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El abismo 1 - El Despertar

3. capítulo 3 - fuego entre las sombras

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Sentí la corteza húmeda del tronco mientras me apoyaba, respirando con fuerza. La niebla aún se aferraba a los árboles y al suelo, mezclando la humedad con el olor metálico de la sangre reciente. A mi alrededor, los gritos y el crujir de ramas rompían el silencio, y cada sombra parecía un enemigo listo para atacar.

La chica de los ojos azules estaba unos metros adelante, revisando con cuidado un tronco astillado que podía servir de arma. Su respiración era rápida, pero calculada; cada movimiento suyo me decía que no era imprudente. Yo, en cambio, sostenía un palo quebrado, tembloroso, pero aferrándome a la idea de que sobreviviría otro minuto más.

El combate había reducido parte del grupo, pero no de golpe: caían uno por uno, algunos en ataques aislados, otros arrastrados por su propia fatiga o por decisiones equivocadas. Cada muerte nos recordaba que no éramos héroes, solo humanos con miedo y algo de suerte. Algunos ya se apoyaban en troncos o bebían agua de los charcos, intentando recobrar fuerza.

—¿Estás bien? —preguntó la chica de los ojos azules, mirando mi brazo raspado y ensangrentado.

—Creo que sí… por ahora —respondí, notando cómo cada músculo dolía, cada golpe de adrenalina dejaba un rastro de mareo—. Esto… esto no para.

A nuestro alrededor, otros supervivientes con descriptores claros empezaban a organizarse:

El tipo corpulento, siempre firme, vigilando el perímetro.

El hombre de cabello oscuro y ojos penetrantes, respirando entre jadeos, revisando sus heridas.

Una mujer alta, de cabello rojo recogido, usando un palo largo como lanza improvisada.

El momento de calma llegó con la fogata. La prendimos usando ramas secas y la poca madera que quedaba, y el calor iluminó nuestros rostros con un parpadeo anaranjado. Finalmente pudimos beber un poco de agua, lavar la sangre de nuestras manos y limpiar la suciedad de los golpes recientes.

Sentado junto a la chica de los ojos azules, sentí que el miedo se mezclaba con algo más: la cercanía, la confianza incipiente. Otros supervivientes empezaron a hablar, primero entre dientes, luego más claros. Algunos se disculpaban por errores, otros compartían estrategias improvisadas. El tipo corpulento tomó la palabra:

—No estamos muertos aún porque seguimos pensando y actuando. Necesitamos coordinar movimientos, vigilar a los demás y aprender de cada golpe —dijo con firmeza, pero sin gritar.

Fue entonces que lo noté: el hombre corpulento no solo imponía respeto con su presencia, sino que sus movimientos eran precisos, su fuerza tangible. Miré a Kael, el hombre de cabello oscuro; sus brazos se tensaban y liberaban fuerza en cada gesto. Mientras levantaba un tronco para apartar restos de un enemigo, sentí un impulso en mi pecho: él podía hacer más de lo que parecía. Pero después de ese esfuerzo, sus brazos temblaron y el dolor se notaba en su rostro.

—No… no puedo sostenerlo mucho más —susurró, y comprendí que su fuerza no era infinita; la habilidad emergía del estrés acumulado.

Cerca, Soren, de postura recta y mirada analítica, evaluaba a todos los presentes. Cuando una criatura pequeña se movió entre los árboles, él reaccionó antes que cualquiera, bloqueando con un palo y empujando al enemigo con coordinación instintiva. La desconcertante precisión de sus movimientos no venía de entrenamiento: era una reacción, pero dejaba en su rostro un rastro de fatiga mental.

Mientras el fuego crepitaba, la chica de los ojos azules y yo intercambiamos miradas. Era un hilo de humanidad entre tanto caos.

—Üros… —dijo, señalándome con una mezcla de curiosidad y alivio—. Tenemos que mantenernos juntos. No hay otra opción.

—Lo sé… Nöuk —respondí, usando finalmente su nombre—. Y creo que no solo sobreviviremos… creo que podemos aprender a hacerlo.

El grupo respiraba, comía un poco de lo que quedaba, bebía agua y compartía historias breves de vida, revelando miedos y pequeñas verdades. La fogata era más que luz; era un pequeño refugio en la oscuridad, un lugar donde los humanos podían ser humanos, aunque fuera por unos minutos.

Y entonces lo sentí: un calor en mis músculos, un impulso que no podía controlar, un reflejo que me hizo reaccionar a un movimiento del enemigo antes de que siquiera se materializara. No era magia… era instinto, habilidad emergente, una descarga instintiva.

A mi lado, la chica de los ojos azules también reaccionó. Sus movimientos eran fluidos, precisos, casi sobrehumanos… pero después de esquivar un golpe, sus piernas temblaron y sus pulmones ardieron.

Sabíamos que esto solo estaba comenzando. Entre la niebla y la luz del fuego, éramos cinco entre diecisiete sobrevivientes, cansados, heridos, pero unidos por miedo, sangre y adrenalina. Y, por primera vez, sentí que nuestra coordinación podía convertirse en algo más: un equipo, imperfecto, humano… y peligroso si lográbamo

s sobrevivir juntos.

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