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MORGANA 1

4. PRÓLOGO

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n los confines de la sabana, donde el pasto dorado se rinde ante el viento, el aire se fracturó. No hubo estallidos, sino un brote de luz blanca que rasgó el velo del mundo. Un joven emergió del destello. Sus ojos verdes recorrieron el horizonte hasta detenerse en un grupo de estudiantes que charlaban frente a las murallas del castillo.

Con pasos firmes, atravesó los jardines. Su simple presencia actuó como un silencio súbito. Las charlas cesaron. El respeto emanó de los estudiantes, quienes lo observaron con una mezcla de admiración y presagio.

Uno de los jóvenes se separó del grupo y extendió su mano.

—Merlín —pronunció, y el nombre vibró con peso propio—. Al fin llegas.

Merlín estrechó la mano de su compañero con una sonrisa contenida.

—No me habría perdido este amanecer por nada. —Su voz resonó con una cadencia profunda—. El aire se siente diferente el día de hoy.

—Es el peso de las expectativas —asintió su amigo—. Hoy dejamos de ser aprendices…

Sus palabras fueron cortadas por un silbido agudo. Desde la torre más alta, una figura se lanzó al vacío. Un viejo mago, envuelto en túnicas de color ceniza, descendía sobre una escoba voladora. Los jóvenes observaron el vuelo con asombro; algunos sonreían ante la destreza del anciano, pero Merlín permaneció inmóvil, reconociendo el poder antiguo que rodeaba al maestro.

El anciano aterrizó con suavidad. En un parpadeo, la escoba desapareció. Miró a sus alumnos con rostro sereno, una imagen de sabiduría tallada por los siglos.

—Bienvenidos, hijos del éter —comenzó el maestro, y su voz se extendió por la pradera—. Han llegado al final de su formación. Han aprendido que la magia no es un don para el capricho, sino una responsabilidad para custodiar la luz. Estoy orgulloso de ver la fuerza de sus espíritus.

Un estallido de aplausos rompió la solemnidad, pero el maestro alzó una mano y el silencio regresó, más denso que antes.

—Ahora, el conocimiento debe encontrar su hogar —continuó—. Los Grimorios no son simples libros; son entidades que eligen a sus portadores. Hoy, uno de estos tomos elegirá al Mago Supremo, aquel que protegerá al mundo de la oscuridad y será mi sucesor.

Un frío recorrió a los presentes. Merlín sintió un vuelco en el pecho ante la magnitud del anuncio. Miró a su compañero y susurró:

—¿Quién tendrá la honradez para cargar con semejante destino?

—Hay magos poderosos aquí —respondió el joven—, pero el libro no busca solo poder; busca una esencia que no se quiebre ante la sombra.

—Ha llegado el momento —sentenció el anciano.

Retrocedió unos pasos y, con un aplauso seco, provocó una serie de destellos sobre sus cabezas. De la nada, cientos de grimorios aparecieron flotando como aves místicas. Iluminándose con fuerza, los libros descendieron buscando la frecuencia de sus dueños. Exclamaciones de júbilo llenaron el aire cuando los jóvenes atrapaban sus tomos, sintiendo la conexión inmediata con su nueva fuente de poder.

Entonces, ocurrió.

Un grimorio, envuelto en una luz blanca y pura, vibró con una intensidad que sacudió el suelo bajo los pies de Merlín. El libro descendió con lentitud, emanando un destello que lo envolvió durante segundos eternos. El mundo desapareció; solo existía ese pulso y una voz sin palabras que le hablaba al alma.

El Grimorio se posó, finalmente, sobre sus manos.

El silencio que siguió fue absoluto. Sus compañeros bajaron la cabeza con solemnidad, llevando una mano al pecho en un gesto de respeto. El viejo mago se acercó con pasos lentos y una sonrisa paternal.

—El Grimorio de la Luz… ha tomado su decisión —proclamó el maestro—. Mi sucesor, a partir de este instante, es Merlín. Protector del mundo y Guardián de la Luz.

Merlín sintió el peso del destino sobre sus hombros. Se arrodilló sobre la hierba y, siguiendo un impulso dictado por los astros, abrió el libro. Una página en blanco lo esperaba. Con una pequeña daga de plata, extraída de su bolsillo, realizó un corte en su palma. La sangre goteó sobre el papel, que la absorbió al instante.

—Por esta sangre y por mi alma —juró Merlín—, prometo que mi vida será el escudo de los hombres. Mi magia será la luz que disipe la oscuridad. Mi voluntad será el faro en la tormenta, hasta que mi última nota se apague en el viento. ¡Que así sea escrito, que así sea cumplido!

Un resplandor final emanó del libro, sellando el pacto. Merlín cerró los ojos con respeto, sintiendo cómo el deber se asentaba en su pecho. El joven que había llegado con pasos firmes ahora estaba transformado; el Guardián había despertado y, con él, la esperanza de una era que apenas comenzaba a escribirse.

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