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Tres Noches de Luna Llena

7. El Vacío

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Estaba oscuro. Un oscuro absoluto, sin origen ni profundidad. El aire denso, inmóvil, como si lo rodeara un mar de tinta espesa. No se ahogaba, pero sentía flotaba en el fondo de algo cubierto por capas de silencio.

La atmósfera que lo envolvía era pesada y pegajosa. No tocaba el piso, pero tampoco caía. No había dirección, ni arriba, ni abajo. Solo la certeza de estar suspendido, atrapado en un espacio sin forma, límites o superficie. Pero no había alivio. No había frescura. Solo inquietud.

No recordaba cómo había llegado ahí. Ni cuándo. Solo estaba.

No se percibía olor, ni tacto, ni temperatura. Era la ausencia de todo. Y sin embargo, algo dentro de él ardía. Una advertencia. Una voz muda —el instinto más puro— le decía que aquel lugar no era seguro. El cuerpo lo sabía. La adrenalina empezó a correrle por las venas, despertando algo primitivo. El mismo instinto de huida que ya había sentido antes. Aquella noche en el claro. Esa sensación volvía. Y era aún más intensa. Estaba en peligro.

Lentamente, comenzó a recuperar el control de su cuerpo. Primero un leve cosquilleo, luego un tirón nervioso en los músculos, algo dentro de él luchaba por habitar nuevamente la carne. El miedo había entumecido cada fibra. Era despertar de un sueño helado. Levantó su brazo izquierdo con esfuerzo. Lo acercó a su rostro. A pesar de la niebla densa, distinguió su mano, temblorosa y pálida. Su mirada descendió lentamente por el brazo, reconociendo formas que le resultaban familiares y ajenas a la vez.

Luego alzó el derecho. Repitió el gesto. Con torpeza, se tocó el pecho. Las costillas. El vientre. Las piernas. Se inspeccionaba como quien despierta en otro cuerpo. Sentía cada roce de sus dedos contra la piel, pero las manos estaban frías como un cadáver. El hielo no venía del entorno. El frío nacía de él.

Entonces se percató: estaba sin ropa. Completamente expuesto, sin protección, flotando en un espacio sin dirección ni refugio. La vergüenza no fue lo primero. Fue la vulnerabilidad. la sensación de que todo su cuerpo pudiera ser leído, atravesado, reclamado por algo más grande que él.

La confusión le nubló la conciencia. ¿Qué podía recordar? El aserradero... Voces. Policías. Su abuelo. Un ruido agudo. Una sombra. ¿Una voz? ¿Qué rayos estaba pasando?

Sintió una brisa. Una corriente leve, casi imperceptible, que atravesó el silencio.

El aire denso —formado por esa niebla oscura y pesada— comenzó a agitarse. Algo enorme respiraba dentro de la niebla. Algo estaba despertando. La sustancia que lo rodeaba empezó a arremolinarse, a compactarse. Primero, sin forma. Solo un vórtice lento. Poco a poco, la bruma fue cediendo lugar a una silueta. Un recuerdo cruzó la mente de Lucas: el lobo.

Sobre él, suspendida en el aire, comenzó a dibujarse una cabeza. La cabeza de aquel animal, gigantesca, emergiendo desde el humo. No se dejaba ver por completo. Era solo un fragmento de algo muchísimo más grande.

 Sus ojos brillaban como brasas, encendidos por una furia que no necesitaba palabras.. Su pelaje, o lo que lo imitaba, parecía escurrirse en hilos oscuros, hecho de sombra líquida.

Lucas trato de dar un paso atrás, pero no se sintió retroceder. No hubo desplazamiento. Ese espacio no obedecía a las reglas del mundo real. No había orientación. No había refugio. No había salida.

El Lobo alzó la cabeza. Y con ese gesto, el aire pareció quebrarse. Las sombras a su alrededor se estremecieron, y aunque no hubo sonido, todo temblaba con un aullido contenido.

El pecho de Lucas ardía. Un frio tan intenso que quemaba. El Lobo abrió sus fauces y las acercó, lentamente, a al rostro de Lucas.

