1. PULGARCITA
Me enamoré, esa es la cruda realidad y única explicación para lo que hice…
Además, me he enamorado de quien no he debido enamorarme, de alguien cuya existencia es imposible, y su esencia es inexplicable. Me he enamorado de una fata.
¿Qué podría decir en mi defensa? Uno no elige de quien enamorarse. Lamentablemente o afortunadamente es un proceso casi fortuito para el ser humano. Un hecho que me hace recordar un dicho de una vieja amiga “es una ley, te enamorarás del idiota al cual casi odias”.
Un dicho o muy cierto, o muy influenciado por su reciente ruptura.
Sin embargo, para que puedan comprender mis acciones y el porqué de mi decisión debo explicarles primero mi relación con Nieve. Para ello quizás sería bueno comenzar por el día en el cual desperté rodeado de ventiladores, o el día que desperté en alguna costa helada del Ártico, ese día ciertamente fue… O el día en el cual desee un abogado, ese fue mi único deseo inteligente.
O quizás, lo más prudente sea explicarles todo desde el primer día, el día en el cual encontré a Nieve, o que ella me encontró a mí.
No recuerdo que día era, pero sí recuerdo que al levantarme pensé era un día nublado normal y corriente. Nada excepcional había ocurrido en mi vida hasta ese día en mi vida, a menos que llamemos excepcional el poder comerme tres mega hamburguesas, o ver cuatro temporadas de mi serie favorita sin levantarme del sofá salvo para ir al baño.
Debo aclarar que me gusta leer historias de misterio y ver series del mismo género. Probablemente soy un chico promedio, no demasiado inteligente, pero tampoco idiota. No una rata de colegio, pero si alguien que gusta de la lectura. De hecho el estudiar en sí me es fastidioso, y suelo bajar mis calificaciones por faltar a clases o no presentar trabajos escritos, que según los profesores son indispensables para comprender la información. A mí en particular me gusta leer lo que deseo leer, lo que me llame la atención y mate mi curiosidad en el momento, aunque esto no tenga ninguna utilidad en el mercado laboral.
Aquel día amaneció como cualquier otro, recuerdo que el fresco entró por mi ventana recibiéndome, la puerta del closet rechinó sintiéndose en toda mi pequeña habitación. Cabe destacar que vivo en una habitación para estudiantes. Mi familia vive en la capital, pero yo deseaba estudiar historia del arte, y fue una larga discusión para poder llegar hasta este lugar, un pequeño poblado al suroeste del país.
Me llamo Richard, aunque todos me llaman Rich, tengo dieciocho años, delgado pero atlético, y con ello me refiero a que hago ejercicio normalmente, mi musculatura al menos está marcada, aunque creo que es la única función que tiene, decorativa. Soy pésimo en deportes generalmente, me falla rápidamente la respiración, y solía ser objeto de abusos por parte de los matones de mi antigua secundaría. Digo solía, porque ahora cuento con la amistad de Martín, un chico de casi dos metros, moreno y con algunos kilos demás, en resumen, una mole enorme con patas.
Él es quien me sirve de guardaespaldas, mientras yo le sirvo a él como medio para salvaguardar sus notas estudiantiles. Una alianza que nos ha gustado mantener por el bien de ambos.
Desperté, me lavé los dientes, me golpee el dedo meñique del pie con la mesa que se encuentra al lado de mi cama, que para mi desgracia suelo tropezar casi todas las mañanas, con lo cual suelo proferir más de un grito y alguna que otra mala palabra que no especificaré por ahora. Con lo cual recibo como respuesta un par de golpes en la pared de la habitación, y es que a Fabiana, la chica que vive en la habitación de al lado no le gustan los ruidos en la mañana, pues suele acostarse muy tarde.
Le di de comer a Pendejo, un gato que suele pasearse por los apartamentos, y a pesar de que está terminantemente prohibidos los animales según la arrendataria, Pendejo no parece hallarse enterado de esto y se pavonea en las ventanas ante las miradas.
—Toma Pendejo— Le serví algo de atún que la noche anterior no comí—¿Quién es el Pendejo? ¿Quién?— Creo que el gato comprendía mis palabras pues me lanzó una mirada despectiva, como la del gato que se volvió un meme en internet; exactamente igual, y temiendo que saltara a reclamarme con sus garras sobre mi rostro decidí dejarlo tranquilo por el resto de la mañana.
