9. Capitulo VIII
El regreso de Kenzō Yami al clan Kōketsu no Tachi no fue un retorno, sino la llegada de una tormenta silenciosa que devoró la poca luz que aún habitaba en el Palacio del Loto Blanco. Su presencia se cernió sobre Haruto, no como una sombra, sino como un peso tangible que aplastaba el aire, asfixiando la ya precaria existencia del joven.
"A partir de hoy," la voz de Kenzō, un filo helado que cortaba la esperanza y la resistencia, "durante los próximos dos meses, tu entrenamiento con los demás profesores queda cancelado. Verás solo mi entrenamiento. Antes del amanecer y después del anochecer, estaremos aquí."
Haruto no opuso resistencia. Sus ojos, ya abismos de desolación, no se encontraron con los de su padre. Su rostro, una máscara de impasibilidad forjada por el dolor, era la única barrera entre su tormento interno y el mundo. La obediencia, una rendición muda, era la única moneda que le quedaba. Cada fibra de su ser gritaba, pero ningún sonido escapaba.
Lejos de la jaula helada de Haruto, la furia de Isao Yami hervía, un caldero de resentimiento y celos que burbujeaba sin cesar. Los rumores de la inaudita decisión de Kenzō de lanzar a un niño, a ese niño de apenas doce inviernos, a la boca de una guerra a gran escala contra los demonios, se esparcían como un reguero de pólvora por todo el Fushisha no Okoku, el Reino de los Inmortales. Isao, con sus catorce años y su título recién adquirido de cultivador novato, se sentía relegado a misiones triviales, humillantes y de poca monta. Mientras él se esforzaba por probarse digno, el brillo impío de Haruto, el Elegido, acaparaba toda la atención, incluso en la locura de una decisión tan arriesgada. El odio y los celos en el pecho de Isao crecían, una hidra de cabezas venenosas que amenazaba con devorarlo por completo.
Pero todo eso, para Haruto, era un eco distante, un mero zumbido en el oído de su tormento. La verdad de su infierno lo esperaba cada día y cada noche. Kenzō Yami no lo llevó a los campos de entrenamiento bañados por el sol, ni a los serenos jardines de meditación.
Era una herida abierta en la tierra, una cueva subterránea de pasadizos retorcidos, tallados en una roca primigenia, tan antigua que se decía que sus paredes habían sido congeladas por la voluntad inquebrantable de los mismos dioses al inicio de los tiempos. El aire allí no era frío; era la ausencia de calor, la negación absoluta de la vida. La escarcha, eterna y espesa, se adhería a cada superficie, robando el aliento, quemando la piel con una intensidad dolorosa que se sentía hasta los huesos, como mil agujas heladas perforando su carne. Cada respiración era una aguja de hielo en sus pulmones, cada exhalación una nube de vapor que se disolvía al instante. El silencio era opresivo, roto solo por el goteo ocasional de agua congelada.
Allí, en esa tumba helada donde la luz del sol nunca llegaba, Kenzō obligaba a Haruto a realizar lo imposible: congelar aquello que ya era el epítome de lo congelado.
"¡Congélalo, inútil!" La voz de Kenzō, despojada de toda emoción, resonaba en la caverna como el gemido de un demonio ancestral. Era un eco de su propia obsesión, una voz sin alma. "¡Congela las paredes! ¡Congela la esencia misma de este lugar! ¡Si los dioses lo congelaron, tú, el Elegido, debes superarlo! ¡Tu poder no es suficiente, te lo arrancaré si es necesario!"
Haruto lo intentaba. Sus pequeños pulmones ardían, cada inhalación una agonía. El maná helado, la esencia misma de su ser, se arremolinaba en sus manos temblorosas, sus dedos ya entumecidos por el frío, fluyendo hacia las paredes. Era como ver el fuego intentar encender un bloque de hielo eterno. La energía se disipaba contra la frialdad primigenia de la roca, incapaz de dejar la más mínima marca, de arrancar un solo copo de escarcha. La desesperación se clavaba en el pecho de Haruto con cada intento fallido, un clavo ardiente que lo oprimía. El agotamiento era una marea gélida que subía por su cuerpo, una lenta invasión de parálisis que le prometía el cese del dolor si tan solo se rindiera.
Kenzō observaba, sus ojos vacíos de compasión, fijos en su objetivo. La transpiración en la frente de Haruto, las lágrimas silenciosas que se congelaban en cristales sobre sus mejillas amoratadas, el temblor incontrolable que recorría sus extremidades, la desesperación que crecía en los ojos azules de su hijo, eran invisibles para él. Solo veía el poder latente, el potencial sin explotar, y la frustración de que no se manifestara a su voluntad.
