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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

10. Capitulo IX

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A la salida del Reino de los Inmortales, al pie de los imponentes arcos de piedra que marcaban la entrada al Fushisha no Okoku, el alba teñía el cielo de tonos rosados y dorados. Los doce enviados de las sectas de cultivadores se reunían. Once de ellos se alzaban con una presencia imponente, acompañados por séquitos de discípulos y hermanos de clan. Sus auras de maná resonaban con la fuerza de años de entrenamiento. Los más jóvenes aparentaban tener entre dieciocho y veinte años, mientras otros superaban la treintena.

Haruto Yami, en marcado contraste, parecía fuera de lugar. Nadie lo acompañaba. Su figura solitaria, con la túnica ondeando suavemente, se mantenía ligeramente apartada. Los cultivadores murmuraban a sus espaldas, susurros sobre su juventud y la audacia del líder Kenzō Yami. Nadie lo miraba a los ojos; para ellos, Haruto era solo un rumor del clan Kōketsu no Tachi.

El murmullo se rompió cuando un cultivador de cabello rojo fuego y piel de porcelana se alzó. Sus ojos brillaban con reproche.

"¡Esto es ridículo! ¿Cómo el líder Kenzō Yami puede enviar a un niño?", proclamó el joven de cabello rojo con desdén, ignorando a Haruto por completo. "¿Acaso cree que el Reino Humano es un patio de juegos? ¡Esta es una guerra contra demonios!".

Una joven cultivadora, de aspecto sereno, intervino. "Este asunto es de su líder y maestro. A nosotros no nos conviene interferir con las decisiones internas de otros clanes." Su voz suave cortó la tensión.

El cultivador de cabello rojo frunció el ceño. "¡Un asunto interno que nos afecta a todos cuando se trata de la defensa de los reinos! Es una irresponsabilidad imperdonable...".

De repente, una figura se adelantó con calma y elegancia, acallando cualquier objeción. Era un joven con una presencia que superaba su edad. Sus ojos profundos se fijaron en el joven de cabello rojo.

"Es de cordialidad presentarse antes de hablar", dijo con una autoridad tranquila, deteniéndolo a medio argumento. Hizo una leve reverencia. "Soy Kuro Natsuki, conocido como el Devorador de Sombras del clan Yami no Shō. Hijo del líder del clan, Shōgo Kuro".

Un silencio se extendió. Todos conocían ese nombre. La presentación de Kuro, el joven más prometedor de su clan, restableció el orden. El joven de cabello rojo se adelantó, obedeciendo la costumbre. "Soy Haru, conocido como la Fuerza Desencadenada. Represento al clan Jūryoku no Kaze". Le siguió la joven serena. "Soy Ayame Shizuka, la Dama de las Ilusiones Eternas. Represento al Clan Ryūkō no Hana".

Las presentaciones continuaron, una procesión de poder y renombre. Haruto esperó pacientemente su turno. Justo cuando se disponía a hablar, una voz cortante lo interrumpió.

"No nos interesa saber el nombre de alguien que solo será una carga", dijo Renji, el Tejedor del Vacío del clan Meikyū no Yō. Su tono era gélido y despectivo. "Es seguro que morirás en batalla, y tu nombre sería solo un estorbo para la memoria de los verdaderos guerreros".

Varias cultivadoras, incluida Ayame, fruncieron el ceño con desaprobación. Pero Haruto no les dio importancia. Sus ojos azules, aunque reflejaban el sol naciente, permanecieron imperturbables. Las palabras no eran más que un zumbido distante. Con la misma máscara de impasibilidad, Haruto continuó su camino, alejándose del grupo hacia el sendero.

El aire en el invernadero de la montaña se volvió denso. Las cuatro cultivadoras se agruparon alrededor de Haruto, bombardeándolo con preguntas bajo la excusa de "conocerlo". Sus voces eran agudas y llenas de una malicia apenas disimulada.

"¿Qué se siente ser el niño bonito del líder Kenzo, Haruto?", preguntó una con una sonrisa burlona. Otra se unió, "Dicen que te enseña todo personalmente. ¿Será que te tiene miedo de soltar la mano?".