Me vestí y me dirigí a la universidad, un pequeño complejo conformado por un par de edificios y una pequeña plaza que le rodea. No es ostentosa ni muy costosa, es lo máximo que puedo costearme, pero nunca me he quejado de ello pues estudio precisamente lo que deseo.
Martín me estaba esperando en la puerta, tenía un problema para aprenderse los nombres de un par de pintores italianos, se quejaba y retorcía mientras los repetía. Yo, para ese instante pensaba en comer, y es que cuando se trata de comer mi mente se traba, deja de razonar sobre todo lo demás y se concentra en su objetivo: comida.
Les aseguro que no les interesa saber el desespero con el cual devoré tres emparedados de pollo y medio litro de yogurt, tampoco querrán que les hable sobre la aburrida clase de simbología que el profesor Miguel nos explicaba aquel día. Tan solo les basta con saber que yo estaba en estado de coma en la zona trasera del salón, intentando descansar del pesado trabajo de ayudar en el taller mecánico, mi trabajo de medio tiempo.
Al salir de la universidad me fui a trabajar, antes que nada les diré que no sé nada de mecánica, por eso mi trabajo radica en llenar de aire cauchos, llevar y traer cajas o piezas pesadas, sujetar mientras instalan radiadores y cosas así por el estilo. El trabajo real lo hacen otros, yo tan solo soy el burro de carga. Ese día en particular fue bastante flojo, pues continuaba el cielo muy nublado, como si fuese a desatarse una tormenta.
El cielo nublado implicaba que muchos clientes no salieran de sus hogares, el ambiente de trabajo se tornaba rápido entonces pues todos tenían ganas de salir rápido del trabajo.
Yo tengo un horario de dos de la tarde hasta las ocho, el único que podía aceptar debido a la universidad, por lo cual soy el último en irme y el que se encarga de limpiar y recoger las cosas que dejaron tiradas por el lugar.
Para cuando el turno llegó a su fin, yo me hallaba con los pantalones llenos de grasa, y la camisa empapada de sudor, pero aquello no importó, pues la tormenta se desató mientras caminaba rumbo a casa.
En particular me resulta agradable la lluvia mientras camino, me permite pensar, sin embargo la de ese día era un diluvio, los truenos sacudían el suelo activando la alarma de los automóviles estacionados. Los relámpagos iluminaban la ciudad entera pintándola de blanco por una fracción de segundo.
Yo, no voy a decir que pensaba en algo muy interesante, ni que me hallaba preocupado por alguna razón como suelen ser las historias normales. Yo simplemente me moría de frio, hambre y sueño, por lo tanto mi único pensamiento era llegar a casa, comer y acostarme. Fue entonces cuando sucedió. Hubo un fuerte trueno y un rayo dibujándose en el cielo, por reacción subí la vista para observarlo, ya que siempre me ha gustado ver como se ramifican en el cielo.
Lo que observé me sacó de mi estado taciturno, me impactó, e hizo que saliera corriendo en dirección al pequeño parque que queda a una cuadra de mi habitación. Era un pequeño fuego verde que bajaba del cielo, tan pequeño que me sorprendió distinguirlo en medio del torrencial y los relámpagos.
Corrí con todas mis fuerzas, lo primero que obtuve fue una fuerte caída y su correspondiente deslizamiento por el agua sobre el pavimento. Después de ello y quejarme con un par de groserías, llegué hasta el parque y busqué por los alrededores, luego de un par de vueltas observé un pequeño punto de luz en un arbusto. Me acerqué por mera curiosidad, me sorprendí como un perfecto idiota, me caí tan estrepitosamente de la sorpresa que rasguñé mis manos con el arbusto— ¡Pero qué mierda es esto!— Me asusté y miré a los alrededores, el lugar se hallaba desierto en medio de la lluvia.
Allí en medio de las hojas y ramas, había un ser de apenas quince centímetros de alto, reconocí que se trataba de una chica por su cabello largo, su rostro era algo cachetón, y su cuerpo pequeño y débil, sus brazos finos y blancos, lucía un raro atuendo blanco.
