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Tres Noches de Luna Llena

5. Ecos del claro

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El olor a desinfectante le raspaba la garganta antes incluso de abrir los ojos. Lucas sintió las sábanas rasposas contra su piel, el colchón demasiado firme y un zumbido constante en el oído.

Abrió los ojos con esfuerzo, cegado por la intensidad de una luz blanca sobre su cabeza. Apenas pudo distinguir las figuras que lo rodeaban. Estaba en una cama de hospital. Eso lo supo de inmediato. Cortinas azules colgaban a su alrededor, formando un cubículo que lo aislaba de los otros pacientes.

Escuchaba murmullos: instrucciones médicas, pasos, el golpeteo de ruedas. De su izquierda escuchó "dos veces al día por tres semanas", y desde la derecha, "recuéstese sobre la camilla mirando al techo, por favor".

Intentó moverse, pero su cuerpo no respondía con normalidad. Sentía cada músculo como si hubiera ejercitado durante horas sin detenerse. Bajó la mirada con dificultad y vio una banda de presión arterial en su brazo y un monitor que parpadeaba con ritmos lentos y regulares. Notó un pequeño panel al costado de la cama.

Con esfuerzo, alargó la mano y presionó el botón rojo. En segundos, una cortina se abrió con brusquedad. Un enfermero de rostro ojeroso y bata arrugada entró con rapidez.

—Gracias a Dios...  —exhaló con alivio—. ¿Puedes escucharme?

Lucas asintió apenas. Su garganta estaba seca.

—¿Recuerdas tu nombre?

—Lucas...  —dijo con voz ronca. El enfermero se aproximó y comenzó a revisar con profesionalidad: tomó su pulso, examinó sus pupilas con una linterna, presionó suavemente sus extremidades.

—¿Sientes esto?  —preguntó, apretando uno por uno los dedos de la mano izquierda.

—Sí.

 —¿Y esto?

—También.

 —Bien. ¿Dolor del uno al diez? 1 es casi nada, 10 es insoportable.

Lucas cerró los ojos un instante. Dolía todo, pero era un dolor espeso, instalado en los músculos.

 —Seis  —murmuró. El enfermero anotó algo en una tabla digital.

—Voy a avisarle al doctor. Y a tu madre. Está aquí desde anoche.

 —¿Mi mamá?  —preguntó Lucas, despertando un poco más.

—Sí, y no ha dormido nada. Le diste un buen susto.

El enfermero salió, y Lucas sintió una punzada de vergüenza. No por estar en esa cama. Mas bien por verla a ella. Recordaba vagamente la discusión, el portazo, su huida... y después, un borrón. Su mente era un rompecabezas con piezas mojadas.

Volvió la cortina. Entró el médico, un hombre alto, de cabello entrecano y expresión serena. Tras él, su madre. Despeinada, ojerosa, con el rostro demacrado. Apenas lo vio, se adelantó con pasos inseguros y lo abrazó con fuerza. Lucas reprimió una mueca de dolor. Le dolían las costillas, pero no dijo nada. Dejar que lo abrazara era lo menos que podía hacer.

—Gracias al cielo que estás bien —dijo ella entre sollozos, su voz temblando—. Te buscamos por todas partes, llamamos a la policía... pensábamos que...

—Hola, mamá —susurró él.

—Vamos a darle un momento, señora Gallagher —interrumpió el doctor con amabilidad—. Lucas, ¿cómo te sientes? Lucas intentó incorporarse.

 El cuerpo le pesaba más de lo normal, sentía que le habían colgado pesas en todo el cuerpo. —Extraño —dijo—. Me cuesta moverme. No sé... siento todo más denso.

El doctor lo observó atentamente mientras el enfermero revisaba los monitores.

—Ayer ingresaste con múltiples contusiones y algunas heridas superficiales — explicó—. Tenías la ropa manchada con una gran cantidad de sangre, pero no encontramos alguna herida lo suficientemente profunda que lo justificara. Tampoco signos de hipotermia, lo cual es extraño considerando el frío que hacía. Lucas no respondió de inmediato.

Le costaba ordenar los recuerdos. Las luces del pueblo alejándose, el bosque, el claro... la voz.

El dolor.

 —¿Recuerdas qué pasó?

 —Estaba en el bosque —dijo con cautela—. Creo que... creo que me atacó un animal.

 Su madre lo miró, atónita.

—¿Qué clase de animal?

—Un lobo.

El silencio se volvió espeso.

—¿Un lobo?  —repitió el enfermero, dudoso.

—Hijo, no ha habido lobos en esta región en décadas —dijo su madre—. Es imposible.

—Eso tengo entendido también —añadió el doctor—. Ni siquiera hay reportes de avistamientos. ¿Estás seguro?

Lucas dudó.

—No lo sé. Tal vez fue un sueño. Solo... algo grande, con colmillos. Recuerdo eso.

El médico tomó nota. El enfermero lo observaba con cejas ligeramente fruncidas.

