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EL CLUB DEL ODIO

2. UNE LATTE S'IL VOUS PLAIT

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El grupo se reunió toda la semana durante una hora diaria, tal como indicó Elizabeth debían hacerlo. El miércoles Andrés no asistió a la institución, mientras que Rocío repartió folletos sobre la vida salvaje y la lucha por los pandas. El jueves pegó carteles y recibió un regaño por parte del consejo de profesores por tapar las noticias relevantes de la institución en la cartelera informativa. El viernes, se hallaron todos en el aula, pero el ambiente continuaba sin cuajar entre los presentes, y el grupo continuaba sin nombre alguno.

Continuaban asistiendo de manera obligatoria, cada uno ocupaba el tiempo en cualquier cosa que tuviese su atención sin avanzar en la tarea encomendada. Tampoco tenían supervisión alguna, así que Daniela podía escuchar su música y dormitar. Andres realizaba ejercicios de pecho, Fernanda leía un poco, y Verónica a veces garabateaba algún dibujo o perseguía a Rocio por el lugar. 

—A este paso nos echarán sin duda— Eduardo llegó al salón 15-A el día lunes sin ánimos de pasar una hora encerrado, eran apenas las diez de la mañana, pero el hambre ya comenzaba a causar estragos en su cuerpo. La clase de trigonometría fue algo irrisoria y frustrante. Un compañero de clase no permitió que nada avanzara haciendo preguntas a cada segundo. Abrió la puerta del club y se quedó de pie impactado ante lo que observó.

—¿Pero qué rayos es esto?

—Yo me estoy preguntando lo mismo— Fernanda se hallaba parada justo al lado de la puerta, observando con tanta incredulidad como él.

—¿Por qué se detienen en la entrada?— Daniela se acercaba por la espalda sin ver aun el salón. En el interior se hallaban Verónica y Rocío pegando un afiche enorme de una pintura francesa. Una mujer con un pecho al aire guiando la revolución francesa a la guerra.

—Eso es “La libertad guiando al pueblo” de Delacroix— Apuntó Fernanda llevándose una mano a la boca.

—Ya lo sé, el hecho es ¿por qué hay un afiche enorme de la pintura en el salón? ¡Y el techo está pintado con los colores de la bandera de Francia! ¿Decidimos acaso algo para el tema de la presentación y yo no me enteré?

—No se ha decidido nada— El tono de Fernanda fue preciso mientras arrugaba los labios molesta. 

—¡Chicos!— Verónica saludaba meneando la cabeza mientras sostenía el enorme afiche que Rocío pegaba.

—¡Garçons, filles! ¡passe, passe!— Habló la presidenta del grupo, dejando a Verónica sola con el tapiz.

—¿Ah?

—Nos invitó a pasar— Expresó Daniela tomando la delantera.

—¿Y tú sabes Francés?— Inquirió Fernanda.

—Un poco— Admitió, de una manera humilde, acto que Eduardo notó de inmediato, pues era el primer gesto realmente hermoso de la chica más famosa de la institución.

—¿Haz viajado a Francia?— Le preguntó.

—¡Jamás, jamás! Aunque si me gustaría algún día poder conocerla— Y allí estaba de nuevo, el mismo gesto humilde. Eduardo grabó esa expresión en su mente, detrás Andrés entraba observando todo el lugar sin saber que decir.

—Entonces… tendremos que bailar al ritmo del tema que Rocío nos imponga en la semana… ¿cierto?— Le preguntó Fernanda a Eduardo mientras entraba al salón y revisaba el estante de libros, actualizado a versiones en francés. 

—Supongo, quizás, después de todo es la presidenta del club… No diré que me gusta esto de “viva Francia” pero tampoco creo que tengamos el derecho a quejarnos, después de todo ninguno de nosotros dio alguna idea para decorar o cambiar el estilo del salón, que por cierto ¿podemos cambiar el salón?

—Elizabeth dio su aprobación— Verónica respondía, Rocío también hablaba pero en un francés que Eduardo no comprendía— Tengo entendido Rocío le llamó el fin de semana con la interrogante de poder redecorar el salón, ella lo aprobó, así que me llamó a mí el sábado, por eso fui a su casa esa misma noche.

—Tu visitando a Rocío en la noche… dudo que tus pensamientos fuesen el decorado— Las miradas de Eduardo y Verónica se cruzaron centelleantes.

La segunda continuó hablando —Me pidió le ayudara con este poster, así que llamamos a una agencia de publicaciones y nos dieron una buena oferta por esto.

