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GRITO DE MUERTE

1. CAPÍTULO 1. EL CONTENEDOR ROJO

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Son las tres con cincuenta de la madrugada del día 72 después del incidente, la noche ha sido una de las mejores, sin tantos gritos, algunas sombras han pasado por la esquina, por lo visto son mutilados. Mi zona sigue siendo bastante tranquila en comparación a otras que he visto, y el hedor no es tan fuerte. No me atrevo a abandonar esta posición, mi casa tiene un sótano y hé acomodado mucho para hacerla adecuada. Sin embargo, es obvio que me encuentro cerca de una zona inundada de muertos. debo empezar a planear seriamente la posibilidad de ir a una zona abierta, al campo. 

Creo que mañana será un largo día, empiezo a quedarme sin cloro, y la carne de cerdo… Lo segundo será difícil de hallar. Vi un supermercado cerca de mi antigua zona de estudios, en el pequeño centro comercial. Parece que se ha conservado, aunque la parte negativa del asunto es que esa zona está en disputa. 


El chico terminó la nota, observándola durante unos segundos en medio de la penumbra de la habitación. Estaba cansado física y mentalmente, su cuerpo lucía varios hematomas bajo la ropa. El más grande y oscuro se hallaba en su hombro y espalda derecha, era una herida que nunca sanaba debido al esfuerzo de portar y accionar los rifles. 

El cuarto donde se hallaba era amplio, su cama estaba desordenada por tanto girar sin conciliar el sueño. Al lado, en la mesita de noche, había un rifle AR de ATL, una modificación rara de un AR- 15 hecha a medida para algún magnate que probablemente murió sin poder usarla. Sobre la mesa reposaba una cámara mecánica maltratada con varios tipos de lentes, dos cuadernos de notas y un par de lapiceros. En la pared se observaba un enorme afiche de la guerra de las galaxias, al igual que un halcón milenario sobre un estante, justo al lado de una pequeña pila de comics. El cuarto en general se hallaba bastante ordenado, la pintura de las paredes en perfectas condiciones y el ambiente nauseabundo del exterior era imperceptible en tal lugar, ni moscas, ni olor. Sin embargo, a simple vista cualquiera adivinaba que algo extraño sucedía.

Las ventanas de la habitación se hallaban cubiertas por un plástico transparente y secciones de periódicos, ambos colocados dentro y fuera de la habitación. Pero aquello no era el principal indicio de lo que sucedía. Probablemente se trataba de la oscuridad general, o del silencio profundo que descansaba sobre cada cosa, casa y calle de la ciudad. El silencio y la muerte rondaba por cada esquina de la escena, siquiera grillos se lograban escuchar por encima del viento. 

La habitación donde descansaba era la principal de una gran casa. Y a pesar de lo meticulosamente arreglado que se hallaba todo, y que las moscas no avanzaban hasta el interior de tal lugar, con solo verlo podrías saber que algo no estaba bien. 

El chico agarró la cámara y se tomó una foto a sí mismo, el flash del aparato le deslumbró por un instante.  En su cuaderno anotó la hora, mientras observaba un celular grande que guardaba en el bolsillo de sus vaqueros. 

Se movió por el lugar, abrió la ventana para ver un poco entre todo el plástico y verificar la zona. No había movimiento alguno, ni señales de peligro, aquello era un alivio. Sin embargo sentía un enorme malestar, llevaba varias noches sin poder dormir bien. Cuando el reloj marcaba las tres o cuatro de la madrugada ya se hallaba despierto y deambulando por el sitio. Necesitaba alguna forma de dormir, incluso si eso precisaba el uso de medicamentos. De otra forma entraría en colapso. 