—Muchacho, podría haber sido un oso —aventuró—. A veces salen de su madriguera en invierno. Es raro, pero no imposibles.

 Lucas no respondió. La palabra "sueño" flotaba en su cabeza. Pero había sangre. Había dolor. ¿Cómo se sueña algo así?

 —En cualquier caso, informaré a la policía para que estén atentos a cualquier animal potencialmente peligroso en los alrededores —dijo el doctor. Luego se volvió hacia la madre de Lucas—. Mi recomendación es que permanezca en observaciones una noche más. Aunque no parecen existir secuelas de lo que sea que le haya ocurrido, sería prudente monitorizarlo un poco más. Posteriormente, determinaremos cuánto reposo necesitará antes de retomar sus actividades normales. Pero, a primera vista, diría que podría reincorporarse a la escuela el lunes.

 —Perdón...  —interrumpió Lucas, con un tono de desconcierto genuino—. Estoy un poco confundido aún... ¿Qué día es hoy exactamente?

 —Miércoles, muchacho —respondió el médico con amabilidad.

—Te encontraron ayer por la mañana —añadió el enfermero—. Has estado inconsciente casi un día completo.

Lucas parpadeó, perplejo. No recordaba mucho, pero todo aquello lo inquietaba. Si sus heridas no eran graves, ¿qué clase de golpe podría haberlo dejado inconsciente tanto tiempo? Más desconcertante aún era la idea contraria: lo que fuera que lo había dejado inconsciente apenas le había causado unos raspones y moretones menores.

—Una última pregunta, Lucas —retomó el doctor, revisando su historial— ¿Sufres, o has sufrido alguna vez, de terrores nocturnos?

—No que yo sepa  —contestó Lucas, frunciendo ligeramente el ceño.

—Lucas ni siquiera ronca por las noches —añadió su madre, con una sonrisa tensa—. ¿Por qué lo pregunta?

 —Anoche, gritabas y te agitabas violentamente —explicó el doctor—. En un principio pensamos que podría tratarse de convulsiones, pero los síntomas no coincidían con un cuadro típico, por lo que optamos por administrarte un sedante leve. Si bien eso redujo la agitación, no cesó por completo. Incluso, en un momento, golpeaste accidentalmente a una de nuestras enfermeras.

Lucas apretó las sábanas con los dedos. No recordaba haber soñado. No recordaba haber gritado. Lo último que podía traer a su mente era el bosque, el claro... y esa voz.

—¿Golpeé a alguien?  —preguntó en voz baja.

—No fue grave —dijo el doctor, encogiéndose de hombros—. Solo un susto. La enfermera ya está bien. No te preocupes por eso ahora. Lo importante es que te recuperes.

Su madre le acarició el cabello, un gesto que en otros tiempos habría encontrado vergonzoso. Esta vez, apenas lo sintió. Todo dentro de su pecho parecía flotar en una especie de vacío. Como si todavía no terminara de despertar.

—¿Puedo irme mañana entonces? —preguntó, volviendo al tema anterior.

—Si no hay más episodios durante la noche, sí —confirmó el médico—. Pero es importante que descanses este fin de semana. Nada de esfuerzos físicos intensos hasta nuevo aviso. ¿De acuerdo?

 Lucas asintió. Descansar. Fácil de decir, cuando su propio cuerpo se sentía como una jaula cerrada y extraña.

—Vamos a dejarte solo un momento —dijo el doctor—. Tu madre puede quedarse contigo si quieres.

Lucas miró a su madre. Ella le sonrió, aunque sus ojos seguían cargados de preocupación.

 —¿Quieres que me quede?

 Lucas dudó. Parte de él quería decir que sí. Otra parte, más grande, quería estar solo. Respiró hondo antes de responder.

—Estoy bien, mamá. Solo quiero dormir un poco.

Ella dudó también, pero finalmente asintió.

—Cualquier cosa, presiona el botón —le recordó, señalando el botón junto a la cama—. No dudes en llamarme si me necesitas.

Le dio un beso en la frente antes de salir de la habitación junto con el doctor. Lucas, una vez solo en su cubículo formado por cortinas, se quedó contemplativo, mirando el techo. La última vez que había estado en un hospital, la experiencia había sido completamente diferente: durante un partido de campeonato, una mala caída le dislocó el hombro izquierdo. Fue un ingreso breve: entrar, acomodarle el hombro y salir con un par de medicamentos recetados. Jamás se había quedado a pasar la noche en un hospital.

Pese a que acababa de despertar, sentía el cuerpo exhausto. El monitor cardíaco seguía emitiendo su pitido regular, pero a Lucas le parecía escuchar otro sonido, más bajo, más rítmico. Un tambor lejano golpeando en lo profundo de su cabeza.

