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El abismo 1 - El Despertar

6. capítulo 6 - el precio de seguir vivo

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La salida lateral de la cueva no desembocaba en el claro donde habíamos combatido antes, sino en una pendiente suave que exhalaba aire frío y húmedo, como si la montaña aún respirara detrás de nosotros. Cuando crucé el umbral, el bosque azul me recibió con una luz distinta, más inclinada, más cansada. El día comenzaba a rendirse y los troncos altos filtraban el último resplandor en líneas oblicuas que suspendían polvo y esporas en el aire, dándole al entorno una quietud engañosamente pacífica.

Por un instante, nadie habló. El calor constante de la cueva quedó atrás, y con él esa sensación de refugio provisional. Afuera, el mundo volvía a ser vasto y vulnerable.

Ilyas avanzó primero, observando como siempre, sin dramatismo. Soren salió detrás, atento a cosas que yo no podía oír. Kael flexionó los dedos al cruzar el umbral. Yo fui el último en salir, dejando que el aire fresco me golpeara el rostro y se llevara el olor metálico del combate anterior.

Fue entonces cuando lo sentí.

No fue un sonido. Fue un ajuste. El bosque no estaba en silencio. Estaba esperando.

Lo supe antes de verlo.

La sombra entre los árboles no cayó ni emergió. Simplemente se definió.

El Regulador estaba allí.

Más estable. Más enfocado. No irradiaba rabia. No la necesitaba. Se movía apenas, como si evaluara cómo respirábamos, cómo distribuíamos el peso, cuánto tardaríamos en reaccionar. No parecía herido. Parecía haber aprendido.

Di un paso al frente casi sin pensarlo. El hacha descendió desde mi espalda con un peso que siempre había sido suficiente. Esta vez no lo sentí así.

Kael se desplazó hacia el flanco. Darien adelantó el escudo con esa naturalidad suya, como si su cuerpo hubiera sido diseñado para ocupar el lugar entre nosotros y la muerte. Nöuk cerró los ojos apenas un segundo, midiendo el pulso del grupo.

El Regulador atacó.

Y vino por mí.

La trayectoria fue limpia. Directa. Sin margen. Si Darien no hubiera interceptado el primer impacto con su escudo, yo no estaría recordando esto.

El estruendo me atravesó los oídos. Sentí la vibración en los huesos. Darien no retrocedió.

-Ahora -ordenó.

Activé.

La energía recorrió mi cuerpo con una intensidad que rozaba lo imprudente. No medí. No regulé. Golpeé.

Darien empujó al mismo tiempo.

La sinergia no fue planificada. Fue instinto. Mi hacha descendió envuelta en esa vibración interna que Ilyas nos había enseñado a contener, pero esta vez fui más allá. Sentí cómo el escudo de Darien amplificaba la descarga.

El impacto contra el Regulador fue real. Lo supe porque retrocedió. Porque algo en su estructura se quebró.

Por un segundo creí que lo habíamos logrado.

Entonces recalculó.

No vi la nueva trayectoria.

Solo vi a Darien mirarme.

No gritó.

Me empujó.

El golpe que venía hacia mí lo atravesó a él.

El sonido fue profundo, como si el aire hubiera sido comprimido en un solo punto. Vi su cuerpo elevarse un instante antes de caer. Lo sostuve antes de que su cabeza tocara el suelo.

La sangre comenzó a salir entre las placas de su armadura.

Estaba caliente.

Demasiado caliente.

Se filtraba entre mis dedos mientras intentaba presionar la herida. Como si mi fuerza pudiera convencerlo de quedarse.

-No -dije. Y en esa palabra había todo lo que no sabía cómo decir.

Intentó inhalar. El aire no llegó completo. Sus ojos me buscaron, y no había miedo en ellos. Solo claridad. Decisión.

Sus dedos se cerraron sobre mi antebrazo con fuerza.

Sentí ese agarre como un ancla.

Luego empezó a aflojarse.

Un temblor recorrió su cuerpo. Breve. Involuntario.

Y se fue.

El Regulador no volvió a atacar.

Se detuvo. Osciló un instante, como si algo en su cálculo hubiera salido mal. Su objetivo era yo. No él. Después se fragmentó en sombras y desapareció entre los árboles, como si le hubieran ordenado cancelar.

Yo seguía sosteniéndolo.

Intenté levantarlo. No pesaba más que otras veces. Pero esta vez no era peso físico lo que me hundía.

Soren sostuvo uno de sus hombros. Kael tomó sus piernas. No hablamos. No hacía falta. Ya lo habíamos hecho antes.

Pero nunca así.

Lo llevamos hasta una zona elevada entre raíces. Lo acomodé con cuidado absurdo, como si eso cambiara algo.

Nöuk puso una mano sobre mi hombro.

-Fue por mí -dije.

-Fue por nosotros -respondió ella.

Kael comenzó a traer piedras. Soren lo imitó. Las colocaron una a una sobre el cuerpo de Darien. El sonido seco de cada roca asentándose era más pesado que el anterior. Yo miraba sin mirar.

Cuando terminaron, el claro parecía igual.

Excepto por el montículo.

La ausencia tenía forma.

Me alejé sin avisar. Encontré un cauce de agua entre las raíces y me arrodillé. Sumergí las manos. El agua se tiñó de rojo. Froté con fuerza, pero la sangre seca se resistía en los pliegues de la piel.

Sentía que arrancarla era arrancarlo a él.

Las lágrimas cayeron sin ruido. El peso de estar vivo porque él decidió ocupar mi lugar me comprimía el pecho.

No escuché a Nöuk acercarse. Solo sentí sus manos sobre las mías, cálidas, firmes, ajadas por combate pero cuidadosas. Sumergió mis dedos otra vez y comenzó a limpiar donde yo no podía.

-No fue un error -dijo.

Negué apenas.

-Sí lo fue.

Ella levantó mi rostro.

-Él eligió.

El agua siguió corriendo. El bosque no se movía.

Apoyó su frente contra la mía un segundo.

-No estás vivo por accidente.

Cerré los ojos.

Y respiré.

Esa noche el fuego fue bajo. No recuerdo cuándo me senté contra el árbol ni en qué momento ella se acomodó a mi lado. Solo sé que al amanecer desperté con su cabeza apoyada en mi regazo, profundamente dormida, una mano aún cerrada sobre la empuñadura de su espada.

Incluso dormida, protegía.

Ilyas habló cuando la luz gris comenzó a filtrarse entre los troncos.

-Hay un asentamiento a medio día de camino.

Miré una última vez hacia el montículo de piedras.

Y me puse de pie.

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