Revisó el rifle AR cuando el teléfono emitió una pequeña luz verde que indicaba eran las 4 am en punto. Aquello le desanimó en extremo, tenía un largo día por delante y en alguna hora del mediodía probablemente su cuerpo se sentiría terriblemente agotado.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un grito desde el interior de la casa. El sonido despertó sus sentidos aletargados y se levantó en el acto. Su respiración se aceleró durante un instante, su cuerpo tembló, y por instinto se movió para observar la puerta. Tomó de la mesa de noche la pistola Beretta 92 SB-F, jaló la corredera atrás dejándola cargada y caminó lentamente por el pasillo oscuro. No intentó encender ninguna luz, sabía que no había electricidad en toda la casa. Sus ojos se hallaban acostumbrados a la penumbra igualmente, podía percibir el movimiento y el contorno de todas las cosas del hogar con facilidad. 

Salvo por aquel grito todo permanecía en silencio. Se hallaba consciente era casi imposible que algo entrara, había colocado todas las trampas necesarias, revisado todo antes de acostarse. Tampoco dejó un rastro visible, por lo cual ningún olfateador debía tratar de hacerse camino hasta el interior. El lugar era en términos prácticos una fortaleza de concreto y acero. La había puesto a prueba con anterioridad, por eso permanecía en tal lugar, a pesar de ser bastante grande para una sola persona. 

Avanzó por la sala de estar, todo estaba en su sitio, esto le tranquilizó más no era motivo de confianza. El grito se escuchó nuevamente y reconoció su procedencia, corrió con el arma empuñada a un lado de su cuerpo hasta el fondo del hogar. Donde antes había un lindo patio, ahora se encontraba una habitación con ventanas enrejadas al interior, una puerta asegurada de metal bloqueaba el paso.

Dentro de la sellada habitación estaba una de estas bestias sangrantes, repulsiva, de ojos vidriosos y piel cetrina putrefacta. A pesar de todo, la criatura daba la impresión de mantenerse de cierta forma inmune al tiempo. Tenía un agujero en la quijada por el cual resbalaba algo viscoso lo cual el chico no quería ni averiguar. No tenía cabello, pero obviamente era de sexo femenino denotado en su pecho y aquella blusa azul larga con manchones marrones secos y acartonados. Intentaba escapar del par de esposas y cadenas que le mantenían al fondo de la habitación.

Una imagen vino a la mente del chico, fue en el día cincuenta y cuatro cuando capturó aquel ser tan repugnante y lo encerró por completo en dicha cámara como experimento. Necesitaba saber cuánto tiempo podría sobrevivir un zombi sin nada para comer. Era la única razón para retenerle a pesar de los gritos o ruidos que este pudiera hacer. En su opinión aquello era un peligro calculado. 

 Los últimos días la bestia no gritaba ni jadeaba tanto como antes, se quedaba quieta, parada sin moverse durante horas, pero parecía que por el hambre recobraba la conciencia en ciertos instantes. Eso, o cualquier otra razón, cada cierto tiempo el muerto viviente profería gritos guturales o jadeaba sin sentido. Aquello le sacaba de su lugar y asustaba en ciertos momentos, siempre había peligro, si tan solo otro muerto la escuchaba, él tendría problemas.  

Afortunadamente la habitación y el pasillo contenían todo el sonido dentro del hogar. Las paredes de aquella casa tenían revestimientos internos y arena dentro de cada bloque de concreto. Pese a todo, normalmente cerraba la puerta del corredor contiguo, con lo cual el grito se eliminaba en el interior de la morada, así su mente estaba más calmada y podía conciliar algo de sueño.

Sin embargo, esta noche se hallaba allí, detenido frente a la criatura, planteando la posibilidad de eliminarla. Alzó el arma apuntando directo a la cabeza de aquel zombie. Deseaba verle muerto, acabar con su sufrimiento y gritos, pero no tenía ningún sentido todavía. Bajó la pistola un poco decepcionado de sí mismo, e impotente ante toda la situación que vivía. Su cuerpo temblaba de ira. 

