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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

11. Capitulo X

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El aire frío de Kōteishi le quemaba los pulmones. Sus pies descalzos chocaban contra las piedras del callejón, un ritmo frenético que se mezclaba con el latido desbocado de su corazón. No corría solo para escapar; corría para salvarla. Cada paso era una oración muda, una súplica desesperada para llegar a tiempo. La bolsa que llevaba oculta bajo la capucha no era solo un botín robado; era su última esperanza, el único tesoro que podía pagar al sanador para que viera a su madre, cuya vida se consumía lentamente en una cama de paja. Si "ellos", lo encontraban, todo habría sido en vano. El eco de unas risas en el fondo le dijo que su tiempo se acababa.

En la penumbra de una esquina, tropezó, el cansancio venciéndolo. Cayó en un torbellino de tierra y dolor, rapándose las manos en la fría piedra. Antes de que pudiera recuperar el aliento, una mano sin piedad lo empujó con fuerza contra el suelo. La capucha se deslizó, y la luz de una linterna cercana reveló lo que el niño había intentado ocultar.

A pesar de la suciedad y la mugre, su rostro era de una belleza etérea, una obra de arte. Sus facciones, finas y delicadas, contrastaban con la dureza de la calle. Su largo cabello, como un río de seda negra, caía hasta su cintura. Pero lo que realmente atrapaba la mirada eran sus ojos: dos abismos oscuros, un reflejo de un dolor tan profundo que parecía haber devorado toda la luz. Ardían no con ira, sino con una molestia y una voluntad indomable que el joven señor del barrio, Kageyama Renzo, y sus matones, Tetsuo y Daichi, encontraron ofensiva.

Renzo se sentía un dios. El niño acorralado era la pieza final para su placer. Con una sonrisa torcida, extendió la mano.

"Entrégame la bolsa, rata de callejón. Hazlo ahora y tal vez te deje marchar con vida."

El niño, sin parpadear, apretó con más fuerza la tela de la capucha, su mente llena de la imagen de su madre, frágil y pálida. La bolsa, llena de monedas de oro que le había arrebatado a los estúpidos cultivadores, esta era la única esperanza de un futuro junto a ello. Su mirada era una pared impenetrable de desafío. El desprecio en sus ojos fue una chispa que encendió la furia de Daichi, quien le propinó una patada brutal en la espalda. El niño cayó de bruces, el aire escapando de sus pulmones en un quejido ahogado. La bolsa se deslizó de su agarre y rodó hasta los pies de Renzo.

Una carcajada llena de arrogancia resonó en el callejón. Renzo se agachó con calma, pero antes de tocarla, miró al niño con desdén. "Alguien de tu nivel jamás podría tener algo así. Lo robaste, ¿verdad?". Con un gesto egoísta y lleno de placer, tomó la bolsa, la lanzó al aire y las monedas de maná cayeron como una lluvia de oro, rebotando y esparciéndose por el callejón.

"¡Dime! ¿A quién se la robaste?", exigió Renzo, su voz vibrando con autoridad.

Pero en la mente del niño, había algo más grande que el dinero. Había un recuerdo de su pasado, de un madre quien estaba por morir por culpa de otros. Levantarse y suplicar no era una opción. Sería traicionar su propio espíritu. Con un estallido de furia, se levantó de un salto y se lanzó sobre Renzo para recuperar la bolsa. En un instante, Tetsuo lo sujetó con fuerza y lo estampó contra la pared. El golpe sordo del crudo impacto le hizo ver estrellas, y un dolor punzante le estalló en la nuca.

"¡Enséñenle una lección!", gritó Renzo, enfurecido por la audacia del niño. Los puños de Tetsuo y Daichi volaron sin piedad. El ardor en su mejilla, el sabor metálico de la sangre en su boca, el eco de los golpes en sus oídos. El niño se mantuvo de pie, su cuerpo un saco de golpes, pero su voluntad un muro inquebrantable. A cada golpe, su mente volvía a la imagen de su madre. La bolsa, las monedas de oro... todo se estaba perdiendo. El dolor físico era una neblina comparada con el dolor de la desesperación.