Se movió en la cama. La sábana áspera rozó una costra en su costado, haciéndolo estremecer. No recordaba haberse herido ahí. No recordaba muchas cosas, en realidad. El dolor, el bosque, la sangre en su lengua. Cerró los ojos un momento. Trató de respirar hondo, de calmarse, pero al hacerlo, percibió un olor agrio que el desinfectante no lograba ocultar. Algo entre el sudor viejo y la carne curtiéndose bajo el sol. Abrió los ojos de golpe, incorporándose bruscamente. Nada. Solo el cubículo azul, la cama, el monitor. Pero la sensación persistía, como si algo acechara justo fuera del alcance de su vista. Su cuerpo, aun temblando, le transmitía un mensaje que no sabía cómo interpretar: peligro.

No aquí, no ahora, trató de convencerse. No era lógico. Todo era limpio, blanco, seguro. Y, sin embargo, su instinto bajo su piel le advertía, encrespándole el vello de los brazos. Un recuerdo fugaz lo atravesó: una sombra enorme, fauces abiertas, el sonido húmedo de la carne desgarrándose. Y esa voz.

La voz en el claro. Lucas se tapó los oídos con ambas manos, temblando.

El hospital entero parecía alejarse, volverse una cáscara frágil y hueca. Solo el tambor sordo dentro de su pecho seguía golpeando. No sabía si estaba despierto. No sabía si alguna vez había dejado de soñar.

El despertar del día siguiente no fue nada del otro mundo. Su madre lo abrazó en cuanto lo vio. No dijo nada al principio, solo le acarició la cabeza con movimientos lentos, como si temiera que pudiera romperse. Le siguieron los movimientos protocolares y burocráticos que implican los procedimientos médicos estándar: firma de papeleo, preguntas de rutina e indicaciones sobre señales a las que deberían estar alerta. Luego vinieron los rituales habituales: papeles que firmar, preguntas de protocolo, instrucciones médicas que sonaban ajenas y lejanas.

Lucas se vistió con la ropa limpia que su madre había traído de casa, moviéndose lentamente aun sintiendo el peso extra en su cuerpo. En el auto, su madre hablaba de cosas pequeñas —el clima, las noticias locales, la cena—, pero su voz temblaba en los bordes.

Lucas sentía que debía decir algo. Un "lo siento" le ardía en la garganta, deseando salir, pero la vergüenza lo mantenía atrapado. Todo eso era culpa suya: su estupidez, su orgullo y, sobre todo, su ira.

 Cuando llegaron, el abuelo estaba esperándolos en el umbral, de brazos cruzados. No se movió. No dijo nada. Solo asintió una vez, como reconociendo que Lucas había vuelto, pero sin saber si debía alegrarse.

 —¿Qué opina el viejo de que vuelva a casa? —preguntó Lucas mientras bajaba del auto.

—Estaba preocupado —respondió su madre, cerrando la puerta.

—¿Segura? Por su cara, diría que no le hace mucha gracia.

—Papá no muestra sus emociones en su rostro. Lo hace con sus acciones.

—¿Y eso qué significa?

Ella no respondió de inmediato. Solo señaló hacia la puerta del garaje. Lucas siguió su dedo y vio, incrédulo, un aro de básquetbol nuevo instalado sobre la entrada.

Se volvió hacia su madre, buscando confirmación. Ella asintió mientras bajaba del asiento trasero la vieja mochila que contenía la ropa manchada de barro y sangre con la que Lucas ingreso al hospital.

 —¿Él hizo eso?

—Así es papá. Deberías darle las gracias.

—Lo haré —murmuró Lucas, más avergonzado que agradecido.

Tenía miedo de acercarse al abuelo. No porque fuera intimidante —aunque lo era—, sino porque no sabía cómo mirarlo después de todo lo ocurrido. Se quedó un instante de pie, sintiendo que el tiempo se alargaba de forma insoportable.

 —¿Qué te dijeron en el hospital, muchacho?  —preguntó el abuelo, rompiendo el silencio.

—Nada en especial —contestó Lucas sin levantar la vista—. Me mantuvieron en observación, me pusieron antiinflamatorios... y me dieron una vacuna antirrábica.

—¿Antirrábica? ¿Qué, te atacó un mapache o algo?  —soltó el abuelo, con sarcasmo seco.

—Un lobo —dijo Lucas, casi en un susurro.

—¿Cómo dices?

—Un lobo —repitió, más firme, mirándolo a los ojos. —No he visto un lobo jamás.

—Pues eso fue lo que me atacó.

El abuelo frunció el ceño, evaluándolo, buscando señales de mentira en su rostro.

—¿Y estás bien? —preguntó finalmente, en un tono más suave.

—Sí. Me dieron unos días de reposo.

Su madre observaba la escena con resignación y ternura: dos generaciones cortadas con la misma tijera, demasiado tercos para admitir lo que sentían. Entendía que, para ellos, eso era lo más parecido a una reconciliación.

Lucas pasó junto a su abuelo, sin atreverse a mirarlo otra vez.