El olor a excremento y orina vieja de aquel muerto tampoco ayudaba a relajar sus nervios. Las moscas si se hallaban en aquella ala de la casa, zumbaban y revoloteaban por suelo, paredes y el cuerpo del muerto. Era un dolor de cabeza.

Se dejó caer en el suelo, era el día setenta y dos en horas de la madrugada, casi veinte días de tener el muerto allí encerrado, y aún así, no había signos de que este estuviese a poco de sucumbir debido al hambre. ¿Acaso eran inmortales? ¿Podrían sobrevivir por siempre? ¿O solo debía probar con otros factores como temperatura o exposición al agua? ¿Qué debía hacer? No era posible contener a toda la población de su ciudad encerrándose. Probablemente el otro tenía razón, y volarlos a todos era el método más efectivo. 

Setenta y dos días atrás, él era un chico común de una zona cualquiera de su ciudad. Acabó de terminar la secundaria con notas sobresalientes, mismas que cultivó pensando en una buena universidad y quizás una beca que facilitase las cosas. Sus aficiones eran la fotografía y la natación; la primera de ellas le permitió apreciar y detallar las cosas, la segunda un par de músculos y una espalda bien definida. 

Sus pocas amistades habrían expresado que se trataba de alguien tranquilo y de escasas palabras. Sereno casi en extremo, soñador respecto a sus ambiciones, pero muy centrado en sus labores dentro del aula. 

Ahora, no importaba mucho sus altas notas en el colegio, el récord roto en la piscina, o su posible entrada a la carrera de biología o medicina.

Solo algunas horas bastaron para que las reglas de la sociedad dejasen de aplicarse. Horas, para que el futuro de miles quedase destruido y la única regla relevante fuese sobrevivir. Ahora no había muchos lugares seguros, qué decir de medios de comunicación, policía, milicia y afines, todos terminaron derrumbados por su propio motor, los seres humanos.

La causa de aquel desastre era desconocida, no se verificó si era un virus, un arma biológica, o un experimento fallido y fuera de control. No hubo mucho tiempo para reaccionar tampoco. Para cuando los gobiernos lo enfrentaron, esto sucedía en simultáneo casi en cada rincón del planeta. Las llamadas de alerta solo crearon pánico entre la población, y los sitios de albergue fueron el almuerzo de los muertos. 

El primer día de la infección y los cinco consecutivos fueron los peores. Los muertos cazaban de forma activa y correteaban personas que gritaban desesperados tratando de salvarse.

De lo que él estaba seguro era de la manera de infección, lo vió de primera mano varias veces, la sangre. Tanto una mordedura, como el contacto de la sangre infectada contra una herida abierta convertía a las personas en muertos. Los ojos, o la boca, era la misma historia, la persona moriría a los pocos segundos entre convulsiones y gritos de dolor, y luego se levantaban como parte del ejército  de zombies que deambulaban por la ciudad.

Regresó a la habitación abatido ante la situación y el estancamiento de las cosas. Su futuro ahora no era brillante, al contrario, se vislumbraba muy gris, con una rutina escalofriante de buscar comida y sobrevivir. Probablemente una de las peores cosas era el hallarse solo. No tener con quien conversar estaba causando estragos en su mente. El daño real no era por el tiempo que tenía sin compañía, era el estrés al que se veía sometido día tras día sin muchas opciones para divertirse o relajarse. Estaba seguro que a veces sufría de pequeños delirios, por esa misma causa tenía diarios en su habitación y tomaba fotos cada vez que podía. Necesitaba un ancla a la realidad. 

Desafortunadamente, la necesidad no le permitía encerrarse en la habitación a dormir y ver los días pasar. Había muchas cosas por hacer si deseaba permanecer vivo, sitios por recorrer, suministros que asegurar. El tiempo siempre corría, y quien tomase primero las cosas era quien sobrevivía. Nueva regla del apocalipsis. 