—¡Me volví loco!— Grité— Me volví loco y…— Volví a observar al pequeño ser, percatándome además de que se hallaba desmayada y atorada entre las ramas, colgando del vestido en una posición un tanto confusa.
—¿Y ahora qué?— Tuve el impulso de tocarla, una voz en mi mente me decía— Tócala— Otra me decía— ¡Estás loco viejo, eso no existe! Y debe hacer algo raro si lo tocas— Me detuve un instante— Aunque eso no tiene sentido, si no existe…— No debe de hacerme daño— Dije en voz alta mientras acerqué mi dedo y la toqué.
No se movió, no emitió sonido, ni volvió a irradiar luz. Por lo tanto la curiosidad me ganó y volví a tocarla, estaba fría, y así en los próximos tres minutos la toque una y otra vez, me atreví a mover sus bracitos tan solo para notar que sus articulaciones de movían correctamente— ¿Qué es esto?— Mis pensamientos me respondieron de inmediato— Un hada idiota, obvio que es un hada— La observé con mayor detenimiento y decidí sacarla del arbusto, por alguna razón había olvidado el hambre el sueño, y el frio, incluso el hecho de que caía un diluvio a nuestra alrededor.
—Pero esta cosa no tiene alas— le di vueltas ya en mi mano, era simplemente una niña muy pequeña— ¡Pulgarcita! ¡Y está muerta!— Voltee de nuevo a mi alrededor, como si fuese un convicto con el cadáver de alguien sobre mis hombros— ¿Qué hago contigo?— Le di un pequeño golpe en el pecho con mi dedo y pulgarcita respondió con una toz mientras se movió. Del susto solté aquel ser y lo dejé caer al suelo.
Luego de un instante en el cual me sentí estúpido comprendí que tan solo reaccionaba ante mi toque y decidí que debía prestarle ayuda pues se hallaba helada en medio del aguacero— ¿Y qué hago con esto? ¿Qué es esto? ¿Estás bien pulgarcita?— Me apresuré y corrí hasta la casa, con cuidado de no caerme y matar al pobre ser entre mis manos.
Fabiana, mi vecina de habitación se hallaba en el pórtico del apartamento, comía uno de esos ramen instantáneos que venden en las bodegas. Siempre me ha llamado la atención, sin embargo pasé a su lado casi en carrera, en parte porque no deseaba mostrar a pulgarcita y en parte porque mi rostro e ponía rojo cada vez que la veía, y aquello definitivamente no era una actitud cool a la hora de conquistar chicas.
Estoy seguro de haber escuchado a Fabiana saludarme cuando aparecí, y estoy aun más seguro de haber respondido con un balbuceo algo parecido a— Woulas.
Corrí por las escaleras con la pequeña ser entre mis manos, llegué hasta mi desordenada habitación y la coloqué sobre la cama. Solo entonces me percaté de no saber nada sobre como rescatar a una chica de diez centímetros de alto— pero si sé quien debe saber.
Cogí el teléfono celular y marqué su número telefónico— ¿Mamá?— Su familiar voz me contestó. ¡Admitámoslo, quizás nosotros, y con nosotros me refiero a los jóvenes en general, quizás nosotros seamos unos idiotas, pero fuimos engendrados por seres espaciales superdotados capaces de saber la cura perfecta y la mejor opción a cualquier opción, y a dichos seres pandimensionales, que todo lo saben y todos lo ven, les llamamos mamá!
—¡Mi terrón de azúcar!
Reí como un idiota— ¡Hola mamá!
—Hace días que no sabía de ti ¡Te dije que te comunicaras normalmente!
—Ya se mamá…
—¿Cómo te va por allá?
—Bien mamá, descuida.
—¡Sabes que el otro día hablé con Carmen, ¿Recuerdas?— Le escuché decir, y cómo piensa ella que voy a olvidar a Carmen? La vecina chismosa, además no he pasado años fuera de casa como para haber olvidado a todos.
—Si mamá…
—En estos días se acordó de ti y me estuvo preguntando, colocó cara de asombro cuando le dije que estabas trabajando como mecánico, me dijo que pensó nunca harías nada que involucrara sudar.
