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El Regreso del Venerable: Mi Amado Discípulo me Matará de Nuevo

2. Reencarnación

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El calor del sol golpeando mis párpados fue lo primero que me obligó a regresar. Era una sensación agresiva, un ardor que no debería existir para alguien cuyas cenizas se habían esparcido como escarcha en el viento del Valle de la Muerte. Gemí, obligándome a abrir los ojos, pero el mundo me recibió con un resplandor tan violento que tuve que cerrarlos de inmediato.

¿Cómo es posible?, pensé, mientras mi corazón latía con una fuerza que me resultaba ajena. Recordaba perfectamente el frío de la espada de Haru Kira atravesando mi pecho. Recordaba el alivio de sentir mi alma desmoronarse, despojándome de la carga de ser el "Traidor de los Cielos". No debería haber un "después". No para alguien sin posibilidad de reencarnar.

Cuando finalmente mis ojos se acostumbraron a la claridad, el aire se me escapó de los pulmones. No estaba en el suelo polvoriento de una guerra terminada. Estaba en mi habitación, en el Palacio del Loto Blanco. Las finas sedas, el aroma a incienso de sándalo y la elegancia austera que siempre odié y amé a partes iguales me rodeaban.

— Al fin despierta, joven amo.

La voz era seca, carente de cualquier rastro de afecto. Frente a mí, se encontraba un hombre mayor, de túnicas desgastadas pero pulcras, cuyo rostro reflejaba una sabiduría cansada. Era el médico del clan Kōketsu no Tachi. Durante años estuvo a mi lado, y sin embargo, nunca me molesté en aprender su nombre. Para él, yo no era más que una tarea impuesta; para mí, él era un recordatorio constante de mi propia fragilidad.

Me miró con esa expresión que llegué a conocer tan bien antes de mi caída: una mirada gélida, desprovista de emoción, como quien observa a una bestia hermosa pero peligrosa que ha estado enferma.

— El líder Akihiro está muy preocupado por usted —añadió, aunque sus ojos decían lo contrario.

En ese instante, la realidad me golpeó como un mazo de hierro. Había regresado. Había reencarnado en mi "yo" de hace años, mucho antes de que las sombras consumieran mi juicio y de que el Reino Humano ardiera bajo mis órdenes. Mi segundo hermano, Akihiro, seguía vivo. El clan aún se erguía en su gloria hipócrita, y mis manos, que ahora temblaban bajo las sábanas, todavía no estaban manchadas con la sangre de miles.

— Retírate —ordené. Mi voz sonó áspera, cargada de una autoridad que el médico no esperaba.

Él no discutió. Hizo una reverencia superficial y se marchó en silencio. Sabía que solo estaba allí por órdenes de Akihiro. Qué ridículo, ¿verdad? Un gran cultivador como yo, rodeado de riqueza, títulos y una grandeza que otros matarían por poseer, y aun así, yo fui quien decidió que nada de esto merecía seguir existiendo.

Me quedé solo, sumergido en una desesperación que no encajaba con el lujo de la habitación. El peso de mis pecados futuros me asfixiaba. ¿Qué se supone que debe hacer un hombre que ya conoce el final de su propia tragedia?

Entonces, el aire en la habitación cambió. Una presencia familiar, una energía que reconocería incluso si mi alma fuera destruida mil veces más, se hizo presente en el umbral.

Él entró.

Haru Kira. El joven que en el futuro hundiría su acero en mi corazón para salvar al mundo.

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El peso del presente se desvaneció, arrastrándome hacia el caos de aquel día, cinco años atrás...

Era la época del Gran Festival, ese evento que ocurre cada lustro y que convierte al Reino Humano en un hervidero de esperanza y desesperación. Miles de mortales alzaban la vista hacia el Reino Inmortal, 'Fushisha no Okoku', anhelando una oportunidad que casi nunca llegaba. Ese año, la expectación era asfixiante: yo, el hombre más admirado y temido de los siete reinos, finalmente tomaría a un discípulo bajo mi tutela.