No veo la manera en la cual eso pudiese ser económico, quizás Verónica vendió a Rocío— Pensó Eduardo.

—Colocaron su logo en cada poster, y podremos pegar varios de ellos por todo el lugar— Señaló el logotipo de la compañía en la esquina inferior derecha.

Y lo lograron sin vender sus órganos, almas u algo más en el intento…— Pensó nuevamente Eduardo con una sonrisa sombría.

—¿Por qué todo está tan… ya saben Francés? — Inquirió Andrés.

—Idea de Rocío— Respondieron todos.

—¿Piensan arreglar el lugar? — Volvió a preguntar, a lo cual todos se miraron las caras, mientras tanto Rocío terminaba de acomodar el poster y tomaba su tableta, sumida en sus pensamientos.

—Bueno, no sería una mala idea, después de todo tendremos que pasarnos una hora aquí diariamente— Respondió Eduardo— O hasta ser expulsados.

—Podríamos… personalizarlo, hacerlo cómodo para cada uno de nosotros.

—Yo podría traer un par de muebles, digo, hay un vecino que los tiró y yo los tomé, pero la residencia de estudiantes… ya saben— Explicó el grandulón del grupo— Además la habitación es pequeña y no caben todos.

—Si, las habitaciones son mínimas, lo sé bien— Agregó Eduardo.

—¿Tu vives en los dormitorios del frente cierto?

—Si, al igual que Verónica, Rocío se encuentra en los de la esquina.

—Oh, comprendo— Respondió Andrés mientras Eduardo continuaba observando la habitación.

—Yo quizás podría traer mis videojuegos, y algo de música— Comentó Daniela.

—¿Tu con videojuegos?, segunda sorpresa que nos das el día de hoy— Expresó Eduardo sentándose sobre el escritorio.

—¿Qué? No, es raro que las chicas juguemos videojuegos, es solo que… no podemos andarlo diciendo a todo el mundo, te apartan por eso, o solo te buscan otros gamers, y si lo niegas… terminas, más apartada que antes.

—Si tienes alguno de pelea me uno al juego— Cortó Andrés.

—Yo traeré algo de lectura, quizás pida un librero a la institución.

—¡No suena mal!

—¿Videojuegos? ¿No tienes algún juego de citas?— Verónica se acercó a Daniela— De esos donde conoces a chicos hermosos y vas armando un harem con ellos, los conquistas poco a poco— Comenzó a hacer gestos con los brazos— Los tomas entre tus redes, los atrapas y al final… je je je je— Una risa frenética le abordó y su rostro se puso rojo.

—Bueno, quizás tenga alguno…

—Creo que tú necesitas son heroges llenos de hentai— Comentó Eduardo.

—¡¿En serio?! ¡Traelo! — Verónica hizo caso omiso al comentario. 

—No creo que eso sea…— Daniela buscó apoyo en el resto del grupo con la mirada ante la petición comprometedora.

—¡Yes!— Gritó de alegría Verónica.

—¡OUI! ¡OUI!— Respondió en el mismo tono Rocío, segundo antes de correr hasta su bolso y sacar una boina negra y colocársela de medio lado junto a unos pequeños lentes oscuros cuadrados muy finos,  acomodándolos por debajo de sus ojos— Appelez-moi Simone Beauvoir.

—¿Simone qué?— Preguntó Eduardo

—Que la llamemos Simone…— Intentó explicar.

—Simone Beauvoir, es la escritora que leí toda la semana pasada— Comentó Fernanda.

—¡Si! Rocío me habló mucho de ella cuando fui a su pieza, de hecho tenía muchos libros regados en su habitación, entre ellos habían de esa escritora— Agregó Verónica.

—Yo sigo pensando en que Rocío necesita un examen a ver si no recibió alguna clase de abuso físico durante esa noche— Soltó Eduardo, a lo cual Verónica lo miró de mala gana— De todas formas me sorprende que eligiese a la esposa de Sartre.

—Yo no tengo la menor idea de quien hablan chicos— Aclaró Andrés.

—Una escritora, y la verdad, no pienso que sea casualidad que ella escogiese a Simone… quizás— Fernanda observó a Eduardo y Verónica, y ambos asintieron con la cabeza, después de todo aquella información les serviría de mucho en un futuro.

Si Rocio era susceptible a los libros o elementos que se hallaban a su alrededor, como algún libro que Fernanda se hallara leyendo, podrían redirigir su atención a puntos específicos.  