La mente de Lucas recordaba. No por voluntad propia, sino por una fuerza invisible lo arrastrara hacia atrás, llevándolo de regreso a ese instante. No sabía explicarlo con claridad, pero lo sentía con cada parte de su cuerpo: era lo mismo. El mismo ambiente denso, la misma presión en el pecho. Todo su ser le decía que la criatura que había encontrado en el claro estaba nuevamente frente a él. El mismo ser. El mismo lobo.

 —¿Qué... qué carajo quieres? —logró decir, su voz temblando, apenas audible.

—Tú —respondió el lobo. La voz no brotó de su boca ni se formó en palabras comunes. No fue un sonido como los demás, sino una vibración profunda que parecía provenir del centro mismo de la criatura. La esencia del lobo hablaba directamente desde otro plano, con un tono grave, cargado de ira.

Aquellas palabras no se desvanecían; resonaban, multiplicándose en el aire denso. Los ojos de la criatura seguían fijos en Lucas, ardiendo con odio y brillando con furia.

—Corro por tus venas como el agua corre por un río —dijo la voz, con una calma aterradora—, creciendo bajo tu piel como las raíces se abren paso en la tierra.

Lucas sintió que algo lo recorría por dentro, aquellas palabras estaban perforando su carne desde el interior. Trató de racionalizarlo, de convencerse de que era una alucinación, una pesadilla, pero la realidad que lo envolvía era demasiado vívida.

—¿Qué mierda eres tú? ¿Por qué me quieres a mí?

—¿No lo entiendes? —respondió el lobo con tono burlón, como si le divirtiera su ignorancia—. Tú eres yo.

La mente de Lucas se detuvo. "¿Qué carajo querrá decir con eso?", pensó, sin lograr comprender nada. Pero la respuesta llegó sin esperar.

—Que somos iguales —añadió el lobo.

Un temblor incontrolable bajo por la columna de Lucas. Comprendió, entonces, algo aterrado: no era solo que esa cosa pudiera comunicarse con él, sino que podía leerlo. Estaba en su mente, y también en su cuerpo. Y quizá más allá.

—Estoy en tu cabeza, en tu cuerpo y en tu alma —continuó la voz—. No ocultas nada de mí. No pienses en escapar de algo que llevas dentro. Tu cuerpo es tuyo, pero tú eres mío ahora. Y la barrera que nos separa se debilita cada vez que la luna crece. Esa noche no sabrás si eres tú... o soy yo.

 Lucas sentía sus venas volveré hielo. Su corazón latía con violencia, queriendo escapar por sí solo de su pecho. La criatura soltó una risa suave, pero cada nota era un cuchillo: burlona, hiriente, afilada.

—¿Y... qué harás... cuando... cuando salgas? ¿Qué vas a hacer conmigo? — preguntó, luchando por mantener el control de su voz.

—Lo que ustedes me han hecho a mí —dijo el lobo, ya sin sarcasmo, con un tono oscuro, grave, firme—. Cobraré todo lo que ustedes me han quitado.

—Pe... pero ¿qué...?  —balbuceó Lucas.

—No te preocupes —gruñó la criatura, con un tono más bajo y espeso, cargando las palabras con una advertencia oculta—. Lo verás por ti mismo, Lucas.

Su nombre comenzó a repetirse. Al principio fue claro, nítido, directo. Luego, un eco arrastrado por la bruma, fue perdiendo forma y ganando peso, multiplicándose, deformándose. Parecía que la voz se duplicaba, se filtraba por todos los rincones de ese espacio sin fronteras. Lucas. Lucas. Lucas... Lucas... Lucas... Lucas... Su nombre quedó suspendido, flotando en esa bruma espesa en una condena repetida al infinito. Lucas. Lucas... Lucas...

—...Lucas. ¡Lucas! ¿Qué te pasa?  —la voz de su abuelo lo sacudió, rugiendo a centímetros de su rostro.

Lucas reaccionó de golpe, parecía que emergiera de una pesadilla sofocante. Tardó un momento en volver a sí, aún atrapado en la confusión. La sensación de "¿Qué carajo estaba pasando?" seguía palpitando dentro de él.

—¿Qué?  —balbuceó, desorientado.