" Te soltaré si suplicas perdón", dijo Renzo, con una sonrisa de sadismo puro. "Y tal vez... te dé algunas monedas. Solo tienes que arrodillarte ante mí".

El niño, sin embargo, no se movió. Su silencio y su mirada, ahora más indomable que nunca, hicieron que la ira de Renzo se desbordara. Con un gruñido, agarró el largo cabello negro del niño y tiró con fuerza. Un dolor agudo le rasgó el cuero cabelludo, obligándolo a levantar la cabeza para mirar a su verdugo. Con el puño listo para el golpe final, Renzo se preparaba para borrar esa mirada desafiante, Pero, en ese instante, el aire en el callejón se volvió gélido y pesado. No era el frío de la noche, sino un frío sobrenatural, tan denso que se clavaba en los pulmones y hacía imposible respirar. Los tres matones se quedaron paralizados, sus cuerpos temblando incontrolablemente.

Con un gruñido ahogado, Renzo soltó el cabello del niño. La presión sobre su cuero cabelludo desapareció, y él, sorprendido, dirigió su mirada hacia la entrada del callejón. Allí, de pie bajo la luz de la luna, estaba la figura que había intervenido. En el rostro del niño, se dibujó una mezcla de asombro y terror: si era capaz de un poder así, era alguien mucho más peligroso que Renzo y sus aliados.

Pero al levantar la vista, su miedo se transformó en una completa desolación. La persona que los había salvado no era un gran cultivador, sino el niño de mirada solitaria de la posada, aquellos a quienes le había robado la bolsa.

Renzo y sus amigos, aún paralizados por el frío, sentían un verdadero pavor al ver el rostro de Haruto. Su indiferencia habitual se había transformado en una quietud fría y amenazante, una furia silenciosa que los hacía sentir como si estuvieran al borde de un abismo. Ni la valentía ni el ego de Renzo podían mover un solo músculo.

Con un pequeño movimiento de su mano, una brisa invernal recorrió el callejón. Las monedas, que aún brillaban esparcidas en el suelo, se levantaron en un torbellino de plata y oro. Sin un solo error, se reunieron en el interior de la bolsa y esta flotó suavemente hasta sus manos, quien la sostuvo con indiferencia. Hruto sabia que aquel niño posee un gran talento para el sigilo.

El miedo Renzo no solo provenía del frío que los inmovilizaba, sino del rostro inexpresivo de Haruto, que les causaba un verdadero terror. El chico ni siquiera les dirigía la mirada a ellos, sino que sus ojos estaban clavados en el niño de la bolsa, y su quietud era más amenazadora que cualquier grito.

Su voz, tranquila y resonante, llenó el callejón con una autoridad que no pertenecía a un niño. No había una pizca de emoción infantil en su tono, solo la melancolía de una verdad antigua. "El ladrón roba para alimentar su cuerpo, mas el cobarde humilla para alimentar la oscuridad de su alma. El cielo es paciente, pero su justicia, inevitable, es como el invierno que cae tras el otoño."

Renzo, Tetsuo y Daichi se quedaron en blanco, sus mentes incapaces de comprender la profundidad de esas palabras. El eco de cada sílaba se clavaba en ellos, despojándolos de su arrogancia y revelando la pequeñez de sus actos.

"El deshonor de robar al desprevenido es grande, pero más grande es la bajeza de un alma que se regocija en el sufrimiento ajeno para alimentar un orgullo vacío." La mirada helada de Haruto se posó en ellos, y en ese instante, el ego de Renzo se hizo polvo, una ilusión rota por una verdad brutal.

