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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

18. Capitulo XVII

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El vasto Salón de la Espada de Obsidiana, recinto inmanente de la autoridad del clan, estaba profusamente inundado por un derrame hemático. La sangre no se había vertido; había sido expulsada con ferocidad, manchando los estandartes y las insignias de linaje. Yaciendo al pie del estrado, con un agujero oscuro y desfigurado en el pecho, estaba Kenzō Yami.

Pero la visión del cadáver fue eclipsada por la figura que ocupaba el trono de obsidiana, ahora profanado y manchado por la sangre del Líder caído. Era el Primer Hermano Mayor, el legendario y exiliado Kibou Yami, el Rey del Rayo.

Su semblante era de una inescrutable dureza. Sostenía en su mano una hoja ritual cuya punta aún goteaba sobre el pavimento. Sus ojos, que siempre contuvieron la potencia de una tempestad, se fijaron en sus hermanos.

Una risa amarga y despectiva, un sonido de cristal roto, escapó de sus labios.

—Me marché porque no soportaba el peso del porvenir que me impusieron —su voz era un trueno contenido—. Pero al vagar por los senderos procelosos, descubrí la ignominia de nuestro padre. Acabó con el destino a un niño ilegítimo, solo por un estúpido capricho. 'El Elegido'... ¡Qué patrañas!

Se levantó, su aura, densa y destructiva, inundó el salón.

—Yo soy Kibou Yami, el traidor de los Yami y el parricida de este clan. He matado a vuestro líder. Ahora, ved la verdad sin el velo de la hipocresía. ¿Qué haréis, vosotros, herederos de la displicencia?

El terror ancló a Isao al mármol frío. Su ídolo, el Rey del Rayo, había destruido la única autoridad que conocía, y su devoción se trocó en un pánico ciego al presenciar el sacrilegio. Haruto, ya despojado de su Núcleo de Qi, observaba con una indiferencia gélida, un vacío que solo la promesa de venganza le impedía colapsar. La caída de un tirano solo significaba el ascenso de otro.

Mas fue Akihiro Yami, el llamado Cultivador Inepto por su falta de potencia marcial, quien se movió. Su paso, aunque carente de la fuerza del Qi, estaba investido por la autoridad inmanente de su rectitud. Se acercó a Kibou, ignorando la atmósfera de muerte que pendía en el aire.

Akihiro no gritó, no lloró. Al estar cerca de su hermano, con la mirada de un doliente que lo había esperado por incontables lunas, le asestó un golpe fulminante en el rostro. No era un ataque de cultivación; era el único juicio que le quedaba al Hermano Compasivo.

—Has perdido la cordura, Hermano Mayor —su voz era baja, pero resonó más fuerte que cualquier trueno—. Has liberado el Clan del yugo del déspota, pero has manchado el honor de nuestro linaje con tu mano. Un traidor, aunque sea mi sangre, no se sienta en este trono.

Con una mirada que no admitía réplica, Akihiro dio la orden a los guardianes que ahora lo miraban con una perplejidad reverente.

—Enclausurad a Kibou Yami en el Antiguo Palacio. Que quede confinado eternamente en el recinto que fue cuna de su nobleza, donde su poder no pueda causar más estragos.

Así, el Cultivador Inepto, el que carecía de la fuerza para la guerra pero poseía la brújula moral para el gobierno, asumió el estandarte. Kibou no era digno, e Isao era demasiado impúber para la autoridad. Los hijos tomaron el puesto del padre, y el liderazgo recayó sobre el más improbable.

Su primer dictamen fue el veredicto sobre Haruto.

Akihiro se acercó al muchacho, su rostro marcado por una pena honda.

—Haruto Yami. Has sido víctima de la crueldad de nuestro padre, pero también el catalizador de la deshonra de este clan. El precio de tu existencia es una deuda que Kenzō Yami nos ha legado.

El nuevo líder levantó la mano, y su voz se hizo eco de la ineludible justicia.

—Por el pago de la deuda de mi padre y como castigo a la deshonra de tus actos y tu linaje, tu vida ha sido confiscada. Estarás confinado eternamente al Clan. Servirás aquí, custodiado, hasta que el polvo te consuma. De la misma forma que te encerramos en el odio, te encerramos ahora en nuestra protección. Es mi sentencia.

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