La hora de clases transcurrió más aprisa de lo esperado, el mediodía dio con ellos y Eduardo salió del salón rumbo al comedor escolar, aun con la extraña sensación de haber estado conversando con aquel grupo —A pesar de solo hablar sobre la extraña idea del tema francés, o el cómo arreglar el salón para el club— La idea de mantener una conversación y sentirse a gusto dialogando con tan disparatado grupo chocaba en su mente; pasó la mano por su cabeza alborotando su ya desordenado cabello.

Probablemente era algo confuso en ese momento. Al menos no esperaba conversar con ellos frente a frente, quizás algún mensaje de texto, una llamada de teléfono rara vez. Pero en definitiva no en persona, sin duda la sensación era rara y el club sin la menor incertidumbre muy raro— Club raro…— La idea sobrevoló su mente. 

Pero ahora aquello perdía relevancia, se dirigía a comer, recorriendo los pasillos con la calma que siempre le caracterizaba y sus manos siempre dentro de los bolsillos del suéter beige que acostumbraba a usar— Para la mayoría de los chicos solitarios la hora de comer es una pesadilla, y esto es entendible, después de todo es un momento en el cual tu soledad se ve reflejada. Los grupos suelen sentarse juntos para conversar mientras comen, mientras tanto los solitarios… los inteligentes, los frikis, los tímidos, estos se ven rechazados y terminan separados, sentándose aparte del resto— Eduardo sonrió para sus adentros, pues él era distinto.  Él era alguien que disfrutaba su tranquilidad y soledad, nunca había visto con envidia a los grupos cuchicheantes de compañeros.

Su costumbre inclusive era algo peculiar y desafiante, pues acostumbraba buscar algún grupo al cual fastidiar y sentarse en el medio de ellos, sin comentar nada al respecto, inclusive en algunas ocasiones comía mientras leía alguna novela mientras los demás le observaban extrañados por la interrupción. 

Tomó la bandeja de comida y avanzó por la fila, la comida fue servida por un par de mujeres gordas, con protectores en el cabello— Eso sin duda ha de ser el cliché más grande de la historia, una gorda en la cocina…— Observó su comida, un pedazo de pollo, arroz y algo marrón viscoso caliente que fue servido de manera indiscriminada en el plato, salpicando todo lo demás.

—¿Y qué rayos es esta cosa viscosa que parece cobrará vida en mi plato? — Era raro, 

Como un puré de granos marrones y tierra o piel de muerto molida— ¿Están seguros de que esto es siquiera comestible? 

—Tu comida— recibió como respuesta en un tono meloso nada amigable, la mujer lo observaba sin expresión.

—Entiendo que los humanos comemos seres vivos, pero prefiero las carnes, esto es…

—Se llaman lentejas, son frijoles,  niño.

—No sé si debo poner una queja en protección animal o en la fiscalía por intentar matarme con esto— Comenzó a retirarse al notar que la mujer dejaba de prestar atención— En serio, por esto podrían demandarlos— Se retiró, comenzando a buscar con la vista que grupo podría molestar el día de hoy. Fue entonces cuando escuchó la peculiar e inconfundible voz.

—Unne latte s´il vous plait— Rocío se hallaba parada frente a la mujer con protector repitiendo la frase —¡Unne latte s´il vous plait!— Las risas estruendosas resonaron de inmediato, todo el comedor, se hallaba observándola, con su boina negra y sus lentes hablando en francés mientras detenía la fila.

—¡Miren a la loca!

—¿Qué rayos dijo la loca?

Las voces se mezclaban con las risas, y Eduardo observaba sin decir nada, pero lo que sucedió movió su cuerpo. Claudia, una chica alta de quinto año pasó entre el resto de la cola hasta el frente de Rocío, con su mano le quitó la boina negra para luego empujarla por el hombro. La chica trastabilló y cayó al suelo, la bandeja y su contenido se desparramó sobre su falda. 

—Las locas deben dar un permiso a los demás— Agregó Claudia en tono altanero ante la risa de todo el comedor, Rocío se quedó sentada en el suelo, con la cabeza gacha, un sollozo se comenzó a escuchar cuando sintió la mano de Eduardo en su hombro.

—¿Vas a defender a tu novia Eduardo?— Se escuchó una voz al fondo, pero este no prestó atención a aquello.

