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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

4. Capitulo III

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La llegada de Haruto Yami al clan Kōketsu no Tachi marcó un antes y un después en el ritmo de sus entrenamientos. Los días se transformaron en un torbellino de aprendizaje y dominio. Con cada sesión, Haruto demostraba una habilidad innata, una comprensión que trascendía la mera memorización. Sus movimientos eran fluidos en las artes marciales, su concentración inquebrantable durante las meditaciones, y su comprensión de los principios de la cultivación era asombrosa para su corta edad.

Los grandes maestros de los diversos dominios – aquellos que custodiaban los secretos de las formaciones, la alquimia, el manejo de la espada y el control de los elementos– pronto manifestaron un interés vehemente en tomar a Haruto como su pupilo personal. Poseer a un talento tan excepcional, que a sus escasos ocho años ya había logrado la hazaña de formar un núcleo de maná completo, significaba un prestigio sin igual en el mundo de la cultivación. Era una oportunidad para inscribir sus nombres en los anales de la historia, forjando una leyenda a través de las manos de un elegido. La admiración que los demás estudiantes sentían por Haruto se entrelazaba con una punzante envidia, conscientes de la distancia abismal entre su propio progreso y el del joven prodigio.

Sin embargo, el líder Kenzō Yami, con una sonrisa enigmática que pocos lograron descifrar, había proclamado su intención de entrenar personalmente a Haruto. Esta decisión, aunque esperada por algunos, sorprendió a muchos. Kenzō, un cultivador de renombre y poder inconmensurable, rara vez tomaba aprendices, y menos aún dedicaba su tiempo a la instrucción individual. Esto solo sirvió para avivar aún más las llamas de la envidia y la admiración hacia Haruto.

Un día, mientras Haruto se encontraba inmerso en una profunda meditación, sintiendo el flujo de la energía espiritual a través de sus meridianos, una voz familiar, la de uno de los sirvientes más antiguos del clan, lo interrumpió suavemente.

"Joven maestro Haruto," dijo el sirviente con una voz pausada y respetuosa, "una vez que sus clases de hoy hayan concluido, Su Excelencia Kenzō Yami desea que se dirija al Palacio de los Antepasados."

Haruto abrió lentamente los ojos, el rastro de la concentración aún visible en su mirada. El Palacio de los Antepasados. La noticia corrió como un reguero de pólvora entre los estudiantes y sirvientes. Todos sabían lo que aquello significaba: el entrenamiento de Haruto Yami bajo la tutela directa del líder Kenzō Yami estaba a punto de comenzar.

Haruto Yami llegó al lugar indicado, deteniéndose ante la imponente fachada del Palacio de los Antepasados. Las puertas, monumentales y talladas con intrincados motivos, se alzaban como centinelas, flanqueadas por dos cultivadores guardianes de semblante grave. Al verlo, los guardianes asintieron con un gesto casi imperceptible y las gigantescas hojas de madera se abrieron con un crujido profundo, revelando la penumbra del interior.

"El líder Kenzō Yami lo espera al fondo del palacio, joven maestro Haruto," informó uno de ellos con voz grave.

Dentro, un cultivador de alto rango, con túnicas de un azul tan oscuro que casi se confundía con el negro, se adelantó para guiar a Haruto por los silenciosos y vastos pasillos. El aire, cargado con el aroma a incienso antiguo y maderas nobles, se sentía pesado. Finalmente, el cultivador se detuvo ante un pasaje discretamente oculto en una pared, casi invisible a simple vista.

"El resto del camino lo hará solo, joven maestro," dijo el cultivador, señalando la oscuridad descendente.

Sin dudarlo, Haruto Yami se adentró en el pasaje. Cientos de escalones de piedra sólida se extendían hacia las profundidades, el eco de sus propios pasos siendo el único sonido en el descenso. La luz se desvaneció gradualmente, dejando a Haruto en una oscuridad densa y penetrante. El frío comenzó a calar en sus huesos, un frío que iba más allá de la temperatura ambiente, un frío que parecía emanar de la propia piedra.

Finalmente, los escalones llegaron a su fin, abriéndose a un vasto espacio. Lo que vio le heló la sangre. Aquel lugar era la Prisión de Hielo de Kōketsu no Tachi, el sitio más sagrado y a la vez temido de todo el clan. Se decía que en sus profundidades eran encerrados y torturados los más grandes criminales de la cultivación, aquellos cuyas almas eran irredimibles. El frío era tal que, según las leyendas, podía destrozar cualquier núcleo de maná, convirtiendo a los cultivadores más poderosos en meros cascotes de hielo.

Una punzada de pánico heló su sangre al pensar en ello. ¿Por qué lo habían traído a este lugar? ¿Qué propósito podía tener? En el centro de la inmensa y gélida cámara, inmóvil y de espaldas a él, se alzaba la figura de Kenzō Yami. El aire cristalino vibraba a su alrededor.

Kenzō Yami se giró lentamente, su rostro impasible, sus ojos como témpanos de hielo. "Haruto Yami," su voz resonó en la vasta cámara, amplificada por el eco del hielo, "a partir de hoy, este será el lugar de tu entrenamiento. Posees un poder único en el mundo, un elemento que pocos han logrado dominar: el hielo."