—Llevas como una hora de pie, mirando a la nada. No has cortado casi nada de leña —dijo el abuelo, irritado. Pero Lucas apenas procesaba las palabras. Su mente aún flotaba entre lo real y lo irreal, intentando distinguir si lo que había vivido era un sueño o una terrible pesadilla.

 Miró sus manos. Aún sostenía el hacha. Estaba en el aserradero. El sol se colaba ya entre las nubes, y por la inclinación de la luz, parecía ser más de mediodía.

 —¿Qué carajos te está pasando?  —repitió el abuelo, esta vez con un tono diferente, más preocupado que molesto. Sabía que algo no andaba bien.

—Yo... yo... —Lucas apenas pudo formar las palabras.

—Olvídalo. Ya es hora de irse. Ve a cambiarte de ropa.

—¿Tan pronto nos iremos? —preguntó, tratando de sonar normal.

—Los sábados solo se trabaja medio día. Tu madre ya debe estarnos esperando con el almuerzo.

El trayecto de regreso se sintió eterno. Los metros parecían kilómetros y los minutos se alargaban como horas. El sudor frío aún bajaba por su nuca. Cada vez que recordaba la voz — aunque fuera por un segundo— un estremecimiento lo sacudía por completo.

—¿Qué tal estuvo el día?  —preguntó Martha al verlos entrar por la puerta principal.

—Bastante interesante. Recibimos una visita de la policía —respondió el abuelo con tono casual.

 —Lo imaginaba. Vinieron aquí preguntando por Lucas. Casi me da un infarto pensando en qué problema podrías estar metido. Pero me explicaron todo, y les dije dónde estabas —dijo, mirándolo directamente. Pero Lucas apenas alzó la vista. Mantenía la mirada clavada en el suelo, como si evitar pensar pudiera silenciar el torbellino que llevaba dentro. Pero no importaba cuánto lo intentara: las palabras, la silueta... seguían ahí.

—¿Te encuentras bien, hijo?

—Voy al baño —respondió rápidamente, buscando escapar.

—Ha estado así desde lo de la policía —alcanzó a escuchar que decía su abuelo mientras se alejaba.

Lucas se encerró en el baño del primer piso y caminó directo hacia el espejo. Se miró con atención. Se observó el rostro, la expresión, los ojos. Buscaba algo. Una grieta. Una sombra. Un indicio de que no estaba solo. Temía encontrar allí un rastro de aquella criatura que había dicho habitar dentro de él. Sostenía la mirada con una mezcla de desafío y desesperación. Pero no vio nada.

 Tal vez todo había sido un mal sueño. Una visión inducida por el trauma del claro. Una secuela emocional. Por un instante, solo uno, se permitió respirar. Se sintió casi aliviado.

Pero súbitamente, algo dejo de estar bien. Su brazo izquierdo comenzó a temblar, primero sutilmente, luego de forma violenta. Sin aviso, se alzó y se cerró contra su propia garganta, presionándola con fuerza. Lucas jadeó, las manos temblorosas intentando soltarse, pero no respondían. Su brazo no obedecía. Se movía solo, como si una voluntad ajena lo dominara. Y no era solo su brazo.

—No creas que no soy real, muchacho —dijo una voz, y no fue una alucinación: habló a través de la boca de Lucas. Lucas sintió que el aire se le iba. No por la presión, sino por el terror. Un miedo puro lo invadió por completo.

—¿Pero qué carajo...?  —alcanzó a decir, pero su propia voz temblaba. El pánico se apoderaba de él.

—Estoy más cerca de ti de lo que crees —continuó la voz, oscura, cavernosa, usando la boca de Lucas como un canal—. Me acerco más y más a la superficie. Cuando sea luna llena, serás uno conmigo. Así que ni pienses que escapar es una opción.

De un instante a otro, la mano lo soltó. Lucas se derrumbó de rodillas, recobrando el control, pero con todo el cuerpo temblando. Esta vez no era frío. Era terror. Se abrazó a sí mismo, como si pudiera contener algo que ya no estaba afuera, sino dentro. Estaba asustado. Y lo peor era que ahora sabía que no estaba solo.

 

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