13. Capitulo XII
Una densa bruma glacial se cernía sobre el límite del bosque, un sudario espeso tejido no por la naturaleza, sino por la emanación de una profunda desesperación. Al adentrarse, el paisaje se reveló como una cicatriz abierta en la tierra: troncos de árboles milenarios yacían partidos por la mitad o consumidos por las llamas, y el hedor metálico de la sangre fresca impregnaba el aire estancado.
Los once enviados, los Maestros de la cultivación, se desplegaron en una formación tensa, sus auras de energía brillando como faros nerviosos. La quietud se hizo añicos con un rugido atronador, un bramido tan primigenio que no solo estremeció la tierra, sino que hizo vibrar el alma, silenciando todo pensamiento. Haruto, el Elegido, se mantuvo imperturbable, su mente un glaciar inamovible, listo para la contienda. La promesa hecha a Shun exigía la erradicación de aquel monstruo.
Entonces, la criatura emergió de la cortina de niebla.
La visión golpeó a Haruto con la fuerza de un rayo, paralizando su esencia. Aquel ser no era un demonio, sino una Bestia Divina, aunque corrompida por una aflicción impía. En el santuario de su mente, el conocimiento ancestral se desplegó con la claridad de las eras:
Lafigura que se alza es la de un Byakko (Tigre Blanco), una de lasSagradas Bestias que custodian el equilibrio celestial. Su pelaje,por ley cósmica, debería ser inmaculado, emblema de pureza ydominio del Viento. Pero este espécimen es una trágica antítesis.,sino un Fuego Azul Puro que danza en sus garras y cola, Loque se manifiesta ante mis ojos es un Kage Tora No Yami (Tigre deSombra de la Oscuridad).Es un coloso de ébano, su pelaje absorbe laluz misma. Su estatura, superando los tres metros, es envuelta poruna Bruma de Sombra que serpentea alrededor de sus poderosasextremidades. Mas la verdadera tragedia radica en su energía: lacorrupción vil del negro el espectro de un espíritu celestialconsumido por el dolor y la traición. Es la prueba viviente de quela depravación no solo reside en los Abismos Demoníacos, sino en elcorazón de los hombres.
Los Maestros de las Secta, ciegos a la verdad arcana, solo vieron la amenaza y se precipitaron al ataque.
"¡A la carga,! ¡Ese demonio es una abominación de gran poder!" vociferó Sōma Ten, el Maestro del Puño Resplandeciente.
La Bestia respondió con un rugido que era más una elegía de agonía que una amenaza de guerra. Haruto notó la desesperación en su maná: la criatura no buscaba masacrar, sino proteger.
"¡Deténganse, no es un demonio! si no un Kage Tora No Yami ¡Su alma ha sido corrompida por la oscuridad humana! " La voz de Haruto resonó, cargada de una verdad que sus compañeros se negaron a escuchar.
Haru, la Fuerza Desencadenada del clan Jūryoku no Kaze, cuyo rostro siempre portaba el sello de la arrogancia, gruñó con desdén: "¡Qué insignificancia, por que deberíamos detenernos ! ¡Nuestra misión, encomendada por el Emperador, es desollar a esta criatura! ¡Tus palabras de cobardía, son inútiles en la batalla real!"
Haruto no replicó. Dio un paso hacia adelante y, en el silencio de su ser, abrió su percepción al maná del Tigre. La bestia, a través del lenguaje puro del cosmos, clamaba auxilio. Estaba aterrada, magullada, y luchaba para salvaguardar la vida. El propósito se cristalizó en la mente de Haruto: el Emperador Kinjin, sabiendo el valor incalculable de la piel del Byakko y de sus crías, había contratado a los Maestros para una cacería vil, no para una defensa del Reino.
La avaricia de los hombres, el mismo mal que había corrompido a la criatura, era lo que la condenaba. Haruto no permitiría semejante injusticia.
El Kage Tora No Yami, con un estallido de su Fuego Azul Puro, derribó a la mayoría de los cultivadores, dejándolos con serias laceraciones en su carne. Solo Haruto permaneció en pie.
Frente a la imponente criatura, Haruto no sintió temor, solo una benevolencia sombría. En un susurro apenas audible para la criatura y el viento, dijo: "Escapa. Yo detendré su senda, no podrán capturarte."
Concentró un volumen aterrador de poder. Lanzó un ataque de hielo tan vasto que el cielo se cubrió de neblina gélida. Al disiparse la cortina de humo, se reveló que la explosión había fallado por un margen milimétrico.
Haru, cuya soberbia había sido herida tanto como su cuerpo, se levantó con furia y sujetó a Haruto por el cuello de su túnica: "¡Incompetente, inutil! ¡Has fallado! ¡Tú, el Elegido, has fallado en un tiro a quemarropa!"
Kuro Natsuki, el Devorador de Sombras, se acercó con una calma que sonaba a desdén pulido. Retuvo a Haru, pero su voz, respetuosa en la forma, era hiriente en el fondo: " Haru suéltale. Es evidente que este es el límite de su potencial. Los dones inmerecidos suelen ser superficiales."
Los demás cultivadores, sintiéndose vindicados en su desprecio, se reagruparon y se adentraron en el bosque siguiendo las huellas del Tigre.
Haruto, ignorando las palabras, se dirigió en la dirección opuesta. Su mente, un mapa de estrategias, había manipulado el rastro de maná con el ataque de hielo, desviando a los Maestros del Engaño por un camino erróneo.
Su camino lo llevó a una cueva oculta. Allí, la verdad se reveló en su plenitud: el Kage Tora No Yami no era una bestia sanguinaria, sino una madre que protegía a su única cría. La putrefacción en el suelo no era más que el cadáver de su compañero, el Tigre Blanco original, víctima de la avaricia que ahora buscaba robar a los pequeños para su venta.
El corazón de Haruto, ese pozo de dolor y sabiduría, se llenó de una pena acerada. Era realmente tan cruel el Emperador, que una Bestia Divina de milenios hubiera sido corrompida por el sufrimiento infligido por el hombre.
El Kage Tora No Yami, aún en guardia, no atacó. Su maná preguntó con desesperación: ¿Por qué no me mataste?
Haruto respondió, y su voz fue un susurro que resonó en el alma de la criatura: "Solo deseo que encuentres tu libertad. Vete de este bosque y de este imperio. Busca un santuario donde la oscuridad cruel del humano no te alcance."
Lanzó un conjuro de maná. Una luz blanca y suave envolvió a la bestia, purificando la corrupción más superficial con un Sello Mágico. Luego, con una concentración gélida, convirtió la imagen del Tigre y su cría en la de una mujer y un bebé.
"Este velo de ilusión solo perdurará hasta la próxima noche sin luna. Huye. Sé libre."
La gran bestia se inclinó en un gesto de profunda gratitud, tomó a su cría y se adentró en el bosque.
Haruto volteó hacia un arbusto cercano, su rostro recuperando su acostumbrada impasibilidad. Con una calma que helaba el aire, dijo:
"Sé que estás ahí. ¿Qué haces en un lugar tan peligroso? ¿No le temes a los demonios?"
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