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El abismo 1 - El Despertar

7. capítulo 7 - humo sobre madera muerta

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El humo no se movía con violencia, sino con la paciencia de algo que lleva ardiendo demasiado tiempo. Cuando salimos del bosque, no fue la empalizada lo que vi primero, sino ese hilo gris que se alzaba hacia el cielo como una señal que nadie respondió. Mis botas hundiéndose en tierra más pisada que el resto del sendero me hicieron consciente, por primera vez desde la cueva, de que caminábamos hacia algo que no era solo naturaleza ni solo ruina: era decisión humana.

Las pisadas pesaban diferente.

No era cansancio físico. Era la ausencia de un paso más entre nosotros. Durante días me había acostumbrado al sonido del escudo de Darien marcando el ritmo, el golpe metálico acompasado que nos decía cuándo avanzar y cuándo cerrar filas. Ahora el aire ocupaba ese espacio. Y el silencio, cuando nadie hablaba, se extendía demasiado.

El asentamiento apareció completo cuando cruzamos la última línea de árboles. Madera astillada. Puertas abiertas. Una torre inclinada que parecía sostenerse más por costumbre que por estabilidad. No había cuerpos visibles, pero tampoco vida. Solo señales de que algo había ocurrido con prisa.

Soren fue el primero en tensarse. Kael ladeó la cabeza apenas, escuchando. Nöuk no dijo nada; simplemente ajustó la empuñadura de su espada.

No fue un grito lo que rompió el aire.

Fue un golpe.

Algo pesado impactando madera al otro lado de una estructura caída, seguido por un crujido húmedo que no pertenecía al viento.

Los vimos cuando se movieron.

Eran altos cuando se erguían, cubiertos de pelo espeso y oscuro, pero sus cabezas no mostraban ojos. Donde deberían estar, solo había piel tensa sobre hueso. En cambio, las bocas se abrían demasiado, revelando filas de dientes gruesos e irregulares que brillaban con saliva fresca. Caminaban sobre dos piernas con torpeza contenida, como si probaran el equilibrio, pero cuando detectaron nuestra presencia el cambio fue inmediato: las extremidades delanteras tocaron el suelo y la masa entera del cuerpo se lanzó hacia nosotros con una explosividad animal, mezcla de gorila y sabueso.

No hubo órdenes.

No hizo falta.

Nos movimos.

Soren cubrió el flanco izquierdo sin que nadie lo indicara. Kael desapareció por la derecha buscando un ángulo. Nöuk se desplazó hacia el centro, justo donde yo ya estaba avanzando. La sinergia no era perfecta; era instintiva. Funcionaba porque habíamos sobrevivido juntos demasiado como para dudar en ese primer segundo.

Mi hacha encontró carne antes de que el impacto llegara. El filo se hundió en el pelaje grueso y sentí la vibración recorrerme el antebrazo, pero la criatura no retrocedió; se abalanzó con una fuerza que me obligó a girar el torso para evitar que los dientes alcanzaran mi hombro. Sentí el vacío donde antes habría estado el escudo de Darien absorbiendo esa embestida.

Ahí lo entendí.

Éramos funcionales. Pero éramos más frágiles.

Una segunda criatura cayó sobre Soren con tal violencia que lo hizo retroceder tres pasos. Kael logró herir a otra desde atrás, pero el espacio se reducía y el polvo comenzaba a levantarse bajo las carreras a cuatro patas. Sus movimientos no eran tácticos; eran puro impulso, pero el peso bruto empezaba a inclinarnos.

Y entonces apareció la más grande.

No emergió de entre las casas; rompió una pared lateral con el hombro, lanzando astillas al aire como lluvia seca. Su tamaño superaba por una cabeza a las otras, y el espesor del pelaje parecía casi una armadura. No necesitó correr para imponer presencia. Simplemente avanzó.

Embistió.

Soren intentó bloquear, pero no era Darien. El impacto lo lanzó contra un poste caído y el sonido de aire escapando de sus pulmones me atravesó más que cualquier rugido.

La formación se rompió.

Nöuk quedó un paso demasiado adelante.

Y fue entonces cuando escuché el metal.

No el nuestro.

Metal arrastrándose.

Giré la cabeza apenas y la vi.

Entre dos estructuras derrumbadas, medio cubierta por sombra y madera caída, había una figura encadenada a un poste reforzado. Las cadenas no eran ornamentales; eran gruesas, funcionales, con placas incrustadas que reconocí como supresores básicos del sistema. No avanzados. No elegantes. Suficientes.

Ella estaba de rodillas.

Alta incluso así. Harapos desgarrados que no ocultaban la anatomía poderosa que intentaban degradar. Escamas amplias protegían hombros y caderas; otras más finas recorrían costados y muslos con una armonía casi artística. Entre ellas, piel firme, viva, marcada por suciedad y líneas de desgaste. Dos cuernos se inclinaban hacia atrás siguiendo la forma de su cráneo, y una cola pesada descansaba contra la tierra, moviéndose apenas.

Sus ojos se alzaron hacia mí.

Verticales.

Conscientes.

No vi miedo.

Vi cálculo.

Y algo más.

Rabia antigua.