—No creo que eso sea un halago mamá.
—Pero tú la hiciste callar hijo, y estoy orgullosa, después estuvimos hablando sobre las flores del jardín.
—Entiendo— Observé a la pequeña y me impacienté— Mamá… hay algo.
—¿Sabías que hay un tipo de tierra marrón que es más fértil? Es medio arcillosa pero hace que las plantas crezcan bastante rápido y…
—Mamá, necesito tu ayuda con algo.
—¿Sucedió algo terrón de azúcar?
—Nada de qué preocuparte— Contesté algo apresurado, temiendo que mi madre tomara de inmediato un vuelo en cinco minutos hasta mi habitación… con lo sobreprotectora que en ciertas ocasiones podía ser.
—¿Qué sucede?
—Es que encontré algo en la lluvia.
—¿Algo?
—Si, es un…— Coloqué mis manos a cierta distancia intentando hallar un animal que tuviera más o menos las mismas proporciones— Un hámster.
—¡Ah! Recuerdo que siempre quisiste uno.
—SI, bueno, la cuestión es que lo encontré en medio de la lluvia y parece estar como desmayado.
—Pobrecito…— Otra particularidad de cualquier madre, la capacidad innata de sentir lástima por alguien, real o imaginario que no conozca y lamentarse como si le conociera de toda la vida.
—Lo traje a casa y no sé qué hacer.
—Bueno hijo, creo que lo primero es secarlo por completo, colócalo en una manta, algo que le dé algo de calor.
—pero el hámster tiene algo como un vestido algo así…
—Quítale lo húmedo y sécalo hijo.
—¡Oh claro!— Contesté, y no es que no supiera que debía quitarle la ropa, es que simplemente no quería.
—¿Eso es todo?
—Si mamá, luego te llamo.
—OK, pero envíame una foto del hámster cuando esté bien.
—Está bien mamá— Con ello corté la comunicación y me acerqué a la cama, me quedé observando a la pequeña chica y consideré la idea de quitarle la ropa— Piensa que es una barbie, piensa que es una barbie rich, solo eso, una barbie— Pero las barbies no tenían nada debajo de la ropa, y yo lo sabía, en cambio esta pequeña ser de seguro tenía todo el paquete completo, y por un instante me sentí como un violador. Eso sin contar que no sabía siquiera como quitare la ropa. Fue entonces que me fijé que no era un traje normal, era como un vestido, pero completo hasta la punta de los pies.
Finalmente, tomando algo de valor decidí por quitarle la ropa, la cual era como una gelatina en la parte inferior y tela en la superior. Para cuando terminé me hallaba rojo de pena y la estrujé rápidamente contra una toalla y la coloqué entre algo de ropa limpia en la mesita de noche.
Me acosté para dormir, aunque era imposible conciliar sueño, incluso el hambre se había ido, y por mi mente solo pasaba el hecho de tener a pulgarcita desnuda en mi habitación, me colocaba rojo inmediatamente y terminaba revolcándome en las sabanas para alejar los pensamientos idiotas.
Desperté de la peor manera que puede despertar alguien. Con un grito estridente de una chica que se acaba de percatar se encuentra desnuda en la habitación de un chico, y esto es una ley, sin importar el tamaño que tengas.
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Otro hecho indiscutible, es que sin importar la diferencia de tamaño existente, cuando una mujer grita de tal forma, la reacción de cualquier chico es saltar de la cama, taparse los oídos y asustarse en un rincón intentando comprender qué sucede. Y bien, pues eso hice yo.
De pronto una sombra negra surgió por la pared, la habitación se tornó oscura por completo y un rostro maligno se dibujó en una de las paredes, la habitación entera tembló, yo me quedé sin habla, aterrado en una esquina.
—¡Tu!— gritó pulgarcita endemoniada.
Y lo siguiente que sucedió fue mi cuerpo entero desmembrándose, sentí un fugaz pero muy fuerte dolor cuando mis piernas y brazos fueron desprendidos, la sangre salpicó en todas direcciones, y de pronto morí. Todo fue negro durante un segundo o durante una eternidad, no puedo saberlo con certeza.
