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Tres Noches de Luna Llena

9. Compañeros

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—¡Ya vas tarde a la escuela, Lucas! ¡Levántate de una vez!

—No quiero ir, mamá —respondió Lucas con la voz cargada de tedio.

—Ya estás bastante grandecito para seguir con esa charla de "no quiero ir a clases, mamá". Vamos, levántate. Si pierdes el autobús, voy a tener que llevarte.

—No es como si hicieras algo en todo el día —murmuró él.

—Estoy moviéndome como loca, dejando solicitudes de empleo y yendo a entrevistas. Lo último que necesito ahora es un adolescente malhumorado.

—Pues déjame aquí y ahórrate la molestia.

—¡Basta, Lucas!  —exclamó. Luego respiró hondo, disimulando la rabia con un tono más suave—. Desde ayer no te levantas de la cama, apenas has salido del cuarto y casi no has comido. Te he preguntado varias veces si te sientes bien y siempre respondes que sí. Entonces, si es cierto, levántate y ve a la escuela. Y si no lo es, dime ahora mismo qué te pasa. Dímelo, Lucas. ¿Cómo puedo ayudarte?

Silencio. Lucas permaneció inmóvil. Ni un parpadeo.

—Quedarte callado no era una de las opciones —insistió su madre, con la voz más cansada que molesta.

Sin decir palabra, Lucas corrió las sábanas con brusquedad y se levantó. Evitó mirarla. Pasó junto a ella sin cruzar la mirada y entró al baño, cerrando la puerta con fuerza tras de sí. Se quedó de pie frente al espejo. Pero no se miró. Tenía miedo de alzar la vista y ver algo que no debía estar allí. Algún rastro de él... del Lobo.

En vez de entrar a la ducha, abrió la llave del lavamanos. El agua fría salió con fuerza, y Lucas se lavó la cara varias veces, queriendo borrarlo todo. Se restregó con las manos, con más fuerza de la necesaria. Luego se quitó la camiseta. No se bañaba desde el sábado por la mañana, antes de ir al aserradero, y su propio olor le resultaba agrio. Levantó el brazo izquierdo, olfateó con disgusto. Transpiración rancia.

Se enjabonó rápidamente y se frotó con furia. Luego tomó el desodorante de la repisa, lo agitó. Casi vacío. Usó lo poco que quedaba y lo tiró directo al basurero.

Todo le parecía absurdo y sin sentido. "Otro puto día de escuela", se dijo. Pero no era otro día cualquiera. Hoy no solo arrastraba el cansancio del fin de semana. Arrastraba al elefante que había estado en la habitación desde el claro. Una presencia que no desaparecía. "...la barrera que nos separa se debilita cada vez que la luna crece..." La voz seguía allí, grabada con fuego en su memoria. "La luna crece..." pensó. "Luna llena..." ¿Qué pasaría cuando esa barrera se desvaneciera por completo? Lucas se planteaba ese escenario. Si esa cosa era capaz de controlarlo, de poseerlo, ¿qué cosas haría cuando lo dominara por completo? Un nudo le apretó el estómago.

Estaba de pie en el centro del baño, inmóvil, con la mirada perdida. Otra vez ese estado entre vigilia y delirio. Cada día era más frecuente. Sabía que esas preguntas no se irían. No hoy. No mañana. Tal vez no en todo el mes.

Se vistió. Bajó a la cocina. Encontró un plato con tostadas y un tazón de avena con leche sobre la mesa. Su madre lo había dejado para él. Tal vez hacía solo unos minutos.

En el fondo, sabía que ella tenía razón. No tenía por qué tratarla como una enemiga. Ella solo quería ayudarlo. Pero le costaba no responder con hostilidad cada vez que repetía la misma pregunta: "¿Estás bien?" Porque para él, responder que sí era más fácil que explicar lo que sentía. Y si respondía con honestidad... ¿qué diría? "¿Mamá, creo que hay un espíritu maligno dentro de mí?" Ni él lo creería del todo. Incluso Lucas comenzaba a dudar si todo esto no era simplemente el colapso final de su propia mente.

Apenas logró alcanzar el autobús. Este ya estaba por arrancar cuando subió jadeando, con la mochila rebotando contra su espalda. Mientras caminaba hacia un asiento libre, no pudo evitar pensar en lo mucho que le había costado correr ese breve tramo. Antes, podía resistir los cuarenta minutos de un partido de básquetbol sin detenerse. Desde que se había mudado a ese lugar, no había entrenado ni un solo día. Tal vez eso empezaba a pasarle factura.

Se dejó caer junto a la ventana y apoyó la frente en el vidrio. Pensó en Leti, en lo que dijo sobre su amigo del equipo. Tal vez, si lograba entrenar con ellos, podría recuperar un poco de sí mismo. No resolvería todos sus problemas, pero quizás bastaría para dejar de sentir que el mundo se le venía encima.

