6. Rastros de Sangre
El motor de la camioneta a diésel rugía como un animal viejo al que había que patear para que avanzara. Lucas iba en el asiento del copiloto, con el cuerpo entumecido por el frío de la madrugada y el olor a resina impregnado en la ropa desde el primer momento que se subió a ese vehículo.
Afuera, la bruma del amanecer se deslizaba entre los pinos serpenteante y silenciosa. El abuelo no había dicho una palabra desde que salieron. El silencio era parte de él, igual que los callos en las manos o su frente perpetuamente fruncida. Manejaba con la misma concentración impenetrable con la que usaba el hacha: sin dudar, sin pausa.
Lucas observaba el parabrisas empañado. El paisaje, una sucesión monótona de pinos plantados en línea recta, desfilaba con la misma rigidez que un batallón. Hacía un par de kilómetros que no veía una casa. Solo árboles, niebla y ese asfalto oscuro que parecía tragarse la luz.
En este pueblo, solo hay dos caminos que te llevan fuera: uno lleva de vuelta a la carretera, si quieres escapar hacia la próxima ciudad más cercana; el otro se interna entre colinas hasta que terminan convirtiéndose en montañas, y luego llega a la frontera estatal.
No quería ir a donde fuera que lo llevaban, pero no prestaba verdadera atención. Dejó de contar árboles en cuanto el sueño, acumulado, comenzó a cerrarle los ojos. La somnolencia era una manta pesada. Por eso no se dio cuenta de que se habían detenido hasta que su abuelo apagó el motor.
Parpadeó, confundido, y al mirar por la ventana no reconoció el aserradero. Estaban frente a una cafetería solitaria, una construcción de madera envejecida que parecía más una cabaña que un local de comida. El único indicio de modernidad era un enorme letrero azul de neón, con letras cursivas: Rick's Place.
—Baja —ordenó el abuelo, sin mirarlo siquiera. Lucas salió de la camioneta, entumido por el frío y el mal humor.
—¿Qué hacemos aquí?
—Desayuno.
—¿Me hiciste levantar a las cinco y media de la mañana para venir a desayunar a una cafetería en medio de la nada?
—Llevo cuarenta años comiendo aquí. No lo voy a cambiar por ti.
—¿No es más fácil hacerte un desayuno en casa?
—Si quisiera comer en casa, comería en casa.
Entraron. La campanilla sobre la puerta sonó con un tintineo agudo. El interior estaba tibio, con olor a café, grasa y leña quemada. El local, curiosamente lleno para la hora, estaba ocupado casi en su totalidad por hombres grandes, con camisas de franela, chamarras de trabajo y botas cubiertas de barro seco. Al fondo, una estufa a leña mantenía el calor.
—Interesante lugar —murmuró Lucas, recorriéndolo con la mirada.
—Buenos días, chicos —dijo el abuelo en voz alta. Una docena de saludos masculinos retumbó en respuesta. Algunos levantaron el café a modo de brindis. —¿Supongo que este es tu lugar habitual?
—Aquí desayuno todos los días camino al aserradero. Varios de estos chicos trabajan conmigo.
Tomaron asiento en una mesa para dos, junto a la ventana. Lucas se dejó caer en la silla deseando no quedarse mucho tiempo.
Una camarera se acercó. Tenía el cabello teñido de rubio ceniza, con las raíces grises bien visibles. Su lápiz labial era de un tono exageradamente rojo. Parecía llevar trabajando ahí desde siempre.
—Buenos días, señor Brown. ¿Se puede saber quién es este joven tan apuesto que lo acompaña? —dijo con voz ligeramente ronca de fumadora veterana.
—Alicia, te presento a mi nieto, Lucas. Lucas, ella es Alicia. Ha sido mi camarera los últimos veintitrés años.
—Vaya, eso es dedicación —dijo Lucas, tratando de sonar amable.
—Así que tú eres el famoso Lucas. Tu abuelo habla mucho de ti, ¿lo sabías?
—Lo dudo. Casi nunca habla de nada.
—Pues eso es verdad —soltó una pequeña risa —. Pero tu nombre se le ha escapado un par de veces a lo largo de los años.
Lucas no supo qué contestar. Solo bajó la mirada hacia la mesa.
