3. Nada está Bien
Bastante antes de que la alarma sonara, Lucas ya estaba despierto, mirando el techo con el cuerpo inmóvil y la mente ardiendo en pensamientos sin forma. Apenas si reacciona para estirar el brazo y apagar el molesto pitido del despertador. Le cuesta levantarse, más por molestia que por sueño o cansancio. Aunque logra ponerse de pie, se queda quieto, como esperando que lo que tiene que pasar hoy, en realidad, no ocurra.
Nunca había sido el chico nuevo. Venía de una escuela monumentalmente enorme, con edificios separados para primaria, secundaria y preparatoria. El cambio le resulta abrumador, emocionalmente pesado, su cuerpo todavía parecía resistirse a aterrizar en esta nueva vida.
Frente al ropero abierto, observa la poca ropa que ha desempacado. Sin pensarlo demasiado, se viste con lo primero que encuentra: unos jeans, una camiseta azul grisácea y una chaqueta.
Mete una bufanda en la mochila, junto con un único cuaderno y un par de lápices. Camina al baño con pasos lentos y desganados. Se moja la cara, esperando que el agua fría escurra, al menos un poco, esta aversión por empezar desde cero.
Pero no sirve. Claro que no.
Orina, se lava las manos, los dientes. Intenta al menos parecer decente frente al espejo. Su reflejo lo mira con expresión apagada. Los rasgos, que suelen ser definidos y expresivos, hoy están entumecidos. La tristeza parece que se hubiera instalado en cada músculo de su cara. Lavarse la cara no limpió lo que sentía, pero al menos ayudó con la grasa de su piel, típica de los adolescentes, que a veces le deja espinillas. El cabello un poco largo le agrada. Aunque suele gustarle más corto. Se esfuerza un poco más, desordenándolo con los dedos, buscando un despeinado que parezca natural. Es castaño, como el de su madre. Y, según ha visto en fotos, también como solía ser el de su abuelo antes de que se volviera canoso.
Hoy le alivia parecerse a ella. No tiene ganas de ver en el espejo nada que le recuerde a su padre. Él tenía el cabello negro y la piel salpicada de pecas.
De su padre, Lucas solo conserva los ojos: marrones, un poco avellana. Los de su madre y su abuelo son verdes.
Al bajar a la cocina, nota a su madre en pijama, poniendo la cafetera y dispuesta a preparar el desayuno.
—Oh, no te oí. Creí que despertarías un poco más tarde —dice su madre con legítima ingenuidad al ver a su hijo tan temprano—. Normalmente batallas para despertarte. Quería tener el desayuno listo antes de que bajaras.
—Buenos días a ti también —responde Lucas con voz apagada mientras se acomoda en la mesa de la cocina—. No dormí mucho... no he podido hacerlo estos días, realmente.
—¿Pasas frío durante la noche?
—No es eso —el semblante inerte de Lucas se fija en un punto imaginario en el centro de la mesa.
—Voy a hacer huevos revueltos, ¿cuántos quieres?
—Solo quiero avena. —Ese no es desayuno para tu primer día. Además, anoche no comiste nada. Tal vez el hambre no te dejó dormir.
—Es ese puto bosque —se queja Lucas.
—Cuida tu boca, Lucas —le reclama su madre—. ¿Y cómo es que un bosque no te deja dormir?
—Me incomoda —Lucas no encuentra las palabras exactas para explicarlo—. Se oye el viento cruzar por los árboles. Es incómodo.
Aunque Lucas sabía que eso era solo una parte del enorme problema que el bosque realmente significaba, era la parte más fácil y creíble de explicar.
—Es porque estás acostumbrado a la ciudad. Cuando me mudé a la universidad me pasó lo mismo. El ruido me desvelaba. Pero luego me acostumbré. Para dormir solo se necesita sueño.
—¿Cuándo fuiste a la universidad te fuiste pensando en no volver aquí?
—No sabía lo que pasaría. Pude haber vuelto cuando terminé, pero encontré más razones para no hacerlo —dice, colocando el plato de avena frente a su hijo.
—¿Y no había razones para quedarnos en la ciudad, acaso?
Ella se tensa ante la pregunta. Se resigna a tener que contestar la misma duda que Lucas le ha planteado desde que anunció que se mudarían.
