2. EL SUPER VIEJO VIEJO ÁRBOL ENCANTADO
Desperté como cualquier otro día, adormilado y sin ganas de levantarme, aún más teniendo en cuenta que tan solo había dormido un par de horas. Mi cuerpo se sentía pesado y el hambre me mataba, razón por la cual me cambié lo mejor que pude para salir de mi habitación hasta la sala, donde hay una nevera de dos puertas en donde todos los residentes guardamos nuestra comida. Cada uno de nosotros acostumbra etiquetar lo suyo, así siempre evitamos problemas.
Para no perder la costumbre me tropecé el dedo meñique del pie contra la mesa de noche, la cual se hallaba tirada sobre el suelo. Apenas la reconocí cuando entreabrí los ojos, y entonces fue cuando recordé a Nieve y volteé en todas direcciones, y me percaté de una cama con dosel blanco al lado de una tableta de chocolate, y me quedé observándola de mala gana, tuve el ligero impulso de despertarla y hacerla sufrir un poco, después de todo la noche anterior me había matado, asustado, hecho salir en medio de la lluvia y desordenado mi habitación. Pero mi estomago rugió y me apresuré en buscar comida.
Era tarde, eso lo noté al instante en que Fabiana no se hallaba en la cocina preparando comida, lo cual significaba que había salido ya a clases, por consiguiente yo debía de ir retrasado y perdería la primera hora— Ya que…— Me resigné y dirigí hasta la nevera, y extrañamente había una nota de la chica pegada a la puerta con su clara letra incomprensible casi de médico “Me asustaron unos ruidos de tu habitación, debemos hablar sobre la hora de dormir y el ruido!!”; comprendí de inmediato que “debemos hablar” era la expresión para señalar un monologo y regaño en el cual sería acusado.
Pendejo no se encontraba por ningún lugar, comprensible después de haber sido convertido en peluche de felpa. Olvidé todo aquello y tomé un poco de pan, atún, salsa, lechuga, tomate, queso y jamón. Al final desayuné y me duche y cambie en mi habitación. Dejando a la pequeña fata dormida aun en mi habitación.
Caminé hasta la universidad tan somnoliento y hambriento como antes, y deben comprender que ello se debe a que soy un chico en etapa de crecimiento, o al menos esa es la mentira autocomplaciente que suelo decir.
Llegué una hora tarde, aquello no me tomaba por sorpresa, tampoco me asustaba, después de todo no tenía malas notas, quizás no las mejores de la universidad, pero distaba mucho de las peores. Martín no parecía hallarse en el salón de color que dictaban a primera hora, por ello di por sentado había faltado a la universidad. Eso tampoco me importó, y seguí caminando por el pasillo solitario hasta la próxima clase.
Mi actitud relajada se debía a varios factores, cansancio, hambre, sueño y el hecho de ser viernes, un viernes que se convertiría en sábado rápidamente— Ese podría haber sido un buen deseo, desear que fuese sábado y saltarme este tedioso día…
—¿Es ese tu deseo? — El hada apareció de la nada, justo delante de mis pies con un vestido azul eléctrico, caminando a mi lado.
—¡Pero por Yisus! — salté a un lado del susto, y estoy casi seguro de que di un grito poco varonil en el proceso, por no decir que di un brinco y pequé un grito de niña mientras alcé los brazos queriendo aferrarme a la pared— ¿Qué haces aquí?— Observé los alrededores, estaba vacío, pero mi grito de seguro había alertado a media ciudad.
—Te sigo.
—¿Acaso ahora eres acosadora? ¿Y por qué estabas transparente? ¡Casi me matas del susto— Estoy seguro que el hada rio ante mi último comentario.
—Seguirte es mi trabajo.
—Estalker en toda regla.
—¿Estal qué?
—Olvídalo.
—No puedo estar a más de diez metros de distancia de ti— Mencionó ella.
Yo lo había olvidado, era una de las reglas que la enana me había mencionado el día anterior, pero hasta entonces no me había percatado de lo que implicaba— ¿y estuviste asi invisible por cuánto tiempo?
—¿Qué se yo? ¿Y bien, desearás que sea sábado?
—No— Terminé por decir rotundamente, después de todo aun no sabía nada sobre los deseos y su funcionamiento, y ya había gastado dos por aquel día. Era muy factible que hubiese alguna especie de trampa y terminase en algún sábado del año -3000 a.c— Mejor no.
—Habría sido un buen deseo.
—No lo creo, oye, y a ti, ¿los demás pueden verte?
—Solo si yo quiero que me vean.
Me imaginé el revuelo que armaría el descubrimiento de la pequeña, el pánico en los rostros de la mayoría que como primera impresión saldrían corriendo y gritando. Siempre habría algún puritano que diría es cosa del demonio, también estarían los curiosos que intentarían tocarla, examinarla, someterla a experimentos, y yo debería quedarme cerca, de seguro de pie sin poder hacer nada mientras la pequeña fata era examinada. Yo en definitiva no estaba dispuesto a ello, si la existencia de los fata era un secreto estaba dispuesto a mantenerlo en tal estado.
—¿Podrías entonces quedarte como estabas antes? Invisible, es que creo que habría un poco de alboroto si te llegan a ver— Me sorprendió que la pequeña no me preguntara si aquello sería mi tercer deseo y desapareciera de inmediato, solo yo entonces sabia que se hallaba cerca, y eso en cierta forma era alentador, intimidante con respecto a no tener intimidad, pero alentador.
Cuando fui a comer me tomé la molestia de comprar una barra de chocolate, la cual desapareció frente a mis ojos apenas la terminé de pagar, me asusté, pero la dependienta no lo notó pues se hallaba de espalda contando el dinero que le había entregado, recibí el cambio y me fui, rumbo a clase de historia universal.
Historia era impartida por Azrael, un hombre de apenas treinta años, de cabello largo y barba con forma de candado, solía caminar arrastrando los pies, y su cabello siempre se encontraba desaliñado. Tenía unos anteojos redondos muy pequeños y tendía a observar a todos por encima de ellos. Azrael se la pasaba acompañado de Miguel, el profesor de simbología, aunque ambos no parecían amigos, de hecho, todo lo contrario, pese a ello podías observarlos caminar juntos entre horas de clases, muchas veces conversando a regañadientes.
