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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

6. Capitulo V

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La revelación del asombro de Rikishi no Fujin, el Gran Inmortal de la Fuerza, al ver a Haruto Yami ascender la Escalera de las Mil Luchas como una exhalación, no tardó en extenderse como un incendio por todo el Fushisha no Okoku, el Reino de los Inmortales. El rumor, ya una verdad innegable, de que el Elegido era un verdadero prodigio, se propagó por cada rincón del mundo de los cultivadores. Era una verdad incómoda para algunos, una esperanza ferviente para otros.

Esta noticia, irresistible como la llamada de la luna, provocó la llegada de tres figuras de leyenda: los otros Grandes Inmortales. Ello no pertenecían a ninguna secta mortal; ya que eran los únicos seres en la historia actual que habían alcanzado el pináculo de la inmortalidad, trascendiendo las barreras de los reinos. Primero apareció Monju no Kenja, el Inmortal de la Sabiduría), su figura envuelta en túnicas grises y sus ojos brillando con una luz que parecía contener el conocimiento de las eras. Le siguió Jin no Yūsha, el Inmortal de la Benevolencia, cuya presencia irradiaba una calidez serena y un aura de compasión que contrastaba con la fría disciplina del clan. Finalmente, llegó Chūgi no Shishi, el Inmortal de la Lealtad, un guerrero silencioso de imponente estatura, cuya mirada férrea prometía una devoción inquebrantable.

Todos venían con la misma intención: conocer a Haruto y, si fuera posible, poder pasar sus milenarios conocimientos al Elegido. Deseaban moldear a Haruto, infundirle las esencias de sus propios dominios, convencidos de que solo con la guía de los Inmortales más grandes, Haruto podría alcanzar su verdadero potencial y cumplir la profecía.

Sin embargo, Kenzō Yami no lo permitiría. Su rostro, impasible como siempre, se endureció ante la propuesta. No dejaría que nadie más se llevara los laureles de enseñar al Elegido, ni compartiría la gloria de haber forjado al "Salvador de la Oscuridad". La ambición ardía en sus ojos, velada pero potente. Haruto era suyo, y solo suyo.

"Agradezco su interés, Venerables Inmortales," dijo Kenzō, su voz resonando con una autoridad innegable, "pero mi cuarto hijo, Haruto Yami, ya está bajo mi tutela personal. No es necesario que asuman esta carga."

Ante la rotunda negación de Kenzō, los Inmortales no pudieron hacer nada. Las leyes del clan Kōketsu no Tachi, aunque no los ataban, respetaban la autonomía de sus líderes en la educación de sus descendientes. Pero no se irían tan fácilmente.

"Siendo así," intervino Monju no Kenja, con una voz pausada pero firme, "pedimos entonces permiso para alojarnos en el clan Kōketsu no Tachi. Deseamos presenciar el ascenso del Elegido. Y, de vez en cuando, con su permiso, nos gustaría poner a prueba sus habilidades, para asegurar que su crecimiento sea constante y que su camino se mantenga puro."

Kenzō sopesó la propuesta. Rechazarla de plano sería una afrenta demasiado grande a seres de tal calibre, una muestra de debilidad o de temor. Además, la presencia de los Inmortales podría ser útil para presionar a Haruto, para que su crecimiento fuera aún más rápido, y para mantener su "joya" bajo el ojo público, solidificando su reclamo sobre él.

"Muy bien," accedió Kenzō, un ligero destello de cálculo en sus ojos. "Pueden alojarse en el clan Kōketsu no Tachi. Haruto Yami es un prodigio, y estoy seguro de que sus pruebas solo servirán para fortalecerlo."

Así, los Inmortales tomaron residencia en el clan Kōketsu no Tachi, sus auras de poder infundiendo una nueva atmósfera al ya venerable lugar. Las pruebas comenzaron. Cada Inmortal, a su manera, desafiaba a Haruto, empujándolo a límites que él mismo desconocía. Jin no Yūsha, el mortal de la benevolencia sometía a pruebas de resistencia mental, llevándolo al borde del agotamiento y la locura.

"La atmósfera se tornó pesada, el aire se hizo denso y húmedo, con un olor a tierra mojada y desesperación. Haruto parpadeó, y el jardín de bambú del Palacio del Loto Blanco se disolvió en un torbellino de sombras, revelando una aldea en ruinas, consumida por las llamas y el caos. Gritos de horror resonaban en la distancia, y figuras borrosas corrían, presas del pánico.