—Que te dieran descanso no te exime de trabajar el sábado —gruñó el abuelo mientras Lucas cruzaba el umbral.

—Sí, lo sé —dijo sin volverse—. Y gracias por el aro.

Subió a su habitación. Todo estaba distinto: la cama hecha, las sábanas limpias, los cuadernos apilados ordenadamente sobre el escritorio, una chaqueta colgada en un perchero nuevo, incluso colgaron sus medallas y acomodaron sus trofeos de basquetbol. Todo desempacado, todo colocado, intentando limpiar no solo el desorden físico, sino también el dolor. Solo el viejo baúl, el que contenía las cosas de su padre, seguía igual. Inmóvil. Cargado de un silencio denso que parecía llenar todo el cuarto.

Se miró al espejo. Y por un instante... no se reconoció. Su rostro era el suyo, sí, pero había una tensión extraña en la mandíbula, en el brillo apagado de sus ojos. Pasó la lengua por las encías y sintió un sabor metálico. Se miró las manos. Las giró lentamente. Eran sus manos... pero se sentían ajenas, como si apenas las estuviera conociendo. Hasta la simple acción de estar de pie parecía un esfuerzo antinatural, sentía su postura fuera diferente. La pregunta se repetía en su cabeza como un eco enloquecedor: ¿Qué carajos me está pasando?

Esa noche, soñó. Estaba en el bosque, que se extendía ante él, infinito, cubierto por una niebla espesa que reptaba entre los árboles como una criatura viva. El aire olía a tierra mojada, a corteza, y algo más: un olor rancio que se adhería a la piel.

Todo estaba en un silencio tan profundo que parecía que hasta el bosque contenía la respiración. Sobre una gran roca, dominando el claro, estaba esa criatura. El lobo. Negro como la noche, inmenso. Sus patas delanteras cruzadas en una postura tranquila y soberbia, imponiendo su voluntad al mundo que lo rodeaba. Sus ojos amarillos, inteligentes y crueles, se clavaron en Lucas. No gruñó. No enseñó los dientes. No hizo falta.

Era dueño del lugar. Dueño de todo. Lucas sintió cómo su cuerpo, sin quererlo, se inclinaba levemente. Un instinto más viejo que el lenguaje le decía que no debía mirarlo. Que agachara la cabeza. Que huyera. Pero no podía. Los ojos del lobo lo atraparon. Y en el silencio absoluto, la criatura habló. No movió los labios. No lo necesitó. La voz nació de su mente, pero vibró en sus huesos gruñendo una orden.

—¡Despierta!

Lucas abrió los ojos de golpe. Todavía era de noche. El cuarto estaba oscuro. Sentía frío, pero estaba sudando. Miró a su alrededor, jadeando. Su almohada estaba destrozada, el relleno regaba completamente el suelo. No era solo un sueño. La sensación persistía, pegada a su piel, al fondo de su garganta. Había despertado. Pero no sabía si eso lo hacía sentirse más aliviado... o más perdido. Se acurrucó en la cama, abrazándose las rodillas contra el pecho, buscando una seguridad que no encontraba.

Despertares

La cama crujió apenas Lucas se giró. Había luz detrás de las cortinas, pero aún era temprano, Quizá era la luna. El aire era frío, denso, y todo en su cuerpo pesaba. Parpadeó, con la boca seca y la mente enredada. No sabía si había dormido o solo cerrado los ojos durante horas. Cualquiera fuera la opción, realmente no importaba. El sueño, simplemente, no llegaba. La inquietud seguía ahí, enredada en el pecho, era un nudo que no se deshacía.

Aquel sueño extraño, ese lobo, la sensación de haber sido invadido por algo que no entendía, no lo abandonaban.

Se colocó de costado, mirando la habitación. Observó los restos de almohada todavía desparramados por el suelo. Pasó los dedos por la sábana, buscando la sensación de anclarse a algo. El silencio era solo interrumpido por el sonido de su propia respiración, pesada y áspera. Sentía el cuerpo ajeno. No era exactamente dolor, pero sí un agotamiento profundo, una pesadez que le recordaba a la vez que hizo barras por primera vez en el gimnasio y terminó una semana sin poder mover los brazos. No era lo mismo, pero la limitación, sí.

Hizo un esfuerzo para estirar el brazo y tomar el celular. La pantalla iluminó su rostro. 5:45 AM. Muy temprano para levantarse, pero quizás moverse lo ayudaría a espantar esa sensación de encierro, así como la inquietud de aquel sueño que aún lo perseguía.

Incorporarse fue una tarea titánica. Cada músculo parecía quejarse. Cuando por fin se sentó en la cama, se quedó así, inmóvil, observando a su alrededor, intentando reconocer ese lugar como suyo. Aún no lo lograba.

