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Hija del Umbral

1. Akaheren

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Daenyssa

Cada año, las puertas de Akaheren se abrían para recibir a una nueva generación de estudiantes, y este año no sería la excepción. La única diferencia era que, esta vez, yo sería quien cruzara ese umbral sagrado.

Nada más entrar, un grupo de Adurazti nos esperaba para realizar la Ceremonia de las Facciones. Estos poderosos psíquicos accedían a nuestras mentes, explorando nuestros más profundos pensamientos y habilidades para determinar a qué facción perteneceríamos.

La academia estaba dividida en tres órdenes fundamentales:

1. Los Osasunagile: Guardianes de la vida cotidiana, encargados de mantener el funcionamiento de la ciudad. Entre sus filas se encontraban sanadores, sastres, campesinos y todos aquellos cuyo don servía para sustentar la sociedad.

2. Los Hiridefe: Defensores de las ciudades y guardianes de las fronteras. Eran la primera línea de protección contra amenazas menores y mantenían el orden dentro de los muros.

3. Los Gerra: Guerreros destinados al campo de batalla, la élite que se enfrentaba directamente a los Deabru en la guerra que asolaba Magisorta. Solo los más fuertes mental y físicamente eran seleccionados para esta peligrosa facción.

Cinco formaciones se alineaban tras cruzar el umbral de la Academia Akaheren.

La primera era Haize, integrada por aquellos vinculados al aire, cuyos movimientos eran tan fluidos como el viento que dominaban. Le seguía Ur, cuyos miembros comprendían las aguas, capaces de adaptarse a cualquier corriente. La tercera, Lur, acogía a los que se conectaban con la tierra, firmes e inquebrantables. Después venía Su, cuyos adeptos dominaban el fuego, impredecibles y ardientes. Por último, Adurazti, la más enigmática, reunía a aquellos con poder sobre lo corpóreo y lo abstracto, capaces de moldear la realidad misma. Y yo pertenecía a esa clase.

Con paso tranquilo, me incorporé al final de la fila de Adurazti, justo detrás del último estudiante. En unos minutos, anunciarían nuestras asignaciones definitivas. El aire vibraba con la ansiedad de mis compañeros; algunos susurraban, otros se retorcían las manos. Yo, en cambio, permanecía impasible, o al menos eso pretendía.

En el fondo, añoraba pertenecer a los Gerra.

Desde niña, los había admirado: guerreros imbatibles, maestros de la fuerza y la estrategia. Su disciplina, su honor, su resiliencia... Todo en ellos resonaba conmigo. Sabía que cumplía con sus requisitos-había entrenado hasta el límite para ello-, pero la asignación final dependía de los mentores.

Una mujer de treinta y pocos años subió al escenario, su voz clara cortando el murmullo de la sala.

-Comenzaré por los Osaungiles -anunció, deslizando un dedo por el atril donde reposaba la lista-. Luego seguiré con los Hiridefe y, finalmente, los Gerra.

Uno a uno, los nombres resonaron en el salón. Las filas se vaciaban, los elegidos partían hacia sus nuevas facciones con rostros de alivio o decepción. Cuando solo quedábamos unos pocos, supe que mi destino estaba decidido.

-Daenyssa Deun.

El sonido de mi apellido me hizo erguirme. Sin vacilar, crucé la sala hacia la formación de los Gerra. Algunos rostros me resultaban familiares-compañeros de entrenamiento, rivales de las pruebas-, pero no me detuve a saludar. Este no era momento para camaradería; era el inicio de algo más grande.

La torre de los Gerra se alzaba imponente, sus muros tallados con runas que narraban siglos de historia. Originalmente, la academia solo tenía dos facciones, pero la guerra las había multiplicado. Hacía más de un milenio que el conflicto comenzó, y aunque hubo un breve respiro, los traidores-los que sucumbieron a la oscuridad-regresaron veinte años atrás, más poderosos que nunca.

Y ahora, una nueva amenaza acechaba: los Deabru bilakatu gizakia, o Deabreu para simplificar. Criaturas nacidas de humanos corrompidos, tan inteligentes como letales, con habilidades que desafiaban lo conocido.

Una voz firme interrumpió mis pensamientos.

-Mi nombre es Calyssa Sugaarpe -dijo una joven de cabello oscuro y ojos penetrantes-. Soy vuestra coordinadora de segundo año. El líder de la facción os recibirá en unos días; por ahora, os guiaré.

Explicó con precisión militar las instalaciones: la torre de entrenamiento, con sus salas de combate y túneles de sombra; la armería, repleta de armas ancestrales; las cámaras elementales para quienes necesitaban dominar ese poder.

