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Tres Noches de Luna Llena

2. Donde Terminan los Árboles

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—¿Quién carajos empieza el año escolar en febrero? —Lucas apenas arrastraba las palabras, exaltadas por el tedio y el desdén.

—Si no vuelves a clases, vas a repetir el año —dijo su madre sin apartar la vista de los platos que lavaba. Su voz contrastaba notablemente con la de su hijo: compasiva, paciente... y, muy en el fondo, tierna.

 —Estoy seguro de que repetir un año escolar no sería lo peor que le haya pasado a alguien —murmuró Lucas, revolviendo su plato con el tenedor, como si en medio de la pasta estuviera la respuesta de por qué su vida se había ido al carajo.

 —Te aseguro que esa comida va a saber igual, la revuelvas o no —gruñó su abuelo sin levantar la vista del periódico que leía.

Lucas no estaba acostumbrado a ese ambiente rústico. Había pasado desde que nació hasta sus actuales quince años en un departamento del piso catorce en la ciudad de Sacramento, rodeado de un ambiente urbano, de autos, ruido y gente. Conocía todas las rutas de autobuses, sabía cómo llegar a cualquier parte. Si necesitaba algo, bastaba con caminar hasta el supermercado 24 horas más cercano. Incluso el ruido del tráfico le ayudaba a dormir.

Pero ahora... esto. Un entorno demasiado callado y natural. Ni siquiera sabía dónde estaba exactamente. No conocía la ciudad, no conocía a nadie más que a su madre y a su abuelo. El silencio lo inquietaba. El viento soplaba entre los árboles que rodeaban la casa, y ese sonido lo estremecía como si se le escurriera por la columna. Llevaban dos semanas ahí, y cada noche había sido una batalla para conciliar el sueño. Para muchos, esto sería paz, pero para Lucas era el infierno.

—¿Estás listo para mañana?  —la voz cálida de su madre llenó otra vez la cocina. Lucas no respondió.

—¿Lucas?  —repitió ella. Nada. Solo el sonido de la pasta siendo revuelta.

 —Tu madre te está hablando —intervino el abuelo, más severo esta vez. Alzó la vista y dejó a Lucas bajo una mirada dura y juzgadora.

—Sí, mamá —respondió con apatía. Ella terminó de lavar, se quitó los guantes y el delantal, y lo colgó en un gancho junto al fregadero.

 —Es una buena escuela. Yo también estudié ahí cuando era niña.

—Me gustaba mi antigua escuela —dijo Lucas, esta vez con un dejo evidente de molestia. El abuelo no desvió la mirada de él. Era un hombre al que no se le notaban muchas concesiones. A Lucas no le importaba. Un viejo enojado era lo último en su lista de preocupaciones.

—Tienen equipo de básquetbol. Tal vez podrías unirte —sugirió su madre con una sonrisa tentativa. Lucas la miró brevemente con una expresión que decía sin palabras que ese comentario era la estupidez más grande que había escuchado en su vida.

 —Estamos a mitad de temporada. Claro que no me van a aceptar.

—Podrías intentar algo distinto. ¿No te interesa que tu abuelo te enseñe carpintería?

—Para nada.

—Es algo útil. Él hizo esta mesa, y casi todos los muebles de la casa —dijo ella con un tono conciliador, intentando calmar una bomba que parecía a punto de estallar.

Lucas miró alrededor: las sillas, los estantes, incluso la puerta trasera. Todo hecho en madera, todo perfectamente trabajado. No le impresionaba. Nada de eso le importaba.

—¿Y los muebles de nuestro departamento?  —preguntó, fijando la mirada en su madre. Ella dudó. Sabía que la respuesta no le iba a gustar.

—Tuvimos que venderlos. Casi todo. Necesitábamos el dinero.

—¿No pudiste guardar al menos una cosa?

 —Cuida tu tono —gruñó el abuelo con los dientes apretados.

—Papá, por favor —intervino su madre, y miró de nuevo a Lucas—. No podíamos traerlos, y guardarlos era muy caro.

Lucas se dejó caer contra el respaldo de la silla y alzó la vista al techo, intentando tragarse la frustración. Pero no podía dejar de pensar en lo injusto que era todo. Le habían quitado su vida, su casa, sus amigos... a su padre. Todo era una mierda.

—No tengo hambre —dijo, apartando el plato y levantándose bruscamente.

 —Lucas...  —su madre intentó acercarse.

 —Me voy a mi cuarto.

Antes de que pudiera dejar la cocina, su abuelo se levantó de golpe.

—Déjame decirte una cosa, muchacho —soltó, estrellando el periódico contra la mesa con un estruendo seco—. En esta casa no tolero actitudes como la tuya. Si alguien te habla, le respondes con respeto. Especialmente si es tu madre o yo. Mocosos como tú necesitan aprender lo que es el respeto. Por las buenas o por las malas.

—¡Papá, basta! —la madre de Lucas alzó la voz. El viejo era alto, corpulento. Su cuerpo parecía hecho para cargar troncos y cortar árboles. Su cabello y su barba estaban cubiertos de canas, pero aún mantenía una presencia imponente. A su lado, su hija parecía pequeña, aunque compartían la misma arquitectura del rostro: la frente amplia, la nariz recta, los pómulos marcados. En ella, esos rasgos se suavizaban al sonreír; en él, parecían esculpidos por años de no hacerlo. Ante la intervención de su hija, respiró hondo y miró a Lucas directo a los ojos.

