14. Capitulo 14 - El valle de las agujas negras
La fortaleza quedó atrás mucho antes de que el grupo se permitiera mirar hacia atrás.
Durante un largo tramo del camino nadie habló.
El sendero que descendía desde la aldea fortaleza del nivel ocho serpenteaba entre paredes de roca gris oscuro, cada vez más estrechas, cada vez más profundas. La luz que descendía desde los niveles superiores del Abismo ya no era clara ni cálida; era una claridad pálida, difusa, como si atravesara capas infinitas de piedra antes de alcanzarlos.
El aire también había cambiado.
Más frío.
Más seco.
Más silencioso.
El sonido de la fortaleza -las voces, las puertas, el metal de las armas, el murmullo constante de exploradores- había desaparecido por completo.
Ahora solo quedaban ellos.
Y el descenso.
Soren caminaba al frente, revisando de vez en cuando el mapa gastado que llevaba enrollado en el cinturón.
-Si seguimos este sendero -murmuró finalmente- deberíamos llegar al Valle de las Agujas Negras antes de que caiga la noche.
Kael soltó un leve bufido.
-Ese nombre suena reconfortante.
Nadie respondió.
Ilyas caminaba unos pasos detrás, observando el terreno con la atención constante que lo caracterizaba.
-No es un lugar donde muchos quieran quedarse -dijo con voz baja-. Es más bien... un paso entre rutas.
-¿Un atajo? -preguntó Kael.
-Un vacío.
El silencio regresó.
Uros caminaba en el centro del grupo.
Su figura era imposible de ignorar.
Los cuernos que emergían de su cabeza ya no podían ocultarse. Uno de ellos sobresalía claramente, oscuro, curvándose hacia atrás casi diez centímetros. El segundo apenas comenzaba a romper la piel cerca de la sien.
La mutación avanzaba.
Y todos lo sabían.
Nouk caminaba cerca de él.
Sus ojos azules se movían constantemente, atentos a cualquier movimiento en el terreno. Pero cada cierto tiempo su mirada se desviaba hacia Uros, de forma casi instintiva.
No era miedo.
Era algo más complejo.
Algo más profundo.
Vaelith caminaba unos pasos detrás de ambos.
Sus ojos, verticales y brillantes, se posaban sobre Uros con una mezcla difícil de interpretar.
Deseo.
Curiosidad.
Desconfianza.
Desde la noche anterior algo había cambiado.
Y ella también lo sabía.
Pero no dijo nada.
El sendero descendió durante otra hora antes de abrirse finalmente hacia un paisaje completamente distinto.
El Valle de las Agujas Negras.
El grupo se detuvo al borde de la formación natural.
Desde donde estaban, el valle se extendía como un océano petrificado de piedra oscura.
Columnas negras emergían del suelo en todas direcciones.
Altas.
Afiladas.
Torcidas.
Algunas alcanzaban decenas de metros de altura, otras apenas sobresalían como lanzas enterradas en la tierra.
Parecían gigantescas agujas de obsidiana que hubieran sido clavadas en el suelo por manos titánicas.
El viento se movía entre ellas.
Y producía un sonido extraño.
Un silbido metálico.
Como si el aire rozara miles de filos invisibles.
Nouk frunció ligeramente el ceño.
-Ese sonido...
-El viento -dijo Soren.
Ilyas negó con la cabeza.
-No solo el viento.
El grupo comenzó a descender al valle.
A medida que avanzaban entre las agujas, el paisaje se volvía cada vez más opresivo. Las columnas bloqueaban la vista en todas direcciones. Era imposible ver más allá de unos pocos metros sin que otra lanza de roca interrumpiera el camino.
No había vegetación.
Ni siquiera musgo.
La tierra estaba desnuda.
Gris.
Estéril.
Y lo más inquietante de todo...
Era el silencio.
No había insectos.
No había pájaros.
No había criaturas pequeñas moviéndose entre las piedras.
Nada.
Kael lo notó primero.
-Esto es raro.
Soren se detuvo.
-¿Qué cosa?
Kael extendió los brazos ligeramente.
-Todo.
Miró alrededor.
-¿Dónde está todo lo demás?
Nouk también comenzó a observar con más atención.
Era cierto.
Incluso en las zonas más inhóspitas del Abismo siempre había alguna forma de vida.
Algo que se moviera.
Algo que respirara.
Aquí no.
Aquí no había nada.
Caminaron durante varios minutos más antes de que Ilyas levantara una mano.
-Esperen.
El grupo se detuvo.
El explorador se acercó a una de las agujas negras y pasó la mano por la superficie de la roca.
Había una marca.
Una grieta profunda.
Como si algo hubiera golpeado la piedra con una fuerza brutal.
-Esto no es erosión -dijo.
Soren se acercó.
La grieta tenía más de medio metro de profundidad.
Como si la roca hubiera sido golpeada por un martillo gigante.
Vaelith se inclinó cerca del suelo.
-Aquí también.
Entre las agujas había huesos.
Grandes.
Muy grandes.
Restos de criaturas que claramente no pertenecían a animales pequeños del Abismo.
Las costillas estaban quebradas.
Algunas incluso aplastadas.
Como si hubieran sido comprimidas por una presión monstruosa.
Kael se agachó junto a uno de los restos.
-Eso no lo hizo una bestia pequeña.
Nouk señaló hacia otro punto.
-Allí.
Una roca enorme había sido desplazada varios metros de su posición original.
Las marcas en el suelo mostraban que algo la había empujado.
O arrastrado.
Uros no había dicho nada hasta ese momento.
Pero su mirada recorría el valle con creciente atención.
Algo en ese lugar le resultaba... incómodo.
No peligroso.
No exactamente.
Más bien...
Incorrecto.
Como si el valle estuviera conteniendo la respiración.
Soren finalmente habló.
-Esto no parece un territorio de caza.
Ilyas negó lentamente.
-No.
Miró alrededor una vez más.
Las agujas negras silbaban con el viento.
Los huesos se acumulaban entre las sombras de las columnas.
Y el valle entero parecía demasiado grande.
Demasiado vacío.
Demasiado silencioso.
El explorador cruzó los brazos.
-Este valle no está vacío...
Hizo una breve pausa.
-Está siendo evitado.
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