Llegué al salón y los pequeños anteojos me escrutaron, el profesor por alguna razón se me quedó mirando fijamente entrecerrando los ojos apenas visibles entre la maraña de pelo oscuro.
—Llega muy temprano a clase señor Ricardo.
Me encogí de hombros— Problemas de sueño señor.
—Conozco esa clase de problemas— Soltó el profesor sin apartar la mirada hasta que me senté. Comí mi segundo emparedado un poco incomodo, pero las personas llegaron rápidamente y fueron llenando el salón.
Dani, y Emily me saludaron efusivamente mientras me preguntaban por Martín, del cual tampoco sabían, por lo cual me decidí a mandarle un mensaje de texto al cual respondió con un “dolor de tripas hermano, comida china anoche”, y no necesité mayor explicación.
La clase comenzó en diez minutos, y Azrael comenzó a detallar sobre cómo eran visto los dioses en la historia, haciendo hincapié en la cultura egipcia y en los griegos, yo tomaba algunas anotaciones, pero es imposible negar que me hallaba en otro planeta en ese instante. Mis pensamientos viajaban con un millar de posibilidades y preguntas, todas causadas por la pequeña Nieve.
Podría ser millonario, una gran estrella de cine de la noche a la mañana, un gran escritor, un atleta de renombre y paga astronómica, contratos, casas, mujeres, licor… en definitiva una buena vida, tan solo tenía que desearlo. Una casa con una enorme biblioteca, una piscina o un bonito lago al frente, de esos que uno suele ver en las películas sobre ricachones. Imaginé tanta fortuna y lujos que ni el mismo Gatsby habría podido equiparar.
—El ser humano tiende a colocar nombre de Dios a lo desconocido, pero plantéense, que sucedería si no fuesen dioses lo que los hombres observaron hace miles de años…— Las palabras del profesor no me importaban, me llegaba otra idea a la mente. La idea de tener súper poderes, y ¿Quién no se había imaginado alguna vez pudiendo volar, atravesando paredes, siendo súper fuerte o super rápido, violando por completo las leyes de la física? Resultaba increíble y tentador de solo pensarlo, y se hallaba todo a solo un par de palabras de distancia, solo debía decir “deseo que…” y se haría realidad.
Por otro lado, estaba la enorme interrogante que significaba la enana, ser fata, hada o lo que fuese que era. No sabía prácticamente nada de ella excepto su nombre y el gusto por el chocolate. ¿por qué estaba allí? ¿Qué estaba haciendo en ese momento? ¿Cuántas criaturas como ella existían? ¿Qué debía hacer? ¿Era peligroso pedir deseos? ¿Por qué nos hallábamos unidos?
No había terminado de plantearme las preguntas cuando la clase terminó y yo me quedé pensativo. Casi perdido con respecto a la realidad, después de aquello buscaría de ir al trabajo, después de todo era viernes y el taller mecánico estaría algo lleno. Pero antes de salir del salón de clases se me ocurrió algo.
—Profesor Azrael.
—¿Sí?
—Me preguntaba, ¿qué sabe usted de las fatas?
—¿Lo que ahora muchos llaman hadas? — Su mirada escudriño el salón de clases ya vacio.
—Sí.
—¿Como datos históricos o solo curiosidad?
—Curiosidad profesor— Respondí.
—Bueno, pertenecen a los seres mágicos de los cuentos y fábulas antiguos, no soy experto en la materia, pero el tema que hoy tocamos en clase era muy semejante, con lo cual no me queda duda usted no prestaba atención señor Ricardo.
—Rich— Contesté yo corrigiéndole.
—Español, inglés, es lo mismo señor Ricardo— Sonrió con altruismo— Te podría decir que el mito de las hadas ha persistido en la historia de toda la humanidad, hay registros de seres pequeños semejantes en la cultura egipcia, los griegos les consideraban seres divinos, y aunque no las describen exactamente, tenemos a las ondinas, nereidas, salamandras entre otras. Algunas buenas y otras no, algunas protectoras de los bosques, ríos y lagos, otras tan solo portadoras de augurios para quienes las veían, o de perdición.
—¿Hadas malas?
—Claro señor Ricardo, al igual que la naturaleza humana, entre las deidades antiguas se presenta la dualidad del bien y el mal…— Sus palabras se vieron interrumpidas por el profesor Miguel, quien había llegado al salón sin ser sentido por ninguno de los dos.
—Deja de fastidiar al chico con relatos sobre la dualidad de la luz y la oscuridad— Miguel era un hombre serio y de escasas emociones faciales— Lo que Azrael quiere decir es que en todas las especies hay bien y mal, sin exceptuar la humana y las pertenecientes a los mitos y leyendas.
—Si, si, eso…— El profesor azrael se alborotó el cabello como maldiciendo por algo y tomó sus libros, listo para marcharse— Sin embargo chico, hay un lugar donde podrías encontrar mucha información al respecto— Me dijo, y yo me percaté que Miguel colocaba rostro de pocos amigos— Deberás buscar el superviejoviejoárbolencantado— Lo pronunció rápidamente y en voz baja.
Grabé el nombre de tal lugar inmediatamente en mi memoria repitiendo el nombre un par de veces, tan solo debía entrar a internet y revisar por tal portal, pero el profesor continuó hablando— Allí podrías encontrar todo lo que necesitas saber, y es lo más cercano que tendrás, además.
—Entiendo.
—¡Ah! ¡Y una cosa más! — Se tocó la sien— por allí suele encontrarse un chico, llamado Petric, es alguien interesante, yo que tu le preguntaría a él, le puedes decir que Azrael le envía saludos y seguro te explicará con más detalle.
