar el nombre de Shun para conseguir sus deseos egoístas, ni el demonio en que se estaba convirtiendo podría manifestarse y reinar.
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