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El abismo 1 - El Despertar

12. Capítulo 12 - Bajo la mirada de los vivos

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La cena terminó en silencio.

No fue un silencio cómodo ni satisfecho.

Fue el tipo de silencio que queda después de que una habitación entera decide, sin decirlo en voz alta, que preferiría que no estuvieras ahí.

Nadie volvió a molestarlos.

Nadie se acercó.

Nadie habló.

Pero las miradas no se fueron.

Uros lo sentía incluso sin levantar la vista del plato vacío. Ese peso constante en la nuca. Ese murmullo contenido que se apagaba cada vez que alguno de ellos movía la cabeza.

Rechazo.

Miedo.

Y algo más… algo peor.

Ilyas fue el primero en romper la quietud.

—Deberíamos irnos de este nivel —dijo con su tono plano habitual—. He escuchado que más abajo hay otros asentamientos. Fortalezas. Incluso ciudades.

Soren apoyó los codos sobre la mesa, pensativo.

—Entonces necesitamos provisiones. Si vamos a movernos, hay que hacerlo bien.

Sus ojos recorrieron al grupo, evaluando.

—Podemos dividirnos. Cubrimos más terreno y—

—No.

La palabra salió baja, pero firme.

Todos miraron a Uros.

Él no levantó la cabeza de inmediato.

—Prefiero no salir —añadió finalmente—. Cada vez que piso la calle… la tensión sube.

No lo dijo como queja.

Lo dijo como diagnóstico.

Vaelith asintió casi de inmediato.

—Estoy de acuerdo.

Sus ojos rojos recorrieron el salón con frialdad.

—No necesitamos provocar más atención de la que ya tenemos.

Hubo un breve silencio.

—Entonces yo acompaño a Nöuk —dijo Kael, reclinándose en la silla con una media sonrisa ladeada—. Alguien tiene que asegurarse de que no compre todo lo que brille.

Nöuk le lanzó una mirada azul afilada.

—No compro todo lo que brilla.

—Ah, perdón —respondió él—. Solo el noventa por ciento.

El comentario alivió apenas la tensión… lo justo.

Soren exhaló por la nariz.

—Bien. Entonces queda así.

Su tono se volvió operativo.

—Ilyas y yo exploramos rutas de descenso.

—Kael y Nöuk consiguen provisiones.

—Uros se queda aquí.

Una pausa.

—Vaelith…

Ella ya estaba mirando a Uros.

—Yo me quedo con él.

Nadie discutió eso.

Nadie era tan estúpido.

Habitación de Uros

La mañana llegó sin suavidad.

Uros estaba sentado en el borde de la cama cuando la puerta se abrió con cuidado.

Nöuk entró en silencio.

Sus ojos azules lo recorrieron de inmediato, evaluando… no como combatiente.

Como algo más cercano.

Se acercó despacio.

—¿Te duelen?

Uros no fingió no entender.

—Un poco.

Ella levantó la mano con cautela.

Muy despacio.

La yema de sus dedos rozó el primer cuerno.

Diez centímetros ya.

El segundo apenas comenzaba a emerger bajo la piel.

El contacto fue tan ligero que parecía que temiera romperlo.

O romperlo a él.

—Siguen creciendo… —murmuró.

Uros soltó una exhalación corta.

—Sí.

Hubo un pequeño silencio.

Entonces Nöuk inclinó apenas la cabeza, y una sonrisa mínima —casi tímida— apareció en su boca.

—Se ven sexys.

Uros parpadeó.

Una sola vez.

Ella se inclinó y lo besó.

Fue un beso breve.

Suave.

Pero real.

Cuando se separó, sus ojos azules brillaban con algo cálido.

—Descansa —susurró.

Y en ese momento—

toc toc

Kael.

Por supuesto que era Kael.

Nöuk rodó los ojos con una exasperación silenciosa y se apartó justo cuando la puerta volvió a sonar.

—¿Interrumpo algo importante o sigo fingiendo que no sé contar tiempos?

Uros soltó aire por la nariz.

—Entra.