En su antiguo departamento, su cuarto era su refugio. Lo había visto crecer, cambiar, encerrarse y soñar. Lo había decorado él mismo: posters de sus equipos de basquetbol, capas de grafiti hechos por el mismo que cubrían los muros. Allí había ordenado y desordenado los muebles mil veces. Allí era Lucas. Aquí... era otra cosa. Muebles rústicos, gruesos, de madera barnizada que jamás habría elegido. Aunque habían colocado sus cosas, el espacio seguía sintiéndose ajeno. Solo los restos de la almohada rota, tan rota como él parecían, verdaderamente suyos.

Suspiró.

Se obligó a moverse. Juntó los restos de la almohada sin prisa, aunque agacharse le resultaba una tarea difícil. Usó la funda rota como saco improvisado y juntó los pedazos lentamente, con manos torpes. Cuando terminó, dejó el bulto en un rincón, prometiéndose botarlo más tarde.

Se encaminó al baño, esperando que una ducha caliente despejara esa sensación densa que le cubría la piel. Pero se detuvo en seco. Desde la planta baja llegó un murmullo de voces. No alzó la cabeza, solo escuchó.

 —Yo lo traje hasta aquí...—La voz de su madre, quebrada, como si se contuviera para no romperse del todo—. Pensé que estaría que sería lo mejor, pero mira lo que pasó.

Era común que se levantaran temprano. El abuelo siempre comenzaba el día antes que el sol se asomara, y desde que llegaron, su madre hacía lo mismo. Preparaba desayuno, empacaba almuerzo. Mantenía el ritmo. Pero esta conversación tenía otro tono.

Un silencio. Luego, la voz grave de su abuelo.

—No sabías, Martha. No sabías que algo así podía pasar.

—Pero casi se muere, papá. Y no sé si fue mi culpa...

—Él es bastante mayor como para saber. No te culpes por las consecuencias de sus actos.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿No te importa que casi muera?

—Claro que me importa. Pero no puedo dejar que te cargues con algo que no fue tu culpa.

—¿Entonces tengo que quedarme aquí fingiendo que no tengo responsabilidad sobre lo que le pase? ¡No soy como tú, papá! ¡No puedo hacerlo!

—No voy a quedarme si vas a empezar con eso de nuevo. Me voy a trabajar.

La voz de su abuelo se volvió seca. Luego, el golpe breve y final de la puerta cerrándose.

 Lucas se quedó quieto. El techo le pesaba sobre él. El corazón, apretado como un puño. No soportaba seguir ahí, entre esas paredes que ahora le parecían estrechas y tristes. Tenía que salir. Se encaminó de nuevo hacia el baño. Abrió la llave del agua caliente y la dejó correr mientras se desvestía lentamente, con movimientos casi robóticos. El vapor comenzó a brotar desde la regadera y, en pocos minutos, cubrió el cuarto con una neblina densa y húmeda.

Antes de entrar, se quedó quieto, de pie frente al vapor esperando que este lo abrazara. Quería sentir ese calor tocándole la piel, deseando que pudiera filtrarse hasta el pecho y derretir algo que llevaba congelado por dentro.

Cuando al fin cruzó la cortina y se colocó bajo el chorro, no hizo nada más que quedarse ahí, inmóvil. El agua le caía sobre los hombros, resbalando por su cuerpo como si no lo tocara realmente.

Cerró los ojos.

Imaginó que el agua tibia era otra cosa. Que esa calidez que recorría su piel podía quedarse en él, anidarse y llenar ese vacío sordo que sentía crecer más y más cada día.

No se enjabonó. No se lavó el pelo. Solo permaneció así.

—Qué desperdicio de agua —murmuró, sin abrir los ojos. —Qué desperdicio de vida.

Apagó la llave del agua con un movimiento lento. El chorro cesó de golpe, pero el eco del agua aún parecía caer dentro de su cabeza. Corrió la cortina con un gesto cansado y salió, empapado, dejando un rastro de gotas en el suelo. El vapor llenaba el baño como una bruma espesa, saturada de silencio.

Se acercó al lavamanos arrastrando los pies, apoyó las manos sobre la cerámica húmeda y alzó la mirada. El espejo frente a él era una placa opaca y fantasmal, completamente cubierta por el vapor. Alzó una mano y la apoyó contra el cristal. El calor de su piel dejó una marca leve, una huella solitaria. Luego pasó la palma con firmeza de lado a lado. El vapor se apartó, revelando un fragmento de su reflejo: su rostro pálido, el cabello mojado pegado a la frente, los ojos apagados.

Pero algo más ocurrió.

Primero, una incomodidad leve, una punzada en la nuca. Luego, el aire pareció volverse más espeso, más frío, ¿acaso alguien acabara de entrar sin hacer ruido? Lucas sintió que no estaba solo. No se movió. No respiró. Solo observó. Y detrás de él, en el espejo, algo más comenzó a dibujarse en el reflejo. Borroso al principio. Una forma oscura. Alta e inmóvil. No era un cuerpo humano. Las sombras delinearon un hocico alargado, orejas en punta, un cuello de pelaje tupido y negro. Los ojos eran brasas, gemas incandescentes que lo miraban fijo desde más allá del cristal, clavadas en su reflejo. Estaba justo detrás de él. A centímetros. El corazón le dio un salto brutal dentro del pecho. Sus músculos se tensaron, pero no se atrevió a moverse. Tenía la absurda certeza de que, si lo hacía demasiado rápido, lo que fuera que estaba ahí lo tocaría. Le respiraría en la nuca. Le hablaría.