De entre la humareda, una silueta familiar emergió. Un joven, su rostro bañado en lágrimas, sus ojos vacíos, se acercó lentamente a Haruto. Era Shun. Pero este no era el Shun sonriente y protector que vivía en su memoria. Su piel era cenicienta, sus ropas jirones, y un aura fría y resentida emanaba de él. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora brillaban con un odio gélido.

"¡Me abandonaste, Ren Kai!" la voz de Shun era un eco distorsionado, un susurro espectral que perforaba el alma de Haruto. "Prometiste que siempre estarías con migo. ¡Me dejaste morir!"

La aldea, Haruto lo comprendió con una punzada de horror, era su antigua aldea. Y las almas que corrían, atrapadas en este tormento, eran sus antiguos vecinos, sus padres... y Shun, en el centro de todo, una manifestación de su mayor miedo: que Shun lo odiara, que su sacrificio fuera en vano, que su recuerdo estuviera corrompido.

El frío se intensificó alrededor de Haruto, pero no era el suyo propio. Era la energía de la desesperación, la manifestación de su culpa. Su cuerpo tembló, no por miedo al espectro de Shun, sino por la agonía de la elección. Acabar con Shun... borrarlo para siempre, incluso de la memoria de este lugar. ¿Podría hacerlo? ¿Podría traicionar el único recuerdo que lo mantenía en pie para salvar a estas almas ilusorias? La espada en su mano se sentía pesada."

Al despertar de la prueba ilusoria de Jin no Yūsha, Haruto yacía en el jardín de bambú del Palacio del Loto Blanco, el aire aún vibrante con la energía residual de la ilusión. Sus ojos, usualmente fríos y penetrantes, estaban bañados en lágrimas que no cesaban de brotar. Un sollozo silencioso le sacudió el cuerpo, una reacción visceral que contrastaba con la estoica máscara que siempre portaba.

Había superado la prueba, lo sabía. Al final, con el corazón desgarrado, había invocado una antigua runa de liberación, una palabra de poder grabada en lo más profundo de su memoria gracias a las enseñanzas de los antiguos escritos de Monju no Kenja. La runa había brillado con una luz blanca y pura, envolviendo la figura espectral de Shun. Y en ese instante final, el rostro de su amigo se había transformado. El odio y el resentimiento se habían disipado, dejando paso a una serenidad dulce y una sonrisa en paz.

"Gracias, Ren," había susurrado la imagen de Shun, su voz ahora ligera como una pluma. "..........." aquellas ultimas palabras no podía recordaras haruto.

Esas palabras resonaban en la mente de Haruto, una melodía agridulce que alimentaba sus lágrimas. Había vencido su mayor miedo, había tomado la decisión más dolorosa, pero el precio había sido demasiado alto. Había tenido que eliminar, aunque fuera en una ilusión, el alma de su único amigo, despojarlo de toda existencia para salvar a otros. La visión del rostro feliz y en paz de Shun al desvanecerse se repetía una y otra vez en su mente, grabada a fuego en su memoria, un recordatorio constante de su sacrificio y de la carga que ahora llevaba.

El éxito en la prueba no trajo consigo alivio, sino un profundo vacío. La frialdad que tanto cultivaba parecía haberse resquebrajado, dejando al descubierto la fragilidad de su corazón herido. Por primera vez desde la muerte de Shun, Haruto Yami lloraba sin contenerse.

Días después de la devastadora prueba de Jin no Yūsha, un silencio sombrío se había posado sobre Haruto Yami, sus ojos aún con el rastro de una frialdad profunda. El Palacio del Loto Blanco se sentían más aislados que nunca, la tristeza del joven prodigio una energía casi invisible.

Entonces llegó el momento de la prueba de Chūgi no Shishi, el Inmortal de la Lealtad. Su presencia era como una montaña inamovible, su aura de resolución impenetrable.

"El escenario cambió abruptamente. Haruto se encontró en un campo de batalla desolado, la tierra cubierta de sangre y cuerpos, el aire espeso con el hedor a metal y muerte. Ante él, los cultivadores del clan Kōketsu no Tachi, luchaban desesperadamente contra una horda de demonios, sus escudos y espadas resonando con cada golpe. La situación era crítica; estaban siendo superados en número, sus filas se tambaleaban.