Calles que observan

El aire de la ciudad no era neutral.

Nunca lo había sido.

Nöuk lo sintió apenas cruzaron la calle principal.

Las miradas.

Otra vez.

Kael caminaba a su lado con esa postura relajada que solo tenían los que sabían exactamente cuántas formas tenían de matar a alguien en tres metros.

—Bueno —murmuró él—… ambiente acogedor.

Un grupo de hombres apoyados contra una pared no se molestó en bajar la voz.

—Mírala…

—Los ojos…

—¿Cuánto crees que cobre?

Nöuk no reaccionó.

No porque no lo oyera.

Porque Uros estaba arriba.

Y eso importaba más.

Kael, en cambio, sonrió.

No era una sonrisa bonita.

—Te doy cinco segundos —murmuró apenas audible— para que dejen de mirarla así.

Los hombres se tensaron.

Uno escupió al suelo.

Pero apartaron la vista.

Nöuk siguió caminando.

Como si nada.

En otra calle

Ilyas caminaba medio paso por delante de Soren.

Siempre igual.

Siempre midiendo.

—La hostilidad está aumentando —dijo sin girarse—. No es solo miedo.

Soren frunció el ceño.

—No.

Una pausa.

—Es cálculo.

Ilyas asintió levemente.

—Están esperando ver si nos rompemos.

De regreso — Pasillo de la posada

Uros lo sintió antes de abrir la puerta.

El murmullo.

Abajo.

En el restaurante.

Se detuvo un segundo.

Respiró.

Y entró.

Lo que se dice cuando nadie mira

Más tarde, cuando el grupo volvió a reunirse, la habitación se llenó de ese silencio pesado que solo aparece después de un mal día.

Nadie habló primero.

Hasta que—

—Están hablando —dijo Soren finalmente.

Uros no preguntó de quién.

Ya lo sabía.

Soren continuó:

—Dicen que tu mutación se está acelerando.

Una pausa.

—Que la draconiana podría estar influyendo.

El aire se tensó.

Muy despacio, Vaelith levantó la mirada.

Roja.

Fría.

—Interesante teoría.

Nöuk chasqueó la lengua.

—Idiotas.

Ilyas no intervino.

Pero sus ojos no se relajaron.

Ni un segundo.

Vaelith escucha

Más tarde.

Cuando todos se dispersaron.

Cuando el pasillo quedó en silencio.

Vaelith estaba quieta.

Había escuchado todo.

Cada palabra.

Cada duda.

Cada miedo que no se atrevieron a decir en voz alta.

Sus dedos se cerraron despacio.

Una vez.

Luego se movió.

Y tocó la puerta de Uros.

Suavemente.

La elección

Uros seguía sentado en la cama cuando ella entró.

Vaelith avanzó unos pasos.

Y se arrodilló frente a él.

No como sumisión vacía.

Como decisión.

—Deberías levantarte —murmuró.

Pero no se movió.

Sus ojos rojos lo miraban con una intensidad extraña.

Inquieta.

—Puedo estar convirtiéndome en un problema para el grupo… —empezó.

Uros se inclinó hacia delante.

Y tomó su mano.

No fue un gesto suave.

Fue un detente.

—Te acogí —dijo con voz baja—. Para mí… eres una de nosotros.

Una pausa.

—Igual que los otros cuatro.

El aire se quebró.

—Pero si decides irte… no voy a detenerte.

Eso fue lo que la rompió.

Vaelith se movió sin aviso.

Lo besó.

Fuerte.

Con hambre.

Con miedo.

Uros respondió.

Cuando se separaron, ella respiraba más rápido.

—En mi cultura… —murmuró, con la voz más baja de lo habitual— elegir un amo… es hasta la muerte.

Sus ojos rojos no temblaron.

—Sé lo que pasa con Nöuk.

Una pausa.

—Aun así… ya te elegí.

Se inclinó otra vez.

Esta vez—

Uros no se resistió.

La puerta se cerró suavemente detrás de ella.

Y por primera vez desde que llegaron a ese lugar…

el mundo afuera quedó en silencio.

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