"Esta noche, os marcháis," sentenció Haruto, su voz baja y gélida. "Pero si este es el camino que elegís, vuestro futuro será el reflejo de vuestras propias acciones. Si vuestra codicia os lleva a lastimar de nuevo a los débiles, vuestra senda os conducirá a un final del que no hay retorno. Una oscuridad que sembráis os consumirá por completo."

Los rostros de los matones se tornaron tan blancos como la nieve. Comprendieron que no era una simple amenaza. Aquel niño les había mostrado una visión aterradora de su propio destino, una profecía que resonaba con el peso del universo.

Con un pequeño gesto de su mano, la temperatura del callejón volvió a la normalidad. La repentina oleada de calor rompió el hechizo del miedo. Renzo, Tetsuo y Daichi, liberados, huyeron a toda velocidad, sus pasos resonando en la distancia hasta desaparecer.

En el callejón, solo quedaron el niño de la capucha y Haruto. El niño no se movía. Su madre lo necesitaba, y la determinación en sus ojos superaba el miedo que sentía por aquel "demonio de hielo". No se iría, sin importar lo que le pasara pero tenia que recuperar esa bolsa con oro.

Conla bolsa recuperada, Haruto la deslizó detrás de su espalda yavanzó lentamente hacia el niño. A pesar del miedo que aúnirradiaba del pequeño, su cuerpo se mantenía firme, sin temblar niretroceder. Haruto se detuvo justo frente a él y extendió una mano,no para tomar la bolsa recuperada, sino para alcanzar su propiacintura.

De allí extrajo otra bolsa, pequeña y hecha de un tejido más humilde, de colores azul y blanco. No poseía el brillo de expetacular y radiante, pero a su manera sencilla, era hermosa. Haruto la sostuvo entre sus dedos y la ofreció al niño. Éste, con la desconfianza de un animal herido y acorralado, no la tomó ni la rechazó, sus ojos oscuros fijos en el rostro inexpresivo de Haruto.

Ante esa imagen de fragilidad y desesperación contenida, la mirada de Haruto se suavizó por una fracción de segundo, un destello fugaz de algo parecido a la comprensión, antes de volver a su habitual frialdad. Se agachó lentamente hasta quedar de cunclillas ante el niño y depositó la bolsa azul y blanca en el suelo, justo frente a él, sin atreverse a tocarlo por temor a que saliera huyendo.

Antes de levantarse, Haruto habló con palabras sencillas, despojadas de la sabiduría formal de antes, pero cargadas de un significado aún más profundo. "Si tienes alguien por quien vivir, no busques a la muerte. Porque si lo haces, la harás sufrir, y será ella quien no podrá vivir."

Dicho esto, se puso de pie con la misma calma y tranquilidad que lo caracterizaba y comenzó a alejarse del callejón. Pero antes de que pudiera desaparecer en la oscuridad, la voz quebrada del niño lo detuvo.

"¡Oye! ¿Quién... quién eres tú?"

Haruto detuvo su andar, sin volverse. Una leve, casi imperceptible sonrisa curvó sus labios, una expresión que el niño, al estar de espaldas, no pudo ver. Repitió aquellas palabras que había escuchado antes, la formalidad inculcada en el mundo de los cultivadores: "Es de mala educación hablar sin antes haberse presentado".

El niño lo analizó por un instante, dudando, antes de ceder a la formalidad impuesta por aquel ser enigmático. "Mi nombre es Haru... Haru Kira. Tengo ocho años... y yo... yo te lo agradezco." Su voz era un hilo, cargado de miedo y una incipiente gratitud.

Finalmente, Haruto volteó a mirarlo. Su rostro aún carecía de calidez, pero la dureza gélida se había atenuado, reemplazada por una indiferencia menos cortante. "Yo soy Ren Kai," dijo, sin orgullo ni humildad, "cultivador del clan Yami no Shō."

Y con esa escueta presentación, Haruto se marchó del lugar, dejando a Haru Kira solo en el silencio del callejón, con una bolsa llena de monedas y Esperanza resonante en su joven corazón.

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