Te vi entre la multitud. A decir verdad, no había nada en ti que justificara mi elección. No poseías una habilidad real que destacar, ni dotes de cultivación que prometieran la inmortalidad; no eras exuberante en conocimientos, ni tu fuerza o resistencia sobresalían del promedio. Eras, a los ojos de cualquier gran maestro, alguien indigno de entrar incluso en la secta más pequeña. Y sin embargo, sin meditarlo, sin lógica alguna, te acepté.

Aquel brillo en tus ojos negros... era de una belleza que me desarmó.

Pero mi cuerpo, siempre tan traicionero y frágil como el cristal, no soportó la intensidad del momento. Caí inconsciente poco después de nombrarte, sumido en esa oscuridad que me perseguía desde la infancia. Desperté en el Palacio del Loto Blanco bajo la fría supervisión del médico del clan, quien se limitó a ofrecerme una infusión revitalizante con la misma indiferencia de siempre.

Fue entonces cuando irrumpiste en mi habitación. Tu entrada fue una bofetada a la etiqueta: inapropiada, impensable para un simple discípulo. Te reclamé con dureza, intentando imponer la distancia que mi rango exigía, pero tú, aunque mostrabas un arrepentimiento superficial en el rostro, no diste importancia a mis palabras. Te acercaste más.

Siempre he aborrecido el contacto físico. La cercanía de otros me resultaba invasiva, un recordatorio de mi propia vulnerabilidad. Pero tú tuviste la osadía de tocarme. A pesar de que mi desagrado era evidente, actuaste como si no lo notaras, insistiendo en acortar un espacio que nadie más se había atrevido a cruzar. Mi reacción inmediata fue huir; me retiré del aposento, confundido por esa actitud. Siempre había estado solo. Nadie nunca intentó acercarse a mí, y quizá por eso tu persistencia me resultaba tan insoportable.

Mientras caminaba por los pasillos de mármol de mi palacio, escuché tus pasos tras de mí. Eras como una sombra que no podía sacudir.

Comprendí que no lograría alejarte, así que, en un intento de buscar un respiro, te pedí que me prepararas un té. Corriste hacia las cocinas con una emoción tan desbordante que me sentí abrumado, asfixiado por una calidez que no sabía procesar. Salí al jardín para tomar aire fresco, buscando el silencio... sin saber que en ese momento, el engranaje de nuestra tragedia acababa de ponerse en marcha.

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El estruendo de la puerta al abrirse de golpe me sacó de mis pensamientos. Allí, recortado contra el marco, estaba él.

Haru Kira respiraba con dificultad, sus hombros subían y bajaban delatando una carrera desesperada, y podía jurar que escuchaba el galope frenético de su corazón desde mi lecho. Una oleada de nostalgia, agria y dulce a la vez, me golpeó el pecho. Verlo así, tan joven, tan lleno de una vida que yo mismo me encargué de apagar en el futuro, me dejó sin aliento.

— Maestro Ren... —susurró.

Aquella frase, tan simple y tan cargada de una devoción que aún no se había podrido, me estremeció. Quizás esta era la señal. Quizás en esta nueva oportunidad, los hilos de nuestro destino podrían tejerse de una forma distinta.

— Joven Haru —dije, tratando de que mi voz no temblara—, ¿cómo es que has entrado así?

Al instante, un rubor encendido trepó por sus mejillas. Haru siempre había sido un joven agraciado, poseedor de una belleza vital; su piel era clara, pero rebosante de salud, a diferencia de mi propia palidez cadavérica. Su cabello, negro como el carbón, solía estar recogido en una coleta alta perfectamente ejecutada, pero ahora varios mechones rebeldes caían sobre su rostro, desorganizados por la prisa. Y sus ojos... esa mirada tan profunda que parecía capaz de extraviar al aventurero más audaz.

Se acercó a paso lento, balbuceando una disculpa. Confesó, con la mirada baja, que no había podido evitar el impulso de verme. Cuando le interrogué sobre su entrada, admitió que se había colado por la ventana. No pude evitarlo; una pequeña sonrisa curvó mis labios y mis ojos se suavizaron. Aún eres tú, pensé con alivio. Mi Haru dulce e inocente. Deseé con todas mis fuerzas que permaneciera así para siempre, libre de la oscuridad que yo le heredaría.