—Lucas, ya te lo he dicho mil veces. No podíamos quedarnos.
—Sí podíamos, solo que...
—¿Solo que qué? —lo interrumpe su madre, esta vez más alterada—. Hijo, no sé si estoy haciendo bien en no contarte todo lo que estamos pasando realmente. No lo hago porque no quiero ponerte esa carga encima. Solo tienes que saber que no estamos en un buen momento y no había más opciones.
—¿Acaso te mataría decirme? —Lucas tampoco disimula su alteración.
—Solo te pido un poco de paciencia mientras se calmen las aguas. Es todo lo que pido de ti mientras resuelvo todo. Luego podremos conversar de todo, incluso de cosas que un chico de tu edad no tiene por qué saber sobre la situación económica de su familia... si así lo prefieres. Pero yo soy la madre y yo tomo las decisiones. Ayer por la noche traté de ser comprensiva contigo, porque si tu abuelo ve que yo reacciono mal, él habría reaccionado dos veces peor. No es tan comprensivo ni paciente como yo. Pero tampoco me agrada que me hables así cuando estoy haciendo lo mejor que puedo.
Lucas aprieta los labios y se limita a comer su avena. No quiere admitirlo, pero realmente no haber cenado la noche anterior lo ha dejado hambriento.
—Me voy a la escuela —dice, dejando su plato vacío y levantándose bruscamente.
—Yo iré a dejarte. Solo dame unos minutos mientras me visto.
—No quiero que me vayas a dejar. Voy a tomar el autobús.
—Hijo, está helando afuera y quiero que llegues bien a tu primer día. Te voy a dejar y se acabó la discusión.
—Te gusta que no tenga ni voz ni voto en nada, ¿no es así? —susurra Lucas para sí mismo, con la clara intención de que su madre lo escuche. Ella simplemente se marcha, fingiendo no haberlo oído.
La casa estaba en las afueras de Black Hills, justo donde el pueblo dejaba de serlo y comenzaba el bosque. Si uno tomaba el camino hacia el centro, las casas dispersas se iban acercando entre sí, como si buscaran abrigo unas con otras, hasta formar lo que apenas podía llamarse un casco urbano: un puñado de calles, una plaza olvidada y edificios bajos que parecían más viejos de lo que en verdad eran. En la dirección contraria, un tramo de asfalto se abría paso entre los árboles. A pocos metros, una cafetería solitaria —refugio de camioneros y viajeros extraviados— marcaba el último vestigio de civilización. Más adelante estaba el aserradero, propiedad del abuelo de Lucas, y siguiendo el camino unos kilómetros más, se llegaba por fin a la carretera.
Black Hills cuenta con una población de 40.000 habitantes, lo que apenas la califica como ciudad. Para Lucas, sin embargo, ni siquiera califica como un chiste. Aunque no era exactamente un pueblo ni una ciudad, sino algo a medio camino entre ambas cosas. Demasiado grande para que todos se conocieran, demasiado pequeño para perderse de verdad. Enclavado entre colinas suaves y bosques interminables, el lugar parecía suspendido en el tiempo. La vida ahí seguía un ritmo distinto, marcado no por relojes ni calendarios, sino por el crujido de los árboles bajo la sierra eléctrica y el silbido del viento entre los pinos.
Todo en este lugar está directa o indirectamente, relacionado con el bosque circundante. Hectáreas y hectáreas de pinos y abetos plantados para la industria maderera. Plantar, talar, vender... y repetir el ciclo. En el fondo, Lucas entiende por qué su madre prefirió irse. Lo que no le cabe en la cabeza es por qué decidió volver.
El viaje transcurre en silencio. Lucas lleva puestos sus audífonos; su madre, un cigarro entre los dedos. Ambos buscan cualquier excusa para evitar una conversación, sabiendo que cualquier palabra mal dicha puede encender la mecha de una discusión.
Lucas había esperado encontrar un edificio descuidado, con más historia que presupuesto. Pero al llegar a la preparatoria de Black Hills, se sorprende al descubrir lo contrario: un lugar bien mantenido, casi acogedor. Los jardines delanteros están cuidados con esmero; la pintura azul y blanca que cubre el edificio parece recién aplicada. El frontis luce un gran portón de entrada, sobre el cual descansa un enorme reloj. A lo lejos, asomando por detrás del edificio, Lucas distingue un extenso campo de fútbol americano.