Y tan pronto como me morí, regresé. Estaba allí de pie nuevamente, mis brazos y piernas en su lugar, y la sombra ya no se encontraba, por lo cual tuve ganas de llorar y dar gracias a mis miembros por estar junto a mi cuerpo.
—¡Tu maldito insolente… degenerado… batracio… pervertido!
—¡Oye cálmate!
—¡¿Qué me calme?! ¡¿Qué me calme?!— Respondió ella enfurecida nuevamente, razón por la cual les daré el siguiente consejo. Cuando estes discutiendo con una mujer, nunca le digas que se calme, es como desatar un volcán dormido dentro de su cuerpo, y lo peor sucederá.
—No entiendo qué está pasando— Intenté mejorar la situación.
—¡Me vistes desnuda!
—¿Yo?
—¿Qué tanto viste? ¡Dependiendo de eso decidiré que partes de tu cuerpo amputaré!
—¡No te vi desnuda!— Mentí, de inmediato. ¿Qué podía hacer? Estaba seguro de haber muerto y estar vivo nuevamente, estaba aterrado por la sombra, la muerte y los gritos de la chica.
—¿No me viste desnuda?
—No, juro solemnemente que cerré los ojos mientras te quité la ropa y te sequé. Oye chica, solo quería secarte, estabas desmayada y, de verdad lo siento.
La pequeña se quedó pensativa un rato, sostenía una camisa mía tapando todo su cuerpo, hasta que finalmente dijo— Bueno, voltéate un instante, y si miras lo sabré.
Me voltee y esperé hasta su señal, lo cual era bastante incomodo, ella tan solo tenía diez centímetros de alto o algo más, no es como si pudiera aprovecharme mucho de ella. Por otro lado mi habitación era bastante pequeña como para dos personas, incluso si una de ellas era pulgarcita.
—Puedes voltear— Dijo, cuando la volví a ver llevaba una especie de pijama verde, con un sombrerito del mismo color. No supe que decir, pero lucía algo tierna y bonita— Puedes considerar que lo anterior fue tu primer deseo.
—¿Mi primer deseo?
—Si, tu primer deseo.
—¿Te refieres a cuando reviví?
—Exacto bobo, ¿a qué más podría haberme referido?
—Pero yo no pedí revivir…
—¿Quieres estar muerto entonces?
—No— Contesté de inmediato.
—Entonces ese fue tu primer deseo.
—Pero yo…— Me sentí confundido, y cualquiera lo estaría, después de todo aquella era una enana que me había matado y revivido, gritado y cambiado en mi habitación y que ahora me hablaba de deseos. De algo estaba seguro, estaba durmiendo y alguna comida del día estuvo adulterada con hongos felices.
La realidad fue distinta— No entiendo— terminé por decir.
—Tú me salvaste, así que por consiguiente debo compensar la deuda— Comenzó a explicarse ella, de pronto sacó un libro tan enorme como el diccionario de la real academia española— Según el estatuto cuatrocientos veinte dictados por el consejo, yo deberé servirte hasta que sea liberada de mi deber.
—¿Liberada? ¿Servirme? ¿Consejo?
—Lo cual implica que he de estar pegada a ti y cumplir tus deseos…
—¿Puedo pedir deseos?
—Si, tres por día y bajo ciertas reglas.
—¿Cómo cuales?
—Son seiscientas cuarenta reglas ¿Quieres que te las diga todas?
—Las cinco principales por favor, y si en algunas especifica que deberé dar mi alma especifícalo por favor.
—¿Las principales? Pues te diría que son tres deseos por día, no puedes repetir nunca un deseo, no podrás matar a nadie, no puedo estar a más de diez metros de distancia de ti, no puedes modificar los pensamientos o sentimientos de las personas.
Las repasé en silencio por un instante, la más restrictiva era el hecho de no poder repetir nunca un deseo— Eso quiere decir que si me muero, ¿no podré revivir cierto?
—En efecto, ese deseo ya lo gastaste.
—¡Pero tú me mataste! ¡Eso viola las reglas!
—Yo no estoy sujeta a tus reglas idiota… yo puedo hacer lo que me venga en gana…
—¿Y si pidiera inmortal?
—Serías inmortal, pero en cuanto te maten estarás muerto— Concluyó ella, a lo cual pensé se trataba de una estupidez, si eras inmortal significaba que no podía morir, o al menos eso creí en aquel instante, pero guardé silencio.