Esta vez, decidí no huir. Estaba dispuesto a aceptar su cercanía, a no rechazar el contacto que en mi vida pasada tanto me irritaba. Sin embargo, para mi sorpresa, fue él quien se apartó.

Me preguntó por mi salud con una cortesía impecable, pero sus manos permanecieron quietas a sus costados. Ya no buscaba ayudarme. Ante su indecisión, sentí una punzada de frustración que no supe controlar.

— Un discípulo debería ayudar a su maestro si este se encuentra indispuesto —le reprendí, mi tono mezclando la autoridad con un desafío silencioso.

Haru se aproximó entonces para ayudarme a levantar, pero sus movimientos eran erráticos, indecisos. Se aseguró de apenas rozarme, como si temiera quemarse con mi piel o, peor aún, como si yo fuera un objeto de cristal a punto de romperse. Era exasperante.

Le indiqué que me siguiera. Él dudó, quedándose estático hasta que le sostuve la mirada con firmeza; solo entonces comenzó a caminar tras de mí. Pero mantenía una distancia tan "correcta" y respetuosa que me resultaba ofensiva. En este punto de la historia, él debería ser molesto, irrespetuoso, buscando mi aprobación a cada segundo. ¿Por qué se comportaba de forma tan gélida? Me hacía sentir como una novia desesperada por el afecto de su pareja, y el sentimiento era humillante.

Me detuve y me volví sin previo aviso. Lo atrapé en el acto: me estaba mirando sin escrúpulos, con una intensidad que desmentía su supuesta obediencia. Al verse descubierto, apartó la vista de inmediato. Me dio gracia; a pesar de sus intentos por parecer refinado y sumiso, seguía siendo el mismo joven atrevido de siempre.

— Ve a la cocina —le ordené, repitiendo las palabras de mi vida anterior como si fueran un mantra para arreglar el mundo—. Prepárame el té.

Esta vez debía remediar todo el dolor que te hice pasar, Haru.

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Haru regresó poco después. En sus manos sostenía una bandeja con el juego de té de porcelana más fina de todo mi palacio; una reliquia que pocos se atrevían a tocar.

Se veía como un tonto, con una sonrisa radiante y el rostro encendido por la emoción de servirme. Yo, en mi infinita ceguera y arrogancia, fui incapaz de notar que su alegría no era por el té, sino por la oportunidad de estar conmigo.

Vertió el líquido con una dedicación casi sagrada. Al probarlo, quedé atónito: era, sin duda alguna, el té más delicioso que había cruzado mis labios en toda mi existencia. Pero mi cuerpo, ese envase traicionero, decidió fallarme en el momento más inoportuno. Mis manos comenzaron a temblar violentamente y, sin que pudiera evitarlo, la taza resbaló de mis dedos.

El sonido de la porcelana estrellándose contra el suelo fue como un trueno en el silencio del jardín. Las piezas blancas, ahora manchadas, se esparcieron a nuestros pies.

Haru se apresuró hacia mí, con el rostro desencajado por la preocupación. Pero en mi mente, nublada por el orgullo, solo se repetía una idea: no podía permitir que este niño me viera como alguien frágil. No podía ser el ser inútil que mi segundo hermano mayor creía que yo era. Perdí el control de una forma que nunca me había sucedido.

— ¡Incompetente! —le grité, y mis propias palabras me quemaron la garganta—. ¡Eres un inútil! ¿Cómo es posible que no puedas preparar un miserable té digno de mi posición?

Señalé los restos de la preciada porcelana con desprecio, llamando "sustancia asquerosa" a aquel líquido que un segundo antes me había parecido divino. Mi actuación fue repugnante. Le ordené con frialdad que se deshiciera de todo lo que había utilizado y que se marchara de mi vista.