—Gracias profesor— Contesté y saqué mi libreta para anotar, “buscar en internet, el súper viejo viejo árbol encantado” De inmediato imaginé que debía de ser alguno de esos portales oscuros con cuentos de fantasía, pero si el profesor me lo recomendaba, le podría echar un vistazo. Casi cierro antes de anotar “buscar a un usuario llamado Petric, información” Y con ello salí de la universidad un poco más calmado listo para irme a trabajar.
A mitad de camino recordé que ahora poseía un hada con poder ilimitado— ¿Para qué trabajar cuando podría ser rico en mi siguiente deseo? — Sonreí, pensando en las posibilidades, podía pedir ser multimillonario, dueño del imperio Playboy si así lo quería, de la Coca-cola y dueño de Bill Gates si se me placía. Imaginé todo y sonreí como un loco imaginando, dinero, fortuna, mujeres y…— Oye Nieve.
El hada apareció de inmediato frente a mi caminando como si siempre hubiese estado— ¿Sí?
—¿Yo podría pedir ser multimillonario?
—Si lo quieres…— La fata colocó un semblante y un tono de voz que no me convenció del todo.
—¿Está en contra de las reglas?
—No, pero de seguro te matan en veinticuatro horas.
—¿Ah? ¿Y por qué?
—Eres un idiota, las personas como tú no llegan a multimillonarios de la noche a la mañana, a menos que estén en el narcotráfico u otras cosas ilegales, por lo tanto, terminarías muerto muy rápido.
Me resultó imposible no jugar un poco con la idea e imaginar mi muerte a manos de hombres armados con pistolas u objetos cortantes, y al cabo de tres minutos terminé horrorizado y convencido de que jamás desearía ser multimillonario. Sin embargo, no deseaba ir a trabajar, e imaginé que pedir un poco de dinero era algo más prudente, y no peligroso.
—¿No hay una guía sobre qué deseos pedir y cuáles no?
—No, pero están las reglas para deseos del consejo— Comentó la pequeña desvaneciéndose en el aire como si la brisa se la hubiese llevado, yo observé en todas direcciones antes de divisarla unos cuantos pasos adelante, doblando la esquina llegando ya a mi apartamento.
Las reglas, aquello me intrigaba desde el día anterior, deseaba saber qué podía hacer o no antes de pedir deseos, pues ya había comprobado con mi propio cuerpo y también pendejo que tan peligrosa podía ser la magia del hada. Entonces una pregunta se vino a mi mente— Hada, ¿has servido o estado junto a otra persona antes de mi?— Pregunté acercándome en carrerilla.
—No…
—¿No?
—No exactamente… no llevo mucho tiempo siendo hada.
Llegábamos mi residencia, el lugar al cual yo llamaba hogar, y en mi mente repetía las palabras de ella— ¿No llevas mucho tiempo? ¿Y qué eras antes?
—¿Tú que eras antes de nacer? — Preguntó ella mirándome con el rabillo del ojo— Eres idiota…
—Era solo una pregunta— Me excusé de inmediato comprendiendo su punto y pensando que ciertamente yo también desconocía mi procedencia antes de ser humano, sin embargo, la de ella me intrigaba más.
Llegamos a mi residencia, para mi sorpresa Fabiana me esperaba en uno de los pasillos con los brazos cruzados, su rostro me hacía saber de inmediato se hallaba de malas, y yo era muy posiblemente la causa, yo o… alguien más. Busque al hada con la vista y le halle un par de pasos delante de nosotros a espaldas de la chica molesta. Fabiana siempre lucia hermosa a mi parecer, incluso molesta, su cabello largo me fascinaba y su cuerpo delgado lucia frágil al contrario que su temperamento.
—¡Esto es el colmo!
—¿Qué sucede? — Respondí notando que el hada se tapaba los oídos.
—¡Esta noche hiciste un ruido enorme, y no me dejaste dormir! ¡Hubo un instante en el cual pensé estabas tirando todo en tu cuarto! ¿Qué estabas haciendo? ¿Acaso no sabes que los demás duermen?
—Yo…
—¡No te excuses ante mi Rich! ¡No quiero saber que estabas haciendo, pero no deseo escuchar semejante alboroto en tu habitación1 ¡O tendré que poner una queja formal para que te hagan desalojar!
—¡No! — Me apresuré a decir. La verdad es que era bastante cómodo vivir tan cerca del instituto, y pagar una renta bastante pequeña, sin contar que me gustaba ver a la chica que ahora me regañaba— Prometo no volverá a suceder— Me pregunté si podría mantener dicha promesa.
—¡Y eso no es todo!
—¿No? — Miré al hada preguntándome que más pudo hacer.
—Sabes muy bien que siempre hemos respetado la comida del otro.
—Si— Y siempre había sido así, a pesar de compartir el refrigerador, su comida se hallaba identificada al igual que la mía, era una forma de evitar problemas y mantener un buen balance de gastos y costos, una idea que había propuesta la chica y yo había acatado por comodidad al llegar a la residencia.
—¡Te comiste mi emparedado! ¡El cual había preparado anoche para hoy en la mañana y un pudín que había dejado por la mitad! — Escuché las palabras de Fabiana y observé a la pequeña hada, la cual abrió los ojos como platos y se desvaneció en el aire, tal cual había hecho en el camino. De inmediato comprendí que había sido ella la culpable. ¿No había dicho que solo comía chocolate?... Condenada hada.
—¿Era tuya? ¡Perdóname de verdad Fabiana, creí…! ¿Sabes qué? Te debo una comida, de verdad que yo… — No terminé la expresión, y esto era con algo de intención, pues en realidad no hallaba qué decir y con qué disculparme, sin embargo, se me pasaban por la mente varias cosas qué decirle a mi nueva compañera de habitación, la mayoría de ellas eran vulgaridades.
—¡No quiero que suceda de nuevo Rich! ¡Pensé habíamos quedado muy claros en eso cuando te mudaste, para eso están las etiquetas!
—Lo sé… lo sé…
—¡Y me deberás una comida! — sentenció la chica dirigiéndose a su habitación, con aquel movimiento de cintura que tanto me gustaba ver, y cerró su habitación con un portazo que daba por concluida la discusión.