—El consejero dijo que fueras a su oficina, que ahí te darían toda la información — dice su madre mientras estaciona en la zona designada para dejar a los estudiantes.
—Sí, ya lo sé —responde Lucas, quitándose el cinturón de seguridad y abriendo la puerta.
—Te amo, hijo —declara su madre, justo antes de que él baje del auto. Lucas se queda quieto un instante, mirando la radio encendida. Luego asiente, sin girarse.
—Igual —murmura, y cierra la puerta tras de sí.
Con la mochila al hombro, atraviesa la gran entrada del edificio. Aunque es un lugar nuevo, el interior le resulta un ambiente familiar. Los pasillos están llenos de estudiantes; pequeños grupos se forman alrededor de los casilleros, algunos usan chaquetas con los colores de la escuela. Hay quienes guardan libros, otras se retocan el maquillaje frente a espejos de bolsillo. Un murmullo constante, ininteligible, flota en el aire como una corriente que lo envuelve, pero no lo toca. Todo le resulta absurdamente conocido... y al mismo tiempo, ajeno.
Se dirige hacia la zona administrativa, donde supone que podrá encontrar al consejero escolar. Antes de tocar la puerta, esta se abre. Un hombre joven, alto, moreno, de barba frondosa y hombros anchos aparece frente a él.
—Tú debes ser Lucas Gallagher, ¿no es así? —dice con una sonrisa amplia. Su energía positiva resulta casi abrumadora.
—Sí, soy yo —responde Lucas, esforzándose por mantener la voz neutral.
—Soy el señor Donovan, consejero escolar. Soy la persona a la que debes acudir si tienes dudas o inquietudes, ¿de acuerdo?
—Muy bien —Lucas no quiere ser grosero ni sarcástico. Solo está cansado. Sabe que el entusiasmo del señor Donovan forma parte de su trabajo, pero en este momento él se siente impermeable a cualquier tipo de optimismo.
—Te imprimí tu horario —dice Donovan, entregándole una hoja—. Abajo anoté también el número de tu casillero y la combinación de la cerradura. Y aquí tienes unos folletos informativos —añade, entregándole un montón de papeles que Lucas debe sostener con ambas manos—. Incluyen la historia del pueblo, la historia de la escuela, y actividades extracurriculares disponibles. Eso sí, taché las que ya no tienen cupo.
Hace una pausa, y su tono se suaviza.
—Estoy más o menos al tanto de tu situación, así que incluí un par de recursos que podrían ayudarte a sobrellevar este momento.
—¿Habla de mudarme de ciudad o del suicidio de mi padre? —pregunta Lucas con desdén. No lo dice para herir, pero esa ha sido su forma de sobrevivir desde que todo ocurrió. Cuando cree que alguien siente lástima por él, responde con agresividad.
—De ambas, de hecho —responde Donovan. Su sonrisa disminuye por primera vez, su voz adopta una nota más grave. Pero en cuanto suena la campana que marca el inicio de las clases, recupera el tono animado —¿Qué te parece si te acompaño a tu primera clase?
—¿Tengo otra opción?
—No realmente —responde, riendo como si todo fuera una broma—. Vamos, acompáñame.
Lucas lo sigue en silencio por un largo pasillo. El señor Donovan no deja de hablar, pero sus palabras son como ruido de fondo para Lucas, que no está prestando atención.
—Esta es tu primera clase: Historia —anuncia finalmente, deteniéndose frente a una puerta. Toca suavemente antes de abrir.
—Disculpe, señorita Moreau. Lamento interrumpir, pero tengo que presentar a un nuevo estudiante.
La profesora Moreau es una mujer alta y delgada, con el cabello muy corto y unos lentes de marco grueso. Mira con amabilidad al señor Donovan y le hace una señal para que ambos entren.
—Buenos días, estudiantes —dice el señor Donovan al ingresar al salón.
Lucas lo sigue de cerca, tratando de mantenerse erguido y con la frente en alto. No es por orgullo; simplemente no quiere parecer derrotado. No quiere que, al ver a alguien cabizbajo, piensen que él es el chico nuevo del que todos deben sentir lástima.