—¿Tú y tu madre se están adaptando bien?
—Tan bien como se puede.
—Me alegro mucho, jovencito. Esta ciudad tiene cosas interesantes... si sabes dónde buscar.
—¿Podríamos dejar la charla para después y tomar mi pedido? —interrumpió el abuelo, sin levantar la vista del menú.
—¿Lo mismo de siempre?
—Tú sí sabes.
Luego miró a Lucas, esperando.
—Si tú estás invitando... café, y huevos fritos con tocino, y pan tostado, por favor.
—Vaya, lo mismo que siempre pude tu abuelo. Sí que se nota que eres su nieto —comentó Alicia, mientras anotaba. A Lucas no le gustó el comentario. Bajó la mirada, cerró la mandíbula. No quería parecerse a él. No, en nada.
La camarera se retiró, y el bullicio del local llenó el silencio entre ellos. El abuelo sacó un periódico de entre su abrigo y lo desplegó, cubriéndose casi por completo detrás del papel. Lucas se quedó mirándolo.
—¿Así que tienes tu pedido habitual?
—Casi siempre. A veces tocino, a veces salchichas.
Pasaron varios segundos.
—¿Desde hace cuánto eres dueño del aserradero?
No le interesaba la respuesta. Solo odiaba el silencio entre ambos.
—Veinte años —dijo sin dejar de leer su periódico. Lucas se quedó en silencio, esperando que su abuelo continuara con la historia. Pero ya sabía que no era de esos hombres que se explayan. Respondía solo lo justo, como si cada palabra costara esfuerzo.
—¿Y... cómo lo obtuviste? ¿Lo empezaste desde cero o algo así? ¿O lo compraste cuando ya estaba hecho?
—Ya era un aserradero cuando lo compré.
—¿Y cómo lo compraste?
—Trabajé, junté dinero. Y lo compré.
—¿Y en qué trabajabas antes?
—Ahí mismo.
Lucas parpadeó, confundido.
—O sea... trabajaste en el aserradero, juntaste dinero y compraste el mismo aserradero. ¿Solo para seguir trabajando ahí?
—Sí.
—¿No preferirías, no sé... retirarte para descansar?
—Descansaré cuando muera.
Lucas no supo qué responder. Le impresionaba la naturalidad con la que soltaba esas palabras, sin apartar los ojos del periódico. Parecía que hablar de su propia muerte le fuera tan cotidiano como el clima. Esa frase le pesó a Lucas más de lo que esperaba. Había algo frío - en la forma de ver el mundo que tenía su abuelo. El cansancio no existía o no se lo permitiera.
La mesera llegó con sus platos y los dejó sobre la mesa con movimientos precisos.
—Provecho —dijo, y se fue a atender otra mesa.
Las porciones eran mucho más grandes de lo que Lucas había anticipado: tres huevos fritos, al menos cinco rebanadas gruesas de tocino, tres de pan tostado, y una taza de café más grande que su puño. Le pareció excesivo, pero también lógico. Si la mayoría de los hombres del pueblo trabajaban talando árboles o cargando camiones, tenía sentido empezar el día con un desayuno así. Aun así, le sorprendía que su abuelo llevara décadas comiendo lo mismo sin que le hubiera dado un infarto. Lo observó untar el pan en la yema del huevo y devorarlo sin pausa. Daba sorbos largos al café, mascaba tocino entre lecturas, todo sin dejar de sostener el periódico con una mano.
Lucas no podía seguirle el ritmo. Mientras masticaba con desgano un poco de pan y tomaba sorbos tímidos, su abuelo ya iba por la mitad del plato. Hizo un esfuerzo por terminar rápido, pero terminó quemándose la lengua con el café.
Para cuando salieron del local, Lucas apenas podía caminar erguido, con el estómago a punto de reventar.
El resto del camino fue breve.
El aserradero -que Lucas apenas había visitado un par de veces, aparte del día que lo encontraron ahí, desorientado, tras perderse en el bosque- se alzaba como una instalación extensa y rústica, la mayoría a la intemperie. Las máquinas estaban bajo techos sin paredes, lo que permitía ver el interior desde cualquier punto. Todo parecía estar en constante movimiento. Vio talleres mecánicos con motores abiertos sobre mesas cubiertas de grasa, hombres en overoles llenos de grasa de motor, herramientas que sonaban al golpear metal.
