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El Regreso Del Venerable. El Elegido que lo Destruirá Todo

5. Capitulo IV

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El Palacio del Loto Blanco, una maravilla arquitectónica de mármol prístino y techos de teja glaseada, se alzaba majestuosamente en una colina solitaria, lejos de las demás residencias del clan Kōketsu no Tachi. Antaño, había sido la morada del primer gran líder del clan, un lugar rebosante de la fuerza espiritual más rica de todo Kōketsu no Tachi. Sin embargo, tras su fallecimiento, el palacio había permanecido deshabitado, envuelto en una aura de soledad y temor.

La razón era simple: se decía que, tras los jardines inmaculados y más allá del gran precipicio que definía los límites traseros del palacio, se encontraba una puerta directa hacia Akuma no Otoku, el Reino Demoníaco. El solo pensamiento de vivir tan cerca de semejante umbral escalofriaba a la mayoría de los cultivadores. Pero Haruto Yami no tenía otra opción. Kenzō Yami, con una expresión imperturbable, le había confiado la responsabilidad de vigilar aquella posible brecha, una carga que sentía pesar sobre sus jóvenes hombros.

Haruto se adaptó a la vida en el Palacio del Loto Blanco con la misma fría determinación que aplicaba a su entrenamiento. El silencio era un compañero constante, solo roto por el susurro del viento que se colaba por las ventanas, trayendo consigo ecos distantes de las actividades del clan o, a veces, una brisa helada que parecía anunciar la proximidad de Akuma no Otoku. Su existencia se había vuelto una extensión de la Hyōrō: una constante prueba de autocontrol y resistencia.

Nadie se atrevía a visitarlo en aquel lugar, excepto por una figura solitaria, la de su segundo hermano mayor, Akihiro Yami. Akihiro, de cabello oscuro y ojos cálidos que rara vez reflejaban la fría ambición de los demás cultivadores, solía aparecer con una familiaridad que contrastaba con la solemnidad del palacio. A diferencia de la calculada cortesía de otros, Akihiro era el único que trataba a Haruto no como el prodigio de los Seis Reinos, el Elegido de Monju Bosatsu, sino como su pequeño hermano.

Esa tarde, Haruto se encontraba inmerso en el entrenamiento con su espada, sus movimientos gráciles y precisos se reflejaban en la superficie cristalina de un lago helado. Este no era un lago común; sus aguas, de un azul profundo y gélidas hasta la médula, tenían la reputación de acelerar la curación de heridas tanto físicas como espirituales, regenerar el maná a una velocidad asombrosa y nutrir el cuerpo con el poder del hielo. Haruto giraba y golpeaba, cada estocada un trazo de arte congelado en el aire, el frío abrazando su piel y su esencia.

En ese momento, Akihiro Yami apareció. Conocía la implacable exigencia de Kenzō-sama en los entrenamientos y la inquebrantable dedicación de su pequeño hermano. Con una pequeña bolsa de dulces en la mano, los favoritos de Haruto que Kenzō jamás le permitía comer, se acercó al borde del lago.

"¡Haruto! ¡Hermano pequeño!" la voz de Akihiro era melódica y llena de afecto, pero Haruto apenas si pareció registrarla, su concentración inquebrantable. "Sabía que estarías aquí, congelando el alma en este estanque. Vamos, sal un momento. Te he traído algo especial."

Haruto detuvo su espada a mitad del aire, el brillo del metal un reflejo de su mirada intensa. "Akihiro-niisan," dijo, su voz monótona, "no puedo. Kenzō-sama no lo permitiría. Cada momento es crucial."

Akihiro suspiró con una sonrisa resignada. Ya estaba acostumbrado a la terquedad de Haruto. Era la misma escena cada vez que regresaba de una misión y le traía un pequeño regalo o alguna novedad del mundo exterior. Haruto era tan recio, tan enfocado en su deber que pocas cosas podían distraerlo.

"Está bien, está bien, no insisto," dijo Akihiro, alzando las manos en señal de rendición. "Pero estaré en el jardín de bambú. Traje té de loto, tu favorito. Y tengo una historia increíble de mi última misión que contarte."

Akihiro se dirigió entonces al pequeño jardín de bambú que se encontraba junto al palacio. Allí, bajo la sombra susurrante de los tallos verdes, había una mesa de roble macizo y dos bancos. Se sentó, sacó una tetera y dos tazas de porcelana de un pequeño bolso y comenzó a preparar el té de loto, el vapor aromático elevándose en espirales. Esperaría a Haruto.

No pasó mucho tiempo antes de que Haruto apareciera. Se había bañado y cambiado, pero el aura gélida de su entrenamiento aún lo envolvía. Se sentó frente a Akihiro, el movimiento de sus manos preciso mientras tomaba uno de los dulces que su hermano le ofrecía. Akihiro, con una sonrisa indulgente, comenzó a relatar su misión.

Hablaba de las aldeas por las que pasó, los paisajes que vio, la gente que conoció y los pequeños conflictos que había resuelto. Sus misiones rara vez implicaban enfrentamientos con demonios de alto nivel; se centraban más en asuntos de seguridad, la recuperación de objetos perdidos o la mediación de disputas. A pesar de tener solo dieciséis años, para Haruto, Akihiro era un cultivador formidable. No buscaba la gloria ni el reconocimiento, sino que priorizaba la protección de los inocentes y la defensa de sus aliados, cualidades que algunos en el clan confundían con debilidad. Pero para Haruto, cuyo mayor deseo era proteger a quienes amaba, Akihiro era alguien increíble, un modelo a seguir en su propio camino.