"¡Incompetente! ¡Eres un fracaso! ¡Una decepción como tu hermano mayor!" Cada palabra de Kenzō era un latigazo que se sumaba a la tortura, una verdad cruel que resonaba con los peores miedos de Haruto. Luego venían los golpes. Puñetazos secos en el estómago que le robaban el aire, dejándolo jadeando en busca de una bocanada que nunca llegaba, patadas a las piernas que le doblaban las rodillas hasta hacerlo caer, sus huesos clamando bajo el impacto. El maná de Kenzō impactaba contra su cuerpo con una fuerza que lo sacudía hasta el alma. No eran golpes para instruir; eran golpes para quebrar, para domar, para extraer la última gota de voluntad. Cada impacto era una estrella de dolor que explotaba bajo su piel, abriendo nuevas contusiones sobre las viejas, cada marca un testimonio de la brutalidad, una mancha púrpura y negra sobre su piel ya blanquecina por el frío. El cuerpo de Haruto se convirtió en un mapa de cardenales y cortes, cada marca un testimonio del fracaso, un recordatorio constante de su impotencia.
En cada instante de agonía, cuando el frío amenazaba con devorar su conciencia y el dolor prometía la oscuridad, Haruto se aferraba a la única tabla de salvación: el rostro de Shun. No el Shun espectral de la ilusión, sino el Shun de su memoria, riendo en su aldea, su mano cálida entrelazada con la suya mientras huían de las llamas. '¡Salvaré a todos de la oscuridad, Ren! ¡Nunca nadie volverá a morir por los demonios!' La promesa de Shun resonaba en su mente, no como un eco, sino como una voz viva que le quemaba el alma, obligándolo a respirar, a resistir un segundo más. Este infierno no importaba. Este dolor no era nada. No podía flaquear. No podía permitirse morir hasta que la sangre de cada demonio lavara la tierra en nombre de Shun.
Día tras día, la misma agonía se repetía. Horas que se extendían en eternidades, transcurrían en esa oscuridad helada y opresiva, hasta que Haruto, desmayado por el agotamiento físico y mental, se desplomaba sobre el suelo gélido y resbaladizo, su cuerpo una marioneta sin hilos, el último aliento apenas un suspiro.
La crueldad del entrenamiento de Kenzō no residía solo en el castigo, sino en la "sanación" inmediata. Sus heridas eran reparadas con un toque helado, una bendición cruel que solo significaba que el tormento no tenía fin. No tenía permitido irse hasta que Kenzō lo decidiera, hasta que su maná estuviera completamente agotado, hasta que su cuerpo no pudiera más, hasta que su mente se nublara por el dolor. Entonces, era arrastrado de vuelta al Palacio del Loto Blanco para desplomarse en un sueño sin sueños, un limbo de dolor y agotamiento.
Kenzō, en su obsesión por el poder, estaba dispuesto a quemar a Haruto hasta los cimientos para reconstruirlo a su imagen y semejanza, sin importar el costo humano. La vida de Haruto se había reducido a esta rutina desoladora: despertar, sufrir, desmayarse y volver a empezar, mientras la promesa de salvar los reinos se cernía sobre él como una carga insoportable, alimentada por el tormento de su propio mentor.
Una vez que la conciencia regresó, fue como un lento y doloroso renacer. El frío de la caverna, que antes era una tortura, ahora se sentía como un alivio comparado con el fuego que le quemaba los músculos. Kenzō Yami se había marchado, dejándolo solo en aquella tumba helada. Haruto intentó ponerse de pie, sus piernas temblaban como ramas en la tormenta, amenazando con ceder. Tuvo que apoyarse en la pared irregular y escarchada, arrastrando un pie tras otro, cada movimiento una punzada eléctrica que recorría su cuerpo. Su tez, ya pálida por el frío eterno de la cueva, ahora era de un blanco casi fantasmal, un presagio de la muerte acechando. Cada respiración era superficial y dolorosa, pero no se detuvo.
Cuando finalmente emergió de la oscuridad de la cueva, la luz del atardecer le pareció una agresión. Se encontraba cerca del sendero que llevaba al Palacio del Loto Blanco. Allí, como hienas al acecho, Isao Yami y sus amigos lo esperaban. Haruto sintió su presencia, el eco de sus voces, y aunque cada fibra de su ser clamaba por colapsar, enderezó su espalda y forzó una expresión impasible en su rostro, su aura gélida, una pared invisible entre su dolor y el mundo. La procesión de la muerte se convirtió en una marcha de perfecta indiferencia, cada paso una agonía privada, oculta tras una máscara de hielo.
