11. capítulo 11 - la fortaleza, como una jauría
La fortaleza no era un refugio.
Era un organismo.
Respiraba en los pasillos, murmuraba en las escaleras, observaba desde las sombras. Cada piedra parecía tener memoria, y cada memoria estaba cargada de miedo.
Uros lo sintió apenas descendieron de la posada.
El murmullo comenzó como un roce leve. Luego se multiplicó.
No eran gritos. No eran insultos abiertos.
Era peor.
-¿Lo viste?
-Está cambiando más rápido...
-¿Y si la draconiana lo está acelerando?
Uros mantuvo la capucha baja. Los cuernos nacientes apenas se insinuaban bajo la tela. Sus ojos, con la esclerótica tornándose gris y la pupila afilada como la de un felino, evitaban el contacto directo... pero lo percibían todo.
Cada respiración ajena.
Cada paso que se detenía cuando él pasaba.
Nöuk caminaba a su lado. Sus ojos azules no se movían con nerviosismo; se movían con cálculo. No era la primera vez que la miraban así, pero aquí había algo distinto. Hambre. Evaluación. Deshumanización.
Una voz masculina murmuró desde una esquina:
-Ya es raro tener a una draconiana aquí...
-Y ahora un mutado de nivel avanzado -respondió otro-. Esto va a terminar mal.
Vaelith iba unos pasos delante. Su cola se movía lentamente, no con gracia, sino con tensión contenida. Sentía las miradas clavándose en sus escamas como agujas calientes.
Algunas eran de miedo.
Otras no.
-Mira cómo brilla...
-Dicen que son salvajes...
Una risa baja.
Vaelith giró apenas la cabeza.
Silencio inmediato.
Nöuk rozó su muñeca.
-No ahora.
La draconiana inhaló. Sus pupilas rojo humo se afilaron un instante antes de volver a su forma habitual.
No ahora.
Bajaron al primer piso. El restaurante estaba más lleno que la primera vez.
Demasiado lleno.
Había gente que no comía. Solo observaba.
Uros lo entendió al instante.
Se sentaron. La mesa crujió suavemente bajo el peso de Vaelith. Un silencio extraño se formó alrededor, como una pausa colectiva antes de algo inevitable.
-Así que son ustedes... -dijo una voz desde la mesa contigua.
Nöuk no giró la cabeza.
-Dicen que la mutación se le está acelerando -continuó el hombre, en tono casual pero demasiado alto-. Qué curioso... tener una draconiana tan cerca.
Risas contenidas.
-Nunca había visto una de cerca -añadió otro-. Debe ser interesante domesticar algo así.
La palabra cayó pesada.
La cola de Vaelith golpeó el suelo.
Seco.
Varias manos se tensaron sobre empuñaduras.
Nöuk apoyó su mano sobre el brazo de la draconiana.
-No.
No fue una súplica.
Fue una orden suave.
Desde otra mesa:
-¿Y si es cierto?
-¿Qué cosa?
-Que ella lo está acelerando. No es normal cambiar así en días.
-Ya es raro tener a una draconiana y ahora un mutado avanzado -respondió alguien más-. Eso no es coincidencia.
Uros no levantó la vista.
Pero su respiración cambió.
Lo sentía.
El miedo no era solo superstición. Era estrategia. Lo evaluaban como posible amenaza colectiva.
Un hombre se levantó y pasó demasiado cerca de Nöuk.
Demasiado.
Su mano rozó el respaldo de su silla... y descendió un poco más.
Nöuk no se movió.
Solo alzó los ojos azules hacia él.
Fríos.
Absolutamente fríos.
-Tranquila -sonrió el hombre-. Solo admiraba.
La silla de Vaelith cayó hacia atrás.
El sonido fue un disparo en la tensión.
Se puso de pie medio segundo.
Varias armas se desenvainaron apenas unos centímetros.
Uros levantó la cabeza.
Lento.
Sus pupilas felinas reflejaron la luz como vidrio pulido.
El restaurante entero retrocedió un paso invisible.
Silencio total.
Nöuk se levantó con suavidad, interponiéndose apenas.
-Te equivocaste de mesa.
Sin gritar.
Sin amenazar.
Eso fue peor.
El hombre tragó saliva. Miró los cuernos bajo la capucha. Miró los ojos. Miró la quietud peligrosa de Vaelith.
Retrocedió.
-No vale la pena.
Volvió a su asiento fingiendo indiferencia.
Pero algo había cambiado.
Ya no era curiosidad.
Era conciencia de riesgo.
Uros volvió a sentarse.
Sentía el pulso golpeándole en las sienes.
Cada salida sería así.
Cada descenso desde la posada.
Cada paso en la fortaleza.
Una prueba.
Más tarde, en la biblioteca, el ambiente no fue distinto.
Los residentes fingían leer, pero observaban.
El anciano no explicó mecánicas ni habilidades. No habló de estadísticas ni de progreso.
Solo miró a Uros.
Como un médico frente a un paciente que podría no sobrevivir a su propia transformación.
Observó la tensión en los hombros.
El ritmo respiratorio.
La manera en que la pupila se contraía con estímulos mínimos.
Evaluación silenciosa.
Diagnóstico sin palabras.
Fuera de la sala, los susurros continuaban:
-¿Y si pierde el control?
-Entonces estamos muertos.
-O peor... tal vez él no sea el problema.
Una pausa.
-Tal vez lo sea ella.
La palabra flotó con intención venenosa.
Vaelith sintió el cambio en el aire.
Nöuk también.
Uros lo entendió.
La fortaleza no temía solo a la mutación.
Temía a lo que no podía controlar.
Y deseaba lo que no podía poseer.
Esa mezcla era más peligrosa que cualquier monstruo de la mazmorra.
Cuando regresaron a la posada, nadie los tocó.
Nadie los enfrentó.
Pero todos miraron.
Como una jauría.
Midiendo distancia.
Esperando debilidad.
Esperando sangre.
La fortaleza no era un refugio.
Era una jauría hambrienta.
Y la ja
uría ya había elegido a quién observar.
El capítulo no necesitaba una batalla.
La guerra ya estaba ocurriendo.
En silencio.
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