La verdad era que anhelaba volver a probar ese espléndido sabor, pero mi veneno surtió efecto. Haru, herido en lo más profundo de su devoción, nunca volvió a prepararlo. A partir de ese día, cada vez que le pedía té, simplemente traía uno del exterior y usaba su control de mana para evitar que se enfriara, asegurándose de que nunca más tuviera que tocar nada mío para evitar otro "error".

Realmente... fui un monstruo ese día.

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Debía remediarlo. Esa era mi única misión. Pero al pedirle que preparara el té, la reacción de Haru me golpeó como un soplo de aire gélido. Su expresión, antes vibrante, se tornó desolada; bajó la cabeza con una pesadumbre que me encogió el corazón y negó con un hilo de voz, diciendo que él no era alguien digno de realizar una tarea así para mí.

Me quedé helado. Todo era tan distinto. En mi vida pasada, aunque lo tomé como mi discípulo, jamás permití que fuéramos cercanos. Mantenía una distancia infranqueable, quizás porque en el fondo no quería que el mundo lo juzgara por mi culpa; quería que fuera libre, no que yo fuera su prisión. Pero ahora, esa distancia parecía separarnos por un abismo.

— Haru... —susurré, buscando las palabras adecuadas—. ¿Me consideras alguien sabio y digno de admirar?

Él asintió de inmediato, sin dudarlo, aunque sus ojos seguían clavados en las baldosas. Esbocé una pequeña sonrisa y, rompiendo todas mis reglas sobre el contacto físico, me acerqué. Con una delicadeza que nunca antes me permití, tomé su mentón y lo obligué a alzar la vista.

Me miró como un pequeño gato obediente, con unos ojos cargados de una tristeza que me quemaba.

— Entonces —continué, sosteniendo su mirada—, si alguien tan sabio y admirable te eligió como su único discípulo, no existe nadie más digno que tú en todos los siete reinos para servirme.

Él no se atrevió a contradecirme. Asintió con pesar y se dirigió a la cocina. Lo esperé donde siempre, frente al jardín de bambú, sentado ante la mesa de jade blanco que brillaba bajo la luz de la tarde. Cuando regresó, el aire se sintió pesado. Haru estaba nervioso, sí, pero ya no había rastro de la emoción torpe de antaño. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos. Ni siquiera la vajilla era la misma; en lugar de la porcelana fina que recordaba, traía un juego de cerámica barata y desgastada. El cambio me dolió más de lo que pude expresar.

Tomé la taza. Al igual que aquella vez, el calor del té fue el detonante. Mi mano comenzó a temblar violentamente y la taza resbaló de mis dedos. Pero esta vez, no permití que el orgullo dictara mi reacción.

Antes de que la cerámica tocara el suelo, liberé un hilo de mi mana de viento. El aire se arremolinó en un pequeño espiral invisible, envolviendo la taza y el líquido en una danza perfecta, evitando que se derramara una sola gota. Pero sabía que el precio a pagar sería alto y cuando  sentí el sabor metálico inundando mi boca, me obligué a tragar la sangre para evitar que Haru lo notará. Pero por dentro, mi pecho ardía; era como si hubiera inhalado brasas ardientes que ahora intentaban escapar de mis pulmones. Mis dedos, ocultos bajo las largas mangas de seda, temblaban de forma espasmódica. Con gran esfuerzo conseguí devolverla con gran delicadeza a su lugar sobre la mesa de jade.

Esperaba ver alivio en su rostro, pero lo que encontré me dejó paralizado.

Haru se dejó caer de rodillas, golpeando el suelo con fuerza. Estaba arrodillado, temblando, pidiendo perdón a gritos por no ser "lo suficientemente adecuado" para servirme. Su voz estaba rota, cargada de un pánico que no comprendía.

Me quedé helado, con la mano aún extendida en el aire. ¿Qué se supone que debo hacer? En mi afán por ser un mejor maestro, por no ser cruel, me encontré con un discípulo que parecía estar aterrado de mi propia sombra. El Haru que me desafiaba con su cercanía había desaparecido, y en su lugar, había un joven que se hundía en su propia indignidad.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una quietud que solo se encuentra en el ojo de la tormenta. Observé a Haru desde el borde de mis ojos, manteniendo mi mentón ligeramente elevado. Él seguía allí, estático, como una hoja de sauce que se niega a soltarse de la rama ante el primer viento de otoño.