El chico, sin inmutarse, continuó su camino, ignorando sus palabras. Su silencio era una pared impenetrable.

El desdén de Haruto solo avivó el fuego del resentimiento de las cultivadoras. Sus sonrisas se borraron, sustituidas por un ceño fruncido. Viéndose completamente ignoradas, su conversación se transformó en un murmullo venenoso.

"¿Viste eso? Qué arrogancia", susurró una. "Seguro es un cobarde mimado por Kenzo Yami. Por eso el líder lo habrá enviado a morir contra los demonios, le tiene demasiada estima". Otra intervino, "Con esa actitud, seguro se derrumba en la primera batalla. No merece estar aquí". Sus palabras, cargadas de desprecio, flotaban en el aire, pero Haruto seguía inmutable. Para él, eran solo el eco vacío de almas pequeñas.

El joven de cabello rojo, molesto por el alboroto, se quejó a otros dos cultivadores. "Esto es ridículo. ¿Cómo pueden hacer tanto escándalo por un mocoso? Por su culpa, el viaje será eterno. No podemos usar nuestras espadas, ya que este inútil no puede volar por su estúpida corta edad".

Las chicas intentaron reclamarle su pésima actitud, pero Haruto las ignoró. En su lugar, intrigado, le preguntó a Haru: "¿Qué quieres decir con volar en espada?".

El joven de cabello rojo soltó una carcajada. "¡Eres un idiota! No me digas que no lo sabes". En ese instante, Kuro Natsuki intervino con su habitual calma.

"El arte de volar en espada es una habilidad fundamental", explicó Kuro. "Consiste en la concentración de maná y energía espiritual en nuestros pies, que luego se conecta con el espíritu de la espada, fusionando nuestra voluntad con la suya. La hoja se convierte en una extensión de nuestro ser".

Mientras Natsuki explicaba, Haru aprovechó para lucirse. "Es inútil explicarle a este idiota. Déjenme mostrarles cómo se hace". Con un movimiento grácil, lanzó su espada al aire. Esta flotó por un instante, y él, dando un salto con un giro espectacular, aterrizó con los pies firmemente apoyados sobre la hoja.

Haruto, sin embargo, no lo miraba a él. Sus ojos estaban fijos en los pies del otro cultivador, analizando cada pequeño movimiento. Luego, miró sus propios pies y tomó su espada, sus ojos, un abismo de concentración. Otro cultivador exclamó: "¡Es un idiota! Es imposible que él pueda hacer eso".

Una carcajada resonó, pero las chicas miraban a Haruto con emoción, expectantes de su inminente caída. Kuro lo observaba en silencio, su expresión indescifrable.

Haruto realizó los mismos movimientos que Haru, ascendiendo y aterrizando a la perfección en su espada al primer intento. El silencio fue total, solo el suave zumbido del maná podía escucharse. Haru, que había dedicado años a dominar ese movimiento, se quedó boquiabierto, su orgullo roto en mil pedazos.

"En ese caso", dijo Kuro con calma, "ya que has dominado el arte de volar en espada, podemos movernos más rápido. Todos a sus espadas".

El grupo ascendió al cielo. Haru, todavía en shock, le espetó a Haruto: "No nos retrases". Haruto no respondió. Voló a la cola del grupo, manteniendo su lugar, sus ojos fijos en el líder. Él era el más rápido de todos, pero sabía que ese no era su lugar. No necesitaba descansar a diferencia de los demás, que parecían agotados por la travesía. Ninguno se detuvo ni pidió descanso, al ver que Haruto continuaba sin detenerse. En menos de un día, habían llegado a la capital del Reino Humano.

Kuro sabía que no podían presentarse ante el Emperador Kinjin en ese estado. Decidió que lo mejor sería explorar la capital en busca de una posada para descansar y prepararse.

El grupo de cultivadores se adentró en Kōteishi, la capital de Ningen-kai no Kōtei. Las calles, anchas y empedradas, estaban repletas de aldeanos y comerciantes, pero al ver a los enviados, se abrían como un río ante una roca. La emoción, la admiración y la envidia se reflejaban en los rostros de la gente que los miraba pasar. Las auras de los jóvenes enviados eran magníficas e imponentes, un recordatorio viviente del poder de las sectas.