Notó también el área de descarga de camiones y las líneas de correas transportadoras que llevaban troncos de un lado a otro con una eficiencia casi coreografiada. Pero lo primero que llamó la atención fue una cabaña de madera oscura, de una sola planta. No tenía cartel, pero se notaba que era la oficina administrativa.
Lucas siguió a su abuelo hasta adentro. De una estantería sacó varias cosas: un overol azul, guantes, unos zapatos pesados de seguridad, lentes protectores y una mascarilla.
—Ponte esto. Es el equipo de seguridad. Atrás hay unos vestidores.
—Sí, señor —respondió Lucas, imitando desganadamente la voz de un soldado respondiendo a su capitán.
—Y deja esa actitud de lado. Aquí viniste a trabajar.
Lucas no contestó. Solo tomó el equipo y se fue en dirección a los camarines. Era un lugar maltratado por los años. Los casilleros estaban oxidados, la mayoría sin puertas. Las duchas carecían de cortinas y dos de los cinco lavamanos no tenían ni siquiera grifos.
El aire olía a humedad y a aceite viejo.
—Esto es una mierda —murmuró apenas audible, más para sí mismo que como queja real.
Se cambió sin apuro, colgó su ropa en uno de los pocos casilleros que aún podían cerrarse, y volvió con su abuelo, sintiéndose ya parte de una rutina que no entendía, pero que lo empezaba a envolver.
Ya ambos afuera, su abuelo lo guió hasta un área cercana al límite de la propiedad, donde comenzaba el bosque. Solo había un montón de troncos de distintos tamaños.
—Ponte los guantes —dijo el abuelo sin mirarlo. La voz le salió rasposa.
Lucas obedeció en silencio. El aire olía a madera fresca, a serrín, a diésel. Todo parecía teñido por un tono pardo: la tierra, los troncos, la ropa de los hombres. El aserradero era una gran estructura de techo metálico, ruidosa y húmeda, donde cada paso parecía arrastrar años de historia.
Había algo casi hipnótico en el ritmo de las sierras, en cómo los troncos se deslizaban por las bandas, eran partidos con una precisión brutal, y luego apilados como cadáveres bajo el sol.
Lucas se mantuvo a cierta distancia al principio, observando. Uno que otro trabajador le lanzó un saludo con la cabeza. Nadie hablaba más de lo necesario. Cuando finalmente su abuelo lo llamó para mover unos tablones, Lucas sintió el peso real de ese mundo. La madera era vida, dura y húmeda. Se clavaba en los dedos, incluso con guantes. El sudor llegó rápido, junto con la punzada en los hombros.
—Moveremos estos tablones para despejar el área. Luego tomarás el hacha que está allá y comenzarás a reducir esos troncos a leña.
—¿Me vas a tener cortando leña con un hacha? ¿No sería mejor darme una sierra eléctrica o algo?
—No voy a darle una sierra eléctrica a alguien como tú. Esa es madera de descarte. Normalmente no sirve mucho, así que la vendemos para hacer carbón vegetal. Por eso hay que reducirla.
—¿Y voy a estar haciendo eso todo el día?
—Hasta que se me ocurra que hagas otra cosa.
—Genial —contestó Lucas con fastidio.
—Deben tener un tamaño similar, unas veintitrés pulgadas. De cada tronco puedes sacar unos cuatro pedazos de leña. Volveré en un rato a revisar tu avance. Más te vale no hacerte el perezoso.
Lucas cogió el hacha que estaba apoyada contra la pared de un pequeño galpón y comenzó con la tarea. Aunque el movimiento monótono y el esfuerzo físico eran agotadores, había algo en ese cansancio que le hizo bien. Algo que lo anclaba. Por primera vez en semanas, sentía su cuerpo arder por otra cosa que no fuera rabia.