Kenzō extendió una mano, un aura gélida emanando de sus dedos y haciendo que el ya frío ambiente descendiera aún más. "En este lugar, Haruto, en la Prisión de Hielo (Hyōrō) , podrás elevar tu poder al máximo. Aquí, donde el frío puede destruir cualquier otra cosa, tu esencia de hielo prosperará y explotará más allá de tus sueños más salvajes."

El entrenamiento con Kenzō en la Hyōrō era arduo y duradero. Cada día, Haruto Yami se dirigía a las gélidas profundidades de la Prisión de Hielo, sabiendo que el más mínimo error le costaría caro. Y ese era un lujo que no podía permitirse. Esta presión constante, esta exigencia implacable, provocó un crecimiento asombrosamente rápido en Haruto, moldeando su habilidad con el elemento hielo a un ritmo sin precedentes.

A medida que Haruto ascendía rápidamente en su dominio, aquellos que una vez lo habían admirado comenzaron a sentir que la envidia se arraigaba en sus corazones. Los susurros comenzaron a circular entre los demás estudiantes de cultivación. Debido a la intensidad de su entrenamiento y a la naturaleza solitaria de su aprendizaje con Kenzō, Haruto se había vuelto más distante, su mirada más concentrada y su presencia, a menudo, más fría que el propio hielo que aprendía a controlar. Donde antes veían potencial, ahora algunos solo percibían a un niño engreído, ajeno a los esfuerzos y desafíos de sus compañeros.

"Dicen que el líder le está dando un trato preferencial porque es el supuesto 'Elegido'," murmuraba un estudiante a otro durante una clase de formación, observando a Haruto con una mezcla de resentimiento y fascinación mientras practicaba en silencio.

"¿Y qué? ¿Acaso eso le da derecho de ser tan arrogante?" replicaba otro, su voz apenas audible.

No comprendían la magnitud de lo que Haruto soportaba en la Hyōrō. No veían las largas horas de meditación en el frío que les helaría el alma, ni las repeticiones incansables de técnicas hasta que sus músculos se rebelaban, ni la implacable mirada de Kenzō que no toleraba la imperfección. Para ellos, Haruto era simplemente un niño privilegiado que había sido arrancado de la oscuridad y elevado a una posición que creían no merecer, sin comprender que cada ápice de su poder recién adquirido era el fruto de un sufrimiento silencioso y una disciplina férrea. Su concentración, que otros interpretaban como engreimiento, era en realidad el resultado de la constante exigencia de Kenzō, quien le recordaba que la vida misma dependía de su atención.

Mientras tanto, Haruto seguía su camino, ajeno (o al menos intentando estarlo) a los chismorreos. Para él, el mundo exterior a la Hyōrō se desdibujaba en una niebla distante. Su enfoque estaba singularmente puesto en dominar el hielo, en forjar su fuerza, en convertirse en el cultivador que prometió ser al recuerdo de Shun. Cada ápice de su ser estaba dedicado a la ardua tarea de prepararse para la oscuridad que se cernía sobre los reinos, un sacrificio que los demás estudiantes, en su envidia, eran incapaces de comprender.

Durante uno de sus entrenamientos rutinarios, la figura de un tercer gran Inmortal se hizo presente, su aura resonando con una fuerza monumental que se extendía por todo el recinto del clan Kōketsu no Tachi. Era conocido como Rikishi no Fujin, el Inmortal de la Fuerza, y había llegado al oír los rumores sobre el Elegido. Su propósito era claro: poner a prueba a los jóvenes cultivadores.

La prueba se llevaría a cabo en el palacio del Inmortal, situado a las afueras del territorio del clan. Una vez allí, los jóvenes se encontraron ante un espectáculo imponente: dos mil escalones de piedra, que se alzaban hacia el cielo como una escalera hacia lo divino. Las reglas de la ascensión eran engañosamente sencillas: "Cuando el propio recipiente se llena, la montaña de la prueba, se sabe cuán alta es. Aquel que graba cinco pasos, la puerta del mundo, está en su mano"

Impulsados por la ambición, los jóvenes cultivadores corrieron hacia la base de la escalera, ansiosos por alcanzar el ansiado quinto escalón. La mayoría no pudo superar el segundo, sus cuerpos temblando bajo una presión invisible. Haruto Yami, con su característica calma, fue el último en acercarse. A su alrededor, algunos ya se habían rendido, sus sueños rotos a los pies de la escalera, mientras otros sufrían con cada paso, aferrándose a una esperanza tenue.

Apenas Haruto posó su pie en el primer escalón, una fuerza inmensa y aplastante cayó sobre él. Fue como si el cielo mismo se desplomara, intentando obligarlo a arrodillarse. En ese instante, Haruto comprendió la cruel paradoja del poder, la verdad que el Inmortal de la Fuerza representaba:

El poder es una bendición y una condena. / Cuanto más alto anheles llegar, más pesado será el tributo del sendero. / Pues el universo exige de sus elegidos / una fuerza de voluntad que doblegue incluso al destino.