"Mira qué tenemos aquí," dijo Isao, su voz cargada de un veneno que no se molestaba en ocultar. "El gran Elegido, ¿no? ¡Qué pobre afortunado! No te creas la gran cosa solo por haber nacido con suerte, ¿sabes? Eso solo te hace un inútil que no ha ganado nada por sí mismo."
Un joven de rostro afilado, amigo de Isao, asintió con una sonrisa burlona. "Es cierto. Si no fuera por esa profecía, serías nada."
El otro cultivador robusto se unió, su voz llena de desdén. "Solo un bastardo de la suerte, que los dioses le regalaron un poder que no merece. ¡Nosotros nos matamos entrenando, y a él le cae del cielo! ¡Ridículo!"
Haruto no los miró. Su mente estaba fija en el palacio, en la promesa de un segundo de respiro, un segundo para sucumbir al dolor en la privacidad. Cada palabra, cada insulto, era un golpe que resonaba en su ya magullado espíritu, pero no cedería. Su perfecta simulación se mantuvo inquebrantable, incluso cuando sus músculos temblaban y el sudor frío perlaba su frente. Avanzó, ignorando sus palabras, su única meta era llegar a la cima de la colina antes de que su cuerpo lo traicionara por completo.
Pero la indiferencia era la chispa que encendía la furia de Isao. Ver a Haruto intentar ignorarlos, arrastrándose pero sin ceder, fue demasiado. Un arrebato de ira le retorció el rostro. "¡No me ignores, maldito gusano!" rugió. Con un movimiento rápido y feroz, lanzó una patada lateral con toda su fuerza, apuntando a la espalda de Haruto.
Haruto sintió la ráfaga de aire, el movimiento, su instinto gritó "¡Peligro!", pero no había fuerza en sus músculos para esquivar, ni la capacidad en sus huesos para soportar el impacto. La bota de Isao se estrelló contra su costado, un sonido sordo y brutal. El dolor fue una explosión que le robó el aliento y lo lanzó hacia adelante. Haruto se desplomó contra el suelo de tierra, el impacto haciendo que una pequeña cantidad de saliva escapara de sus labios. Su cuerpo, un amasijo de dolor, tembló incontrolablemente.
Isao miró el cuerpo caído, una sonrisa de triunfo distorsionando sus rasgos. Su pecho se infló con orgullo al ver la humillación de Haruto. "¡Ja, ja, ja! ¿Dónde está el poder de los dioses ahora, Elegido? ¡Tan patético! ¡Tan fácil de quebrar!"
El amigo de rostro afilado se acercó, susurrando con malicia mientras Haruto luchaba por respirar. "¡Inútil! Te lo dijimos. Solo eres una carga para el clan."
El otro cultivador robusto escupió cerca del cuerpo de Haruto. "Un bastardo afortunado que no vale nada. ¡Nuestra fuerza es verdadera, no un regalo de los dioses!"
Las risas y los insultos de sus amigos resonaron, alimentando el ego de Isao mientras se regodeaban en la caída de Haruto. Con un último vistazo de desprecio, se dieron la vuelta, sus voces llenas de desdén y triunfo, perdiéndose en la distancia.
Haruto permaneció en el suelo, el frío de la tierra filtrándose a través de su túnica rasgada. La idea de quedarse allí, dejarse vencer, era tentadora. El Palacio del Loto Blanco, con su colina empinada y su distancia, parecía un sueño inalcanzable. Pero entonces, la imagen de Shun apareció en su mente. No el Shun que lo odiaba, sino el Shun que creía en él, el que lo impulsaba a vivir. "A Shun no le gustaría esto."
Con un esfuerzo sobrehumano, una fuerza nacida de la pura voluntad, Haruto se arrastró, luego se puso de rodillas y, finalmente, logró ponerse de pie. Cada movimiento era una tortura, cada paso un clavo. Se dirigió hacia el Palacio del Loto Blanco, su figura apenas una sombra tambaleante contra el cielo anaranjado. Sentía que moriría antes de llegar, que su corazón cedería, que la oscuridad lo reclamaría. Pero siguió adelante, con el rostro endurecido, impasible, aunque por dentro solo había dolor. Detrás de él, en la hierba del clan, pequeñas gotas de sangre, oscuras contra el verde, se podían divisar, una huella silenciosa de su sufrimiento y su indomable voluntad.
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