El sol ya se alzaba entre las nubes, pero una ligera bruma seguía suspendida en el aire. La humedad helada se sentía en la piel. Aunque cortar leña lo mantenía caliente, no evitaba el escalofrío que le recorría la espalda. Una especie de hormigueo le subía por el cuello hasta instalarse en la nuca. Lucas no pudo evitar voltear. Sentía que algo lo observaba. Detrás de él, los árboles se espesaban formando un muro verde, casi impenetrable. Notó algo. Movimiento entre las ramas. Y tan fuerte como si lo escuchara dentro del oído, oyó un gruñido. Pero eso inmediatamente se interrumpió por otro ruido.
—¡Lucas! —oyó gritar a la distancia la voz de su abuelo. Se dio vuelta rápidamente.
Entre las luces rojas y azules de una patrulla, vio a su abuelo con las manos en la cintura, junto a dos oficiales de policía. La mente de Lucas se nubló un segundo, sin entender qué estaba pasando. Se acercó, viendo cómo el ceño de su abuelo se fruncía con más molestia que de costumbre.
—Estos oficiales quieren hablar contigo —dijo con una voz que mezclaba molestia y desconfianza—. ¿Hay algo que deba saber antes de que decida patearte el trasero aquí mismo?
—Señor Brown, tranquilo —intervino uno de los oficiales, levantando una mano de forma calmada—. No es nada grave. Solo necesitamos hacerle unas preguntas a su nieto.
—¿Sobre qué? —preguntó Lucas, confundido.
—Soy el oficial Smith, y él es mi compañero, el oficial Jeffords. Estamos siguiendo una investigación sobre un incidente ocurrido en el bosque la madrugada del martes. Nos informaron que usted también se vio afectado.
Lucas se tensó. Asintió lentamente.
—Sí... creo que sí. Me interné en el bosque esa noche y... me atacó un animal.
—¿Qué clase de animal? —preguntó el oficial Jeffords, sacando una libreta.
—Un lobo, creo. Era grande, oscuro... eso es todo lo que recuerdo. Luego desperté aquí, en el aserradero. No tengo recuerdos claros del ataque en sí. Los oficiales intercambiaron una mirada.
—¿No recuerda el lugar exacto donde ocurrió? Lucas negó con la cabeza.
—Fue de noche, me perdí. Solo recuerdo correr y... luego nada.
—¿Alguna otra persona estaba con usted?
—No. Smith anotó algo y luego levantó la vista.
—Le preguntamos porque un guardabosque también fue atacado esa misma noche. Acaba de recuperar la conciencia en el hospital y describió un ataque similar, incluso un animal parecido. Solo queremos confirmar si podría tratarse del mismo caso.
Una punzada cruzó el pecho de Lucas. Sintió una presión extraña, algo le araña las entrañas. Pero, en lo más profundo, entre la confusión y el miedo, se asomó una sensación más inquietante: un placer oscuro y fugaz. Y eso fue lo que más lo desconcertó.
—Si llega a recordar algo más —dijo el oficial Jeffords mientras le entregaba una tarjeta—, por favor llámenos. Aunque sea un detalle pequeño, como en qué lugar específico ocurrió el ataque, seria de mucha ayuda para poder atrapar al animal.
—Claro... Los oficiales asintieron y se marcharon hacia la patrulla.
—No llevas ni seis horas aquí y ya lograste que viniera la policía —dijo su abuelo, con un sarcasmo extraño, poco habitual en él—. No está mal para ser tu primer día. En el mío, le rompí la nariz a un tipo que me robó el almuerzo.
Era lo más cercano que Lucas había escuchado a un chiste por parte de su abuelo. Eso lo hizo relajarse, apenas un poco. Y aunque fue lo único que dijo en horas, Lucas sintió que algo se había movido entre ellos. Pequeño, casi imperceptible. Pensó que quizá hasta podrían empezar a llevarse mejor.
—Vuelve al trabajo.
Lucas regresó a su área de trabajo. Tomó el hacha. Pero no pudo levantarla. Sus brazos se tensaron como si el aire a su alrededor se hubiera vuelto más denso. El zumbido lejano de las sierras se apagó. El mundo pareció sostener el aliento. Y en ese silencio repentino, un calor pegajoso le subió por la espalda. Un murmullo le arañó el oído. Primero leve. Luego, más claro. Una voz cavernosa, hablándole desde dentro de su cráneo.
—¿Todavía crees que solo fui un sueño?
