2. capítulo 2 - primeros lazos
Sentí cómo mis manos se crispaban al tomar un palo quebrado del suelo, astillado, casi tan fino como un brazo de niño, pero era lo único que tenía. Vi a la chica de los ojos azules unos metros adelante, arqueando el cuerpo sobre una rama caída como si fuera un arco. Sus ojos brillaban con la misma mezcla de miedo y concentración que yo sentía. No éramos héroes; éramos humanos que apenas empezábamos a entender cómo sobrevivir.
Un grito se cortó entre los árboles. Giré la cabeza y vi a un hombre con cicatriz en la mejilla caer sobre su propio brazo, ensangrentado, mientras una criatura arrancaba pedazos de su hombro con una rapidez que me heló la sangre. Instintivamente levanté el palo, aunque sabía que no servía de mucho contra eso. La adrenalina subió, y sentí mis reflejos acelerarse: esquivé una rama que caía justo sobre mi cabeza, mis sentidos más alertas que nunca... pero luego mi corazón me dolió, latiendo como si quisiera romperme el pecho, y mis piernas temblaban de cansancio y tensión.
-¡Cuidado! -gritó la chica de los ojos azules, lanzándose hacia mí y empujando mi hombro para evitar que una criatura me alcanzara.
Sentí su fuerza y su cercanía, el calor de su cuerpo rozando el mío por un instante. Sus ojos eran intensos, y por un momento, la distancia que nos mantenía separados por desconfianza se borró.
Vi cómo otro sobreviviente con cabello oscuro y hombros anchos caía, un golpe rápido y brutal en la cabeza; la sangre brotó y manchó sus ropas, y un olor metálico llenó el aire. La muerte era rápida, pero las heridas de los sobrevivientes también eran reales: cortes, rasguños, hematomas. Algunos intentaban atacar a los monstruos con rocas, otros con palos, una barra de metal oxidada. Cada golpe era impreciso, tembloroso, pero suficiente para arrancar un gemido de dolor del enemigo y ganar segundos de respiro.
Sentí un calor extraño recorrerme el pecho, un subidón que me hizo mover el palo con más precisión, esquivar más rápido y calcular los movimientos del enemigo como si mi cuerpo supiera anticiparlos. Pero la descarga me dejó mareado después; mi visión se nubló y mis músculos dolían, como si el cuerpo me recordara que no podía sostener tanto esfuerzo sin consecuencias.
-No entiendo cómo lo haces -dijo la chica de los ojos azules entre jadeos, mientras esquivaba un ataque que cortó el brazo de otro sobreviviente-. Parece... como si supieras lo que va a pasar antes de que pase.
-Yo... no sé -respondí, apoyándome en un tronco-. Solo siento... y reacciono. Pero me duele.
Alrededor, la muerte no se detenía. Vi cómo otros supervivientes caían con un chasquido húmedo, y el olor de la sangre se mezclaba con el húmedo olor del bosque. La tensión se apretaba como una soga alrededor de nuestro cuello, y cada respiro era un recordatorio de que cualquiera podía ser el siguiente.
Fue entonces cuando apareció el tipo corpulento, caminando entre los árboles con paso firme, calculador, observando a cada uno de los supervivientes que quedábamos. Su presencia imponía respeto; no gritaba, no mostraba miedo, pero su mirada era suficiente para que todos nos quietáramos.
-Escuchen -dijo con voz firme, cortando los gritos y los gemidos-. Necesitamos organizarnos. Cada uno de ustedes debe moverse en coordinación, o no sobreviviremos. Yo asumiré el liderazgo.
Sentí un alivio extraño. No porque el tipo corpulento fuera fuerte, sino porque al menos alguien estaba tratando de pensar con claridad mientras la locura nos rodeaba.
Cuando el último enemigo cayó, respiramos entre cadáveres y restos de sangre, el olor metálico mezclándose con la humedad del bosque. Solo entonces la chica de los ojos azules rompió el hielo:
-No sé tu nombre -dijo mientras se inclinaba para evitar un golpe de rama caída-. ¿Quién eres?
Sentí el latido de mi corazón acelerarse de nuevo, pero esta vez no era miedo: era reconocimiento, un pequeño puente en medio de la locura.
-Ü... Üros -dije, con la voz temblorosa pero firme-.
-Üros... me gusta -sonrió débilmente, apenas un hilo de humanidad en medio del horror-. Yo soy Nöuk. Bienvenido a nuestro grupo, Üros.
Sentí que, por primera vez desde que todo comenzó, no estaba solo. No éramos héroes, no estábamos bendecidos, y aún había muerte y caos a nuestro alrededor. Pero, de alguna manera, juntos, empezábamos a aprend
er a sobrevivir.
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