Sintió calor detrás del cuello. O al menos, creyó sentirlo. Sus ojos aún estaban fijos en el espejo. No se atrevía a parpadear.

El lobo, esa sombra, giró apenas la cabeza. Como si también supiera que lo había descubierto. Lucas dio un paso atrás con torpeza, el piso resbaladizo bajo sus pies descalzos. Se giró de golpe. Nada.

El baño estaba vacío. Solo el vapor, lento y silencioso, bailando entre las baldosas. Volvió a mirar el espejo. Su reflejo lo recibió con la misma expresión de antes, pero algo había cambiado. En la esquina inferior del cristal, cuatro marcas descendían en diagonal. No eran gotas ni líneas de condensación. Eran delgadas, irregulares, como arañazos.

Lucas entrecerró los ojos. Las marcas se deshicieron lentamente.

 El baño estaba envuelto en un silencio espeso. El vapor comenzaba a disiparse poco a poco, el aire mismo intentaba recuperar la claridad tras el sobresalto.

 Lucas seguía junto al lavamanos, con la respiración agitada y el corazón tamborileándole en el pecho. Se obligó a soltar el aire por la boca, a recuperar el control de su cuerpo, pensando que ese simple acto podría convencerlo de que lo que había visto no era más que un residuo de su propia mente, aún atrapada en las garras de la pesadilla que había tenido.

Un escalofrío le recorrió la columna. Sintió las piernas débiles. Cerró los ojos por un instante. Se inclinó hacia abajo, abrió la puerta del mueble y tomó una toalla. Se secó con movimientos torpes y mecánicos, con la mirada aún clavada en el espejo, esperando — temiendo —que algo más apareciera. Pero no lo hizo.

Cuando terminó, rodeó su cintura con la toalla y salió del baño, aún con la piel perlada de humedad y la sensación de algo invisible pisándole los talones.

 Abrió el clóset con una lentitud que rozaba la ceremonia. Por primera vez desde que llegaron, se detuvo a observar su ropa con intención. No eligió la primera prenda al alcance de la mano. No ese día. Quería —necesitaba— imponerse, aunque fuera un mínimo de voluntad. Tal vez ese gesto minúsculo, ese acto deliberado, sirviera para anclarlo al mundo otra vez, para recordar que seguía siendo él. O que, al menos, aún lo intentaba. Aunque fuera mentira.

—Voy a clases —dijo Lucas mientras bajaba las escaleras, aún adolorido.

 —¿Estás seguro? El doctor te dio permiso de faltar hasta el lunes —respondió su madre, dejando pan tostado en la mesa.

—Necesito moverme un poco. Además, es viernes, solo será un día —respondió, poniéndose las tostadas en la boca mientras se preparaba café con crema y vainilla, aprovechando el agua caliente del hervidor. Su madre lo observó con atención. Notó cómo sus movimientos eran lentos.

 —¿Todavía te duele el cuerpo?

 —No mucho. Solo me siento... pesado.

—Creo que eso deberíamos decirle al doctor. Puedo llevarte ahora si quieres.

—Acabo de salir del hospital, mamá. Es obvio que no voy a estar bien de un día para otro. Solo quiero ir a clases... Me estoy sofocando aquí.

Todavía sentía la hostilidad remanente de la discusión entre su madre y su abuelo esa mañana. Había algo en el aire, pareciese que las paredes guardaran rencores.

—Hijo, no tienes que ir si no quie...

—Pues sí quiero ir, mamá —respondió, más brusco de lo que hubiera querido.

Le frustraba su preocupación constante, aunque también le dolía ser la causa de su angustia. Solo quería que lo dejara respirar, quizá así ella también podría hacerlo.

—Está bien, hijo —dijo ella, resignada.

—Voy a estar bien, mamá —añadió, más suavemente, y le dio un beso en la mejilla mientras daba los últimos mordiscos a su pan tostado. Vertió el café en uno de los vasos desechables que aún quedaban de la vida anterior, cuando su madre los usaba para llevar café hecho en casa camino al trabajo.

Al salir, el aire frío le golpeó la cara. Era incómodo, pero al menos era real. Mejor que el calor tibio de su cama, donde todo dolía más.