Lucas giró en seco. No había nadie. La respiración se le aceleró. Un sudor frío le recorrió la espalda. La niebla que se arrastraba desde el bosque parecía ahora más espesa, colándose entre los tablones, rodeándolo. Sintió de nuevo la voz, esta vez más cerca y más íntima.
Sentía cada palabra clavarse detrás de sus ojos.
—Ya soy parte de ti.
El Vacío
Estaba oscuro. Un oscuro absoluto, sin origen ni profundidad. El aire denso, inmóvil, como si lo rodeara un mar de tinta espesa. No se ahogaba, pero sentía flotaba en el fondo de algo cubierto por capas de silencio.
La atmósfera que lo envolvía era pesada y pegajosa. No tocaba el piso, pero tampoco caía. No había dirección, ni arriba, ni abajo. Solo la certeza de estar suspendido, atrapado en un espacio sin forma, límites o superficie. Pero no había alivio. No había frescura. Solo inquietud.
No recordaba cómo había llegado ahí. Ni cuándo. Solo estaba.
No se percibía olor, ni tacto, ni temperatura. Era la ausencia de todo. Y sin embargo, algo dentro de él ardía. Una advertencia. Una voz muda —el instinto más puro— le decía que aquel lugar no era seguro. El cuerpo lo sabía. La adrenalina empezó a correrle por las venas, despertando algo primitivo. El mismo instinto de huida que ya había sentido antes. Aquella noche en el claro. Esa sensación volvía. Y era aún más intensa. Estaba en peligro.
Lentamente, comenzó a recuperar el control de su cuerpo. Primero un leve cosquilleo, luego un tirón nervioso en los músculos, algo dentro de él luchaba por habitar nuevamente la carne. El miedo había entumecido cada fibra. Era despertar de un sueño helado. Levantó su brazo izquierdo con esfuerzo. Lo acercó a su rostro. A pesar de la niebla densa, distinguió su mano, temblorosa y pálida. Su mirada descendió lentamente por el brazo, reconociendo formas que le resultaban familiares y ajenas a la vez.
Luego alzó el derecho. Repitió el gesto. Con torpeza, se tocó el pecho. Las costillas. El vientre. Las piernas. Se inspeccionaba como quien despierta en otro cuerpo. Sentía cada roce de sus dedos contra la piel, pero las manos estaban frías como un cadáver. El hielo no venía del entorno. El frío nacía de él.
Entonces se percató: estaba sin ropa. Completamente expuesto, sin protección, flotando en un espacio sin dirección ni refugio. La vergüenza no fue lo primero. Fue la vulnerabilidad. la sensación de que todo su cuerpo pudiera ser leído, atravesado, reclamado por algo más grande que él.
La confusión le nubló la conciencia. ¿Qué podía recordar? El aserradero... Voces. Policías. Su abuelo. Un ruido agudo. Una sombra. ¿Una voz? ¿Qué rayos estaba pasando?
Sintió una brisa. Una corriente leve, casi imperceptible, que atravesó el silencio.
El aire denso —formado por esa niebla oscura y pesada— comenzó a agitarse. Algo enorme respiraba dentro de la niebla. Algo estaba despertando. La sustancia que lo rodeaba empezó a arremolinarse, a compactarse. Primero, sin forma. Solo un vórtice lento. Poco a poco, la bruma fue cediendo lugar a una silueta. Un recuerdo cruzó la mente de Lucas: el lobo.
Sobre él, suspendida en el aire, comenzó a dibujarse una cabeza. La cabeza de aquel animal, gigantesca, emergiendo desde el humo. No se dejaba ver por completo. Era solo un fragmento de algo muchísimo más grande.
Sus ojos brillaban como brasas, encendidos por una furia que no necesitaba palabras.. Su pelaje, o lo que lo imitaba, parecía escurrirse en hilos oscuros, hecho de sombra líquida.
Lucas trato de dar un paso atrás, pero no se sintió retroceder. No hubo desplazamiento. Ese espacio no obedecía a las reglas del mundo real. No había orientación. No había refugio. No había salida.
El Lobo alzó la cabeza. Y con ese gesto, el aire pareció quebrarse. Las sombras a su alrededor se estremecieron, y aunque no hubo sonido, todo temblaba con un aullido contenido.