—Tengo el placer de presentarles al nuevo alumno de esta escuela. Su nombre es Lucas Gallagher.
En cuanto escucha su nombre, Lucas levanta la mano a modo de saludo, breve y algo torpe.
—No solo es nuevo en la escuela, sino también en la ciudad —añade Donovan. Lucas piensa que esa última parte era completamente innecesaria. —Sé que todos ustedes serán amables con él y le enseñarán todo lo que necesite saber. También les pido que, si alguno puede prestarle los apuntes de lo que va del año, sería de gran ayuda para que se ponga al día con la clase. Luego, se gira hacia Lucas, le da un golpecito en el hombro y sonríe.
—Muy bien, campeón. El resto te lo dejo a ti. Sabes que cualquier cosa, puedes venir a hablar conmigo. Lucas asiente sin decir palabra.
—Señorita Moreau, yo me retiro —dice Donovan antes de marcharse del salón.
—Puede tomar asiento, señor Gallagher. Hay un lugar junto al señor Valenti — indica la profesora, señalando el único asiento libre. —Señor Valenti, le pido que oriente al señor Gallagher si es que se lo solicita. Y también le recuerdo, Señor Valenti, que en mi clase debe quitarse la capucha.
Educada mujer, piensa Lucas. Su forma de hablar tiene algo que le recuerda a las películas antiguas que le gustan a su madre.
Lucas se dirige a su lugar y se sienta.
—Por favor, no me digas Valenti. Solo Leo —dice en voz baja el chico a su lado, quitándose la capucha de su sudadera negra. Parece intentar hacerse pequeño. Está echado en su asiento, con la cabeza gacha. Es delgado, aunque tiene piel olivácea, es ridículamente pálido, como si el sol jamás lo hubiera tocado. Su cabello lacio y algo grasiento le cae sobre el rostro, apenas ocultando algunos granos.
Sin que Lucas se lo pidiera, Leo le acerca su cuaderno.
—Ahí están los apuntes del semestre. Puedes tomarles fotos si quieres.
Lucas hojea las páginas. Los apuntes son algo desordenados, pero lo que más le llama la atención es la gran cantidad de dibujos en los márgenes: calaveras, aves, garabatos sin forma clara.
—Gracias, pero si no te molesta, te los pediré después de clase —responde Lucas, devolviéndole el cuaderno. Prestar atención le parece una buena forma de pensar en cualquier cosa que no sea su vida actual.
La primera hora termina y Lucas se dirige a los casilleros. Solo quiere guardar la enorme pila de papeles que le entregó el señor Donovan. Abre su casillero, dispuesto a meterlos sin pensar mucho, pero por curiosidad hojea los títulos: "Black Hills: más allá de su historia", "Academia Black Hills: normativas, reglamentos e historia", "Ayudas estudiantiles", "Cómo afrontar el bullying", "Lidiando con la pérdida", "Prevención de ITS y embarazo adolescente", y finalmente "Actividades extracurriculares". Lucas abre este último con algo de esperanza. Una veintena de clubes, pero casi todos los nombres están tachados con bolígrafo rojo. Busca con la esperanza de que basquetbol no esté entre ellos, pero su ilusión se desmorona al ver que también ha sido tachado.
—Mierda —murmura casi por inercia.
Vuelve a repasar la lista. Solo tres clubes siguen sin tachar: Jardinería y Botánica, Entomología, y Artes Visuales. Le causa hasta gracia ver que hasta Calabozos y Dragones fue tachado con lápiz rojo.
Una ráfaga de aire le acaricia la cara de forma repentina, suave y casi imperceptible. Pero trae consigo un aroma que lo deja momentáneamente inmóvil. Es un olor dulce, ligero, primaveral. Lleno de algo cálido.
—Carajo, qué bien huele —dice otra vez, casi sin pensar.
—Muchas gracias —responde una voz femenina detrás de la puerta abierta de su casillero.
Lucas la cierra y ve, de pie a su lado, a una chica que abre su propio casillero. Baja de estatura, algo robusta, con el cabello rizado color castaño. Lleva un suéter rosa pastel, jeans azul claro y unas zapatillas Converse.