—Una pregunta Claudia— Su tono de voz fue alto y desafiante— ¿Eso lo hiciste para ganar popularidad o solo para certificarnos que eres una descerebrada imbécil? — Su corazón palpitaba fuerte, era odio, rabia, ira; todo se mezcló en su interior. La tención reinó, la chica alzó el brazo para darle una cachetada pero su novio apareció detrás. Eduardo desconocía el nombre de aquel chico, pero indudablemente se hallaba un par de cursos por encima de él, alto, fornido y de rostro cuadrado.

—¿Qué fue lo que le dijiste a mi novia mierda? ¿Acaso escuché la palabra imbécil? — se acercó colocando su puño en la mano derecha.

—Ella solo lo certificó, y ¿de verdad es tu novia? Digo, con esa faldita y exceso de maquillaje, deberían llamarla Luna, por el hecho de haber sido explorada tantas veces— Eduardo lo sabía, el puño iba dirigido a su rostro, aquello sería el impacto directo, quizás el tabique nasal fracturado, pero estaba preparado.

—Yo que tú me retiraría— Andrés se colocó al lado de Eduardo, su mano había detenido la del grandulón.

—¡Voy a escupirle a esa desgraciada loca…!— Claudia se hallaba iracunda, pero se vio detenida por Fernanda, quien con su rostro calmado se detuvo al frente de esta.

—Mueve un dedo Claudia, mueve tan solo un dedo y dame la excusa perfecta para hacer que nunca más vuelvas a poner un pie en este lugar.

—Las perras no son sexys, son solo perras— Verónica se colocaba al lado de Fernanda mientras Daniela ayudaba a Rocío a levantarse.

El silencio reinaba, inclusive las mujeres gordas con protectores se hallaban en las ventanillas observando atentamente. La tensión se rompería de un modo u otro y el resultado amenazaba con ser fatal.

—¿Y qué mierda es esto? ¿Un club de los odiados y rechazados acaso?

—El club del odio para ti— Especificó Fernanda en tono seco.

—Un solo golpe necesito, uno solo, ya quiero ver tu rostro estrellado contra la punta del mesón— Expresó Andrés en amenaza a su contendor, quien observó la punta del mesón de granito como preguntándose la cantidad de sangre que derramaría ante tal golpe.

—Mejor nos vamos chicos, tenemos un latte que comprar— Apuntó Eduardo observando a Rocío levantarse sorprendida sostenida por Daniela, con lo cual el grupo se retiró del comedor, mientras el resto los observó en silencio.

La puerta del comedor se cerró detrás de ellos, una extraña sensación les inundó, Rocío los miraba a todos una y otras vez, hasta que finalmente rompió el silencio— Merci… De verdad gracias chicos.

—No son necesarias, eres la presidenta del club —Respondió Fernanda quien caminaba delante del resto.

—Pero Andrés y Eduardo y ustedes…

—Somos un grupo Rocío— Respondió Andrés.

—Una escritora como Simone necesita sus guardaespaldas con ella— Agregó Eduardo, pensando en lo genial que se veía la sonrisa de aquella chica atolondrada. La huella de un par de lágrimas aun permanecía en su rostro, pero ya se hallaban secas como cosa del pasado.

—¿Tan explorada como la luna? ¿De dónde sacaste eso?— Preguntó Fernanda a Eduardo— Admito que me gustó.

—Solo fue una expresión del momento, no sé.

—Dio mucha risa, la verdad.

—¿Y dónde compraremos un latte? Aquí no lo venden— Inquirió Verónica.

—Es obvio que Eduardo se refería a salir de la escuela ¿cierto? — Daniela tenía los audífonos en su cuello, por primera vez prestaba completa atención a la conversación del resto.

—Supongo, claro está, que nos los obligaré a fugarse conmigo.

—Olvídalo Eduardo, nos metimos en esto juntos— Refunfuñó Fernanda.

—La chica perfecta ¿Está diciendo que se escapará con un grupo de inadaptados? 

—Estoy diciendo que me provoca un latte en compañía de mi club. 

—¿Y? ¿Cómo salimos?— Sonrió Rocío.

—Supongo Andrés tendrá alguna forma para burlar a la guardia del frente— Expuso Eduardo.

—¿Yo? ¿Y por qué yo? La verdad no tengo ni idea de cómo salir.

—Por el ala este hay una salida— Expresó Fernanda ante la mirada incrédula del resto— ¿Qué? ¿Una chica no puede saber cómo escaparse? Además, muchos chicos toman esa ruta— Se excusó.