 —Los sábados —dijo, conteniendo la rabia—. Vas a trabajar conmigo. Te voy a enseñar lo que es la disciplina.

 —Como sea —Lucas puso los ojos en blanco. Solo quería largarse de ahí.

Subió las escaleras de madera, que seguramente también habían sido hechas por su abuelo, y cerró la puerta con un golpe fuerte. Echó el cerrojo y se puso los audífonos. Tal vez la música le ayudaría a diluir tanta amargura. O al menos eso quería creer. Buscó en su celular una playlist, pero en vez de eso, abrió Instagram. “Solo un vistazo” se dijo. Fotos con sus amigos, fiestas, partidos de básquet. La última vez que lo etiquetaron fue en su despedida. En su viejo departamento ya casi vacío, todo empacado, se reunieron una última vez para despedirlo y darle partida a su nueva vida. Esa noche, después de que el último de sus amigos se fue, se quedó de pie en la sala, sintiéndose tan vacío como el propio departamento. No le gusta admitirlo, pero lloró.

La bandeja de entrada estaba llena. No quería responder a ningún mensaje. Ni siquiera leer. Era demasiado.

Lucas se tiró en la cama, también hecha de madera, mirando al techo. Permaneció así un buen rato. La luz de su habitación estaba apagada, pero la luna casi llena se colaba por la ventana, dejando a la vista el desorden de ropa esparcida y las cajas de mudanza, de las cuales Lucas no había abierto ni la mitad.

Por un momento, desvió la mirada hacia el baúl que contenía las cosas de su padre. Lucas no entendía por qué lo habían dejado en su cuarto. Ese baúl solo contenía ropa, algunos perfumes y relojes, al menos eso suponía. Su madre lo había llenado mientras él la observaba en silencio, incapaz de intervenir. No lo había abierto desde que lo cerraron. Y ahora, allí en su habitación, le incomodaba profundamente. Sentía, aunque sabía que era irracional, que el baúl lo observaba. No quería nada con ese baúl ni con su contenido. El hombre al que le pertenecía ya no estaba.

Un suicidio no es algo que se supere realmente. En algún lado escuchó que el dolor no desaparece, solo se traslada. Quizá su padre sufría, pero ahora quien sufre es él.

No podía dejar de mirar el baúl, que estaba justo debajo de la ventana por donde entraba la luz de la luna. Era insoportable, esa sensación de que el baúl lo llamaba. Pero Lucas solo sentía aversión hacia lo que representaba. Lo que quedaba del responsable de que su vida estuviera como estaba.

No lo entendía.

 No entendía lo que había pasado, por qué hizo lo que hizo, ni por qué terminaron allí. Solo sabía que lo enojaba demasiado. Ni una nota dejó.

La atención no se desviaba de ese baúl. Incluso empezaba a pensar que esa era la razón por la que no podía dormir.

Ya no lo soportaba más. Se quitó los audífonos, se puso de pie y se dirigió hacia el baúl, sin saber realmente qué quería hacer. Pero, al estar a un paso de distancia, su atención se desvió hacia otro lado: miró por la ventana.

El bosque de pinos estaba a solo unos metros de la propiedad y se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Iluminado por la blanquecina luz de la luna, lucía como la postal perfecta de una película de terror, casi juraría que había momentos en que un par de ojos amarillos se asomaban. Pero entre más lo observaba, más se sentía inmerso en su esencia. Más deseaba acercarse. Más deseaba que el bosque se lo tragara. Quizá eso haría desaparecer lo que sentía. Tal vez no era la música lo que necesitaba. Ni el básquetbol. Tal vez solo quería perderse en el bosque.

 No midió cuánto tiempo permaneció de pie junto a la ventana, pero el sonido de golpecitos en la puerta lo sacó de su ensoñación.

 Cerró la cortina, dejando la habitación en una oscuridad casi absoluta, a excepción de la luz del pasillo que se colaba por los bordes del marco de la puerta.

 —Hijo —se oyó la voz de su madre—, solo quería desearte buenas noches.

Lucas se quedó en silencio, observando la sombra de los pies de su madre asomándose por debajo de la puerta.

—¿Lucas?  —repitió la voz. Lucas siguió observando la sombra. Quietos. Sabía que ella estaba apoyada contra la puerta, tratando de percibir algún sonido dentro de la habitación. La sombra permaneció allí unos segundos. Para Lucas, una eternidad.

Cuando por fin comenzó a moverse, él tomó algo de valor y respondió:

—Buenas noches, mamá.

 La sombra se detuvo un instante más, luego desapareció tras el marco.

Se arropó hasta el cuello. Cerró los ojos. Pero el sueño no llegó. El silencio de la casa lo envolvía. Solo era interrumpido por el crujir de la madera, por el viento entre los árboles, por el lejano ladrido de algún perro. Y aunque todo suena natural, como si el entorno respirara a su propio ritmo, para Lucas es como si algo invisible caminara por los pasillos. Como si este lugar, ese bosque, esta casa, supiera que él no pertenece aquí.

Piensa en su padre. En cómo todo se vino abajo tan de golpe. En cómo nadie le preguntó si quería mudarse, si quería dejarlo todo atrás, si estaba listo para cambiar la ciudad por un pueblo perdido entre montañas y pinos.

Siente un nudo en la garganta. Lo traga. Lo ignora.

Y finalmente, tras mucho revolverse, cae en un sueño inquieto y superficial. De esos en los que el cuerpo descansa, pero la mente sigue atrapada en un bucle interminable.

Esa noche no sueña.

 

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