Su cuerpo entero temblaba, cada fibra de su ser luchando contra el poder invisible que lo empujaba hacia el suelo. Varios de sus compañeros, aquellos que apenas habían logrado el tercer escalón, se burlaron, sus risas teñidas de malicia mientras veían a Haruto. "¡Quizás un Elegido no puede vencer a una simple escalera!" murmuraron, la envidia burbujeando en sus voces.

Haruto luchaba por mover su pie, una mole invisible anclándolo al primer escalón. Permanecía rígido, su mirada fija en el suelo, su concentración al límite. Pero entonces, levantó los ojos. Y lo que vio le robó el aliento. Allí, de pie frente a él, a unos pocos escalones de distancia, estaba Shun. Con aquella sonrisa que siempre le había encantado, tan pura, tan llena de vida.

Por un momento, Haruto olvidó la prueba, el peso, la burla. Nada de eso importaba si Shun estaba allí. Los escalones parecían una nimiedad. Dio un paso, luego otro, subiendo con una dificultad creciente, pero impulsado por el único deseo de acercarse a Shun. Pero Shun también ascendía, alejándose cada vez más, corriendo por los prados verdes de su aldea, una imagen de su niñez feliz. Haruto tragó saliva. Olvidó el clan, olvidó que ya no era Ren Kai sino Haruto Yami, olvidó que estaba en una prueba del tercer cultivador y el más poderoso del mundo. Solo podía pensar en Shun, en alcanzarlo.

Y entonces, empezó a correr.

Ante el asombro de todos los presentes, Haruto Yami subió las escaleras como si el peso no existiera, su figura juvenil una ráfaga borrosa. Rikishi no Fujin, el Inmortal de la Fuerza, se quedó estupefacto. En su primer día, él mismo apenas había logrado subir cinco escalones, sintiendo que la muerte le pisaba los talones, y hoy, aunque podía subirlos todos con facilidad, jamás había visto a alguien hacerlo corriendo. El Elegido, con su poder inmenso, debería sentir un peso abrumador en cada paso, haciendo de la subida del primer escalón una victoria. Pero Haruto corría, una velocidad que desafiaba la lógica, superando la mitad de los escalones en un abrir y cerrar de ojos.

El rencor y la envidia crecieron en sus compañeros, especialmente en su tercer hermano mayor, quien apretaba los puños con impotencia. Haruto corría y Shun se alejaba, siempre inalcanzable. Finalmente, Haruto llegó a la cima. Solo quedaba un escalón. Shun se giró, su encantadora sonrisa iluminando el último tramo. Pero antes de que pudiera decir una palabra, la imagen feliz de Shun se desvaneció, reemplazada brutalmente por la visión de su amigo, asesinado por un demonio cultivador.

La realidad lo golpeó con una fuerza devastadora. El peso que sentía en el último escalón era ahora una carga inmensa, mayor que cualquier otra que hubiera experimentado. Pero Haruto, lleno de una nueva fuerza, una negativa rotunda a rendirse, avanzó. Aunque sentía que el mundo se desvanecía a su alrededor, aunque sus piernas amenazaban con ceder, dio el último paso.

Al pisar la cima, la imagen de Shun muerto desapareció. Haruto solo miró hacia el cielo, sin importarle el paisaje majestuoso ni la hazaña que acababa de lograr. Su mente estaba fija en el recuerdo de Shun y en la venganza que se convertiría en su propósito.

Bajó la escalera, notando que al descender, la fuerza que antes lo había oprimido ya no existía. Al pasar junto a sus compañeros, escuchó sus murmullos: "Si yo fuera el Elegido, también podría hacerlo", y otras quejas llenas de resentimiento. Pero Haruto los ignoró por completo. No había tiempo para las pequeñeces. Debía dirigirse a su entrenamiento con Kenzō Yami.

Rikishi no Fujin, el Inmortal de la Fuerza, tardó un momento en reaccionar, su sorpresa inicial transformándose en una profunda reflexión. En su mente, la imagen de Haruto Yami, un mero niño que con su destino desafiaba a las leyes del mundo y ahora corría por su escalera como si fuera una brisa, se grabó a fuego. Una amarga autocrítica invadió sus pensamientos, seguida de una repentina iluminación.

Se reprochó a sí mismo por la arrogancia de haberse comparado con el joven. Él, el Inmortal de la Fuerza, un pilar del mundo de la cultivación, se había medido con quien era el Elegido de los Seis Reinos. No era un simple cultivador con un potencial excepcional; era un faro, protegido por la mismísima estrella de Monju Bosatsu, la encarnación de la sabiduría. Haruto Yami no corría por la gloria personal, ni por el reconocimiento superficial que tanto anhelaban los demás. Corría por un destino tejido en las hebras del universo: estaba destinado a vencer al Rey de los Demonios y a sellar el Reino Demoníaco para siempre. Su ascenso no era una simple demostración de fuerza, sino el primer paso de un camino predestinado, un presagio de la victoria que se cernía sobre el horizonte del mundo.

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