—Conozco un lugar bastante divertido, es un café donde juegan videojuegos, y no queda tan lejos— Agregó Daniela caminando de espaldas mirando a todos con una amplia sonrisa en el rostro.

—Me parece bien, esta será la primera salida y escapada del club del odio.

—¡Me gusta ese nombre!— Expresó Rocío— Suena hasta malvado… El club del odio…— Expresó lo último en un tono lúgubre a lo cual todos rieron. Caminaron hasta la zona este, pasaron a hurtadillas por detrás de las aulas hasta llegar a un estrecho baldío donde una pared se erguía separándoles del resto de la ciudad; un par de cajas se observaban al fondo junto a un par de pupitres, y todos comprendieron aquello sería su salida del lugar.

—Gracias por lo de antes, por detener el golpe— Apuntó Eduardo a su compañero.

—Tu defendiste a Rocío, yo la verdad creo que llegué tarde— Hubo un silencio incomodo— Y no creo pudiese hacer nada más, la verdad estaba muy nervioso.

—¿Por qué?

—Porque no se pelear— Admitió Andrés.

—¡¿QUÉ?! ¿QUÉ NO SABES PELAR?!— Gritaron sorprendidos Eduardo y Verónica que venía escuchando.

—¡Si nos atrapan por sus gritos los mato!— Fernanda sacaba su carácter a relucir. Saltar la pared resultaba sencillo, Daniela fue la primera, seguida de Verónica, quien aprovechó para pegar el rostro contra el trasero de su compañera.

—Disculpa, ¡chicos no empujen!

—Nadie te está empujando Vero— La aludida sacaba a relucir su expresión pervertida.

—¿En serio no sabes pelear?— Ya se hallaban del otro lado, caminando por la calle, y Eduardo interrogaba a su compañero, mientras Daniela, Verónica y Rocío conversaban a su lado.

—Nunca he peleado, al menos no en realidad, en un par de ocasiones me he metido a defender a alguien, pero siempre he terminado siendo golpeado.

—¡Pero se supone tú eres el busca pleitos del instituto! ¡Hay historias sobre ti! — Eduardo no podía creerlo— Escuché que unos terminaron con costillas rotas.

—Inventadas. Y cuando llegué tuve una pelea, pero uno de los chicos se cayó y golpeó contra una esquina y se rompió las costillas. Tuve que ayudar a llevarlo a un hospital, pensé que me expulsarían.

—¿Y el físico?

—Tenía problemas en mi casa, mi padre no era… podríamos resumirlo diciendo que era alguien violento… en fin… el hecho es que había pesas en mi casa, y hacer ejercicio me relajaba.

—¿Por eso es que vives en los dormitorios de estudiantes? — Preguntó Eduardo, a lo cual Andrés se limitó a asentir con la cabeza— ¿Así conseguiste tu beca? — Esta vez el chico fue algo suspicaz pues sabía muy bien la realidad detrás de la pregunta. 

—Todos tenemos nuestra historia— Repuso Fernanda.

—Si— Asintió Andrés— La beca fue una sorpresa para mí. 

—¿Y el semblante de mafioso?

—Solo soy así.

—¿Y las historias sobre la mafia y los días que has llegado cortado?

—Gatos, caídas, e historias, no sé, me gusta estar solo en ciertas ocasiones, y nunca he sido el mejor así que suelo llegar tarde o faltar a clases, por allí comenzó todo.

—Interesante, las apariencias engañan, aunque resulta un poco inconveniente que no sepas pelear.

—¿Por qué? — Preguntó Andrés.

—Es obvio, ni Claudia, ni su novio se quedarán con tal burla, buscarán vengarse, y lo más seguro es que sea necesario pelear— Apuntó Fernanda sin voltear, a lo cual Eduardo tan solo asintió y Andrés tragó saliva.

—Descuida, ya se me ocurrirá algo hasta entonces—  Repuso Eduardo.

El lugar que Daniela mencionó se llamaba Cafeland, un lugar amplio con grandes pantallas en las cuales varias personas disfrutaban con los videojuegos, en el mostrador una mujer entrada en sus treinta leía una revista mientras masticaba chicle y les observaba por encima de los lentes oscuros sin decir una palabra. Al fondo se hallaba un grupo de mesas y asientos circulares en los cuales todos colocaron sus pertenencias antes de pedir algo. Un chico algo distraído, con el delantal colocado al contrario y el cabello desordenado se acercaba a tomar la orden; quedando impactado al escuchar al unísono.

—Une latte s´il vous plait.

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