El pecho de Lucas ardía. Un frio tan intenso que quemaba. El Lobo abrió sus fauces y las acercó, lentamente, a al rostro de Lucas.
La mente de Lucas recordaba. No por voluntad propia, sino por una fuerza invisible lo arrastrara hacia atrás, llevándolo de regreso a ese instante. No sabía explicarlo con claridad, pero lo sentía con cada parte de su cuerpo: era lo mismo. El mismo ambiente denso, la misma presión en el pecho. Todo su ser le decía que la criatura que había encontrado en el claro estaba nuevamente frente a él. El mismo ser. El mismo lobo.
—¿Qué... qué carajo quieres? —logró decir, su voz temblando, apenas audible.
—Tú —respondió el lobo. La voz no brotó de su boca ni se formó en palabras comunes. No fue un sonido como los demás, sino una vibración profunda que parecía provenir del centro mismo de la criatura. La esencia del lobo hablaba directamente desde otro plano, con un tono grave, cargado de ira.
Aquellas palabras no se desvanecían; resonaban, multiplicándose en el aire denso. Los ojos de la criatura seguían fijos en Lucas, ardiendo con odio y brillando con furia.
—Corro por tus venas como el agua corre por un río —dijo la voz, con una calma aterradora—, creciendo bajo tu piel como las raíces se abren paso en la tierra.
Lucas sintió que algo lo recorría por dentro, aquellas palabras estaban perforando su carne desde el interior. Trató de racionalizarlo, de convencerse de que era una alucinación, una pesadilla, pero la realidad que lo envolvía era demasiado vívida.
—¿Qué mierda eres tú? ¿Por qué me quieres a mí?
—¿No lo entiendes? —respondió el lobo con tono burlón, como si le divirtiera su ignorancia—. Tú eres yo.
La mente de Lucas se detuvo. "¿Qué carajo querrá decir con eso?", pensó, sin lograr comprender nada. Pero la respuesta llegó sin esperar.
—Que somos iguales —añadió el lobo.
Un temblor incontrolable bajo por la columna de Lucas. Comprendió, entonces, algo aterrado: no era solo que esa cosa pudiera comunicarse con él, sino que podía leerlo. Estaba en su mente, y también en su cuerpo. Y quizá más allá.
—Estoy en tu cabeza, en tu cuerpo y en tu alma —continuó la voz—. No ocultas nada de mí. No pienses en escapar de algo que llevas dentro. Tu cuerpo es tuyo, pero tú eres mío ahora. Y la barrera que nos separa se debilita cada vez que la luna crece. Esa noche no sabrás si eres tú... o soy yo.
Lucas sentía sus venas volveré hielo. Su corazón latía con violencia, queriendo escapar por sí solo de su pecho. La criatura soltó una risa suave, pero cada nota era un cuchillo: burlona, hiriente, afilada.
—¿Y... qué harás... cuando... cuando salgas? ¿Qué vas a hacer conmigo? — preguntó, luchando por mantener el control de su voz.
—Lo que ustedes me han hecho a mí —dijo el lobo, ya sin sarcasmo, con un tono oscuro, grave, firme—. Cobraré todo lo que ustedes me han quitado.
—Pe... pero ¿qué...? —balbuceó Lucas.
—No te preocupes —gruñó la criatura, con un tono más bajo y espeso, cargando las palabras con una advertencia oculta—. Lo verás por ti mismo, Lucas.
Su nombre comenzó a repetirse. Al principio fue claro, nítido, directo. Luego, un eco arrastrado por la bruma, fue perdiendo forma y ganando peso, multiplicándose, deformándose. Parecía que la voz se duplicaba, se filtraba por todos los rincones de ese espacio sin fronteras. Lucas. Lucas. Lucas... Lucas... Lucas... Lucas... Su nombre quedó suspendido, flotando en esa bruma espesa en una condena repetida al infinito. Lucas. Lucas... Lucas...
—...Lucas. ¡Lucas! ¿Qué te pasa? —la voz de su abuelo lo sacudió, rugiendo a centímetros de su rostro.
Lucas reaccionó de golpe, parecía que emergiera de una pesadilla sofocante. Tardó un momento en volver a sí, aún atrapado en la confusión. La sensación de "¿Qué carajo estaba pasando?" seguía palpitando dentro de él.