—¡Hada! — Casi grité al entrar a mi habitación.
—¿Qué? — El tono cansino que empleó la pequeña me hizo rabiar y sacar de casillas.
—¿Me puedes explicar qué sucedió con el emparedado de Fabiana y el pudín que estaban en la nevera?
—Primero que todo, soy un fata, segundo, me los comí, obvio genio.
Me golpee el rostro con la palma de la mano en un intento de comprender a mi nueva compañera de habitación y sus palabras— ¿Y por qué lo hiciste?— Arrastré las palabras intentando calmarme, respirando profundamente, un ejercicio que debí ver o leer en algún lugar, pero que no surtía efecto.
—Tenía hambre, no me puedo separar de ti más de diez metros, cuando ya te ibas apenas me dio tiempo de cambiarme y agarré lo primero que encontré para desayunar.
Se explicó racionalmente como si aquello solventara las cosas, y yo no podía salir de mi asombro— ¿Y qué pasó con el hecho de que solo comías chocolate?
—Yo no dije eso— Se cruzó de brazos la pequeña hada.
—¿Qué no dijiste? ¡Pero… ayer me dijiste estabas débil y lo único que comías era chocolate! ¡Salí en la lluvia a comprártelo! ¡A las tres de la mañana!
—Yo dije que quería chocolate.
—¿Eso quiere decir que puedes comer otras cosas?
—Claro, el chocolate es porque hace que me recupere más rápido, tiene muchas calorías, y me gusta.
—¿Fue solamente un capricho?— Era el colmo, me senté en la cama molesto y ofendido, la enana después de todo solo me había usado para obtener su chocolate.
—Era necesidad, estaba débil te dije.
—¡Pero podías comer cualquier otra cosa!
—Necesitas comprender que el chocolate hace que me recupere rápido hombre, comencemos por allí.
Yo no podía creerlo, me acosté sin decir ninguna otra palabra a intentar calmar mi mal humor y ganas de estrangular a cierta enana. Al cabo de un rato logré recobrar mi compostura, la tarde resultaba calurosa, pero no podía quitarme la camisa frente a ella, no deseaba ser cercenado nuevamente y morir sin posibilidad de retorno. Entonces pensé algo que había pasado por alto.
—Enana— La pequeña apareció en el escritorio de mi pequeña habitación, pero no lucía muy feliz con mi forma de llamarla— No hay necesidad de que desaparezcas aquí en la habitación— Dije, pensando que era peor sentir y saber que alguien me observaba sin yo poder saber cuándo o desde donde— Una pregunta, ¿Por qué son tres deseos?
—¿Quieres solo un deseo al dia? Yo con gusto acato y cumplo solo un…
—No, es en serio ¿Por qué son solamente tres deseos al día?
—Muchos deseos pueden agotar, supongo— La pequeña ser comenzó a caminar por el escritorio mientras me explicaba— La otra razón que se me viene a la mente, es que quizás una persona erra un deseo, y lo corrige con el segundo, y puede volver a intentarlo de una manera correcta en un tercero.
—Si… suena lógico— Expliqué mejor mi punto— pero a lo que me refiero es que, ¿no son acaso los genios los que otorgan tres deseos? ¿O todos los seres mágicos dan tres deseos? ¿Qué seres mágicos existen?
—Genios, hadas… cada cultura nos llama como quiere, supongo, da igual, tienes tres deseos diarios y haces diez mil preguntas y ningún deseo— La pequeña me miró cruzándose de brazos, como si fuese una reprimenda el no ponerla a trabajar.
El teléfono celular en mis bolsillos vibró y leí el mensaje, era mi madre, para preguntarme como me encontraba y decirme que deseaba le enviase una foto del hámster, si había logrado salvarlo. Sonreí ante aquello, era una actitud digna de mi madre, preocuparse por los demás. Pero continúe con el hada.
—Puedes responder algunas preguntas.
—Preguntas preguntas y más preguntas… ¿Acaso tu me ves preguntándome? ¿Te he preguntado por qué te pones como macho en celo cuando ves a Fabiana? No ¿te he preguntado por qué estudias algo que es inservible? No ¿Te he preguntado si te caíste de pequeño para ser tan idiota? Tampoco.
—Vamos hada…
—¡Fata!
—Fata, debes aceptar que no es normal para mi encontrarme contigo, es raro, me da curiosidad— Pero el hada se quedó en silencio y de brazos cruzados, tal actitud ya la había observado en chicas con anterioridad, y era una clara señal de que no ganaría la discusión, sin importar cuanta diferencia de tamaño existiese, ella era una chica.
Me levanté y encendí el computador, deseaba jugar, algunas veces eso me ayudaba a aclarar ideas— Fata, una última cosa, no una pregunta, más como una ayuda, ¿Qué me recomendarías tu a mi a la hora de desear algo?
La pequeña me miro como examinándome y terminó por sentarse en la mesa del escritorio antes de hablar— Te diría que los mejores deseos son los más simples.
—Los más simples— Repetí en mi mente y comencé a preguntarme como era un deseo simple. Mientras tanto me entretuve navegando por mi red social y se me ocurrió buscar el sitio web que mi profesor me había recomendado, “elsuperviejoviejoarbolencantado.com” sin embargo no hubo resultados, busqué las palabras por separado y tampoco sirvió, si el lugar existía yo no pude acceder a él. Comencé a jugar en la red y entonces se me vino una idea excelente, hacer una prueba con algo que necesitaba, después de todo eso era un deseo simple— Fata, ya tengo un tercer deseo.
—¿Si?
—Si, será más una prueba, a ver si funciona eso de los deseos simples.
—¿Una prueba?
Asentí— Deseo una foto de un hámster para enviarle a mi madre— Dije, y la fata sonrió amablemente ante mi deseo.
—Así será, ¡especialisto!— La pequeña dio un salto en el escritorio, al tiempo que yo tomé mi celular para revisarlo. Mi sorpresa fue ver que la pequeña corrió hasta mi computador, usó el navegador, abrió google y colocó la palabra “hámster” y cientos de fotos aparecieron de inmediato.