Por otra parte su hogar requería de ciertos procesos para permanecer seguro. Ello incluía limpieza con cloro, encender los generadores, buscar gasolina, aislar las habitaciones, colocar filtros de aire, limpiar los filtros de agua. Y todo esto significaba salidas continuas a una ciudad plagada de muertos. Visitar lugares donde reposaban hordas enteras, o tan nauseabundos que apenas podías mantenerte sin vomitar.

Estaba seguro que en algún momento la suerte se acabaría, al igual que los suministros, pero no estaba dispuesto a ponerlo tan sencillo. No sin luchar un poco. No tenía ansias de morir, sentía que faltaba mucho por vivir, aunque no estaba seguro de qué exactamente, y eso le hacía sentir ansioso y con incertidumbre. 

Eran las cuatro veintitrés minutos cuando se escuchó una explosión a lo lejos, las ventanas vibraron y los muertos reaccionaron lanzando gritos al aire. Cientos de ellos comenzaron a correr en diferentes direcciones. Él se mantuvo en silencio en medio de la penumbra. Los pasos agolpados se escucharon incluso en el techo de la casa contigua. Abrió ligeramente la cortina para observar la situación, escudado por la penumbra y el desastre en las calles, ninguno notó sus ojos en la oscuridad. 

—Más tarde debo ir a revisar qué fue eso, de seguro algún grupo, o algún muerto movió algo —expresó en voz baja antes de cerrar y acostarse en la cama. El rifle permaneció a un lado, al igual que la Beretta. Era la única forma de conciliar algo de sueño. 

Una hora después el celular vibró, y él se levantó sobresaltado. La hora de despertar siempre le tomaba con sorpresa y poco descanso, su ritmo diario iniciaba a tempranas horas comúnmente. 

 Tomó una ducha, comió algo de cereal con leche en polvo preparada previamente. Luego limpió y recargó la AR de ATL, ya que la había usado el día anterior. Pasó a regar las plantas que mantenía en un sótano improvisado, en el cual entraba el sol por una ventanita que mantenía con vidrio reforzado y rejillas. La luz era dispersada por la habitación mediante espejos colgados con alambres. Un método rudimentario pero efectivo que leyó en algún lugar. 

El pequeño invernadero era uno de sus recientes proyectos. Tenía algo de hierbas para cualquier comida, un par de plantas que pensaba eran antisépticas, más no se atrevía a comprobarlo, unos tomates, y un par de flores sin saber exactamente la razón.

No solía usar energía eléctrica salvo para mantener el refrigerador, aunque logró hacerse con tres generadores medianos. La razón era que el ruido de las mismas era un peligro, y no toda la casa era insonora. La habitación aislada de ruido era ahora la residencia de su morador jadeante indeseado en la parte trasera, por ello mudó los generadores al sótano. Allí el ruido se minimizó en gran medida aunque no por completo, por tal motivo solo se podían encender un par de horas al día, ello mientras mantenía vigilancia, y el olor a humo no atrajese visitantes. 

Ese día necesitaba salir de la casa, el día anterior había investigado en un gran supermercado a casi un kilómetro de donde se encontraba. La zona estaba morada por exceso de olfateadores, lo cual complicaba siempre las cosas. Además en los alrededores se hallaban ciertos edificios, y estos siempre significaban enjambres de jadeantes. No entró al centro comercial, pero desde afuera se podía observar que las verjas del supermercado estaban intactas, esto era una buena señal, significaba que no fue saqueado en los primeros días. Valía la pena acercarse, la comida era uno de los bienes más relevantes, y, aunque él tenía bastante, comprendía que en algún momento la situación no sería tan sencilla. 

A pesar de eso, la cantidad de muertos en esa zona era un peligro bastante grande. Las oficinas crearon zonas donde las concentraciones eran mayores a lo usual. La duda se instaló en su cabeza con fuerza. Temía bastante a los jadeantes, y con razones de sobra.

Después de pasar tanto tiempo solo, en compañía de las bestias, pudo diferenciarlos y clasificarlos en tres tipos. 

