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MORGANA 1

8. CAPÍTULO 4

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Morgana se inclinó sobre su escoba, descendiendo en un ángulo perfecto hacia el corazón de la manada. Se fundió con el galope, convirtiéndose en una sombra más entre los cuerpos que hendían la maleza. Extendió una mano, rozando apenas el lomo sedoso de uno de los ciervos. Ese contacto fue… una chispa de vida pura que le arrancó una sonrisa de triunfo. Con un leve impulso, se elevó lo justo para desafiarlos, entablando una carrera silenciosa contra el viento y las criaturas.

Pero al cruzar el umbral de los árboles, la armonía se quebró.

El ciervo que lideraba la marcha cayó estrepitosamente. Morgana tiró de su montura, confundida, buscando en el aire una explicación que no llegaba. Pero cuando un segundo animal se desplomó, soltando un gemido agónico, se dio cuenta del brillo de las flechas incrustadas en sus flancos.

El horror la golpeó con la fuerza de un rayo. Desde la oscuridad de los linderos, una lluvia de saetas silbó en el aire. Morgana ascendió en un espasmo de velocidad, esquivando los proyectiles, mientras abajo, uno a uno, sus nobles compañeros de carrera caían sin vida.

Un nudo de espinas se apretó en su interior. Su mirada cristalina, recorrió uno a uno los cuerpos que yacían sobre la tierra. Al alzar la vista, chocó con las expresiones de los cazadores, una calma de piedra ante la masacre, y el contraste le resultó insoportable. Miraba una y otra vez en ambas direcciones, atrapada entre la belleza ultrajada y la crueldad impasible, sintiendo cómo el dique de su cordura empezaba a agrietarse.

Su pesar ya no cabía en su pecho, era como una marea de cristales rotos que empujaba desde dentro. Su mandíbula se desencajó en movimientos espasmódicos. No solo era la amenaza de un llanto, sino algo rompiéndose de forma definitiva, mientras su rostro perdía toda compostura.

En ese instante, su ser se fragmentó. Lágrimas amargas rodaron por sus mejillas hasta perderse en el vacío. Entonces, desde lo más profundo de sus entrañas, dejó escapar un grito. No fue un llanto humano; fue un rugido de poder absoluto, una nota discordante y potente que estalló en el aire y se extendió en todas direcciones.

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