—A esto se le llama eficiencia, tienes incluso para escoger la que quieras— Alegó la pequeña y yo me quedé estupefacto. Está demás decir que me sentí como un perfecto idiota. La observé a ella, y observé las imágenes, volví a observarla a ella, y luego a google, y no me lo pude creer, ¡me había engañado! ¡Aquello no era en absoluto un deseo!
—¡Esto es trampa, tu no hiciste nada!
—Claro que si hice, yo misma busque las imágenes, tú me viste.
—Pero yo me refería a… esto no… tu no hiciste el trabajo, tu solo usaste el navegador ¡hasta yo podría haberlo hecho!
—¿Entonces para qué gastaste un deseo en semejante estupidez?— La pequeña se alejó un poco y yo volví a sentirme molesto, por no decir ofendido, lo sucedido era peor que llamarme idiota, ¡era demostrármelo con evidencias irrefutables!
—¡Esto no puede ser, no entiendo esto de los deseos! ¡Debería existir una regla en contra de lo que hiciste ahorita!
—¿Y yo que hice?
—¡No hiciste nada! ¡Eso hiciste! ¡Muéstrame las reglas ahora!— Me quejé y exigí.
—¿Todas?
—¡Todas!— Reafirmé.
—¿Las seiscientas cuarenta?
—¡Las seiscientas cuarenta, me las leeré todas!
—Pues entonces deberemos ir al súper viejo viejo árbol encantado— Las palabras de la pequeña me sorprendieron, ella dijo acaso ¿el súper viejo…? ¿La había escuchado correctamente? Pero no hubo tiempo de nada.
—¡Especialisto!— Dijo ella, y en un acto de verdadera magia aparecimos ambos en el medio del claro de un bosque, y yo tan solo pude lanzar una exclamación ante mi asombro.
Era de día, arriba el sol brillaba con una intensidad deslumbrante, a nuestros pies había grama y hojas secas, arboles enormes llenaban el lugar. Nos hallábamos en un claro en el cual había un árbol enorme, quizás el más alto que alguna vez había llegado a ver, su tronco era grueso y de un marrón muy oscuro.
Si antes de ello no había creído en la magia, o si alguien más no creyese en ella, después de ver dicho lugar quedaría completamente convencido. La sensación que brindaba era sobrenatural, pude percibir voces susurrantes en lo espeso del bosque, pero no logré observar a nadie, excepto a un chico que se hallaba en un extremo del bosque sentado bajo el tronco de un árbol con unos grandes audífonos leyendo un libro.
—¡Esto es el súper viejo viejo árbol encantado!— Habló la pequeña, y para mi sorpresa ella se transformó en una hermosa chica de tamaño natural, de cabello rojizo, ojos cafés y sonrisa radiante, su piel era tan blanca como cuando estaba en su versión chica.
—¿Qué te pasó?
—¡Me transformé!— Contestó con algo tan obvio, yo no quise refutarle, pues me hallaba extasiado, en primero con su belleza, el rojo de su cabello contrastaba tanto con su piel y su sonrisa que no podía dejar de verle. En segundo lugar por el ambiente que allí se respiraba, imaginé que si me quedaba tan solo medio día respirando ese aire tan puro y en compañía de tal naturaleza por lo menos agregaría un año más a mi vida.
—¿Para qué te transformaste?
—Sorprenderé al viejo árbol— Picó el ojo con algo de gracia, un gesto que mi memoria grabó de inmediato, y estoy casi seguro que sonreí como un idiota ante aquello— Ya verás.
No lo dudé, ya yo me hallaba más que sorprendido y no había movido un solo pie desde que aparecí en tal lugar. De pronto me quedé observándola como tonto, y ella a mí, por lo cual quise cambiar el ambiente rápidamente— ¿Y siempre tienes que decir especialista cuando haces un deseo?
—A mí me gusta.
—No sé, podrías haber sido más creativa al crear tu frase, digo, y decir algo como ¡pipirupirupipirupi… o Pirikala pekorina pepelato pepelato! O mover la nariz, o tal vez asentir con la cabeza.
—A ti la televisión te volvió idiota…
—¿Y quién es ese chico?— Pregunté por el muchacho que se hallaba a varios metros pero era visible desde donde nos encontrábamos.
—No sé, alguien que lee.
—Claro— Asentí ante lo clara de su respuesta. Ella se dirigió corriendo hasta el árbol, su tronco me recordaba a un ombú, por lo grueso y sus raíces enormes, además que era en extremo frondoso y sus ramas se extendían brindando sombra a todo el claro, pero del mismo colgaban enredaderas que no pude reconocer, y entonces comprendí que el árbol en sí era mágico, pues sus hojas pasaron del verde al dorado de otoño, a un rojizo hermoso y volvieron al verde justo antes de mover una de sus ramas y tocar a Nieve. El hada se transformó al contacto de nuevo a su versión pequeña y yo me caí ante el espanto.
—Por poco te creó pequeña fata, pensé eras una náyade.
—Gracias— Respondió ella, y entonces observé el rostro de aquel ser. Los nudos del tronco armaban sus ojos y una grieta su boca mientras que varias ramas se movían como si fuesen brazos. Sentí miedo, lo admito, aquel ser no era del todo hermoso, de hecho el aura que emanaba era un poco lúgubre.
—¡Un humano!— El tono del árbol fue molesto— ¡Ven aquí asqueroso ser rastrero…!— Yo me hallaba por lo menos a treinta metros de él, pero podía sentir casi como si fuese jalado por mis pies hasta aquel ser. Me hallaba tendido de espalda, pues había caído del susto, me levanté listo para correr, cuando en mi espalda sentí la mano de alguien.
—No prestes atención a sus palabras, no aceptes que te revele nada del futuro, no caigas en su juego— Era el chico que antes había visto a varios metros leyendo. Sonreía cómodamente y parecía incluso disfrutar de mi miedo, como si un árbol parlante fuese cosa de todos los días.
—¿Qué es eso? —Pregunté.