—¿Qué? —balbuceó, desorientado.
—Llevas como una hora de pie, mirando a la nada. No has cortado casi nada de leña —dijo el abuelo, irritado. Pero Lucas apenas procesaba las palabras. Su mente aún flotaba entre lo real y lo irreal, intentando distinguir si lo que había vivido era un sueño o una terrible pesadilla.
Miró sus manos. Aún sostenía el hacha. Estaba en el aserradero. El sol se colaba ya entre las nubes, y por la inclinación de la luz, parecía ser más de mediodía.
—¿Qué carajos te está pasando? —repitió el abuelo, esta vez con un tono diferente, más preocupado que molesto. Sabía que algo no andaba bien.
—Yo... yo... —Lucas apenas pudo formar las palabras.
—Olvídalo. Ya es hora de irse. Ve a cambiarte de ropa.
—¿Tan pronto nos iremos? —preguntó, tratando de sonar normal.
—Los sábados solo se trabaja medio día. Tu madre ya debe estarnos esperando con el almuerzo.
El trayecto de regreso se sintió eterno. Los metros parecían kilómetros y los minutos se alargaban como horas. El sudor frío aún bajaba por su nuca. Cada vez que recordaba la voz — aunque fuera por un segundo— un estremecimiento lo sacudía por completo.
—¿Qué tal estuvo el día? —preguntó Martha al verlos entrar por la puerta principal.
—Bastante interesante. Recibimos una visita de la policía —respondió el abuelo con tono casual.
—Lo imaginaba. Vinieron aquí preguntando por Lucas. Casi me da un infarto pensando en qué problema podrías estar metido. Pero me explicaron todo, y les dije dónde estabas —dijo, mirándolo directamente. Pero Lucas apenas alzó la vista. Mantenía la mirada clavada en el suelo, como si evitar pensar pudiera silenciar el torbellino que llevaba dentro. Pero no importaba cuánto lo intentara: las palabras, la silueta... seguían ahí.
—¿Te encuentras bien, hijo?
—Voy al baño —respondió rápidamente, buscando escapar.
—Ha estado así desde lo de la policía —alcanzó a escuchar que decía su abuelo mientras se alejaba.
Lucas se encerró en el baño del primer piso y caminó directo hacia el espejo. Se miró con atención. Se observó el rostro, la expresión, los ojos. Buscaba algo. Una grieta. Una sombra. Un indicio de que no estaba solo. Temía encontrar allí un rastro de aquella criatura que había dicho habitar dentro de él. Sostenía la mirada con una mezcla de desafío y desesperación. Pero no vio nada.
Tal vez todo había sido un mal sueño. Una visión inducida por el trauma del claro. Una secuela emocional. Por un instante, solo uno, se permitió respirar. Se sintió casi aliviado.
Pero súbitamente, algo dejo de estar bien. Su brazo izquierdo comenzó a temblar, primero sutilmente, luego de forma violenta. Sin aviso, se alzó y se cerró contra su propia garganta, presionándola con fuerza. Lucas jadeó, las manos temblorosas intentando soltarse, pero no respondían. Su brazo no obedecía. Se movía solo, como si una voluntad ajena lo dominara. Y no era solo su brazo.
—No creas que no soy real, muchacho —dijo una voz, y no fue una alucinación: habló a través de la boca de Lucas. Lucas sintió que el aire se le iba. No por la presión, sino por el terror. Un miedo puro lo invadió por completo.
—¿Pero qué carajo...? —alcanzó a decir, pero su propia voz temblaba. El pánico se apoderaba de él.
—Estoy más cerca de ti de lo que crees —continuó la voz, oscura, cavernosa, usando la boca de Lucas como un canal—. Me acerco más y más a la superficie. Cuando sea luna llena, serás uno conmigo. Así que ni pienses que escapar es una opción.
De un instante a otro, la mano lo soltó. Lucas se derrumbó de rodillas, recobrando el control, pero con todo el cuerpo temblando. Esta vez no era frío. Era terror. Se abrazó a sí mismo, como si pudiera contener algo que ya no estaba afuera, sino dentro. Estaba asustado. Y lo peor era que ahora sabía que no estaba solo.
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