3. Capítulo II
Ren Kai despertó en un lecho desconocido. La habitación, aunque elegante cubierta por seda oscura y madera tallada, se sentía vacía, desprovista de calidez. Su pasado, marcado por la pérdida y la supervivencia, le había inculcado una cautela instintiva. Un segundo de confianza podía ser fatal.
En ese instante, la figura de un hombre mayor apareció en el umbral. Ren lo observó con desconfianza. Sus ropas suntuosas y su porte autoritario revelaban a alguien de gran importancia. Instintivamente, Ren se incorporó para saludarlo con la debida cortesía, pero el hombre alzó una mano, deteniéndolo.
"No es necesario, joven," dijo con una voz que pretendía ser amable, pero que no lograba ocultar un dejo de cálculo. Ren permaneció sentado al borde de la cama, sus ojos oscuros escrutando cada detalle del rostro de su interlocutor.
"Soy Kenzō Yami," prosiguió el hombre, su tono ahora más firme, imponente, "líder de Kōketsu no Tachi, uno de los doce clanes del Fushisha no Okoku, del Reino de los Inmortales."
La mención de los Inmortales heló la sangre de Ren. Ante él se erguía una criatura de leyenda, un ser cuyo poder era inimaginable, capaz de segar su vida con un simple pensamiento. La urgencia de escapar, de sentir la libertad que Shun tanto anhelaba, lo invadió con una fuerza punzante.
La imagen de Shun surgió en su mente, clara y vívida. "¡Salvare a todos de la oscuridad, Ren! ¡Nunca nadie volverá a morir por los demonios!"
El recuerdo lo transportó a su aldea natal, ahora un amasijo de cenizas y dolor. Los demonios, sombras voraces, habían irrumpido en su mundo, arrebatándoles a sus padres en un instante de brutalidad indescriptible. Después, la figura de Shun, fuerte y protectora, lo había guiado a través del terror. Shun, capturado y convertido en esclavo, hablaba con fervor de la libertad que existía más allá de los muros del palacio. Ren, nacido entre esas piedras grises, no comprendía del todo sus palabras, pero la pasión en la voz de su amigo era innegable.
Ahora, Shun yacía inerte, su sangre aún fresca en la memoria de Ren. La promesa resonó en su corazón con una fuerza renovada. Yo cumpliré tu sueño, Shun. Acabaré con todos los demonios. Si para ello debía someterse a este clan de Inmortales, lo haría. Por Shun.
"Puedo convertirte en un cultivador, joven," continuó Kenzō, su voz ahora cargada de un matiz sombrío, "pero el precio será alto. Deberás sacrificar tu vida humana, dejar atrás la mortalidad."
En ese instante, la mente de Ren Kai retrocedió al bosque helado, al tacto frío de la nieve bajo sus dedos entumecidos. Recordó el calor fugaz de la mano de Shun entrelazada con la suya mientras huían del infierno demoníaco. Vio la sonrisa radiante de su amigo al creerse a salvo, una imagen que ahora desgarraba su alma con una punzante tristeza. Revivió el instante en que la espada del cultivador atravesó el cuerpo de Shun, la sangre caliente salpicando su rostro, sellando su destino. Y luego, el despertar de un poder gélido, la venganza instantánea y la oscuridad que lo envolvió.
El recuerdo lo devolvió bruscamente a la elegante habitación, al rostro expectante de Kenzō Yami. La oferta del Inmortal resonaba en el silencio. Sacrificar su humanidad... ¿acaso le quedaba mucha después de lo que había vivido?
Con una determinación fría como el hielo que una vez lo rodeó, Ren se ir guió, sus ojos oscuros fijos en Kenzō. "Mi nombre es Ren Kai, hijo de Hana y Takeshi Kai," declaró con una voz firme, desprovista de cualquier rastro de vacilación. "Y juro dar mi vida por el clan Kōketsu no Tachi."
Una sonrisa lenta y llena de satisfacción se extendió por el rostro de Kenzō Yami al escuchar esas palabras. Se puso de pie, su imponente figura dominando la habitación. "Bien dicho, Ren Kai. Para convertirte en parte de nuestro clan, deberás superar la Prueba de los Doce Clanes. Si lo logras, no solo te volverás un cultivador y miembro de Kōketsu no Tachi, sino que serás mi cuarto hijo, Haruto Yami.
Ante la solemne declaración y el nuevo nombre conferido, Ren Kai inclinó su cabeza en una profunda reverencia hacia el líder del clan. El camino que tenía por delante era incierto y peligroso, pero la promesa de poder y la oportunidad de cumplir el sueño de Shun lo impulsaban hacia adelante, sin importar el sacrificio.
Semanas después, las cicatrices en el alma y el cuerpo de Ren Kai eran solo ecos silenciosos, testimonios de un pasado sombrío. La Prueba de los Doce Clanes había comenzado bajo un cielo teñido de violeta y oro. En el centro de un claro bañado por una luz crepuscular, la Piedra del Destino aguardaba, sus grabados ancestrales palpitando con una energía apenas contenida. Los jóvenes aspirantes, corazones latiendo al unísono con la incertidumbre, se acercaban a su superficie rugosa.