-Dentro de dos semanas, os uniréis a vuestros dragones -añadió, y un murmullo de emoción recorrió el grupo-. Hasta entonces, enfocaos en adaptaros. Vuestros dormitorios os esperan; buscad vuestros nombres en las puertas.

La turba se dispersó como hojas al viento. Yo, en cambio, recorrí los pasillos con calma, estudiando cada detalle-los grabados en las paredes, el olor a hierro y madera antigua-. Tres horas después, encontré mi nombre.

Octavo piso, habitación 818.

Al abrir la puerta, una ráfaga de aire fresco me recibió. Sobre la cama, un folleto con mi horario y un mensaje grabado en la portada:

"El honor no se mendiga; se conquista."

Sonreí. Por fin, estaba donde debía estar.

La habitación, de tamaño mediano y tonos claros, irradiaba una sobria funcionalidad. En la esquina izquierda, una cama individual de líneas sencillas ocupaba el espacio, seguida de un escritorio práctico sobre el que descansaba un ordenagailu -un dispositivo versátil capaz de transformarse en computadora, tableta o teléfono según la necesidad-.

En el extremo opuesto, destacaba un imponente armario de ébano oscuro, de cinco metros de longitud. Sus dos puertas guardaban distinto contenido: la primera albergaba uniformes meticulosamente ordenados, junto a espacios vacíos reservados para armamento; la segunda, aún desocupada, parecía destinada a almacenar pertenencias personales.

Junto al armario, un gavetero de diez cajones -minuciosamente organizado- prometía contener todo lo indispensable para un año de estancia. La pared final de la estancia acogía una puerta que conducía al baño: un espacio luminoso, revestido en tonos claros, equipado con una ducha compacta, un inodoro y un amplio lavabo. Sobre este último, dos cajas repletas de medicamentos y artículos de higiene completaban la preparación meticulosa del lugar.

Después de revisar la habitación en la que permanecería durante el próximo año, disfruté de un baño relajante y me acosté, dispuesta a descansar.

Sin embargo, algo me despertó. Un sonido extraño resonó por toda la estancia, seguido de una voz amplificada que llenó el aire:

-¡Buenos días, queridos estudiantes! Es hora de levantarse -anunció una figura autoritaria, quizá un maestro, un asistente o incluso el director-. Las clases comienzan en dos horas, pero antes deberán presentarse en el recorrido que el líder les dará.

El mensaje terminó, y el silencio volvió a apoderarse de la habitación. Decidí levantarme de inmediato; si me quedaba dormida, arruinaría mi puntualidad en el primer día.

Me di una ducha rápida y luego luché con mi cabello indomable, esos rizos rojos que solo se mantienen dóciles cuando están completamente estirados. Con los años, había perfeccionado la técnica: en media hora logré plancharlo y recogerlo en una coleta y luego lo enrolle alrededor de la liga y así el pelo no me iba a estorbar durante toda la jornada. Después, me vestí con el uniforme de la academia.

Según el horario que habían dejado en mi cama la noche anterior, hoy tenía Historia de la Guerra la cuál comenzaba dentro de media hora, Lenguas Antiguas la segunda y, finalmente, Combate Cuerpo a Cuerpo.

Apreté el paso para que me diera tiempo de ir al comedor y así poder comer algo. Los horarios y yo siempre nos hemos llevado bien, excepto a la hora de prepararme; por alguna extraña razón, mi cabello era el culpable de que me tardara tanto.

Cuando llegué al comedor, la mitad de las mesas estaban ocupadas por una gran cantidad de estudiantes e incluso profesores. Busqué con la mirada una mesa que estuviera lo bastante alejada de todo ese gentío. Con la bandeja llena, me dirigí hacia una mesa que estaba en el fondo de la habitación, cerca de una ventana. En la penumbra del comedor desayuné mientras observaba a todas las personas con las que conviviría durante este primer año.

...

-Buenos días, estudiantes. Mi nombre es Ignarius Dreadmore y les impartiré la asignatura de Historia de la Guerra durante todo el año -miró el salón, analizando a cada estudiante sentado en él-. Ahora procederé a pasar lista.

La clase fue normal, no me quejo. Casi siempre odio a los profesores de historia, pero hasta el momento este hombre me ha agradado, aunque es un cascarrabias.

Las clases duran cuarenta y cinco minutos, y tenemos un descanso de quince hasta que empiece la próxima. Esta vez me detuve a observar los pasillos y a analizar cada decoración.

Había que darle bastante crédito al arquitecto que diseñó esta escuela; cada pared cuenta una historia de los grandes eventos que ocurrieron durante la guerra.

Todo estaba yendo bien hasta que alguien se tropezó conmigo y hizo que cayera encima de la persona que estaba delante de mí.

"Si cada capítulo te en

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