— ¿Te quedarás ahí pasmado hasta que anochezca? —solté con un tono lánguido, mientras me acomodaba en el asiento de jade.

No me senté de forma rígida como los otros grandes maestros. Me recliné con una gracia líquida, apoyando mi mejilla en la palma de mi mano, observando el jardín con una indiferencia que ocultaba mi vigilancia absoluta sobre él.

— Siéntate —dije. No fue una invitación, fue un decreto.

Haru, con los ojos aún enrojecidos, se acercó con una lentitud tortuosa, moviéndose con esa torpeza adorable de quien teme romper el aire mismo. Se sentó a una distancia prudencial, con la cabeza gacha, estudiando las vetas de la mesa de jade como si en ellas estuviera escrito su destino.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, estiré mi mano y, con un movimiento rápido y preciso, acomodé el cuello de su túnica que se había desordenado tras su caída. Mis dedos rozaron su piel apenas un instante, un toque ligero pero posesivo.

— Haru —pronuncié su nombre con una lentitud casi cruel, saboreando las sílabas que en otra vida grité con agonía

— Estás desaliñado —murmuré, arrugando levemente la nariz como si su falta de orden fuera una ofensa personal—. Un discípulo mío debe verse impecable, incluso cuando decide inclinarse en el suelo sin motivo.

Él alzó los ojos, y en ellos encontré ese brillo negro que una vez me desarmó.

— Shifu... yo... de verdad pensé que lo había arruinado —balbuceó él, buscando desesperadamente una señal de perdón en mi rostro. — yo solo deseo ser digno de usted —susurró. Su voz era un hilo de seda, frágil y pura.

Sentí una punzada de fastidio mezclada con una ternura que me negaba a admitir. Qué criatura tan curiosa es el ser humano; busca la aprobación de aquello que puede destruirlo. Me incliné hacia adelante con la gracia perezosa de quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo, lo suficiente para notar cómo su respiración se entrecortaba.

Le sostuve la mirada. No con una calidez abierta, sino con una intensidad fija y penetrante que tienen los depredadores cuando observan algo que les pertenece. Luego, sin previo aviso, parpadeé despacio mientras me alejaba de el y volví a mirar hacia el bambú, rompiendo la tensión como si me hubiera aburrido del tema.

— Tu pensamiento es tedioso, Haru. Si yo digo que el té está bien, está bien. No me hagas repetirlo, odio desperdiciar saliva en explicaciones que ya deberían estar claras.

Tomé un sorbo de la infusión, ocultando tras el borde de la taza la pequeña satisfacción que me producía verlo recuperar el aliento. Mi preocupación por él era un fuego vivo en mi pecho, pero la envolvía en capas de exigencia y caprichos.

— Ahora —dije, dejando la taza sobre la mesa con un 'clic' seco—, me duele la cabeza por culpa de tus gritos. Quédate aquí, en silencio. No hables, no te disculpes. Solo... quédate donde pueda verte y bebé algo de té —le ordené, señalando la segunda taza que permanecía intacta.

<Haru, si supieras que este "maestro sabio" es solo un fantasma que huye de sus propios demonios del pasado.>

Él asintió, una pequeña y tímida sonrisa comenzando a florecer en la comisura de sus labios. Era un espectáculo hermoso, tan efímero como la flor del cerezo.

Me recosté un poco más, cerrando los ojos a medias, disfrutando de su presencia. Era una forma extraña de cuidarlo: obligarlo a estar cerca bajo el pretexto de mi propio bienestar. Pero funcionó. Sentí cómo su energía se calmaba, cómo su respiración se acompañaba a a mía.

Él no sabía que, aunque parecía que estaba a punto de quedarme dormido por el puro aburrimiento de su compañía, en realidad estaba contando cada uno de sus latidos, jurando que esta vez, nadie <ni siquiera yo mismo> volvería a marchitar ese brillo en sus ojos.

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