Entonces, su mirada se posó en una figura, un demonio de alto rango, su armadura negra brillando con una luz siniestra. Era el demoniaco cultivador que había asesinado a Shun. La rabia hirvió en las venas de Haruto, una furia fría que amenazaba con consumirlo. Podía sentir el poder gélido pulsando en sus dedos, listo para desatar una tormenta de hielo. Había jurado matarlo a toda costa.

Pero si se precipitaba y cumplía su venganza, de matar a aquel que le arrebato a Shun, dejaría a sus aliados expuestos, debilitadnos las líneas del clan Kōketsu no Tachi, y podría condenarlos a la derrota.

La imagen del demoniaco cultivador se cernía ante sus ojos, una tentación oscura y poderosa. La sangre de Shun clamaba por justicia. Pero la visión de sus compañeros cayendo, la lealtad al clan Kōketsu no Tachi que le dio la oportunidad de vengarse y de conocer a su segundo hermano mayor, lo atenazaba. Su venganza personal contra la supervivencia de aquel que ahora lo consideraba uno de los suyos. Un sudor frío perló la frente de Haruto. La espada se tensó en su mano, no solo por la furia, sino por el peso de la decisión, podría vivir sabiendo que dejo morir a Akihiro ."

La luz de la ilusión se disipó, dejando a Haruto una vez más en la familiar quietud de la sala del Palacio del Loto Blanco. Acostumbrado ya a la abrupta irrupción y el desvanecimiento de estas realidades fabricadas, abrió los ojos. Pero esta vez, no hubo lágrimas. En su lugar, una furia contenida ardía en su interior, tan fría y cortante como el hielo.

Haruto apretó el puño, los nudillos blancos, sus ojos inyectados en sangre. No por el recuerdo de Shun, que ahora parecía una cicatriz dolorosa pero sanada, sino por la vileza de las palabras escuchadas en la ilusión.

"Lo siento, Shun," murmuró, su voz apenas un áspero susurro, dirigido a la memoria de su amigo. "Pero juro que, cuando esté frente a esos malditos demonios, los mataré a todos. Aunque me cueste la vida."

Con esa promesa, Haruto había superado la prueba de Chūgi no Shishi. En el clímax de la ilusión, cuando el demonio asesino de Shun se había burlado de él y la oportunidad de la venganza se presentó, Haruto había dado la orden a sus aliados de retirarse. La decisión no había sido fácil, pero el rostro de Shun sonriendo en paz en la prueba anterior, y la convicción de que su venganza no debía costar la vida de inocentes.

La prueba, sin embargo, no terminó sin un último golpe de crueldad. El demonio, al verlo dar la orden de retirada, había rugido en la ilusión: "¡Cobarde! ¡Eres un cobarde, Haruto Yami! ¡Los matarás a todos, igual que mate a ese inútil de Shun!"

Esas palabras, pronunciadas por una proyección de su dolor y su culpa, resonaban ahora en su cabeza real. Por eso la ira, por eso la sangre en sus ojos. Había sacrificado su venganza personal por la lealtad a sus aliados, por un bien mayor. Había comprendido que la verdadera fuerza no siempre era atacar, sino proteger, incluso si eso significaba soportar el desprecio y las palabras hirientes.

Pero de todas estas pruebas, la más feroz y exigente fue la de Monju no Kenja, el Inmortal de la Sabiduría. No se trataba de fuerza bruta o de habilidad marcial, sino del conocimiento.

Después de las pruebas de fuerza, benevolencia y lealtad, llegó el momento de la última y quizás más desafiante prueba: la de Monju no Kenja, el Inmortal de la Sabiduría.

El aire en la sala de pruebas se hizo etéreo, la luz se tornó de un azul profundo, y el palacio de las espadas se desvaneció para dar paso a un paisaje cambiante y vasto. Haruto se encontró de pie en lo que parecía ser un plano astral, rodeado por una infinidad de pergaminos flotantes, orbes luminosos y escrituras arcanas que giraban lentamente en un ballet cósmico.

La prueba comenzó con una serie de enigmas. Imponentes puertas de energía se materializaban frente a Haruto, cada una adornada con intrincados símbolos y runas de civilizaciones olvidadas. Para abrirlas, Haruto debía recitar antiguos conjuros de los Espíritus Elementales, descifrar la compleja jerarquía de las Bestias Divinas, o explicar las intrincadas filosofías de los Dioses de la Creación.