 El trayecto a la escuela fue monótono, pero no por falta de estímulo, sino porque su mente parecía desconectada del entorno. Caminó los quince minutos hasta la parada del bus como si lo hiciera en sueños. El suelo crujía bajo sus zapatos, los árboles se mecían con el viento, pero todo aun le parecía lejano. Cada pensamiento que intentaba formarse se deshacía apenas emergía. Su mente se inundaba de ideas incompletas. Intentó centrarse. Se miró las manos. Se tocó la cara. Sintió su propio pulso con los dedos. Buscaba reconocerse. Pero su cuerpo le resultaba extraño, sentía que habitaba una piel que no le pertenecía. No era dolor lo que sentía. Era disociación.

Frente a la imponente entrada de la escuela, se detuvo. Se dio unas palmaditas suaves en las mejillas, queriendo despertarse de algo. Respiró hondo. Fingió que estaba bien. Luego entró.

—Vaya, creí que te había imaginado —dijo una voz femenina detrás de él, que Lucas reconoció de inmediato como la de Leti—. Solo te vi una vez y luego desapareciste.

 Lucas se dio vuelta y le sonrió. Intentó articular un saludo, pero antes de lograrlo, Leti lo interrumpió.

—¿Pero qué carajo te pasó?

Había olvidado que tenía la cara un poco magullada.

—¿Por qué? ¿Tengo algo en los dientes?  —intentó hacerse el gracioso.

—No es broma —respondió Leti, frunciendo el ceño—. Pareces atropellado por un auto o algo así. ¿Por eso no viniste estos días?

 —Pues sí... estuve en el limbo entre la vida y la muerte. Los doctores no sabían si despertaría del coma.

—No te hagas el chistoso —replicó Leti—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Te caíste en bici?

—Me atacó un animal en el bosque.

—¿Un lobo acaso? Espera... ¿eras tú?

—¿Cómo lo supiste? —Mi mamá trabaja en el hospital. Me dijo que alguien aseguró haber sido atacado por un lobo. Pero jamás he oído de algo así por aquí. Ni siquiera sabía que había lobos.

—¡Sí los hay! Era una manada de veinte y tuve que enfrentarlos solo con mis puños.

—Ja, muy gracioso —respondió Leti con sarcasmo—. Pero hablando en serio, ¿de verdad fue un lobo o te inventaste eso? Digo, si me pasara algo vergonzoso también preferiría decir algo ridículo para cubrirlo...

 —Algo me atacó, eso es seguro. Estoy convencido de que fue un lobo... pero con todos diciéndome que es imposible, empiezo a dudar.

—¿Pero estás bien?

—Supongo. Estoy aquí, ¿no? Eso ya es algo.

 —Te estuve buscando estos días. La conversación continuó mientras caminaban por el pasillo rumbo a sus casilleros.

—¿En serio? ¿Por qué?

—Dos razones. Primero, recordarte que la invitación al club de jardinería y botánica sigue abierta, podrías ir a una sesión. Nos juntamos martes y jueves después de clases...

—Creo que paso. No planeo unirme a nada por ahora.

—Entonces supongo que no te interesará nada relacionado con el básquetbol tampoco —dijo Leti con tono inocente, sabiendo perfectamente que eso lo provocaría.

—¿Qué pasa con el básquet? ¿Hay algún cupo o algo así?  —preguntó Lucas, de inmediato más interesado.

—Uy, lo siento. Si no te interesa unirte a nada, supongo que no quieres saber.

—Vamos, Leti... iré a una de tus tonterías de jardinería y botánica si me dices —Negocio Lucas.

—Cinco sesiones.

—¿Qué? ¡Dijiste una!

—Diez, por decirle "tontería".

—Está bien. Si prometo ir a diez sesiones, ¿me cuentas?

—Palabra de mujer.

 —Y yo prometo ir al club de jardinería. Palabra de hombre.

 Estrecharon las manos justo cuando llegaron a sus casilleros.

—Tengo un amigo en el equipo de básquet. Le hablé de ti, y me dijo que quiere jugar un uno contra uno para ver si eres tan bueno como dices.

 —¿Y eso me garantiza un puesto en el equipo?

—Sinceramente, lo dudo. Las pruebas ya se hicieron y es raro que acepten a alguien fuera de plazo, pero si lo impresionas, quizás pueda hablar con el entrenador. En el peor de los casos, te pueden guardar un cupo para la próxima temporada.

—Bueno —respondió un poco decepcionado—. Pensé que era un ingreso directo al equipo... pero supongo que al menos tendré a quién humillar.

—No te creas tanto. Capaz es mejor que tú.

—Lo dudo. Soy el mejor —dijo Lucas con fingida arrogancia.

—Crece veinte centímetros y te creeré.

—Mido 1.71. Eso me hace un centímetro más alto que la media mundial. Técnicamente soy alto.

—Ajá, claro —respondió Leti, cerrando su casillero—. Nos vemos luego, Lucas... si no desapareces otra semana.

La noticia lo había emocionado. Una posibilidad, por pequeña que fuera, de anticipar su regreso a las canchas. Habría ido a jardinería todo el año si eso significaba entrar al equipo. Pero un paso adelante es un paso adelante. Justo cuando estaba guardando sus cosas, sintió por el rabillo del ojo un movimiento.