Primero estaban los mutilados. Eran muertos putrefactos de piel cetrina debido al tiempo, de andar lento y desorganizado. Se movían al escuchar sonidos alrededor, por lo cual se desorientan fácilmente. Muchos de ellos estaban tuertos, y mancos, de allí su nombre. No representaban una gran amenaza a menos de encontrarse con ellos en un espacio cerrado, o cuando viajaban en grandes cantidades. Ya los había visto, se aglomeraban sobre un lugar, cuerpo tras cuerpo hasta hacer ceder estructuras. En general, era el tipo de zombie común que leyó en algún lugar y vió en películas. 

Luego estaban los jadeantes, eran humanos infectados que parecían hallarse en buena condición física. Sus ojos se hallaban sumidos en penumbra, el aire a sus alrededores era en extremo nauseabundo, en especial porque algunos todavía excretaban sobre sí mismos. Se les diferenciaba por las venas azules o negras muy marcadas en piel blanquecina o grisácea. Sus músculos parecían marcarse fácilmente, y algunos perdían el cabello por completo. Se encontraban parados en cualquier sitio, agitados, a la expectativa de algún grito o sonido peculiar. Al escuchar algo de su atención corrían fuertemente en grupos hasta su objetivo. Además, poseían una fuerza descomunal, y en ocasiones, por instinto, reflejo, o imitación, eran capaces de superar obstáculos,  incluso abrir puertas. Esto para el entendimiento del chico era signo de inteligencia. A pesar de ser sucesos muy escasos ya los había presenciado un par de veces, tomando atajos para sorprender a sus presas, o eludiendo trabas. 

Por último, pero más importantes estaban los olfateadores, para su impresión eran los más peligrosos entre los tres. Bajo esta calificación habían infectados humanos y animales; había visto perros y aves dentro de este renglón. A este grupo tan diverso, la infección por alguna razón les había dotado de una hipersensibilidad a los olores, rasgo que les permitía rastrear a sus presas. Parecían comunicarse entre sí por medio de gritos ensordecedores, eran rápidos, rapaces, al igual que los jadeantes podían trepar. Se les hallaba en cualquier sitio, escondidos, siguiendo pistas, olfateando. La peor parte era que, de encontrarte uno de ellos, después de lanzar su grito infernal, podías estar seguro que toda una horda de jadeantes y mutilados acudiría de inmediato al llamado.

Por esta razón eran los olfateadores a quienes él iba eliminando metódicamente antes de investigar un lugar, de los otros dos podía escapar con suerte. Siempre y cuando fuese silencioso y no llamase la atención podía pasar desapercibido de jadeantes y mutilados. Al menos así era en la mayoría de casos, pero eso no aplicaba a los olfateadores. 

Otro punto relevante de los muertos en general, era que, por alguna razón, todos ellos parecían huir de la luz solar, sin embargo, no les afectaba. Siempre se encontraban en las calles incluso a la luz del día. Pero, por alguna causa preferían deambular en horas de la noche, o eso le parecía a él. La mayoría de los muertos se hallaban dentro de las edificaciones durante el día, debajo de puentes. Incluso observó montones de muertos agrupados en la sombra. Las noches en cambio eran un caos donde la población infectada reinaba, salían de todos los lugares posibles buscando presas, corriendo sin rumbo, creando estampidas de muertos que persiguen el ruido de otros.

Se preparó para salir, eran las siete de la mañana. Se vistió con un jean grueso, una camisa y una chaqueta la cual él mismo había reforzado por dentro con una capa extra de algodón mullido, y con algo de cinta. Ciertamente el día era caluroso, pero prefería vestir de esa manera. No era una protección fiel pero se sentía mejor con ello encima. Un mordisco en sus brazos no era muy efectivo, primero debían desgarrar sus protecciones. 

Tomó los lentes goggles, su celular junto a su bitácora en la cual tenía dibujado varios mapas. 

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