—¿Si pido que una chica me ame?
—No se puede, no puedes modificar pensamientos o sentimientos….
—Pero puedo pedir tener musculatura y ser mucho más apuesto— Alegué.
—Entonces serás más apuesto y musculoso, pero el mismo idiota que antes, eso no se te quita ni con magia.
Me sentí ofendido, pero callé, no tenía con qué objetar. Ella de pronto cayó de rodillas sobre mi camisa y rodó por la mesita de noche.
—¿Qué pasa?
—Estoy muy débil…— Contestó con voz suave— gasté mucha energía.
—¿Qué necesitas?
—Chocolate…
—¿Chocolate?
—Si, chocolate.
Observé por la ventana, continuaba lloviendo, era de madrugada, y el lugar más cercano para comprar quedaba como a media hora caminando— ¿No te lo puedes crear tu misma?
—Moriré— Giró por la mesa de noche y yo salí a buscarle el chocolate sin pensarlo nuevamente.
Apenas coloqué un pie fuera de mi habitación un mar de preguntas me invadió, volví a sentir frio y hambre. La lluvia no había disminuido en todo el rato, y me pregunté si la enana no podía hacer que dejara de llover al menos para ir a comprarle chocolate— Me dirá que es mi segundo deseo... enana necia— Intenté abrigarme colocando mis manos debajo de mis hombros y comencé a caminar en la oscuridad de la noche rumbo a la tienda.
—Debe de tener frio la muy pobre— Pensé recordando como caía de rodillas la pequeña chica— De seguro quedó agotada después de revivirme… aunque nadie le dio derecho de matarme— Intenté recordar la sensación de morir, no porque me emocionara sino por lo enigmático del asunto, no recordaba haber visto una luz, ni una música celestial, tampoco una caldera infernal con seres con tridentes.
Llegué a la tienda y pedí un par de chocolates, uno costoso pues estaba agradecido por estar con vida después de todo, con ello regresé hasta la casa con el cuerpo entumecido. La lluvia disminuía poco a poco pero el frio continuaba causando estragos dentro de mi cuerpo.
—Pero ¿Qué es ella? No recuerdo ningún ser mágico o mito semejante, no es verde, no tiene alas ni viene metida en una botella o lámpara ni nada por el estilo. Aunque pude haber dejado la botella cuando la rescaté en la lluvia. ¿Y de donde caía?— Me desesperé de preguntarme tantas cosas, y decidí que le preguntaría todo al llegar a mi habitación, luego de que ella se recuperara y comiera el chocolate.
Noté que toda la residencia se hallaba a oscuras, debían ser casi las cuatro de la madrugada, no podía saberlo, no llevaba celular ni reloj en ese momento, la única luz encendida del lugar provenía de mi habitación. Pasé por el pasillo intentando no hacer ruido y abrí la puerta de mi cuarto. Para mi sorpresa la habitación se hallaba muy desordenada, la mesa de noche estaba tirada en el suelo y la cama desarreglada, sin embargo pulgarcita estaba acurrucada sobre una camisa sobre el pequeño escritorio.
—Toma— Le entregué la barra de chocolate.
—Ábrela por mi— Dijo con rostro suplicante— Estoy muy débil…
Yo entorné los ojos casi sin creérmelo, pero terminé abriendo el envoltorio de la barra, la pequeña la tomó y se sentó a devorarla.
—¿Y este desastre?— Pregunté sospechando ya quien era la responsable, pero ella tan solo se encogió de hombros y continuó comiendo de la barra de chocolate que la superaba en tamaño.
De pronto noté un peluche bastante peculiar sobre mi cama en medio de un desastre de ropa, un peluche que no me pertenecía. Era el peluche de un gato gris con una mancha blanca en su panza, de inmediato el rostro de aquel peluche me resultó familiar y me acerqué a examinarlo detenidamente, cuando… — ¡Pendejo!— Grité, y miré a la enana que aun comía chocolate— ¡¿Pero que le hiciste a Pendejo?!— Exclamé levantando el peluche de felpa.
—Lo domestiqué…
—¿Lo domes…? ¡Devuélvelo a su estado!
