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Tres Noches de Luna Llena

4. La Bruma del Lobo

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Lucas Camina. No piensa ni razona. Solo avanza, arrastrado por una ira que arde como brasas bajo la piel.

Acaba de pelear con su madre. Ni siquiera recuerda bien por qué. Solo recuerda su rostro: desbordado por la preocupación, la frustración... y el amor. Y el suyo propio, endurecido, deformado por una rabia que no supo contener. Una parte de él lo lamenta. Otra, no quiere sentir nada. Ahora, todo lo que queda es ese fuego que lo quema por dentro y lo obliga a moverse, como si al caminar pudiera arrancarse esa emoción, o desgastarla hasta volver a sentirse vacío otra vez.

Pero no ocurre. Cada paso alimenta más la furia. Es un ciclo de combustión. No odia a nadie. Pero todo le desagrada.

El bosque lo rodea. Árboles. Siempre los mismos. Abetos y pinos plantados en filas perfectas, como lápidas verdes. No parecen reales. No son un bosque. Son una plantación. Un decorado.

Le irrita ver tanta simetría fingida, tanta vida domesticada. Y entonces se detiene. Mira a su alrededor. No reconoce nada. Se ha internado más de lo que pensaba. Todo es igual. No hay punto de referencia. Solo una pendiente que ha ido subiendo sin pensarlo. Eso, y que ahora está perdido. El pensamiento lo irrita aún más. Perderse en pleno invierno, por su propia estupidez.

—¡Mierdaaaa!  —grita con la garganta hecha un nudo.

El frío le muerde los brazos con los dientes largos del invierno. En el calor de la discusión olvidó la chaqueta. Aún le queda algo de calor por el esfuerzo de caminar, pero sabe que no durará. Pronto, el frío ganará terreno.

El bosque se lo traga con una paciencia lenta. A cada paso, el paisaje y el terreno cambian. El área, antes cubierta de raíces secas y ramas partidas por maquinaria pesada, comienza a volverse más blando, más esponjoso. Parecía que por fin caminara sobre tierra viva. El olor cambia: más denso, vivo y más salvaje. Los pinos idénticos desaparecen, reemplazados por árboles nudosos, de formas irregulares, con cortezas abiertas como bocas.

Hay un silencio extraño. Casi sagrado. Lucas se detiene otra vez. Respira con dificultad. El sudor le baja por la nuca y se enfría con la bruma que empieza a envolverlo. Algo en ese lugar se siente distinto.

Se siente observado. Empieza a tener calor. Pero no es físico. No es el del cuerpo en movimiento. Es uno externo y sofocante. Arde y quema. La vegetación se ha vuelto más espesa y salvaje. Ese rincón del bosque pareciese intacto desde hace siglos. Un claro se abre entre la neblina.

No hay canto de aves. Ni zumbido de insectos. Ni crujido de ramas. Solo silencio. Los animales del bosque no callan por nada. Callan cuando no quieren ser encontrados, porque una amenaza anda cerca. Y si todo el bosque ha callado, es porque el peligro es absoluto.

 Lucas lo sabe. No está solo. Su cuerpo lo intuye antes que su mente. La respiración se acorta. Cada músculo se tensa. Gira la cabeza con rigidez.

Y lo ve. Un lobo.

Uno completamente diferente a cualquier otro. Es enorme. Desproporcionado. Hecho de sombra y humo, de algo que cambia de forma con cada parpadeo. Su cuerpo oscila entre la materia y la nada, existiendo en varios planos al mismo tiempo. Tiene ojos amarillos que disparan un odio frío dirigido a Lucas.

Lucas no puede moverse. El instinto grita que corra, pero sus piernas no responden. El lobo gruñe. Un sonido bajo, profundo, que le retumba en los huesos. Y comienza a avanzar. No corre. No se lanza. Solo camina, seguro de que nada puede detenerlo. Se detiene frente a Lucas. Tan cerca que puede sentir su aliento: húmedo y denso como niebla tóxica.

 Lucas tiembla. No de frío, sino de puro miedo. Sus músculos están rígidos. Su cuerpo inmóvil. El gruñido lo atraviesa. Le duele en los oídos, en los dientes, en el pecho. En un rápido movimiento, el lobo abre sus fauces sobre el rostro de Lucas, quien cierra los ojos por instinto, esperando el desgarrón en su garganta. Pero el dolor no llega.

No entiende.

Esa criatura ya debería haberlo destrozado. Pero no ha sentido nada.

Con esfuerzo, abre los ojos. Ya no hay lobo. Solo una leve bruma negra. Por un momento, su cuerpo se relaja. Pero la bruma se mueve. Se acerca, y comienza a envolverlo. Siente un escalofrío cuando toca su piel. Como si mil agujas lo pincharan al mismo tiempo.

El impacto lo derriba. Cae de rodillas. El calor. Sofocante. El aire se vuelve espeso. Siente la bruma colándose por su boca, su nariz, sus ojos, colándose por debajo de su piel. Un espasmo lo sacude.

Grita, pero no se oye.

Se lleva las manos a la cabeza. Siente aquella esencia invadiéndolo. Llenándolo desde adentro. Sus ojos arden. Pero aún consigue abrirlos. La bruma ha desaparecido. Pero aun lo acompaña.

Está en un claro, rodeado por árboles antiguos. Sobre él, la luna llena. Blanca e inmensa.

Y entonces lo siente. Odio. Frustración. Hambre. Un deseo inmenso de destruir. Y una voz. No humana. No exactamente. Una vibración profunda, densa, que nace dentro de su cráneo.

 —Mata —susurra la voz.

Oscuridad. Silencio. Y luego, movimiento.

 Lucas parpadea. Distingue brevemente los rayos del alba asomándose en el horizonte, ve el amanecer.

Está de pie. Caminando. No sabe hacia dónde ni por qué. Todo su cuerpo duele. Siente que lo hubiera atropellado un tren. Como si sus huesos hubieran sido rotos y vueltos a encajar a la fuerza. Su ropa está rasgada, cubierta de barro, con manchas oscuras. Sangre. No sabe si es suya. Pero huele metálica y seca.

Avanza entre los árboles como en trance, hasta que una voz lo sacude.

—¡Ahí! ¡Es él!

Parpadea. Reconoce el lugar. Es el aserradero de su abuelo. Las voces, los pasos apresurados, el eco de maquinaria en reposo. Una figura corre hacia él. Más voces la siguen. Lucas apenas alcanza a reconocer algunos rostros humanos antes de que sus piernas cedan.

Todo se vuelve negro.

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