 El recuerdo del baño aún era reciente, así que su cuerpo reaccionó al instante. Giró bruscamente la cabeza hacia donde lo percibió. No era un lobo. Era un chico. Delgado, de postura tímida, como si intentara hacerse lo más pequeño posible. Era el chico que se sentaba junto a él en Historia. Llevaba jeans gastados, zapatillas viejas y una sudadera color avellana. El pelo revuelto y grasiento como la última vez, aunque ya no le cubría tanto la cara.

 Lucas pudo ver mejor sus facciones: delgadas, casi esqueléticas, con pómulos marcados y unos ojos azules intensos. Estaba parado a tres metros, con la cabeza gacha y la vista fija en los zapatos de Lucas.

—Ah... hola. Leo, ¿cierto? Perdón, soy malo para recordar nombres —dijo Lucas.

—Sí, soy yo. Te estuve buscando esta semana, pero no te vi.

—¿Todo bien?... parece que mucha gente me buscó esta semana —rió Lucas, tratando de aligerar el ambiente. Leo no respondió; seguía allí, deseando quizás desaparecer.

—Te quería entregar los apuntes —dijo al fin. Lucas notó entonces el gran montón de hojas que el chico apretaba contra su pecho.

—¿En serio? —Lucas se detuvo un momento—. Muchas gracias.

Leo se acercó de golpe y extendió los brazos con rigidez para darle las hojas.

—¿Todo esto es de Historia?  —preguntó Lucas al recibir la carga. —Son de todas las clases —respondió Leo, un poco más alto esta vez.

—¿De todas? Wow... muchas gracias, Leo. En serio, no te hubieras molestado.

Lucas creyó notar un leve sonrojo en su rostro, aunque mirando al suelo, era difícil saberlo con certeza. Leo se dio vuelta para marcharse, pero antes de dar el primer paso, se detuvo.

—Escuché lo que dijiste del básquet... El gimnasio siempre está abierto por las mañanas, por si los alumnos quieren practicar. Como las clases están por empezar, probablemente esté vacío —dijo con esfuerzo, como si articular una frase tan larga le costara. Y sin más, se fue, arrastrando los pies sin despegar la vista del suelo.

 ¿Una cancha vacía? Eso era una oportunidad que Lucas no pensaba desaprovechar. No importaba que faltaran solo cuatro minutos para que comenzaran las clases. Corrió, o al menos se movió la más rápido que estaba permitido moverse en los pasillos.

Encontró la puerta del gimnasio, la empujo, se abrió con un chirrido largo, metálico. Lucas se asomó, esperando encontrar un caos de gritos y cuerpos en movimiento, pero el lugar estaba vacío. El eco de su paso resonó entre las paredes altas, cubiertas de paneles acústicos grises. Las ventanas del techo filtraban una luz opaca, cruzada por partículas de del aire denso que flotaban como si el aire estuviera dormido. El lugar olía a madera vieja, sudor seco y resina, un aroma familiar que le golpeó más fuerte de lo esperado. En un rincón, una pila de balones, de voleibol y basquetbol.

Se acercó. Lo levantó con ambas manos, con una especie de reverencia inconsciente. Tomo uno de los balones de basquetbol. Tenía la textura gastada, la superficie cuarteada por los años. Lo giró entre los dedos, apretándolo un poco. Aún conservaba ese peso preciso que le hablaba al cuerpo sin pasar por la mente. Sus pasos resonaron contra el piso encerado cuando avanzó hacia la cancha. La sensación era extraña, como si pisara un recuerdo en lugar de un suelo real. Se detuvo en la línea de tres puntos. Sostuvo la pelota un segundo más. Luego, sin pensarlo, comenzó el movimiento. Botó el balón una vez. El sonido hueco rebotó por las paredes. Otro bote. Después otro. El cuerpo recordó lo que él había olvidado. Bajó las rodillas, flexionó los tobillos. La espalda recta, los codos ligeramente doblados. Elevó el balón con ambas manos, lo sostuvo sobre su cabeza. Inhaló. Durante una fracción de segundo, todo lo demás se desvaneció: el pueblo, el bosque, la ropa sucia, las pesadillas. Exhaló. Lanzó. El balón describió una parábola limpia, elegante. Golpeó el aro con un sonido seco y entró. La red crujió suavemente.

Lucas bajó los brazos. Se quedó inmóvil. No sonrió. No suspiró. Solo cerró los ojos un momento. No había sido una canasta perfecta, pero no era eso lo que importaba. Había una calma ahí, breve y lejana, su cuerpo había tenido un momento de lucidez que su mente todavía no alcanzaba a entender. La pelota rodó hasta chocar con la base del tablero. Él no fue a buscarla. Se sentó en el borde de la cancha, los codos sobre las rodillas, mirando el aro. No era que quisiera volver. Es que, por un segundo, había dejado de estar roto.

 

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