Una de las criaturas menores se abalanzó hacia ella, quizá atraída por el movimiento. Ella intentó incorporarse, pero el collar supresor brilló débilmente y su cuerpo se tensó en un espasmo contenido. Hambre. Debilidad forzada. Desgaste sistemático.

No estaba derrotada.

Estaba administrada.

La criatura grande cargó otra vez.

Nöuk no llegaría a tiempo.

Yo tampoco.

Tomé la decisión antes de terminar de pensarla.

Corrí hacia las cadenas.

El metal vibró bajo el impacto del hacha. El primer golpe no bastó. El segundo arrancó chispas. Sentí la presión de una criatura acercándose por la espalda, pero Kael interceptó con un grito seco. El tercero abrió una fisura en el grillete principal.

El collar chisporroteó cuando la placa supresora se partió.

El cambio fue inmediato.

No fue una explosión visible.

Fue una expansión.

El aire alrededor de ella pareció tensarse mientras se incorporaba por completo, y por un instante comprendí que lo que había visto arrodillado no era debilidad, sino contención forzada. La cola se elevó. Los hombros se enderezaron. Sus ojos se fijaron en la criatura mayor.

Y sonrió.

No agradeció.

No preguntó.

Se lanzó.

La velocidad no era humana. Tampoco completamente dracónica. Era algo intermedio y preciso. Sus manos -terminadas en garras que hasta ese momento había confundido con simples uñas endurecidas- se hundieron en el pelaje del monstruo mayor mientras su rodilla impactaba bajo la mandíbula abierta. La bestia rugió, pero ella ya estaba girando, usando el propio peso del enemigo para desequilibrarlo. Cuando cayó, fue como si la tierra hubiera decidido ceder bajo un rey destronado.

El combate duró menos después de eso.

No porque ella lo hiciera todo.

Sino porque volvió a inclinar la balanza.

Cuando el último de los cuerpos dejó de moverse, el asentamiento regresó a su silencio anterior, ahora manchado de vapor y sangre fresca.

Ella permaneció de pie unos segundos más, respirando hondo, como si probara de nuevo el aire sin restricciones. Luego giró el rostro hacia nosotros.

Sus harapos, rotos y sucios, apenas lograban cubrir la silueta atlética y voluptuosa de un cuerpo que parecía diseñado para imponerse, no para ser contenido. Las marcas en muñecas y cuello no eran recientes, pero tampoco antiguas. Las escamas reflejaban la luz con un brillo tenue, hermoso y peligroso a la vez.

Sus ojos se clavaron en mí.

-Tardaron -dijo.

No había gratitud en su voz. Tampoco reproche. Solo un filo seco que no encajaba con el estado en que la habíamos encontrado.

Bajé el hacha despacio, todavía sintiendo el peso del combate vibrando en los brazos.

Nadie respondió de inmediato.

Fue Ilyas quien rompió el silencio con su tono práctico de siempre.

-Si van a hablar, háganlo moviéndose. Esto no está limpio.

Tenía razón.

La fogata tardó en prender.

La madera estaba húmeda y nuestras manos también. Nos movimos en silencio, cada uno ocupando su espacio sin necesidad de coordinarlo en voz alta. Era lo que hacíamos. Lo que siempre habíamos hecho.

Pero el hueco seguía ahí.

Soren acomodó las piedras del perímetro. Kael revisó dos veces la oscuridad antes de sentarse. Ilyas se mantuvo de pie un rato más largo de lo normal, vigilando.

Yo no podía dejar de mirarme las manos.

La sangre se había metido bajo las uñas otra vez.

No era la mía.

Nöuk se sentó a mi lado sin hacer ruido.

-No fue tu culpa -dijo en voz baja.

-Sigue siéndolo.

El fuego crepitó.

Kael habló desde el otro lado.

-Se lanzó porque era Darien.

Soren asintió.

-Y porque funcionó.

Ilyas finalmente se sentó.

-Nos salvó. Así que lo mínimo que podemos hacer... es seguir vivos como si hubiera valido la pena.

No hubo más que decir.

Era suficiente.

Me levanté y caminé hasta el arroyo. El agua estaba fría cuando hundí las manos. Froté la sangre seca del dorso de mis dedos, sintiendo la piel tirante, como si arrancarla costara más de lo normal.

Unas manos cálidas se sumaron al agua.

Nöuk tomó mi muñeca con suavidad.

-Déjame.

No discutí.

Sus dedos limpiaron la sangre con paciencia que yo no tenía. Una gota cayó al agua.

-No tenías cómo llegar -murmuró.

-Siempre hay cómo.

-No esta vez.

El peso en el pecho se aflojó apenas.

Nuestros ojos se encontraron.

El beso fue breve.

Cálido.

Real.

Nada desesperado.

Cuando nos separamos, el mundo volvió a moverse.

-Interesante.

La voz vino desde la fogata.

La draconiana estaba apoyada contra un tronco, medio iluminada por el fuego. Sus ojos brillaban con algo que no era burla.

Era evaluación.

-No sigo órdenes -dijo con aparente indiferencia.

Pausa.

Su cola se movió lentamente.

-Pero reconozco deudas.

No se acercó demasiado.

Pero tampoco se alejó.

Y aunque nadie lo dijo en voz alta...

El grupo ya no se sentía roto.

Se sentía diferente.

Más peligroso.

Más inestable.

Más vivo.

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