7. Capitulo VI
Mientras los días se convertían en semanas, los rumores sobre las pruebas exclusivas de los Inmortales a Haruto Yami se extendieron como una plaga por todo el clan Kōketsu no Tachi. Sus hazañas en la Escalera de las Mil Luchas, su deslumbrante intelecto en la prueba de Monju no Kenja, y los susurros sobre su poder innato, solo sirvieron para avivar las llamas del rencor y la envidia que ya ardían en el corazón de muchos.
Especialmente para Isao Yami, el tercer hermano de Haruto. Isao aborrecía con cada fibra de su ser que aquel "simple humano" tuviera tanto poder y que todos lo alabaran solo por haber nacido con una fuerza innata al ser el "elegido". En su mente, si él hubiera sido bendecido con un poder similar al de Haruto, no solo podría hacer todo eso, sino mucho más. Para Isao, Haruto no era más que un intruso presumido y arrogante, un advenedizo que no merecía la atención que recibía.
Isao, dos años mayor que Haruto, estaba a punto de ser nombrado formalmente joven cultivador, un rito de paso significativo en el clan Kōketsu no Tachi. Era un evento que sellaría su lugar en la jerarquía, pero incluso ese logro se sentía insignificante en comparación con la atención que Haruto acaparaba.
La frustración de Isao era una herida abierta. Susurros venenosos se filtraban por los pasillos del clan Kōketsu no Tachi. Decía que Haruto se aislaba en su Palacio del Loto Blanco no por deber, sino porque se creía superior a todos, que nadie merecía estar a su lado, que su frialdad era una prueba de su arrogancia. Estas insinuaciones sutiles, pero constantes, ayudaban a alimentar los celos y el resentimiento de los demás jóvenes cultivadores, quienes ya se sentían opacados por el resplandor del Elegido.
La persistencia de Isao era tan inquebrantable como la indiferencia de Haruto. Fuera en el Jardín del Esplendor de Otoño, donde los arces derramaban hojas carmesí, o en los vastos Campos de Entrenamiento Orientales, donde Haruto perfeccionaba su técnica con la espada, Isao no perdía oportunidad de lanzar comentarios mordaces. Haruto, concentrado en sus estudios o su riguroso entrenamiento, pasaba junto a él como si fuera un mero fantasma. No había un parpadeo, no un indicio de que hubiera registrado sus palabras. La fría indiferencia de Haruto era como un veneno para Isao, irritándolo más que cualquier insulto.
Un atardecer, mientras Haruto regresaba a su Palacio del Loto Blanco, Isao lo esperó con sus amigos cerca del sendero, asegurándose de que sus voces llevaran el mensaje. Varios otros cultivadores que entrenaban cerca o pasaban por ahí aminoraron el paso, sus ojos curiosos fijos en el pequeño Haruto y el grupo de Isao.
"¡Miren, ahí va el gran Haruto Yami!" exclamó Isao, su voz un poco más alta de lo necesario, como si la compartiera con el viento. "Seguro se dirige a cumplir alguna misión de importancia cósmica, ¿no?"
Un joven de rostro afilado, amigo de Isao, se unió a la conversación con una sonrisa de complicidad. "¿Como descifrar el color exacto de la escarcha en sus ventanas? ¡O quizás asegurarse de que los pétalos de loto caigan con la simetría perfecta!" Algunos de los cultivadores cercanos soltaron rizas ahogadas, sus miradas se encontraron y compartieron un asentimiento de entendimiento, como si las palabras de Isao fueran un eco de sus propios pensamientos envidiosos.
Isao río con desdén, asegurándose de que su mirada se cruzara con la figura distante de Haruto. "O el arte de la contemplación profunda para la supervivencia del reino. ¿Quién diría que el destino del mundo depende de que respire en la forma más eficiente o que mire una pared con la intensidad adecuada?" Más risas, esta vez un poco más audibles, se escucharon entre la pequeña multitud de observadores curiosos que se había formado.
Otro cultivador robusto, con una burla apenas contenida, añadió: "Sí, nosotros aquí perdiendo el tiempo con nuestros ejercicios de maná y blandiendo espadas, cuando deberíamos estar practicando la sublimidad de no hacer nada. ¡Cosas de 'elegidos', claro, demasiado elevadas para nuestras mentes mortales!"
La falta total de reacción de Haruto, su mirada fija en el horizonte teñido de rojo, solo pensando en las configuraciones de maná que había estudiado, era una bofetada invisible para Isao. No solo Haruto lo ignoraba, sino que su indiferencia parecía una burla silenciosa ante el coro de risas y los susurros de los demás. La ira, fría y punzante, comenzó a acumularse en su pecho. La frustración lo devoraba. Las palabras ya no eran suficientes. Isao necesitaba algo más, algo que realmente sacudiera la inquebrantable calma de Haruto Yami, algo que lo obligara a reconocer su presencia, su superioridad.
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