Los desafíos de Monju no Kenja habrían dejado perplejo a cualquier otro cultivador, incluso a los más eruditos ancianos del clan Kōketsu no Tachi. Las preguntas abarcaban desde la taxonomía de la flora demoníaca de Akuma no Otoku hasta las intrincadas líneas de sucesión de los reinos celestiales, pasando por los dialectos arcanos de los primeros inmortales.

Pero Haruto no titubeó. En los años de aislamiento en el Palacio del Loto Blanco, además de su implacable entrenamiento marcial y de cultivo, había dedicado incontables horas al estudio. Motivados por su deseo de comprender el mundo que le había arrebatado a Shun, y por la necesidad de encontrar todas las debilidades posibles de los demonios y de Akuma no Otoku, había devorado cada texto, cada pergamino y cada tomo que Kenzō Yami ponía a su disposición. Los textos históricos, las crónicas de los reinos, los tratados sobre la esencia del maná, los patrones de las constelaciones y las lenguas perdidas de las antiguas civilizaciones... todo había sido absorbido por su mente prodigiosa.

Monju no Kenja presentaba intrincadas paradojas sobre la interconexión de los reinos, la influencia del Karma en el destino de las almas, o las variaciones de la energía espiritual en diferentes planos de existencia. Haruto respondía con una fluidez asombrosa, citando pasajes de escrituras ancestrales que pocos recordaban, explicando conceptos esotéricos con una claridad meridiana. Las puertas de energía se abrían sin esfuerzo, y las ilusiones complejas se desvanecían ante su entendimiento.

En una ocasión, se le presentó un rompecabezas que requería la invocación de un espíritu de la creación menor, una entidad que solo respondía al conocimiento preciso de su linaje, su propósito y las fases lunares de su nacimiento. Haruto, con calma, trazó un diagrama complejo con su dedo en el aire, pronunció una serie de nombres en un dialecto antiquísimo, y el espíritu se materializó, inclinándose en señal de reconocimiento antes de disolverse.

Monju no Kenja, el Inmortal de la Sabiduría, que había anticipado una lucha prolongada y una eventual rendición, solo pudo observar con una mezcla de asombro y admiración. La prueba continuó por lo que parecieron horas, o quizás días, en aquel plano astral, pero Haruto no mostró signos de fatiga mental. Su conocimiento de los siete reinos, de la historia, de la magia y de los intrincados funcionamientos del universo era simplemente abrumador.

Finalmente, con un último enigma resuelto que revelaba la verdadera naturaleza de un fenómeno cósmico que solo se manifestaba una vez cada milenios, la prueba llegó a su fin. El plano astral se desvaneció, y Haruto se encontró de nuevo en la sala del palacio de las espadas, la luz real del sol filtrándose por las ventanas.

Cuando la última puerta ilusoria de Monju no Kenja se disolvió, y Haruto Yami reapareció en el dojo del clan Kōketsu no Tachi, el Inmortal de la Sabiduría no pudo evitar sentir una mezcla de asombro y una punzada de inquietud. El niño había superado la prueba con una facilidad que desafiaba toda lógica, demostrando un conocimiento de los siete reinos y de las escrituras antiguas que rivalizaba con el suyo propio. Su intelecto era innegablemente brillante, su capacidad para absorber y aplicar información, prodigiosa.

Sin embargo, al mirar a los ojos de Haruto, Monju no Kenja no vio la chispa de vida que se esperaría de un joven con tanto potencial. Esos ojos eran tan profundos como el infierno y tan congelados como un glaciar milenario. Habían visto demasiado, sentido demasiado, y a pesar de su victoria intelectual, la mirada de Haruto mostraba una ausencia de alegría, una frialdad que iba más allá de su dominio elemental.

Era una señal. Las cosas no estaban bien. La sabiduría de Monju no Kenja le decía que un alma tan poderosa y tan dañada podría ser un faro de esperanza o una calamidad. Debería intervenir, de alguna manera, para sanar esa oscuridad interior. Pero, ¿cómo acercarse a un corazón tan blindado? ¿Cómo guiar a un espíritu que ya había sido destrozado? La pregunta resonaba en la mente del Inmortal: ¿cómo podría salvar a aquel que debe salvarlos a todos?

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