—Normalmente me dicen que soy bonita, pero que huelo bien también es un buen cumplido —dice, mirándolo de reojo. Lucas se siente algo torpe de pronto. —Supongo que eres mi nuevo vecino —añade ella.
—Sí, sí, soy... soy nuevo. Me dieron este casillero. Perdón por molestar.
—No es molestia. Es bueno tener un nuevo vecino. Soy Leti.
—Lucas. Perdona que te lo pregunte, pero... ¿qué perfume usas? Es muy... bueno. Huele como a durazno, ¿o algo así?
—Exactamente a durazno huele. Lo hice yo misma.
—¿Qué? —Lucas parpadea—. ¿Tú hiciste tu perfume?
—Sí. Este me costó mucho. Descubrir cómo recrear el aroma del durazno fue todo un reto.
—¿Y cómo rayos se hace un perfume? Nunca pensé que alguien pudiera hacerlos.
Ella ríe.
—Se hacen con mucho esfuerzo. El resto es secreto —responde con picardía. Entonces nota el panfleto en sus manos—. ¿Estás buscando un club al que unirte? Le quita el folleto con suavidad.
—De hecho, quería unirme a basquetbol, pero está tachado. Así que por ahora voy a pasar.
—¿Eres basquetbolista? No eres tan alto como para parecerlo.
—Sí —ríe Lucas, orgulloso—. Y soy bueno, la verdad. Tengo varias medallas y con mi antiguo equipo llegamos a cuartos de final en las nacionales el año pasado.
—Pues lamento decepcionarte. Nuestro no es muy bueno en general. Aunque llego a las nacionales por primera vez el año pasado, pero no pasaron las primarias.
—¿En qué club estás tú?
—En dos, en realidad: química y jardinería. No hay cupos en química, pero en jardinería y botánica sí. En invierno no hay mucho más que hacer que compost y prepararnos para plantar en primavera.
—¿Y qué tienen que ver esos dos clubes entre sí? —pregunta Lucas, fascinado.
—La química me sirve para hacer perfumes, y la jardinería para obtener las materias primas que necesito, como los aceites esenciales.
—Suena lógico... si lo dices así.
—Bueno, nuevo vecino basquetbolista —dice ella, sacando unos auriculares celestes de su casillero—, me voy a clases. Nos vemos al rato.
Lucas la observa alejarse. Solo entonces nota que, en algún momento, la pila de papeles se le ha caído y está desparramada por el suelo. Llegado el final del día, Lucas no se siente distinto a como comenzó.
El camino de regreso en autobús es monótono y deprimente, con cada parada alejándolo más del centro de la ciudad. Las casas se vuelven escasas, aisladas, hasta que finalmente llega a la suya. Al entrar, escucha a su madre hablando por teléfono en la cocina. No le presta atención; genuinamente no le interesa. Pero de todas formas entra, más por hambre que por otra cosa.
Apenas lo oye, su madre corta la llamada.
—¿Qué tal tu primer día, hijo?
—Meh —responde Lucas, mientras abre el refrigerador y echa un vistazo.
—¿Hablaste con el consejero?
—Sí —responde sin mirarla. Está en modo automático. No quiere hablar, menos aún recordar lo que pasó durante el día.
—¿Y qué te dijo?
—No recuerdo —toma un sorbo de leche directamente del cartón y luego saca una manzana, a la que le da un mordisco exagerado—. ¿Con quién hablabas?
—No recuerdo —responde su madre, imitando su tono—. Con los de la inmobiliaria. Me enviarán unos papeles para concretar la venta del departamento.
Lucas pone los ojos en blanco. En ese momento, entra el abuelo por la puerta que da al patio trasero.
—Papá, llegaste temprano —dice la madre de Lucas.
—Fue un día pesado. Llegaron treinta y ocho camiones que tuvimos que descargar. Les dije a los muchachos que podían irse antes para descansar.
—¿Ya empezó la temporada de tala?
—Casi. Mañana, quizá. Está previsto que lleguen 85 camiones esta semana. Vamos a necesitar mucha ayuda. Espero que estés listo para empezar el sábado, muchacho.
—Sí, claro —responde Lucas, apenas audible, aun masticando la manzana—. ¿Va a ser trabajo ilegal o vas a pagarme por eso?