Uno a uno, ascendieron al altar pétreo. Al contacto con las runas, la piedra respondía con efluvios de luz espectral, invocando la silueta etérea de una bestia zodiacal. El Rato astuto danzó en una voluta de energía plateada para el primero, seguido por el Buey de fuerza imperturbable, cuyo espíritu emergió como una sombra de jade. El Tigre feroz rugió en llamas carmesí, su aura salvaje envolviendo al siguiente. La Liebre grácil saltó en una estela de polvo de estrellas, su presencia fugaz y etérea. El Dragón celestial se elevó en un torbellino de escamas doradas y relámpagos silenciosos, su poder ancestral palpable. La Serpiente enigmática se deslizó en espirales de humo violeta, sus ojos brillantes con secretos cósmicos. El Caballo indomable galopó en una ráfaga de viento esmeralda, su espíritu libre e impetuoso. La Oveja gentil flotó en una nube de suave luz ámbar, irradiando paz. El Mono juguetón saltó y giró en un torrente de chispas doradas, su energía traviesa contagiando el aire. El Gallo orgulloso cantó en una explosión de luz solar, sus plumas iridiscentes centelleando. El Perro leal ladró en una emanación de tierra brillante, su fidelidad inquebrantable. Finalmente, el Jabalí robusto surgió en una oleada de energía marrón terroso, su determinación inamovible.
Cuando el último aspirante hubo revelado su conexión zodiacal, Kenzō Yami, con una solemnidad que pesaba en el aire, anunció el turno del último joven. Ren Kai avanzó hacia la Piedra del Destino. Bajo sus pies descalzos, las runas vibraban con una energía primigenia. Dejó caer una solitaria gota de su sangre, roja como un rubí en la piedra gris. En su mente, el espectro de Shun sonreía, sus risas resonando como campanillas lejanas en el silencio expectante.
De repente, la tierra gimió, un rugido sordo que hizo temblar los corazones. Los doce líderes, hasta entonces estatuas de contemplación, se levantaron como movidos por un resorte, sus rostros tensos ante el presagio. La Piedra del Destino estalló en una supernova de luz blanca, cegadora, y las runas se alzaron en el aire como constelaciones fugaces.
No fueron simples espectros los que emergieron. El Rato, ahora una sombra plateada tejida con hebras de luz lunar, danzó con una inteligencia cósmica. El Buey, una mole de jade etéreo con ojos de obsidiana, irradiaba una fuerza capaz de mover montañas. El Tigre, envuelto en llamas espectrales que danzaban con la furia de mil soles, rugió un sonido que resonó en los huesos. La Liebre, una visión de ópalo y luz estelar, se movió con la gracia de una galaxia en espiral. El Dragón, una entidad majestuosa de oro líquido y tormentas silenciosas, emanaba un poder que parecía contener la creación misma. La Serpiente, una constelación de amatista humeante, susurró secretos olvidados en el viento helado. El Caballo, una nebulosa esmeralda galopando a través del vacío, dejó tras de sí un rastro de polvo de diamantes. La Oveja, una aurora boreal de paz y armonía, envolvió el claro en una calidez etérea. El Mono, un cometa dorado danzando entre las estrellas fugaces, desató una energía caótica y maravillosa. El Gallo, un faro de luz incandescente con plumas de arcoíris cósmico, cantó una melodía que despertó el alma. El Perro, una guardián de tierra brillante con ojos de zafiro profundo, irradiaba una lealtad inquebrantable. Y el Jabalí, una fortaleza de energía marrón cósmica, emanaba una determinación que desafiaba al propio destino.
Un frío glacial, como el vacío entre las estrellas, emanó de Ren Kai. El aire se espesó, cada respiración se convirtió en una exhalación de escarcha. Los doce espíritus zodiacales, entidades de poder inimaginable, se inclinaron ante el joven, sus luces espectrales temblando en señal de sumisión. Luego, uno a uno, se desvanecieron en el éter, dejando tras de sí un silencio cargado de asombro y temor.
El frío se retiró, pero el impacto de lo presenciado dejó a los jóvenes aspirantes temblando, sus piernas apenas capaces de sostenerlos. Una fuerza invisible parecía exigirles arrodillarse ante aquel niño imbuido de un poder cósmico. Los doce líderes, pálidos y con los ojos dilatados, sabían que habían presenciado el despertar del elegido de Monju Bosatsu. Una punzada de envidia, amarga y repentina, atravesó sus corazones al mirar a Kenzō Yami. ¿Cómo había encontrado a este niño, la llave para liberarlos de la oscuridad, después de siglos de búsqueda infructuosa?
Kenzō Yami descendió del estrado con una lentitud deliberada, su rostro una máscara de asombro contenido y creciente satisfacción. La multitud de jóvenes se apartó a su paso, sus miradas fijas en Ren Kai, cuyo aura aún palpitaba con una energía misteriosa.
"Este joven," proclamó Kenzō, su voz resonando con una nueva autoridad, "será conocido en todo Fushisha no Okoku como mi cuarto hijo, Haruto Yami."
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