—Eso amigo, es algo que tu no comprenderías, es un ser tan antiguo que solo su creador podría saber qué es… — Me ayudó a calmarme dándome una palmada en la espalda mientras guardaba un libro en un pequeño bolso que mantenía en su cintura— Pero si eres católico, o cristiano, habrás leído sobre el árbol de la vida y el árbol del conocimiento, los dos arboles prohibidos en el jardín del edén.
—¿No era solo un árbol?— Me inquietó que dijera, eran dos, cuando yo recordaba solo uno, del cual Eva comió su fruto por tentación del mismo diablo, y Adán le siguió.
—Eran dos, deberías releer la biblia, más su versión en hebreo, pero ahora, el punto es que ese que ves allí es el árbol del conocimiento, también lo han llamado Kalpavriksha y es el hermano de Iggdrasil.
Para mí fue como si el chico me hablara en chino mandarín, sencillamente no había entendido nada de lo último, excepto porque era el árbol del conocimiento de la biblia, y entonces comprendí que no quería acercarme bajo ningún concepto.
—¡Ven aquí escoria del mundo… acércate humano!— Fue como si leyera mis pensamientos.
—No me quiero acercar— Le comenté al chico.
—Yo que tu iría, pro tendría cuidado— Me dio un nuevo empujón obligándome a caminar.
—¿Dónde estamos?— Pregunté— ¿Esto es el edén?
—¿Esto el edén? No, solo estamos en el mundo espiritual.
—¿Mundo espiritual?— Me alarmé aun más mientras caminaba, observé a Nieve quien me animaba a acercarme con la mano, y pensé que mi hada era un ser malvado que intentaba matarme nuevamente— ¿Nos morimos? ¿Tú eres un muerto?
—No estamos muertos, me llamo Petric, perdón por no presentarme antes.
—Richard, Richard Daniel.
—Dan, te llamaré dan, es más agradable y corto. Y no, no estamos muertos, soy un humano al igual que tu.
—Pero él no te llamó inmundo humano, escoria del planeta, animal rastrero y todo eso.
—Ya yo lo conozco bien, no le importa mucho mi presencia.
—¿Y tú tienes un hada?
—¿Hada?
—Si, como Nieve, ella fue la que me trajo aquí— Señalé a la chica, quien se había vuelto a convertir a grande con su cabello rojizo.
—No soy experto en hadas amigo, pero eso, definitivamente no es un hada— Petric sonrió con tal malicia que mis sentidos volvieron a reaccionar, y observe a Nieve nuevamente, intentando comprender en qué demonios me había metido. Mis piernas se convertían en gelatina, sudaba como hipopótamo y mi mente buscaba formas para largarme de allí, pero la única que se me ocurría era pedirle auxilio al chico desconocido— Yo más bien diría que es una esclava— Alzó sus brazos y se rascó la cabeza— Pero como dije, yo no soy experto en hadas ni nada de eso, nunca he visto una de hecho.
No quise preguntar nada más, y antes de percatarme me hallaba frente al tronco del árbol, y sus raíces se escurrían por mis pies. Opté por mostrarme un poco valiente, aunque mis piernas continuaban temblando y mis manos podían llenar un cántaro.
—Hace mucho que no veía a un humano— Su voz era pastosa y grave, retumbante y llena de energía en cada silaba.
—Pero está Petric— Señalé al chico que se había quedado un par de metros atrás y me hizo señas de que no escuchara al árbol y me tapara los oídos, pero aquello me pareció una falta de respeto.
—¿¡Esa sabandija!? ¡Es más demonio que humano! La pestilencia de su ser inunda este bosque sagrado y no me deja dormir en paz… Si lo matas por mí, te recompensaré enormemente Richard— Expresó moviendo sus ramas, una de ellas se extendió hasta mi como un brazo que intentaba convencerme— Puedo darte todo el conocimiento del mundo, sabrás que piensan los demás, sabrás presente pasado y futuro.
—Yo…— Era tentador su oferta, jamás me había planteado lo exquisito que podía llegar a saberlo todo, pero comprendí que era un poder magnifico, pero la idea de matar a alguien no me apetecía del todo, además el tono de voz del árbol me producía desconfianza.
—No— Respondí secamente y casi sin poder hablar.
—¿Seguro? ¿No te gustaría saber a qué edad te casarás? ¿Quién s el amor de tu vida?— Entonces vi el fulgor, aquel destello de malicia entre los nudos que eran sus ojos, era malicia pura, la misma que observarías en un estafador al tenerte bajo su dominio— ¿NO quieres saber cómo morirás? ¿A qué edad? ¿Cómo morirá el amor de tu vida? ¿Tu madre?— Un escalofrío me recorrió y quise retroceder— ¿O acaso no quieres saber, cuando comenzará la tercera guerra mundial? ¿Cuándo será el fin del mundo y de la raza humana? ¡El conocimiento está aquí!— Extendió sus ramas y me percaté que en cada una de sus verdes hojas habían millones de letras de colores y brillaban al acercármelas. Era como si el conocimiento me llamase.
—Yo… no…— Balbucee.
—Puedo mostrártelo.
¿Qué podía hacer? Era tentador, saberlo todo, saber mi futuro, saber…— ¿Por qué te llaman el súper viejo viejo árbol encantado?—Pregunté sin más, desviando todo el tema y sacando de tema al tronco con ojos.
—Soy viejo.
—¿Y por qué lo dicen dos veces?
—Es que soy muy viejo— Retomó, y comprendí que la lógica no servía con los seres mágicos.
—¿Y el súper?
—Es que puedo hacer cosas maravillosas— Sentenció.
—¿Y con encantado ya eso no queda aclarado?
—¿Prefieres llamarme Kalpavriksha? Pronunciar mi verdadero nombre no sería posible en tu lengua rata del mundo.
—Convengamos en que te llamaré árbol viejo.
—¡Menuda desgracia, el ser humano que mengua el valor tan solo por la traza!— Espetó el árbol, creo que de haber podido habría desviado la mirada y se habría cruzado de brazos dispuesto a no hablarme más, pero algo me sacó de mis pensamientos, y es que Petric se acercó a Nieve.