—¡No quiero!
—¿Tu no estabas débil para hacer magia? ¡No se puede quedar como peluche!— Aunque debía admitir que lucía mejor asó.
—¿Ese será tu segundo deseo?
—Yo… ¡Oye! ¡Eso es trampa! No puede ser mi deseo, tú lo convertiste primero.
—Esa bestia intentó comerme.
—¡Pudiste simplemente sacarlo a la calle!
—Convertirlo en peluche me pareció menos cruel, afuera está lloviendo— Alegó la pequeña.
Me molestó, Pendejo había sido convertido en peluche, pero observé la habitación y comprendí el desastre, muy probablemente el gato idiota había visto a la enana como su cena y había intentado comerla, persiguiéndola y causando el desastre. Miré fijamente a la pequeña y alcé el peluche frente a ella.
—¿Hay alguna manera de volver a pendejo a su forma original sin que él te coma?
—Lo devuelvo y cuando lo intenté lo convertiré de nuevo, hasta que aprenda.
—¿Y sin que tú lo conviertas nuevamente en peluche… — La enana alzó la mano para decir algo— Ni en ningún otro objeto, cosa o animal…?
—Puedes gastar un deseo en eso.
La miré un poco enojado, pero ya que…— Está bien, deseo que vuelvas a pendejo a su forma original— La miré con suspicacia— Y que tu no vuelvas a convertirlo en algún objeto ni cambies su forma— La pequeña me miró como analizando mis palabras a ver si había algún fallo entre ellas— Ni apariencia, ni instintos naturales y que obviamente el no pueda ni intente comerte o dañarte.
—¡Especialisto!— La enana giró sobre la punta de sus pies y el gato volvió a la normalidad entre mis manos, revolviéndose e intentando escapar con todas sus fuerzas, yo me preguntaba si intentaba cazar a la pequeña o escapar lo más pronto posible. Pero para estar seguros, lo saqué de la habitación y cerré la puerta, ya Pendejo me había dado suficiente problemas por una noche.
Regrese a mi pequeña habitación y me senté en la cama, la pequeña comía el chocolate a grandes mordiscos sentada en el escritorio, no me moleste en recoger la mesita de noche, me sentía cansado y con frio, tan solo quería cambiarme de ropa y dormir.
—¿Siempre dices eso?
—¿Qué?
—Especialisto y el giro que das cuando haces un deseo.
—No, pero a que mola, está chungo mi giro ¿no?— Comentó ella emocionada, con lo cual yo decidí que no debía tomar tan en serio sus palabras.
—Me voy a cambiar— Comenté levantándome para quitarme la ropa y cambiarme. La pequeña se dio vuelta sin dejar de comer su barra de chocolate y yo comencé a desvestirme— ¿Qué eres tú?— Pregunté.
—Una fata.
—¿Fata?
—Hada, fata, tinkerbell, campanita…
—Ya capté, es solo que…
—¿Qué?— Voltee y noté que la enana estaba viendo con los ojos muy abiertos mientras yo estaba completamente desnudo.
—¡Oye voltéate!— La fata se dio media vuelta nuevamente— Es solo que… no sé, nunca, bueno, se supone que los seres mágicos y esas cosas no existen.
—Se supone que los fantasmas, y espíritus y todo eso también, pero ya ves.
—Entonces eres un hada, pero sin alas.
—¡Fata!— Me corrigió ella.
—¿Acaso no es lo mismo?
—¿Si te digo mono lampiño o humano da igual?
—No— Contesté, comprendiendo que ella tenía su punto. Terminé de vestirme, para cuando voltee la chica estaba de nuevo mirándome, pero no le di importancia— No tienes alas, a las hadas las pintan con alas ¿puedes volar?
—Si pudiese volar no habría caído en primer lugar chico genio.
—Cierto— Refunfuñé ante sus anotaciones— ¿Y por qué y de donde caíste?
—No te diré— Contestó, Mientras yo apagué la luz y me acosté en la cama apenas ordenándola un poco.
—¿Y cómo te llamas?
—Nieve, ese es mi nombre.
—Un placer Nieve, yo soy Richard, aunque me puedes decir Rich— Agregué antes de cerrar los ojos.
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