Sus túnicas de colores, sus insignias de clanes y las auras de maná que los rodeaban captaban la atención de todos. Algunos aldeanos incluso inclinaban la cabeza en señal de respeto, mientras otros se atrevían a susurrar sus nombres y hazañas. La mayoría de las miradas se posaban en los cultivadores más poderosos, especialmente en Kuro Natsuki, cuya presencia era tan sólida como el arco de la ciudad.

Algunos ojos curiosos, sin embargo, se fijaron en Haruto. Pero la fascinación duraba un instante. Al notar que era solo un niño pequeño en medio de gigantes, el interés se desvanecía en un gesto de desprecio o, en el mejor de los casos, en indiferencia. Él, como siempre, no parecía percatarse, absorto en sus propios pensamientos.

Pero, entre la multitud que observaba desde las sombras de un callejón, una figura no podía apartar la mirada de Haruto. Era una silueta envuelta en la oscuridad, sus ojos negros brillaban con una intensidad que nada tenía que ver con la admiración. Para esa sombra, Haruto no era un niño insignificante, sino algo más...

Kuro Natsuki guió al grupo por las bulliciosas calles de Kōteishi hasta una pequeña y tranquila calle lateral llamada Hana-dori, la Calle de las Flores. Al final de esta, se alzaba una posada de madera oscura, modesta pero con un aire de serena elegancia. Sobre la puerta, un cartel de madera tallada mostraba la imagen de una flor de loto. "Bienvenidos a la Hasu-no-yado, la Posada del Loto", anunció Kuro con su habitual calma.

Dentro de la posada, Kuro se dirigió al posadero. "Necesitamos habitaciones para los doce enviados".

El posadero, que reconocía la importancia del grupo, les preparó siete habitaciones de inmediato: cinco dobles y dos individuales. La primera habitación individual fue asignada, sin dudar, a Kuro, el líder del grupo. La segunda, en un silencio tenso, se le entregó a Haruto. Ninguno de los demás cultivadores se ofreció a compartir cuarto con un niño, y el desprecio en sus miradas era una declaración tácita.

Haruto aceptó la llave sin mostrar emoción alguna. Sin embargo, su mirada no era de total indiferencia. Por un segundo, sus ojos se dirigieron a la entrada de la posada, encontrándose con los ojos negros como la noche de la sombra que los había estado siguiendo. La figura, al verse descubierta, se desvaneció de inmediato entre la multitud de las calles, sin que nadie más pareciera notarlo. Haruto no mostró más interés y se dirigió hacia su habitación.

El resto del grupo se dividió en parejas para ocupar las habitaciones restantes, dejando a Haruto y a Kuro solos en sus habitaciones individuales. En poco tiempo, el ajetreo de las calles se calmaron y la noche cubrió la ciudad con su manto oscuro. Haruto se encerró en su habitación, un pequeño espacio donde, por primera vez desde que se había unido al grupo, se sentía realmente tranquilo.

Haruto sentado sobre la estera de bambú, sabia que la efímera tranquilidad que disfrutaba no podía durar. El recuerdo de aquellos ojos negros como la noche, una la figura que se desvaneció, era un eco persistente en su mente. Esta era la primera vez desde la pérdida de Shun que algo había captado su atención y curiosidad de manera tan profunda.

Con un movimiento silencioso, Haruto se puso de pie, cruzó la habitación y abrió la ventana sin hacer ruido. El aire fresco de la noche le rozó el rostro. Con una agilidad que desmentía su edad, saltó al exterior, aterrizando en la calle empedrada con la ligereza de una pluma.

Comenzó a deambular por las calles de la capital, que ahora estaban casi desiertas. A simple vista, parecía un niño perdido sin rumbo, vagando bajo el resplandor de la luna. Sin embargo, en su interior, un propósito ardía. No estaba simplemente paseando. Estaba buscando ese algo que era la fuente de esa sombra, la razón detrás de esa mirada. Era una intuición, un eco que resonaba con la pérdida que aún llevaba en su corazón, una curiosidad que, a diferencia de la indiferencia que mostraba a los demás, lo consumía por completo.

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