—¿Y tú que eres exactamente?
—¡Una fata obviamente!
—A mi me pareces más una pequeñaja, y ¿Cuánto tiempo llevas siendo fata?
—Menos de un año…— Nieve se dio vuelta para no ver al chico.
—Y yo que pensé que las hadas debían tener por lo menos diez mil años de existencia, ya sabes… debido a su naturaleza, ¿Y qué tipo de energía usas?
—¿Por qué no te callas?— Nieve estaba reacia a contestar y yo no pude evitar sonreir un poco, era gracioso ver que alguien podía hacerla molestar.
Petric acercó el dedo índice de su mano derecha para tocar el hombro de Nieve, en el instante del contacto me pude percatar que en el aire de dibujó un pequeño círculo con miles de símbolos que no comprendí, pero el resultado fue bastante obvio, Petric transformó a Nieve de nuevo a su forma pequeña, haciéndole caer al suelo y rodar.
—¡Maldito insolente! ¿Quieres que te mate? ¿Quieres morirte bien muerto?
—Me gustaría verlo— Soltó el chico, mientras sacaba de su mochila el libro que antes había observado.
Nieve alzó sus manos y dos rayos de luz cruzaron en un parpadeo la distancia hasta el chico. Pero para mi sorpresa este soltó el libro al aire, y este quedó suspendido allí mismo con sus hojas abiertas, y del suelo brotó una ola negra que le cubrió y protegió del ataque.
—¡Nadie pelea ni muere en territorio sagrado!— La voz del árbol fue retumbante y estremecedora. Los dos se separaron de inmediato.
—¿Ves que eres un renacuajo?— Petric tomó a Nieve y me la entregó como si se tratase de un juguete.
—¡Maldito! ¡Deja que te vea en la calle y te rebano a cuadritos!— El hada hacía señas como si cortara algo entre sus manos.
—Cómo si pudieras renacuajo— Refunfuñó el chico tomando el libro que aun flotaba a su lado para guardarlo en la mochila
—¿Dónde están las reglas Nieve? Me quiero ir de aquí— Le dije al hada.
—Él las tiene, no se las has pedido— Me señaló al condenado árbol.
—¡Oye! ¡Necesito las reglas para las hadas!— Solté sin más, casi esperando que el árbol me trenzara con sus ramas.
—¿Y qué me darás a cambio?— Expresó con su vos pastosa y grave.
—Yo…— Comencé a temer que volviera a pedirme la muerte del chico a mis espaldas, pero esta vez Nieve me interrumpió.
—Nada… esta en el artículo doscientos cuarenta de la ley, todo humano bajo contrato tiene derecho a saber las reglas del convenio de deseos— Recitó.
—¡Nada! ¡Ya sabes… lo del articulo… y el convenio…!— Solté, el árbol nos observó fijamente antes de mover su ramaje, una de sus brozas más largas se torció como si se tratase de un brazo en su interior y sacó un libro forrado en cuero de su allí, para entregármelo en las manos. Sentí que estaba en presencia de algo más preciado que la mona lisa.
El texto era pesado, lo abrí delicadamente observando al viejo árbol que me miraba como expectante de algún error para quitármelo de las manos. Sus hojas estaban hechas de un material más semejante a una tela, y las letras se movían por su interior armando frases comprensibles para mí.
El siguiente escrito son notas de Ariael frente al consejo de portentos para definir el rango de beneficios del contrato entre un benefactor de dones y su beneficiado.
1. No se podrá superar o sobrepasar ninguna ley dictaminada por el ente regente superior.
Apenas comenzaba a leer y ya tenía más preguntas que respuestas— ¿Quién es Ariael?—Pregunté a Nieve quien observaba el libro con detenimiento. Petric tampoco respondió a pesar de hallarse por encima de mi hombro leyendo también, el árbol parecía ansioso de que le preguntase, pero no me sentí con ganas de hablarle— ¿Y quien es el ente regente superior?
—El niño que juega a las canicas— Respondió Petric, y al ver que no le comprendí, continuó— Dios, Jehová, el único posible, Alá, el todopoderoso… como le llames.
2. No se pueden alterar emociones, sentimientos, sensaciones, o pensamientos de ningún ser.
3. Ningún ente como benefactor de dones sujeto a este estipulado puede usar la manipulación energética para su beneficio propio, solo ser subvencionado.
4. Ningún ente benefactor podrá separarse de su beneficiario a más de diez metros de distancia en ningún instante, a menos que el vínculo de obligación sea roto previamente.
5. Se permite un número máximo de tres dones por ciclo de veinticuatro horas.
6. No podrá alterarse por un don ninguna circunstancia la cual origine vida.
7. No se puede obtener mayor conocimiento o habilidad que el ente regente superior.
8. Las cucarachas son inmunes a los efectos nocivos de los dones.
Me detuve y releí la última línea antes de pasar la página— ¿Es en serio? ¿También son inmunes a la magia? ¿La única formas de matarles es pisándolas?
—Dominarán el planeta— Petric parecía divertirse leyendo esa clase de cosas.
9. No se pueden leer los pensamientos de los delfines
10. No puede ser eliminada la energía primordial de ningún ente.
11. Ningún don debe alterar el curso global de la historia.
12. La gravedad es inalterable a efectos de dones.
13. No está permitido la extinción de la raza humana.
14. Ninguna raza previamente extinta puede ser regresada a la vida.
15. No se puede repetir ningún don bajo el mismo beneficiario.
16. Ningún beneficiario puede ordenar la ejecución o eliminación de un ser humano.
17. No puede ser otorgado el poder de volar por medio de dones.
18. El contrato de dones entre un beneficiario y un benefactor solo puede ser pautado cuando se ejecute un contrato de vida con Ariael.