—Es tu castigo. Hasta que aprendas a comportarte —responde el abuelo, severo. —¿Adivino que dejaré de ser castigado justo cuando ya no necesites mano de obra extra? Si quieres hacerme trabajar gratis, solo dilo. No inventes que estás tratando de enseñarme algo.
—Lucas, basta —interviene su madre.
—¿Tú estás de acuerdo con que me tengan trabajando, o solo es una excusa para mantenerme lejos de aquí?
—No. Pero sí creo que necesitas bajarle a tu actitud.
—Como sea. Lamento que mi existencia sea una molestia en tu trasero.
—¡Ya me estás hartando, muchacho! No sé quién te crees que eres para hablarle así a tu madre —espetó el abuelo, ya sin contener su enojo.
—¿Qué creen? ¿Que soy idiota? —Lucas se gira hacia el refrigerador, estira el brazo y saca algo que estaba escondido en el fondo. Lo arroja sobre la mesa: un libro, con letras grandes y sin ambigüedades; "Crianza positiva para adolescentes con trastornos de la personalidad y del carácter explosivo."
— Bonito título, ¿eh? ¿Creíste que no lo iba a encontrar, mamá?
Ella se queda en blanco por un momento, pero respira hondo y responde con calma forzada.
—Lucas, tú no eres el único que está pasando por un mal momento. Pero sí eres el único que se desquita con los demás.
—Perdón por no saber reaccionar. No me he comprado un libro sobre cómo superar una mudanza tras el suicidio de un padre. ¿O acaso ese es un capítulo?
—¡Mocoso malagradecido! —interviene el abuelo, furioso—. No tienes idea de lo que ella está pasando.
—¡Papá, basta! —grita ella.
—¡Claro que no lo sé! ¡No me cuentan absolutamente nada! —responde Lucas, girándose hacia su abuelo con ira renovada.
—¡Basta los dos! —grita su madre, ya al borde—. Papá, tú no te metas en la crianza de mi hijo. Yo soy la responsable aquí. Yo tomo las decisiones, y lo hago pensando en lo mejor para él. —Ahora voltea hacia Lucas—. ¿Tú crees que eres el que más sufre aquí? ¿La primera persona en la historia que se ha tenido que mudar? ¿Quieres saber lo que pasa? Mi marido se quitó la vida. —Le brotan un par de lágrimas, pero su voz sigue cargada de rabia. —No hay un manual para esto. Ni para esposas, ni para hijos. No podíamos quedarnos porque no podía costearlo. No cuando estás tan cerca de ir a la universidad. Y sí, también estoy molesta. Como mujer adulta, tuve que volver a casa de mi padre, dejar mi empleo, empezar de nuevo. También dejé todo atrás. Pero no me di el lujo de ir rompiendo cosas ni desquitándome con los demás. Reaccioné. Y lo hice sola. Porque adivina qué: yo sí sigo aquí. Y mi hijo me necesita.
—¿Y tú creíste que no podía haberme quedado? —grita Lucas, ya sin preocuparse de ocultar su frustración—. ¡Ni siquiera me preguntaste! ¿Mi opinión te importa una mierda? ¡Pude haber obtenido una beca jugando básquetbol! Si tanto te preocupa la universidad... Pero claro, ahora ni siquiera puedo eso, porque al parecer el equipo de aquí es una mierda.
—¡Suficiente! ¡No vuelvas a hablarle así a tu madre! —brama el abuelo—. ¡Vete a tu cuarto ahora mismo!
—¡Pues jódete! —exclama Lucas. Y sin dar tiempo a que nadie reaccione, se escabulle por la puerta trasera que da al patio.
—¡Vuelve aquí ahora mismo! —grita el abuelo, pero Lucas ya corre hacia el bosque.
Ese bosque que tanto lo incomodaba, que tantas noches lo mantuvo despierto. Ese que tantas veces deseó que se lo tragara. Ahora lo estaba haciendo. Lucas se adentra corriendo, sin mirar atrás. Cada paso lo empuja más dentro del follaje, más lejos de casa, más cerca de ese lugar donde los gritos se apagan y la rabia encuentra su refugio. Y mientras la ira lo dominara, no pensaba parar.
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