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MORGANA 1

7. CAPÍTULO 3

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Tras el velo de ceniza y sombra, emergió una figura. Era una mujer de belleza etérea. Su cabellera, era una cascada de oro líquido que se derramaba hasta su cintura. Sus ojos, de un azul tan profundo como un océano, destellaban con una mezcla de sabiduría y esa picardía indómita que el hombre reconoció al instante. Su vestido fluía con una gracia sobrenatural, como si las telas estuvieran tejidas con hilos de viento y encantamiento.

—¡Vaya entrada, Merlín! —exclamó ella entre toses, agitando una mano delicada para apartar los jirones de humo negro que aún se aferraban a su silueta.

—¡Morgana! —El joven mago suspiró, negando con la cabeza en un gesto de resignación teñido de ternura—. La puntualidad es una virtud que tu magia parece ignorar. ¡Llegas tarde, como de costumbre! —La reprendió, aunque el brillo de sus ojos verdes traicionaba su fingida severidad—. Y por lo visto, el arte de viajar por las chimeneas sigue siendo tu némesis. —Sacudió una mota de ceniza de su túnica con un gesto aristocrático—. Se supone que es uno de los conjuros más…

—…más básicos que un aprendiz debe dominar —interrumpió Morgana, rodando los ojos con esa confianza altiva que solo ella sabía lucir—. Lo sé, Merlín, me lo has recordado en cada solsticio. Pero admite que mi entrada ha tenido un dramatismo... impactante.

—Lo admito —cedió él con una sonrisa que iluminó su rostro—. Ahora, deja de deleitarte en el caos y acércate. Tenemos trabajo que hacer.

Con un movimiento fluido y elegante de la muñeca, Merlín hizo que una varita de caoba pulida apareciera en su mano en un estallido de luz ámbar.

—¡Aparis mandis! —sentenció con una voz que resonó en las vigas de la cabaña.

De la punta de la varita, brotó una llama de azul pálido que danzó entre sus dedos como un espíritu juguetón antes de desvanecerse. Sobre la mesa de madera, surgió de la nada una cesta rebosante de manzanas. Eran frutos de un carmesí sobrenatural, tan brillantes que parecían tallados en rubíes. Una fragancia dulce y silvestre, como el aliento del bosque en primavera, inundó la estancia.

Morgana se acercó a la mesa, sintiendo la vibración del aire, esa electricidad que siempre precedía a las grandes lecciones. Sus dedos aún marcados por el hollín, rozaron la piel de una manzana. Estaba tan fría y perfecta que parecía una gema arrancada de un árbol primordial.

—Hoy no buscaremos dominar la materia, Morgana, sino convencerla —murmuró Merlín, y sus ojos verdes parecieron brillar con la profundidad de un bosque—. La levitación no es fuerza; es armonía. Debes encontrar la nota exacta en la que el peso de la fruta se rinda al aliento del viento.

Merlín alzó su varita de caoba no como un arma, sino como el arco de un violín. Con un movimiento circular, lento y melódico, trazó una espiral en el aire. No gritó, solo susurró una palabra que sonó como un suspiro del bosque:

—Aetheris...

La manzana no subió como un globo; se desprendió de la realidad, flotando con una pereza celestial hasta rozar las vigas, donde quedó suspendida como un astro rojo.

—¡Mi turno! —exclamó Morgana. Ella no susurró. Su voz fue un trueno de entusiasmo, mientras Agitaba su varita como un látigo—. ¡Aetheris!

La manzana ni se movió. Morgana gruñó, acumulando una energía dorada en sus nudillos que Merlín observó con creciente preocupación.

—¡Aetheris! —rugió ella de nuevo.

Esta vez, la manzana respondió, pero no con armonía. Salió disparada con la violencia de una bala de cañón, silbando al pasar a milímetros de la oreja de Merlín antes de incrustarse en la pared de madera con un golpe seco.

—¡Controla el flujo, Morgana! —exclamó Merlín, apartándose un mechón de pelo del rostro, visiblemente alterado—. Estás golpeando la realidad, no bailando con ella. Siente el pulso de la fruta, no intentes aplastarlo.