Al llegar a la escuela, todo parecía seguir su curso. Lunes. Primera clase del día: Historia. Caminó por los pasillos con la mirada baja, atravesando grupos de estudiantes que conversaban animadamente. Se sintió aún más ajeno. Si siguiera en su antigua escuela, estaría hablando con sus amigos, planificando alguna tontería, bromeando. Pero ahora apenas llevaba tres días de clases, ninguno consecutivo.

Ni siquiera podía decir que ir a clases se sintiera "normal". El olor de la escuela todavía le parecía artificial. Esa mezcla de limpieza y desinfectante barato. Lo hacía sentirse más fuera de lugar.

 La campana sonó, y los pasillos se vaciaron con rapidez. El flujo de estudiantes se movía como un cardumen. Lucas no fue la excepción. Entró a su aula, encontró su lugar y notó que el asiento a su lado estaba vacío.

 No se detuvo a pensar mucho en eso.

—Muy bien, chicos —dijo la profesora Moreau con tono entusiasta—. La semana pasada comenzamos con los inicios de la Revolución de las Trece Colonias. Como sabrán, esto marca, para muchos autores, el inicio de la Edad Contemporánea...

 Lucas trató de prestar atención, pero las palabras se disolvían en su mente como azúcar en agua caliente. Lo único que logró pensar con algo de claridad fue: "Los apuntes que me dio Leo siguen en mi casillero".

Había estado tan distraído con todo lo demás, que ni siquiera se le había ocurrido intentar ponerse al día. Quizá, si empezaba a estudiar, podría mantener la mente ocupada y bajarle el ritmo a la inquietud.

 Un leve golpeteo en la puerta interrumpió la clase. Leo asomó la cabeza y entró lentamente.

—Lamento el retraso, profesora —dijo con la voz apagada, sin levantar la vista del suelo.

—No se preocupe, señor Valenti. Tome asiento —respondió ella con cortesía—. Y recuerde quitarse la capucha en mi clase.

Leo no se veía muy distinto a como Lucas lo había visto la semana anterior: la misma postura encorvada, el mismo cabello largo y grasoso cayéndole sobre la cara. Pero había algo... algo más apagado en él. Se sentó al lado de Lucas en silencio, sacó su cuaderno y comenzó a rayar los bordes de la hoja con líneas gruesas y tensas.

Lucas sintió algo que lo alejaba de su propio malestar: una inquietud nacida de la mirada ajena. Aquella rabia silenciosa de Leo se parecía demasiado a la suya. Tal vez, pensó, había en él una posibilidad de consuelo. Alguien que también cargaba con un peso demasiado grande.

Dudó unos segundos. No sabía cómo acercarse. ¿Y si Leo era tan reacio como él a compartir lo que sentía? De todos modos, lo intentó.

—Oye...  —susurró, titubeante—. Gracias por los apuntes.

Sintió que la frase sonaba tonta, pero al menos rompía el hielo. Leo detuvo sus trazos.

 —De nada —respondió con un hilo de voz, sin mirarlo. Dejó caer el lápiz sobre el cuaderno y alzó la vista hacia el frente. Sus ojos estaban levemente enrojecidos. Había estado llorando.

Lucas sintió un vuelco en el pecho. Tal vez había subestimado la profundidad del dolor de Leo. Buscar refugio en alguien que también se está ahogando... ahora le parecía injusto, e incluso cruel.

—Si necesitas algo más... puedes pedírmelo —dijo Leo, esta vez con un tono un poco más firme.

—Gracias por la oferta —respondió Lucas, sin saber qué más añadir.

—Muchachos, ahora necesito que se junten en parejas. Dejaré encargado un proyecto que deberán completar; la fecha de entrega es en dos semanas. Cuando hagan las parejas, sortearemos los temas sobre los que deberán realizar los informes. Un leve bullicio se oyó entre los estudiantes, que comenzaron a hablar entre ellos, organizándose con sus amigos para formar parejas de trabajo. Lucas miró alrededor, notando cómo todos, aparentemente, ya parecían haber elegido a su compañero.

—Ehh... oye —Lucas volteó al escuchar la voz baja de Leo hablándole—. ¿Quisieras... eh... quisieras ser mi compañero para este informe? —Parecía muy dubitativo al hacer la pregunta, y se esforzaba por evitar el contacto visual con Lucas.

—Seguro —afirmó Lucas—. No hay problema. Quizá me puedas ayudar a ponerme al día con la clase. —Se detuvo un momento al pensar que tal vez sonaba como si se estuviera aprovechando de Leo—. Digo... solo si puedes, y si no te molesta.

—No hay problema —alzó Leo levemente la mirada—. De hecho, me gusta mucho Historia. ¿Quieres hacerlo en la biblioteca? Yo tengo libre los martes y jueves. —Oh, mierda, justo esos días no puedo. Me anoté en el club de jardinería. ¿Te parece el sábado en la tarde? Puede ser en mi casa, si quieres.

Leo se puso rígido por un momento. Parecía bastante incómodo.

—Eh... ¿te parece si mejor lo hacemos en mi casa? —preguntó con la voz algo tensa.

—Seguro, no hay problema. Ahora solo falta ver qué tema nos asignan.

Tema asignado: La masacre de Boston y el motín del té.

 

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