Mientras escuchaba atentamente la historia de su hermano mayor, Haruto se sentía a salvo, su mente relajándose por primera vez en el día. Su mirada, no obstante, seguía atenta a cualquier indicio de que Akihiro hubiera encontrado algún demonio durante su misión. Haruto, inmerso en el estudio de los demonios y las artes para acabar con ellos, anhelaba el día en que su poder fuera suficiente para enfrentar esas amenazas directamente, pero sabía que Akihiro no tenía el nivel para estas misiones de alto riesgo.

Al final de la tarde, cuando el sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras, Akihiro se despidió de Haruto. Su próxima parada era el salón del consejo, donde debía dar su reporte de la misión a su padre, Kenzō Yami, y al resto del consejo del clan.

Mientras Haruto veía cómo su segundo hermano se marchaba, la figura de Akihiro se desvanecía entre los bambúes, y una melancólica pregunta se formó en su joven mente: ¿Por qué todos creían que Akihiro, el futuro líder del clan Kōketsu no Tachi, era el cultivador más débil de la historia?

"Haruto había escuchado una vez a unos guardias murmurar sobre ello, sus palabras teñidas de burla y desdén. Esa noche, la curiosidad lo impulsó a investigar. Se adentró en los archivos prohibidos del clan, sintiendo la punzada de la adrenalina mientras sus pequeños dedos se deslizaban por pergaminos ancestrales. Así, bajo la tenue luz de una vela, descubrió la verdad.

Akihiro Yami, su querido hermano, poseía el elemento de la Tierra ( Tsuchi), uno de los elementos considerados más débiles en el vasto panteón elemental de los cultivadores. Su destino se había trazado en la sombra de su primer hermano mayor, Kibou Yami , conocido como el Rai-Ō (Rey del Rayo). Kibou, una fuerza de la naturaleza, era capaz de controlar todos los rayos e invocarlos a voluntad, un poder que lo situaba en la cúspide de los elementos: Rayo ( Rai), Fuego (Ka), Agua (Mizu), Viento (Kaze) y Tierra ( Tsuchi). Por eso, Akihiro nunca fue verdaderamente reconocido, su brillo eclipsado por la formidable presencia de su hermano mayor Kibou Yami.

Pero el destino, a veces, jugaba sus propias cartas. La repentina y enigmática ausencia de Kibou Yami del clan Kōketsu no Tachi había abierto una brecha. Fue en esta coyuntura que a Akihiro se le confió una misión de gran importancia, una oportunidad para demostrar su valía.

En las profundidades de un bosque cubierto de sombras, se encontró con una bestia demoníaca, una de esas criaturas que antaño fueron bestias divinas, pero que habían sido corrompidas por la esencia maligna de los demonios a lo largo de los años.

El enfrentamiento fue feroz. Las garras de la bestia rasgaban el aire, sus rugidos hacían temblar los árboles. Sin embargo, en un momento crucial, cuando la victoria estaba al alcance de la mano, Akihiro Yami vio a uno de sus compañeros caer herido, su vida pendiendo de un hilo. Sin dudarlo, su hermano decidió salvar a aquel joven cultivador en lugar de asestar el golpe final a la bestia. Este acto de compasión, este desvío del camino de la victoria, permitió que la criatura, herida pero aún letal, escapara a la oscuridad. Fue otro de sus aliados en la misión quien tuvo que tomar la responsabilidad de perseguir y finalmente derrotar a la bestia, mientras Akihiro se quedaba atrás, protegiendo y cuidando al cultivador herido.

Debido a este suceso, la balanza del respeto se inclinó. Los cultivadores del clan Kōketsu no Tachi, quienes admiraban y valoraban ante todo la fuerza implacable y el poder inquebrantable de un cultivador para vencer a sus enemigos sin titubeos, reaccionaron con una mezcla de decepción y desdén. Lo nombraron con el título de Yowai Saibai-sha . Un título que, a pesar de la nobleza inherente al acto de Akihiro, lo marcó indeleblemente en la historia del clan Kōketsu no Tachi como el "cultivador débil".

Mientras los recuerdos se tejían en la mente de Haruto, una amarga verdad se cristalizó en su corazón. Este mundo era cruel. Sus leyes, sus valores, la forma en que juzgaban la fuerza... todo le parecía retorcido. Para él, su segundo hermano mayor, Akihiro Yami, no era el Yowai Saibai-sha, el "Cultivador Débil". No. Para Haruto, Akihiro era el cultivador más fuerte y puro de todos.

La idea de Akihiro protegiendo a su compañero herido, permitiendo que la bestia escapara, se grabó en su alma con una admiración profunda y sincera. En un mundo donde la gloria personal era el faro que guiaba a la mayoría, Akihiro había elegido la compasión. Había antepuesto una vida a un trofeo, una elección que los otros cultivadores, ciegos en su búsqueda de poder, no podían comprender.

Y por ese acto, Haruto lo admiraba. Porque su propio deseo, su anhelo más ardiente y doloroso, era precisamente ese: salvar a aquellos que amaba. No quería volver a experimentar la impotencia, no quería ver a sus seres queridos morir de nuevo sin poder hacer nada. La historia de Shun, la sangre en su rostro, el grito ahogado que aún resonaba en sus pesadillas... no permitiría que se repitiera.

Por eso, Akihiro era admirable para Haruto, el Elegido de Monju Bosatsu, cuyo camino estaba forjado en el hielo del mundo.

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