19. No se puede traer a la vida ningún personaje ficticio.
20. No se puede eliminar a los reguetoneros, no son una raza ni subespecie humana o animal.
21. Stephenie Meyer no puede ser eliminada bajo concepto de ser perjuicio para la humanidad.
22. Samael no puede ser eliminado por dones.
23. No será posible suplantar a ningún regente superior.
24. Cualquier especie eliminada mediante dones será borrada de inmediato de cualquier recuerdo existente o registro, excepto del beneficiario del don.
25. No se puede eliminar a la especie de las ardillas.
26. No se puede eliminar a la especie de las arañas.
27. No se puede eliminar a la especie de las serpientes.
28. No es posible hacer mediante ninguna clase de don que la película Dragón Ball Evolutión sea buena.
29. La estupidez humana no puede ser desecha.
30. No se puede eliminar a los mamuts.
31. No se puede traer de vuelta a los mamuts a la vida.
32. No se puede eliminar a los bisontes como especie.
33. No se puede eliminar a los venados como especie.
34. No se puede eliminar a las ratas como especie.
35. No se puede eliminar a los gatos como especie.
36. Ningún don es capaz de otorgar vida eterna.
37. No se puede eliminar a los cangrejos como especie.
Y así la lista continuaba nombrando cientos de especies a las cuales era imposible eliminar. Me pregunté además como el libro podía hallarse tan actualizado, pero era gratificante. Por otra parte, la lista era bastante extensa y muchos de las leyes me eran incomprensibles.
—¿Me puedo llevar el libro para sacarle copias?— Pregunté, y la mirada del viejo árbol fue suficiente respuesta— ¿Y no tienes una edición de bolsillo? Ya sabes, algo de viajero, pequeña que me pueda llevar— De nuevo el árbol me miraba de mala gana y terminó por quitarme el libro de las manos. Por alguna razón Petric se hallaba en el suelo revolcándose de la risa.
—Eso es todo, humano, ahora lárgate con tu inmundicia— El tono que empleó en “humano” era indudablemente descalificativo e insultante, pero, no me importaba, me lo decía un viejo árbol que no podía moverse de donde estaba, incluso me pasee por la idea de bromear diciéndole para “salir a pasear un rato” quizás “darle una vuelta al bosque”… luego descarté mis boberías y contesté al tronco.
—Gracias .
—Ya lo leíste— Expuso Nieve.
—Lo sé, al menos casi todo, pero me quedan muchas preguntas.
—¿Cómo qué?
—¿Quién es Ariael? ¿Por qué no se puede eliminar a Stephenie Meyer y todo lo que ella implica? ¿Quién es Samael? ¿Por qué se refiere a todo con benefactor y beneficiario? ¿Y por qué nombra por separado a cada especie? ¿No podrían haber dicho simplemente, no elimines a ninguna especie? ¡Y no leí que protejan a los bontos!
—¿Bontos?— Preguntó Petric.
—Si, esos animalitos peludos y amarillos con forma de pelota… tu sabes…— Contesté, pero el no se mostró muy interesado en ellos— Siempre quise uno de mascota cuando pequeño.
—No puedo contestar— Replicó Nieve caminando, alejándose del árbol, ayudé a Petric a levantarse mientras se limpiaba los ojos llenos de lágrimas de tanto reír.
—Yo creo que nuestra amiga aquí presente no sabe muchas de las respuestas.
—¡Exacto!
—Y otras no desea decirlas…— Terminó de expresarse el chico.
—¿Sabes que en verdad no te tolero? ¿Y qué haces siguiéndonos?
—No los sigo, yo también estoy por irme, pero antes— Sacó una pequeña tarjeta negra opaca del bolsillo de su jean— Toma, por si me necesitas, solo en caso de emergencia— Me la tendió amablemente— Eso o que te encuentres con Azrael, aunque dudo que llegues a…
—¿Con Azrael? ¿Mi profesor de historia?
—¿Tu profesor de historia?
—Si, fue él quien me dijo que viniera aquí, e incluso estoy seguro de que te mencionó.
—¡¿Conoces a Azrael?!— Pretic se mostró conmocionado.
—Si…
—¿Dónde vives?
—En la calle San Vicente, cerca de la zona educativa..
—¡Ciudad! ¡País!
—¡Ibagué, Colombia!— Respondí en un tono tan alterado como el suyo, por primera vez en todo el rato lo observé sorprendido ante algo, cuestión increíbles pues había dejado un libro flotando en el aire, se había protegido con sombras y permanecido impasible ante el espeluznante árbol.
—Soy de Venezuela, cualquier emergencia llámame, si encuentro a Azrael estaré en deuda contigo— Soltó, y quise decir algo, pero un circulo de luz se dibujo en el suelo, y el saltó a este para ser tragado y desaparecer de nuestra vista cuando yo estaba por peguntarle— ¿En verdad eres humano?
—Nosotros a casa— Nieve giró sobre sus pies, y antes de que yo pudiera mediar o reaccionar, me hallaba de nuevo en mi pequeña habitación, como si nunca me hubiese ido, a excepción de que comenzaba a oscurecer y de pronto sentía un hambre atroz.
Miré a mi compañera, Nieve lucia encantadora en su forma alta, con su cabello rojizo y su tez blanca. No obstante sus modales continuaban dejando mucho que desear. Se lanzó en la cama cruzando las piernas— Deberías desear un cuarto más grande, esta cosa es diminuta.
—Podrías hacerlo tú, no estás sujeta a reglas, ni a tres deseos diarios.
—¿Y yo que gano con aumentar tu habitación? Y tengo hambre.
—Yo también— Se me cruzó una idea por la cabeza, el mundo no había cambiado, solo un poco mi visión de las cosas—Sabes, te invitaré a cenar a un buen lugar, pero con la condición de que permanezcas en tu forma humana, ¿trato?
—Si hay un chocolate al final es un trato.
Ya habría tiempo para comprender las reglas bien, también para arreglar mi vida desordenada, quizás mejorarla o vivir aventuras, pero por esa noche no deseaba más magia, solo era Richard, el chico que tenía hambre. Guardé la tarjeta de Petric en un bolsillo y tomé mi chaqueta.
—Pues tendremos postre de chocolate supongo— Y abrí la puerta de la habitación.
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