1. Prólogo
— REN KAI A MUERTO
Apenas ha pasado un día desde la caída de los demonios en el reino humano, 'Ningen No Okoku', y la noticia se ha extendido por los siete reinos como si tuviera alas. Cada rincón del mundo conoce ya la historia del "Traidor de los Cielos". El tiempo voló tras la batalla; la guerra dejó a su paso un rastro de dolor y sufrimiento que ahora es el único tema de conversación en cada taberna y palacio.
— ¿El inmortal Ren Kai ha muerto? ¿Quién fue capaz de matarlo?
— ¿Quién más sino su deshi, Haru Kira? Él detuvo a su propio maestro por el bien del mundo. El Venerable Haru Kira fue quien lideró al ejército de cultivadores en la sangrienta guerra del Valle de la Muerte, 'Keikoku no Shi'.
— Al fin eliminaron a ese traidor.
— Si no fuera por la compasión del clan Kōketsu no Tachi quiénes lo tomaron bajo su cuidado, no habría sido más que un esclavo sin nombre; no habría causado tanto caos. El líder Kenzo Yami lo crió como a un hijo de sangre, le dio un título y su apellido, y él solo le pagó trayendo destrucción y deshonra. Es el vivo ejemplo de "cría cuervos y te sacarán los ojos".
— Akihiro Yami permitió que ese traidor viviera demasiado tiempo —intervino otro con amargura—. Si yo fuera él, lo habría descuartizado en el momento en que deshonró a los doce grandes clanes. ¿De qué sirve la "benevolencia" que recibió Ren tras perder su núcleo? Sus buenas intenciones, le costaron la vida a él y a todo su clan.
— Dicen los rumores que el antiguo líder Akihiro luchó contra el demonio Ren. Su poder no estaba al mismo nivel, pero antes de morir a manos de su propio hermano, logró sellar gran parte de su energía. Eso fue lo que permitió que el Venerable Haru le diera el golpe de gracia cuando el demonio perdió el control.
— ¡Jajajajaja! A eso lo llamo karma. La cantidad de vidas que arrebató al liberar el sello de los demonios no podía quedar impune. Al final, por muy demonio que fuera, terminó pagando sus deudas. Si su hermano no le deja el trabajo medio hecho a Haru, ese monstruo nos habría extinguido a todos. Se creía muy listo "escupiendo al cielo", hasta que el salivazo le cayó en la cara.
— No olviden que gracias al plan del Venerable Haru, quien atacó al demonio Ren en su punto más vulnerable, evitamos una desgracia similar a la guerra de hace siglos entre el gran Rey Demonio Orochi y el Rey Inmortal Tsukiyomi.
— Escuché que en aquel entonces, más de cien mil vidas fueron el tributo para alcanzar la paz entre los reinos.
— Ciertamente, fueron tiempos oscuros. Al menos, con su derrota, los demonios no podrán salir jamás del reino demoníaco, 'Seirei no Okoku', ahora que el Gran Sello Inmortal ha sido restaurado.
— Estaba demente al querer liberar a esas bestias. Y pensar que ese demonio era el "elegido" que debía salvarnos a todos...
— Es una lección para las futuras generaciones: el poder no es nada si no se tiene un alma pura. Su arrogancia y presunción fueron su fin.
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La muerte de Ren Kai fue el centro de mil conversaciones, la mayoría cargadas de odio y controversia. Pero nadie había visto el mundo como él lo veía. Ni siquiera yo, su estudiante más cercano, logré conocerlo de verdad. Nunca entendí cómo fue capaz de destruir tanto. Conocía su poder y sus habilidades, pero nunca alcancé a comprender su corazón.
Mi maestro, tan bondadoso con los justos y tan cruel con los pecadores; aquel que nunca perdonaba a los que se desviaban del camino del bien, fue quien, en menos de un año, llevó al mundo a la destrucción. Liberó a la raza demoníaca y dirigió ejércitos en busca del fin del mundo terrenal. Su poder, capaz de corromper a cualquier bestia, lo condujo a su final.
Yo maté a mi amado maestro. La única persona que alguna vez admiré murió bajo mis manos, y su muerte me otorgó la grandeza. Todo lo que siempre anhelé estaba por fin a mi alcance: pasé de ser un donnadie a convertirme en un gran Venerable, a solo unos pasos de la inmortalidad.
Sin embargo, me di cuenta de que este "sueño hermoso" se sentía extrañamente vacío.
Tomé el último regalo de mi clan, una estirpe ya desvanecida. Pasé años intentando recuperar lo que la vida me arrebató, y ahora, cinco años después, comprendo que aunque restauré el nombre de los Kōketsu no Tachi, nada volverá a ser como antes.
Aquí, recostado en el bello jardín del Palacio del Loto Blanco, miro hacia donde mi maestro siempre miraba. Imagino su silueta leyendo, como si el resto del mundo no existiera. Con ese pensamiento, cierro lo
s ojos para no volver a abrirlos jamás.
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