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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

12. Capitulo XI

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Haruto se marchó del callejón con la misma calma con la que había llegado. Dejando atrás al niño y el eco de sus palabras, se dirigió con pasos lentos y tranquilos hacia la Hasu-no-yado. La calles con el alba del amanecer era una sombra silenciosa de la bulliciosa ciudad del día, con solo las linternas de las calles iluminando el camino.

Una vez frente a la posada, sacó la bolsa roja de su kimono, la misma que había usado para recoger las monedas de oro. La sostuvo en la palma de su mano por un momento. Con un gesto apenas perceptible, una brisa invernal, invisible para el ojo humano, se levantó y envolvió la bolsa. La elevó suavemente por el costado del edificio, llevándola hasta la ventana abierta de una de las habitaciones. Con un movimiento delicado, la dejó sobre la mesa de noche, junto a una taza de té vacía.

Haruto miró al cielo, donde los primeros tonos de rosa y naranja comenzaban a romper el velo oscuro de la noche. Pronto amanecería. De un salto silencioso, subió a su propia habitación y se preparó para el descanso que le quedaba, sabiendo que el amanecer no solo traería un nuevo día, sino también el comienzo de la verdadera misión. Debían partir sin demora al palacio de Emperador Kinjin.

Una vez reunidos frente a las imponentes puertas de Kinjō-ji, el palacio del emperador, el grupo de cultivadores se detuvo por un instante. La estructura de mármol blanco se alzaba ante ellos, con techos de tejas doradas que brillaban bajo el sol de la mañana, un símbolo de poder absoluto y terrenal.

Kuro Natsuki, el líder del grupo, avanzó con una calma inquebrantable hacia la entrada. Al verlo, los guardias imperiales, ataviados con armaduras relucientes, abrieron las puertas de par en par al instante, reconociendo el aura de poder que emanaba de los enviados. Les hicieron un respetuoso saludo y los guiaron por los hermosos senderos del palacio.

Las vistas eran un espectáculo de arte y opulencia. Los jardines, meticulosamente cuidados, eran un lienzo de árboles de cerezo en flor, estanques de lotos y puentes tallados en jade. La belleza de las concubinas y cortesanas que se movían con gracia por los pasillos era evidente, cada una un reflejo del poder y la riqueza del emperador.

Los cultivadores, aunque impresionados por la majestuosidad de la escena, no sentían envidia. En sus corazones, sabían que la belleza de este mundo palidecía en comparación con las maravillas de su propio reino. En Fushisha no Okoku, habían presenciado vistas insuperables: montañas que tocaban las nubes, cascadas que caían como estrellas y paisajes que se formaban a partir de la energía espiritual misma. La belleza del palacio de Emperador Kinjin era grandiosa, pero no era más que una pálida imitación de la naturaleza infinita y salvaje que ellos conocían.

El grupo de cultivadores fue guiado a través de los opulentos pasillos del Kinjō-ji hasta llegar a la sala del trono. El Emperador Kinjin los esperaba, sentado en un trono de jade flanqueado por mujeres de belleza exquisita que lo abanicaban con gracia. Su presencia era imponente, pero en su mirada se escondía una arrogancia sutil, el orgullo de un rey que se creía dueño del mundo.

"Bienvenidos, enviados de Fushisha no Okoku ," dijo Kinjin, su voz resonando con un tono respetuoso que apenas lograba ocultar un aire de superioridad. "Es un gran honor tenerlos en mi humilde palacio."

Kuro Natsuki, con una elegancia innata, respondió al saludo con una leve pero respetuosa reverencia. "Gracias, Majestad. Su hospitalidad es un honor para nosotros." Los demás cultivadores lo imitaron, inclinándose en una muestra de cortesía. A diferencia de ellos, Haruto solo inclinó la cabeza ligeramente, un gesto que los guardias, con la atención de halcones, no pasaron por alto. Aunque notaron la falta de respeto, no le dieron gran importancia, concluyendo que solo era un niño descortés, mimado por la opulencia de Fushisha no Okoku

Con el protocolo cumplido, el emperador dio la orden. "Que se les informe a nuestros ilustres invitados sobre la naturaleza de su misión."

Un hombre delgado y pálido, con la voz suave de un sirviente, dio un paso al frente. Era el Eunuco Kaito, portador de las noticias más sombrías.

"Ilustres cultivadores, durante los últimos meses, el miedo se ha apoderado de nuestra gente. Aldeanos de la capital han desaparecido sin dejar rastro en el bosque cercano. Enviamos varias tropas a investigar, pero nunca regresaron. Las exploraciones se volvieron más y más continuas, pero los guardias del palacio desaparecían uno tras otro.

Una noche, uno de ellos volvió. Estaba tan pálido como si le hubiesen arrebatado el alma. Se desmayó a las puertas del palacio real y solo hace un par de días despertó. Su relato nos dejó helados: lo que se encuentra en ese lugar es un demonio gigante, tan tenebroso y aterrador que, con solo mirarlos, podía acabar con millones de guerreros expertos. Con sus grandes garras, mató a muchos de sus compañeros. Si no fuera porque los dioses se apiadaron de su alma y la bestia se marchó sin atacarlo, él tampoco habría regresado con vida.

Su misión es simple y de vital importancia: acabar con la vida de ese demonio antes de que se aproxime a la capital y acabe con todo el reino de Ningne no Otoku,.

Una vez que el Eunuco Kaito terminó su relato, Kuro Natsuki avanzó con una cortesía tan pulida que rayaba en la arrogancia. Sus movimientos eran fluidos y elegantes, el reflejo de siglos de disciplina. Extendió una mano y, con un gesto suave, tomó el pergamino que el eunuco le ofrecía, el documento que contenía los detalles de la misión.

"Agradecemos su información," dijo Kuro, con una voz que, aunque respetuosa, no tenía calidez. "Partiremos de inmediato."

Con el pergamino en sus manos, Kuro se dio la vuelta y se retiró del salón. El resto del grupo lo siguió con la misma elegancia y la misma aura de superioridad que lo caracterizaba. La formación era impecable: primero iba Kuro Natsuki, seguido por dos filas perfectamente alineadas. En la primera, las cuatro cultivadoras, y detrás de ellas, los hombres. Al final de la procesión, como si fuera una cola solitaria, caminaba Haruto, su aura era la más helada de todas, una brisa gélida en medio de la sala.

Con cada paso, el grupo se alejaba del esplendor del palacio y se adentraba en los barrios más humildes de la capital.

Donde los habitantes de Ningen no Okoku los observaban pasar con una mezcla de curiosidad y respeto. Sin embargo, a Haruto lo ignoraban por completo. Su rostro inexpresivo y su presencia fría no despertaban el interés de los mortales. Para ellos, era solo un niño más, sin importancia.

La tensión crecía con cada metro que se acercaban al bosque, el lugar del que nadie regresaba. Kuro Natsuki ya tenía una idea de lo que era ese demonio que aterrorizaba a los mortales, un secreto que, por ahora, solo conocían los cultivadores.

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