La joven cerró los ojos. El silencio inundó la estancia mientras ella intentaba domar la marea de poder que le corría por las venas. Visualizó la manzana, pero en su mente, la energía no era un hilo, era un incendio. Con un movimiento frenético, dibujó patrones complejos en el aire, rítmicos y salvajes.

—¡Aetheris! —sentenció con una confianza ciega.

El desastre fue una obra de arte caótica. La manzana no voló; se estremeció, brillando con una luz interna demasiado intensa, como si un sol pequeño hubiera nacido en su corazón. En un parpadeo, la presión invisible la hizo estallar en una sinfonía de pulpa y jugo. Una lluvia carmesí cubrió el rostro, la barba y la impecable túnica de Merlín.

El maestro permaneció estático, con un trozo de piel roja colgando de su ceja. El aroma a sidra dulce y magia quemada llenó el ambiente. Abrió los ojos lentamente, revelando una mirada de juicio absoluto.

—Es suficiente —dijo con una calma aterradora, mientras se limpiaba un rastro de puré de la frente—. Antes de que conviertas esta cabaña en aserrín o me transformes a mí en mermelada, terminaremos por hoy.

Morgana lo miró, procesando la imagen de la eminencia decorada con restos frutales. Entonces, una risa cristalina y rebelde brotó de su garganta, una carcajada que profanó la solemnidad del entrenamiento y llenó la habitación de una humanidad que ninguna técnica podría enseñar.

—¿Qué es eso? —susurró la joven, con los sentidos en alerta.

Desde las profundidades del bosque, el estruendo de mil cascos se escuchó. Era una percusión salvaje y rítmica, una fuerza pura que parecía danzar entre los troncos centenarios y hacía vibrar las raíces mismas de la tierra. Morgana, atraída por aquel clamor inconfundible que evocaba una libertad sin cadenas, sintió que su propio pulso se acompasaba a esa vibración telúrica.

Sin dudarlo, Morgana se lanzó hacia el ventanal. Su melena ondeaba tras ella como un estandarte de luz, atrapando el último fulgor de las velas mientras cruzaba la estancia. Al alcanzar el linde donde el refugio se abría a la pradera, sus ojos azules se dilataron, buscando en la penumbra del follaje el origen de aquel estrépito.

—¡Ciervos! —exclamó, y su voz fue un estallido de júbilo que le desbordó el pecho al ver a las nobles criaturas emergiendo de la maleza—. ¡Son el espíritu mismo del bosque! —Suspiró, y una determinación indómita incendió su mirada—. ¡Debo correr con ellos!

—¡Morgana, aguarda! —El grito de Merlín nació de una desesperación genuina, una nota discordante en medio de la euforia de la joven, pero la advertencia murió en el aire antes de alcanzarla.

Con un gesto cargado de instinto, la bruja convocó su escoba. Esta se materializó en sus manos envuelta en un fulgor de luz estelar, como si hubiera sido tallada de la madera de un astro caído. Sin un ápice de miedo, Morgana se lanzó al vacío del ventanal.

Bajo sus dedos, la madera cobró una vida eléctrica, vibrando con una frecuencia que le erizaba la piel. Ascendió. Desde las alturas, el mundo se reveló como un tapiz de verdes abisales y sombras que se alargaban como dedos. Morgana inclinó el cuerpo, fundiéndose con la montura y entregándose a la embriagadora velocidad. El aire gélido golpeaba su rostro, cargado con el perfume del pino y la tierra húmeda, mientras bajo ella la manada de ciervos saltaba con una gracia infinita. Para ella, en aquel instante, la magia no eran rimas ni pergaminos; era ese vuelo frenético, un acorde perfecto de conexión con las criaturas salvajes.

—¡Morgana, detente! —El grito de Merlín rasgó la inmensidad del valle—. ¡Es temporada de caza!

Abajo, en la solidez de la tierra, el pánico transformó al mago. Con el rostro desencajado y la respiración convertida en un rugido sordo, Merlín se lanzó a una carrera desesperada. Su túnica ondeaba tras él como una sombra herida mientras cruzaba la pradera. Sus pies golpeaban el suelo con una percusión violenta, sorteando raíces retorcidas y piedras que parecían querer retenerlo. Cada zancada era un combate agónico contra el tiempo, mientras intentaba alcanzar con su voz a la joven que volaba ciega hacia la emboscada.

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